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Enrique Herp - Directorio de contemplativos  (�ndice)

 

CAPÍTULO XLVII

Cuarto grado de consurrección. La prueba y sus razones

El cuarto grado de esta consurrección consiste en privar al alma del conocimiento espiritual y gracias sensibles, de la devoción y amor. El alma viene a sentirse tan pobre y tibia, abandonada de Dios y desolada, como si nunca hubiere recibido gusto o noticia de Dios. La misma que vivía con tanta opulencia en todas las potencias del alma destilando suavidad y ardiendo en amor.

Razones de la ausencia. El celo de Dios

Conviene saber ante todo que Dios priva al alma de la gracia, devoción y amor sensibles, por muchos motivos. Primero, por cierta indignación amorosa, que suele ocurrir entre los esposos. Fácilmente uno de los cónyuges se forma un juicio desfavorable del otro, si advierte en él algún signo de amor dado a otra persona. La mutua fidelidad comienza a resfriarse. Así sucede entre Dios y el alma divinamente enamorada. Dios es muy celoso. No puede sufrir que el alma comparta su amor con otra cosa, ni busque recreación y consuelo fuera de El mismo. Ni siquiera permite indicios de amor desordenado por espacio de un pater noster. Muestra entonces su enojo privándola de sus regalos, para que el alma venga mejor en reconocimiento de la propia culpa y reprensión o corrección de su infidelidad. Ofrece ocasiones de enmienda, pues Él no desea permanecer airado. Pero Dios no tolera otro amor. Ten esto por cierto: cuanto más profundamente atrae el Señor un alma hacia sí, tanto más le exige amor puro. La ingratitud del alma le aíra fuertemente, pues «a quien se le dio mucho se le reclamará mucho, y a quien se le confió mucho se le pedirá más» (Lc 12,48).

La segunda razón es para que el alma amante aprenda a reconocer que la devoción sensible y amor práctico le fueron otorgados por liberalidad de Dios y no por sus propios méritos o buenas obras. Evitará de este modo la altanería y propia complacencia cuando le llegue de nuevo la gracia sensible. Asimismo le servirá de estímulo para que progrese sin cesar, cuando se inclina a perezosa satisfacción. Siempre, pues, permanecerá ahondando en la humildad y estimulándose por aventajarse en todas las virtudes.

La tercera causa es para que advierta el alma la propia tibieza o pereza en los ejercicios del amor, virtud y buenas obras, al verse privada de la gracia sensible, devoción y amor. Así se hará más solícito para pedir al Señor gracias y auxilios, reconociendo que, sin la devoción sabrosa y experimental o amor práctico, no podrá crecer en la virtud, en el amor y en el espiritual ejercicio, ni siquiera perseverar en los adquiridos.

Cuarta razón ocurre porque la naturaleza a veces se debilita demasiado por la devoción sensible, gracia y amor práctico, especialmente cuando el influjo del espíritu es muy violento y el corazón desea vivamente cooperar a la gracia que siente. Se originan entonces debilitamiento y heridas, especialmente junto al corazón, donde los impulsos del deseo hacen hervir más la sangre, y también en la cabeza de aquellos que no la tienen muy fuerte. El Espíritu Santo modera entonces el ardor y el ímpetu de la divina avenida, pues él es artífice discreto. La naturaleza se refocila y repara; así fortificada, se rehabilita para recibir nueva presencia del Espíritu de Dios.

Sensibilidad y santidad

En quinto lugar, para que el alma enamorada reconozca que la santidad y amor verdaderos no consisten en la gracia, devoción y amor sensibles, que podrían originarse puramente de la naturaleza. No son más santos ni aman más los que parecen tener y sentir más la gracia, devoción y amor. Son los que saben elevar su afecto en todas las cosas sobre lo sensible y sensual, hasta el desnudo y esencial amor. Éstos son probados en la voluntad, para abandonarse a sí mismos y negarse en todas las cosas por amor de Dios.

Prueba del verdadero amor

Anhelan disfrutar de él, según la atracción de la naturaleza pura, de manera que los que aman conforme al beneplácito divino conocieron querer ser pobres, privados de toda interna consolación, toque, gusto y sensación. Hallan consuelo tan sólo en esto: en que aman a Dios muy puramente, con amor intelectual, el único amor verdadero. Aprenden también todas las virtudes y toda justicia para honra y beneplácito de Dios, no buscando ningún otro gozo o dulzura espiritual y experimental. La verdadera santidad y la pura caridad se robustecen en la medida que esta pobreza voluntaria aumenta en el hombre.

Éstos se pueden aplicar lo que dice San Pablo de sí mismo: «Estoy avezado a todo y en todo: a la saciedad y al hambre, a la abundancia y a la privación» (Flp 4,12). Cuando el Espíritu Santo inunda alma y cuerpo con sensible amor y sabor melifluo, se levantan inmediatamente a la acción de gracias y emplean con discreción los dones recibidos, para alabanza y honor de Dios y provecho de la propia salvación. Desean igualmente encaminarlo todo con liberalidad al amor divino, como si lo hubiesen pedido a Dios con grandes, fervorosos y llameantes deseos. Reciben estos dones con tanta paz y sosiego de corazón, como si no les preocupase nada de esto, dejando en manos de Dios el que lo dé o lo retire. Sin contristarse por nada, dicen con Job: «Yahvé dio, Yahvé quitó: sea bendito el nombre de Yahvé» (Job 1,21). Demuestran así que no descansan en ningún regalo del Cielo, pues cuesta siempre desasirse de aquello a que nos hemos aficionado.

Sirven en sexto lugar para que el alma pruebe por experiencia el aprovechamiento espiritual de sus ejercicios, porque podrá carecer de todo consuelo y servir a Dios, permaneciendo en puro amor. Aquí está el fundamento de ese grado de consurrección: en que Dios quiere verificar que sus fieles amadores se adhieren a él y le sirven por amor puro más que por cualquier otro don. La verdadera fidelidad nunca se prueba mejor que en la adversidad. Diós sustrae la ayuda sensible al alma y la despoja aun de sí misma y de todas las cosas.

Divina ausencia

Puede llamarse languor infernal este abandono en que cae el alma, no por amor, sino por angustia y aflicción. Nunca halla consuelo ni en Dios ni en las criaturas. Después que la subió tan alto que sólo Dios es su descanso, cualquier consuelo de las criaturas le resulta cruz. Desprendida de todo, ahora Dios le niega apoyo. Está el alma hambrienta y sentada entre dos mesas, de deleites espirituales una y de goces sensibles la otra. Ella desprecia los sensibles y Dios le niega los espirituales, porque quiere que el alma aprenda a estar con ánimo voluntario abandonada de toda ayuda y así dé gracias a Dios, lo alabe y sea fiel en todas las cosas. Que en nada busque su propio gozo y paz, excepto en el cumplimiento del beneplácito divino. Quiere también Dios que el alma aprenda a gozarse en su abandono y en ello ponga su paz, considerando que ésta agrada a Dios y es muy meritorio para sí y muy útil para su aprovechamiento, con tal que haga fielmente lo que pueda, sin caer en pereza o negligencia. 

 

 

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