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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
(�ndice)
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CAPÍTULO
XLVI
- Nobilísimo
y cuadriforme ejercicio de aspiración. El amor
unitivo
Hay que considerar
también que el ejercicio de aspiración y amor
unitivo se practica, sobre todo, en este tercer grado de
consurrección, aunque podría su ejercicio
igualmente iniciarse en la vida activa. Lo tratamos
aquí porque, mediante este ejercicio, se disipan al
punto todas las tentaciones y medios entre Dios y nosotros.
Es también la entrada para la altísima
perfección, porque con gran impulso apremia al hombre
a darse prisa para llegar a la mayor semejanza posible con
Dios, por la perfecta mortificación de todos los
vicios y consecución de las virtudes.
Es, finalmente, el
cedro altísimo sobre el monte de perfección.
Tiene cuatro ramas: los cuatro ejercicios. Esta
práctica ahuyenta en un momento todas las
tentaciones, distracciones y extroversión. Más
aún: todo lo que no es Dios. Pone al ejercitante en
la presencia de Dios deseando unirse directamente con El.
Conviene, sin embargo, al alma permanecer largo tiempo
fuera, antes que Dios quiera llevarla a mayor intimidad.
Durante la espera, tiene necesidad de aprender a pulsar las
cuatro cuerdas o maneras de este ejercicio, para que el
Amado se conmueva y le llame a la unidad de
espíritu.
Libertad
espiritual
Debe estar advertido
también para evitar cuidadosamente sentirse ligado a
cualquiera de estos ejercicios. En su introversión
estará atento a la llamada del Espíritu Santo
que lleva tras de sí, de diversos modos, al
espíritu del hombre y lo inflama en su amor con un
ejercicio o con otro.
Fidelidad
al Espíritu Santo
Cuando se siente el
impulso del Espíritu Santo para algún
ejercicio, el alma debe seguir con afectuosa y propia
voluntad la llamada. Mientras no haya especial
atracción del Espíritu Santo ni pueda obtener
plenamente el ingreso en Dios, conviene que se mantenga en
la presencia divina por la aspiración del amor
unitivo. Allí se contienen principalmente cuatro
modos de ejercitarse como cuatro martillos con que llamamos
a la puerta para entrar en el gozo de la simple unidad con
Dios y en Dios. Son: ofrecer, exigir, conformarse y
unirse.
Oblación
Ante todo, en su
conversión a Dios debe ofrecer libremente todas las
cosas que el Espíritu Santo puede exigir con su
inspiración. En especial la perfecta
abnegación y desprecio de sí mismos, abandono
de todos los placeres sensuales con cuyo desorden
podría mancharse el corazón, aunque sean cosas
pequeñas. Por ejemplo, conversaciones vanas,
amistades, ociosidad, ligereza, curiosidad, etc.
Se ofrecería
también a sí mismo en la mortificación
de las pasiones naturales, como son la desordenada
alegría, tristeza, amor, temor y esperanza yana.
Igualmente en el abandono voluntario para carecer de toda
gracia sensible o experimental, de devoción y varios
dones de Dios, no necesarios para la propia
salvación. De igual modo en la pronta voluntad de
tolerar las adversidades por amor de Dios, como la
pérdida de amigos, parientes, bienes temporales y
honor. Sufrir amargura, confusión, pena,
tribulación, angustia del corazón y
generalmente todo lo que pueda ocurrir a cualquiera en un
momento dado, aceptándolo con gusto y alegría.
Debería resignarse también, muy complacido, al
divino beneplácito, aun en el supuesto de que Dios,
para su mayor honra y amor, quisiera dejarle sufrir
eternamente las penas del Infierno. Bien entendido que no
sería posible separarse de Dios por voluntad amorosa,
para equipararse a los condenados.
