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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
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CAPÍTULO
XLVIII
- Los
amigos infieles ante la prueba
No la pueden
soportar. Al sentirse solos, comienzan a demostrar de varios
modos su egoísmo. Algunos se entregan de nuevo a la
molicie de los sentidos y descanso corporal, apenas se
sienten abandonados o privados de la gracia y
devoción. Se les apaga el fervor por los ejercicios
de la vida proficiente. Ansían disfrutar de consuelos
sin discreción ni esfuerzo alguno. Si se les niega,
lo buscan en las criaturas, a veces con gran peligro de sus
almas. Parecen ángeles en las iglesias, pero son
lazos del enemigo en medio de las gentes.
Amigos
delicados
Otros se vuelven
pusilánimes en el momento de la prueba, dejando la
impresión de ser tiernos y delicados. Creen que les
es necesario abundante consuelo y comodidad corporal. Pero
deben recordar que la sabiduría de Dios, gracia
excitante y amor ardiente, no conviven con la molicie
humana. No caen al instante en pecado mortal, pero el fervor
de la devoción disminuye en ellos. Impiden el
ejercicio interno del corazón y el sabor de las
virtudes, y la divina suavidad resulta
insípida.
Amigos
fastidiosos
No faltan quienes,
al verse privados de los gustos internos, se vuelven tan
fastidiosos y tristes consigo mismos que resultan
insoportables para los compañeros. Parece que los
apremia el aguijón infernal. Nadie puede hablarles o
responderles a su agrado. Andar, estar de pie o hacer
cualquier cosa les molesta. Por motivos fútiles se
alteran tanto como si se tratara de mil talentos de
oro.
Amigos
inestables
Hay otros que son
abandonados por algún tiempo, después de haber
recibido gracias de devoción y amor sensibles. Se
vuelven notoriamente inestables y cambian pronto de
propósito y piensan incluso en pasar con frecuencia
de un estado a otro de vida.
La
naturaleza se busca a sí misma
La razón de
esto es porque no buscan a Dios por sí solo. Desean
obtener algo fuera de El en sus ejercicios. La naturaleza
inconscientemente se busca a sí misma bajo especie de
bien, adhiriéndose a la misma intención que
anima los ejercicios de perfección. Parecen buscar a
Dios para obsequiarle y disfrutar de la divina presencia
únicamente. Lo hacen en realidad para llenarse de
gloria al disfrutar del Señor y sentir
experimentalmente su devoción y amor.
En cambio, no desean
unírsele en la cruz de la aflicción, de las
penas, de las enfermedades, de los desprecios, de toda
adversidad y abandono. Sordos son a la voz de Cristo, que
dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí,
niéguese a sí mismo (sin buscarse a sí
mismo), "tome su cruz cada día" (no sólo de la
penitencia, sino también de la adversidad) "y
sígame" (Lc 9,23) tolerando todo lo adverso por mi
causa, como yo acepté la muerte voluntariamente, con
deseo y amor».
Tibios e
inconstantes
Ponen su mayor
empeño en las obras virtuosas y ejercicios externos
de penitencia, en vigilias y ayunos, llevar cilicios, sin
buscarse en nada, y en abrazarse a Dios con puro amor.
Pretenden recobrar la gracia a través de experiencias
sensitivas, cambian frecuentemente de propósito,
deciden vivir ahora de este modo, ahora del otro, pero nunca
permanecen estables. Del mismo modo piden consejos y
consejeros diferentes, siendo impetuosos e inoportunos en
buscarlos. Luego son descuidados en realizar y atenerse a lo
que les digan. Excusan, defienden y alaban lo desaprobado y
condenan lo aconsejado y alabado. Requeridos
múltiples pareceres, no llevan a cabo ninguno. Se
creen más prudentes que los demás. Esto
proviene de que se aman demasiado a si mismos y son
aún presuntuosos e hinchados de corazón. Son
las causas principales de su inconstancia.
Éstos, pues,
no son los verdaderos fieles amigos de Dios, ni
verdaderamente gratos a su gracia, ni tampoco buscan a Dios
puramente. Se apoyan demasiado en las propias dotes.
Ansían con avidez el provecho propio. Dios los prueba
y vuelve a probar rigurosamente en este grado de
consurrección y les priva de pasar a otras moradas
secretas.
No hay que fiarse de
algunos que parecen ser elevados por Dios en breve tiempo a
un profundo y alto conocimiento espiritual. Puede ser que
hayan recibido su recompensa, como leemos del conde
Guillermo Juliacense. Era un mal tirano. Una noche de
Navidad recibió dos o tres veces tan gran suavidad
espiritual que decía luego estar dispuesto a dar la
mitad de su territorio, con tal de que le fuese otorgado
volver a experimentar tal dulzura. Sin embargo, fue revelado
después de su muerte que sufría la misma
condenación del perverso César
Magencio.
Amigos
indiscretos
Hay quien se
ejercita indiscretamente en la devoción y amor en el
tiempo de su conversión y hacen penitencias excesivas
hasta arruinar su naturaleza.
Contra los
destructores de la naturaleza
No sienten la
debilidad de la naturaleza con la afluencia de la gracia. Se
creen que les es lícito cualquier cosa, que son
capaces de imponerse a la naturaleza y ni siquiera piden
parecer. Habiendo procedido así largo tiempo, la
naturaleza se desequilibra totalmente. Luego resulta
imposible secundar la gracia de Dios por la flaqueza. Llegan
a perder la sensibilidad de la gracia de la devoción
y del amor. Por primera vez se dan cuenta de la debilidad a
que ha llegado la naturaleza. Entonces se cierra el
corazón, desfallece la naturaleza. La gracia sensible
no se percibe más y caen en graves angustias,
tribulación, pusilanimidad y desesperación. Se
llenan de fantasías y tienen infierno terrestre para
todos los días de su vida. Pero Dios no
permitirá que sean condenados, a no ser que
deliberadamente lleven vida de pecados graves. Su
pusilanimidad, escrúpulos, desesperación,
tentación en la fe y cosas por el estilo, les
servirán de pena temporal en la tierra, pero no de
condenación.
Discreta
contemplación
Por tanto, no
conviene haga grandes penitencias exteriores el que es
atraído por Dios a la vida contemplativa y llega a
ejercer vigorosamente el amor práctico. El impulso
interior debilita y consume bastante la naturaleza.
Convendría incluso moderar con discreción los
mismos impulsos vigorosos, porque si quisiera siempre
seguirlos con todo el corazón, debilitaría
demasiado la naturaleza. Pero quien no tiene pujante
actividad interior podrá hacer mayor penitencia
externa.
Fray
Rogelio
Así leemos
del hermano Rogelio, antes mencionado, que, después
de haber sentido el impulso interior de la gracia y del amor
de Dios, temió hacer gran penitencia y abstinencia,
aunque sentía muchos deseos de hacer estas cosas.
Solía decir que su mayor trabajo era comer y dormir.
Cuando iba a tomar un bocado, procuraba elevar tan alto las
fuerzas superiores del alma hacia Dios y bendecirlo, que
parecía casi no sentir el sabor. Le bastaba dejar de
comer para cesar el arrobamiento. Por consiguiente,
dejó de hacer penitencia, porque verificó en
sí mismo que por la abstinencia disminuía la
devoción interna y la operación con que
acostumbraba recibir admirables gracias internas y dones de
Dios. No quiso dar ocasión para impedir la
operación interna del Espíritu.
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