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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
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CAPÍTULO
XLIV
- Tercer
grado de consurrección. Herida del
alma
El tercer grado de
esta consurrección es una invitación a un
mayor levantamiento del corazón hacia el más
alto y puro abrazo del amor divino en el fondo del
alma.
Invitación
interna
Esta
invitación llena el corazón amante más
que todos los anteriores deleites y consuelos. La
sensación, la operación interior de la gracia,
la intención y el amor se hacen mucho más
sublimes, dulces, nobles y puros, porque el conocimiento del
hombre en este grado es más sutil.
Este ejercicio o
invitación es una iluminación del sol eterno,
que pone en el hombre conocimiento y deseos de dar de mano a
todos los regalos de Dios, suavidad y consuelos.
Ansía, en cambio, levantarse sin dilación
hacia los brazos desnudos del amor divino. Desde que la
gracia atrae al hombre con todas sus potencias, cualquier
cosa fuera de Dios le parece poco y despreciable. El
corazón se dilata y expande de suerte que no hay
fuerza humana capaz de cerrarlo fácilmente. Las
potencias del alma se preparan y adornan para descansar en
la unidad del Espíritu Santo. Sobre lecho de amor y
paz con el Amado. El mismo corazón, ya tan dilatado,
siéntese estallar en herida de amor.
Apertura
del corazón
La lesión de
corazón, sin embargo, no causa tristeza, porque la
herida de amor es dulcísima pasión y
levísima pena. Nada tiene de extrañar que en
varios haya causado la muerte esta herida de amor en el
corazón. Esto sucede por el gozo inmenso de amor,
como se cuenta en el Liber Apum de una devota mujer
que murió inflamada de amor, cuando escuchaba un
sermón en la ciudad de Brujas. Se dice también
de un soldado cuando estaba contemplando el lugar donde el
Señor subió a los Cielos. Esta lesión
es un signo de haberse ya purificado el alma y de
próximas visitas del Señor. Cristo,
espléndido sol de justicia, infunde en el
corazón herida por segunda y tercera vez y muchas
veces. Los rayos de divina claridad, dulzura y amor levantan
el alma al abrazo de unión con Él. Así
renueva y agrava la herida del corazón, pero al mismo
tiempo pone sobre ella la suave unción de deleites
sobreabundantes.
Languor del
alma
Así, pues,
mientras Cristo invita tan dulcemente al alma con gracia
desbordante, el corazón se levanta con todas sus
fuerzas al beso de la divina unión. Pero en medio de
dicha tan grande queda sin acabar la unión deseada
del espíritu con Dios. Cae entonces el alma en
desmayo espiritual hasta poder decir con propiedad: «Si
encontráis a mi Amado, ¿qué le
habéis de anunciar?... Que enferma estoy de
amor» (Cant 5,8). Así, un fervoroso impulso
añadido a otro endurece, consume y seca la
raíz húmeda de la naturaleza. Mas no te
asustes, ¡oh alma enamorada!, porque este
desfallecimiento no es para muerte. Es para gloria de Dios y
salvación del hombre, si procede discretamente en
ello.
El alma no puede
conseguir el beso espiritual y tampoco se resigna a carecer
de él. De ahí nace la impaciencia del amor,
que urge y apremia al hombre todo, interior y exteriormente,
con fuego intolerable. En nada fuera de Dios puede hallar
solaz. Por conseguir lo que ama está dispuesta a
sufrir todo martirio. Este amor impaciente consume el
corazón del amante, absorbe su sangre, debilita y
tritura la naturaleza corporal sin necesidad de trabajos
exteriores. Pule y perfecciona las potencias del
alma.
Amor
agudo
El quinto grado del
amor es propio de esta consurrección. Es el amor
agudo. Dice Hugo de San Víctor en Super septimum
coelestis Hierrachiae Dionysii que este amor se llama
agudo porque crea impetuoso y vehemente deseo de ir al Amado
y pasa a través de cualquier impedimento para
llegarse a El. No sólo se enardece en el deseo; todo
lo traspasa, como una aguja, hasta descansar en el
Amado.
El alma enamorada
está realmente más donde ama que donde anima.
Por eso, continuamente levanta los ojos espirituales hacia
el Amado y lo contempla coronado de gloria y esplendor (Sal
8,6), embriagando a toda milicia celestial con el torrente
de sus delicias (Sal 35,9). En cambio, el alma se siente
desterrada, proscrita de la patria, circundada de
innumerables calamidades. Nacen de nuevo aquí muchos
gemidos, lágrimas, anhelos. Lágrimas que la
recrean y rehacen un poquito, pues sirven en aquel momento
para aliviar la salud corporal, se refrena el amor
impaciente y se mantienen las fuerzas naturales.
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