Resignación
de los perfectos
Parece imposible que
la voluntad se resigne a sufrir las penas del Infierno, pues
la naturaleza lo rehúsa por completo. Sin embargo,
los repetidos deseos de fidelidad al plan de Dios y la
sobreabundante infusión de su gracia podrían
conseguir que el alma se presentase ante el Señor,
total, firme y liberalmente decidida a sufrir por toda la
eternidad las penas del Infierno, si fuera del mayor agrado
de Dios. La misma disposición tiene para recibir los
gozos de la Gloria eterna. El amor de Dios en el hombre es
ya tan puro y su contenido tan grande que le resulta
indiferente lo que suceda, con tal que se cumpla el divino
beneplácito siempre y en todo.
Imposible que Dios
pueda exigir o desear tales cosas. Sin embargo, quiere que
el hombre, esté dispuesto a abandonarse totalmente
por amor de El, aun en aquello que pareciere grave e
insoportable.
Únicamente a
sus amigos íntimos somete el Señor a esta
prueba, para que verifiquen en qué medida quieren
morir a sí mismos por su amor. Así fue probado
Abrahán con el sacrificio de su hijo Isaac
(Gén 22).
Deseo
Cuando la voluntad
se encuentre perfectamente dispuesta a aceptar lo anterior,
podrá con plena confianza pasar al ejercicio que
consiste en exigir o desear, conforme Cristo dice:
«Pedid y se os dará» (Lc 11,9).
Deberá, por consiguiente, exigir y pedir lo que Dios
tiene, pero más aún lo que El es. Ante todo a
Dios mismo. Sólo a El, para disfrutarle
únicamente en puro y total amor. No está
permitido al hombre disfrutar de ninguna cosa como
último fin, porque sólo Dios es la causa
final. Nunca puede el hombre excusarse de culpa, si descansa
complacidamente en cualquier don de Dios, por muy grande,
noble y virtuoso que fuere. Debe usarlo únicamente
como medio para alcanzar la perfección.
El que ama de verdad
a Dios nunca hallará satisfacción con dones
divinos, sino con la donación de Dios mismo. Siempre
andaremos hambreando mientras no disfrutemos del sumo Bien
en puro amor. Tan pronto como el alma comenzase a descansar
en algún don de Dios o en una gracia experimental y
devoción, comenzaría a enfriarse y aflojar en
el deseo de aprovechar.
Después de
esto debe exigir de Dios una purísima
iluminación del entendimiento para conocer con toda
perfección el divino beneplácito y cumplirlo
fielmente. Para lograrlo debe hallarse completamente
disponible en todas las cosas, sin vacilación del
corazón, con la fidelidad que la sombra sigue al
cuerpo.
Luz, medio,
sombra
Hay tres cosas: luz
-de sol, luna o candela-, sombra y cuerpo interpuesto, que
causa la sombra. La luz equivale a la divinidad, el cuerpo a
la humanidad de Cristo y la sombra es nuestra voluntad, que
se ha de mover, sin ninguna vacilación del
corazón, a imitar la vida de Cristo, como cambia la
sombra por el movimiento del cuerpo que la origina. Para
lograrlo, deberá pedir cumplimiento perfecto del
divino beneplácito.
Luz también
para conocerse plenamente a sí mismo, la abisal
vileza, ingratitud, indignidad de todo bien y, mediante
esto, despreciarse y humillarse. Luz para alcanzarlo. Luz
para pedir conocimiento de las verdaderas virtudes y
principalmente insistir mucho en la oración por
conseguirlas. Insista sobre todo en pedir un puro amor de
Dios, deseo éste ya incluido en la primera
petición, por la cual ansía disfrutar de Dios
sólo, amor increado de donde nace y se multiplica en
nosotros el amor debido a las criaturas. Tenemos que exigir
esto en nosotros tan de veras, que aquel deseo ardiente de
aumentar siempre el amor y de disfrutar del amor increado, a
través del amor creado, venga a ser como fulgor
irresistible entre Dios y nosotros. Impulso que debe ser tan
continuo como la respiración que entra y sale
siempre, si el hombre quiere conservar la vida.
El amor
creado
La vida del amor
creado consiste en constante y ardiente deseo de retornar al
origen, como los rayos dependen del sol. Volver al amor
increado para adherirse únicamente a él y
disfrutarlo.
Hay, además,
otras muchas cosas provechosas que pedir: liberación
de las tentaciones espirituales o carnales, de las
ansiedades del corazón, del abandono, insensibilidad,
aridez. También podemos pedir gracias sensibles,
devoción, amor, dulzura espiritual, revelación
y rapto, y muchas cosas más, que propiamente no son
necesarias para la salvación. Nada de eso debemos
pedir o exigir sino en cuanto sea conveniente al honor de
Dios y salvación de nuestras almas.
Mantengámonos en paz y confianza, aunque no
parezcamos ser escuchados por Dios. Él lo
concedería enseguida si nos conviniera para la vida
eterna.
Conformidad
El tercer ejercicio
consiste en que el alma fiel trate constantemente de
conformarse más y mejor con el Amado. Este es un
camino. Cuando el fuego del amor haya prendido en el
corazón, quemará ante todo las deficiencias
personales, vicios y defectos, pasiones naturales e
inmortificación, inclinaciones sensuales e
impaciencia. Procure no recordar los detalles en particular.
Hará de sus imperfecciones un manojo, que
arrojará en el inmenso fuego del amor divino;
allí se consumirán. Después se
levantará con ardientes deseos de divinizarse, con
encendidas y apremiantes súplicas, exigiendo del
Amado que se digne adornar su alma desnuda con las mismas
virtudes que adornaban a Cristo.
Divinización
Debe fijarse
atentamente en Cristo, su ejemplar, en todas sus
perfecciones, divinas y humanas, para imitarle. Con todo,
insiste más con la oración que con el propio
esfuerzo. Las constantes oraciones flamígeras son el
mejor medio para adquirir las virtudes y la
divinización. Pondrá el alma especial cuidado
en conformarse con la humanidad de Cristo en todas las
virtudes que resplandecieron en el desprecio y dolor de su
acerba muerte. Sobre todo deseará conformarse con
Cristo deseando su profundísima vileza,
abyección y familiaridad.
Prueba de
haber adquirido la virtud
Cuando se ejercita
en la consecución de alguna virtud, por ejemplo, en
el desprecio de sí mismo, o en la adquisición
de la humildad y abnegación de sí en todas las
cosas, en la mortificación de la propia voluntad y
afectos, gustaría de saber si acaso ha conseguido
plenamente determinada virtud y en ella se ha conformado con
Cristo.
Examine entonces si
la ha deseado tan perfectamente que, sin vacilación
del corazón, de la naturaleza y sensualidad, se deja
guiar libremente por la voluntad racional, aun en el momento
de verse privado de la gracia experimental y sensible.
Entonces habrá conseguido, por regalo divino, aquella
virtud, en suma perfección. Por ejemplo, trata de
adquirir el deseo y gusto de ser despreciado y virtud de la
paciencia. Le sucede que él mismo está privado
del amor y gracia sensibles; con esto le viene de repente
una humillación injusta y le castigan
severamente.
Podemos decir que
posee aquella virtud con perfección, si el primero y
el último movimiento del corazón es un deseo
de recibir, sin vacilación alguna, confusión y
pena, como si lo hubiese estado anhelando largo tiempo.
Igual que el soberbio recibe con avidez los honores y el
avaro el lucro de los bienes temporales. Cristo nos da
ejemplo admirable, como dice David en su nombre: «Por
ti sufro el insulto y la vergüenza cubre mi
semblante» (Sal 68,8). Pero, si ocurre que la voluntad
natural se resiste y contradice al deseo del
espíritu, es signo de que la virtud todavía no
se ha ejercitado suficientemente en redoblados y encendidos
afectos y oraciones. Mediante esto, Dios acostumbra dar la
plenitud de su gracia y amor esencial.
Unión
con el divino beneplácito
En el cuarto
ejercicio se trata de unir y transformar la voluntad
conforme al divino beneplácito. Nos ejercitamos en la
aspiración y amor unitivo para descansar en Dios
sólo, con deseo ferviente de hacernos una cosa con El
en espíritu. A ello nos conduce el práctico y
experimental amor. En este ejercicio de unión el
hombre debe insistir vigorosamente con penetrantes y
ardientes deseos, sin la menor perplejidad del
corazón, en unir su voluntad y transformarla en
principalísimo beneplácito divino. A
instancias del puro amor, el divino beneplácito
será siempre el sumo deseo, alegría y consuelo
en todas las cosas. En las adversidades externas como en la
acritud, persecución, opresión,
decisión, maledicencia, confusión y cosas
semejantes. En las contrariedades internas, como
privación de gracia, devoción, consuelos
espirituales, ofuscación de la mente y de los
sentidos, enfriamiento de los afectos espirituales,
tentación y cosas por el estilo.
Cuando Dios le
envíe estas pruebas, procure mostrarse más
fiel aún y más solícitamente
evitará el desbordamiento o desenfreno de los
sentidos, el buscar consuelo en las cosas vanas, o en la
extroversión con ligerezas o inútiles
ocupaciones. Procure asimismo no caer en viciosa ociosidad.
En cuanto le sea posible se ocupe en ejercicios virtuosos o
al menos con buenas obras externas.
Obras
más gratas a Dios
Entonces no
sentiremos gusto en practicar las virtudes. Son, sin
embargo, más gratas a Dios y más meritorias
para nosotros, si hacemos lo que está de nuestra
parte. Mejor que las hechas cuando sentimos devoción,
porque en sequedad serviremos al Señor fielmente y,
en cierto sentido, a nuestras expensas. Para cumplir esto
más voluntariamente, persuada su corazón con
plena confianza de que es Dios quien le envía los
trabajos, o que los permite para probar su fidelidad y
enriquecerle con sus dones divinos y gracias por haberle
hallado fiel, según veremos luego en el grado
siguiente de consurrección.
Amor
ardiente
Nos hallamos
aquí en el sexto grado o amor ardiente. El
Linconiense se refiere a él con estas
palabras: «Se dicen hervir en amor los que por el
fervor a veces son levantados sobre sí mismos, pero,
al punto, por su propio peso natural, decaen. Como el agua
hirviente sube con el calor y baja al retirarla del
fuego».
En este grado de
amor he tratado acerca de la elevación espiritual en
las potencias del alma, que proviene de un vivo y amoroso
forcejeo entre nuestro espíritu y el de Dios. El
hecho de que nuestras potencias, por impulso ardiente de
amor, se levantan al encuentro de Dios, hasta elevarse sobre
sí mismas, para unirse al espíritu de Dios,
como la aguja se adhiere al imán.
Resultan estas
fuerzas muy vivaces y activas, dirigen todo conocimiento y
afecto hacia Dios. Parece que el hombre usa de los sentidos
exteriores como en el sueño. Por eso dice la esposa,
es decir, el alma enamorada: «Yo dormía, pero mi
corazón velaba» (Cant 5,2). Esto es: vive
solícita por el Amado que está dentro de su
corazón. El alma entonces se desvive para que El pase
hasta la más recóndita morada y colocarlo en
el lugar más noble. Desea sinceramente despreciar
todas las cosas por El y abrazarlo con el amor más
puro. Si esto no fuere así, afirmamos lo que dice
Ricardo en el Libro IV de contemplatione,
capítulo XVI: «No me atrevo a decir que el Amado
ocupa el íntimo seno del amor ardentísimo,
mientras podamos hallar consuelo y alegría con otra
cosa cualquiera. Por tanto, si no procuras abrirle las
puertas de tu corazón, ¿cómo voy a creer
que tú quieres o puedes seguirle a las alturas?»
Y añade lógicamente: «Sírvate de
señal cierta que amas menos a tu Amado o serás
menos amado por El, si merecieres todavía ser llamado
a aquellas aparentes rarezas con que el hombre, se eleva por
encima de sí mismo en forma muy grata al
Señor». Cuando vemos cómo Dios es servido
en regalar a muchas almas con extraordinarias pruebas de
amistad, almas que, por lo demás, no han llegado
aún a la mayor perfección de amor, podemos
pensar que no negará tanto bien a quienes viven ya el
verdadero amor divino. Dios siempre da más de lo que
podemos merecer. No se deja vencer en
generosidad.
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