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Enrique Herp - Directorio de contemplativos  (�ndice)

 

CAPÍTULO XLIX

Los amigos fieles y la triple mirra de la tribulación

Sigamos ahora hablando de los amigos que permanecen fieles en toda adversidad, a los cuales, sin embargo, Dios quiere probar para enriquecerlos, como el ángel dijo a Tobías: «Porque eras acepto a Dios fue necesario que la tentación te probase» (Tob 12,13, Ed. Vulgata). Hombre dichoso Job, porque en la grave prueba exclamaba: «Yahvé dio, Yahvé quitó. Sea bendito el nombre de Yahvé» (Job 1,21). Y en otro lugar dice: «El me puede matar: no tengo otra esperanza que defender mi conducta ante su faz» (Job 13,15). Es necesario que el amigo probado someta totalmente la voluntad a la voluntad divina y confíe plenamente en Dios, que toda adversidad le sobreviene para su provecho.

Probación triple

Hay tres grados de probación divina que pueden representarse por la triple mirra de que se habla en las Sagradas Escrituras. El primero lo hace Dios por si mismo, cuando priva al hombre de toda gracia en el sentido, devoción y amor sensibles, y lo deja con tal desnudez espiritual que nada siente, como si nunca hubiera conocido y amado a Dios, como si hubiera sido siempre su enemigo. Jesucristo dio pruebas de esta desnudez cuando oraba al Padre celestial diciendo: «Si es posible, que pase de mí este cáliz». Enseguida se abandonó voluntariamente y añadió: «Pero no sea como yo quiero, sino como quieres Tú» (Mt 26,39). Este abandono de la voluntad en manos del Padre celestial fue acepta sobre todas las cosas.

El abandono de la voluntad

Así debe el amigo fiel renunciar y morir a la propia voluntad en todo abandono ofreciéndola a Dios con amor. Entonces se renace espiritualmente en el Espíritu Santo y se hace libre de verdad. Su espíritu se eleva sobre la propia naturaleza, por encima de todo desprecio, trabajo, penalidades, angustia, temor de la muerte, juicio, Purgatorio o Infierno. Consuelo o desolación, dar y recibir, vivir y morir y cosas parecidas, bajo aquella amorosa libertad de la voluntad o espíritu, permanecen unidos al espíritu divino. Libres, constantes e imperturbables en todo abandono.

Este hombre no puede fácilmente llegar hasta aquí. Sólo la privación de la gracia sensible templa el ánimo para conseguirlo. Todas las virtudes se adquieren mejor en la adversidad, como la paciencia padeciendo, la humildad siendo despreciados, el amor a los enemigos sufriendo persecución, y así las demás virtudes.

Figura de este grado es la mirra amarga, que se dice la primera en el Cantar de los Cantares, como allí mismo se describe: «Sus labios son lirios que destilan mirra fluida» (5,13). Esta primera mirra o amargura con que se prueba el alma le es muy útil, aunque no lo reconozca, para preservar todo el cuerpo de las virtudes y no se corrompa. Así como los cuerpos de los difuntos se embalsaman con mirra.

La prueba del demonio

El segundo grado en la prueba viene de la impugnación y tentación de los demonios, por permisión divina, para probar gravemente al que ama. Le priva Dios de toda gracia sensible, lo expone a toda tentación y lo deja casi a la intemperie, sin el auxilio de la protección divina. Como Job era entregado a Satanás para ser flagelado y herido en todos sus bienes, hijos, siervos y criadas. Asimismo en su cuerpo, de la cabeza a los pies, con tal que no le quitase la vida.

De este modo Dios somete a estos sus amigos a tentaciones indescriptibles, en toda dimensión humana. Bien entendido que son de origen diabólico; por ejemplo, obstinación del corazón, blasfemias, ceguera infernal, odio a Dios, etc.

Tentaciones inverosímiles

Parece increíble que un cristiano las pueda soportar. La tentación, además, es tan fuerte que les parece consentir en todo momento. Sólo en la parte superior del entendimiento y voluntad se advierte cierta resistencia y notan que no consienten en la tentación. Sin embargo, la obsesión que padecen no les permite persuadirse de que realmente están resistiendo. Ignoran que esta angustia y premura del corazón les viene solamente de la batalla que sostienen contra la tentación en las partes superiores del espíritu, aunque el hombre inferior parezca consentir plenamente. Si todas las potencias del alma consintiesen en la tentación, no tendrían conflicto o aflicción y también fácilmente caerían en otros pecados graves, en particular deleites y comodidades sensuales. Es natural al atribulado buscar la compensación del placer externo cuando el espíritu afloja las riendas.

Se trata de una prueba especial de Dios. El sabe que nada hay más saludable para sus amigos que el padecer. Lo hace hasta el punto de ver que sus íntimos son incapaces de contristarse, porque en toda tribulación, por grande que fuere, dan muestras de hallarse siempre dispuestos a sufrir por El. En algunos, en cambio, la reacción es contraria: llegan al endurecimiento y ceguera contra Dios. Así los prueba también el Señor en sus secretisimos juicios, que nadie alcanzará a comprender. A veces puede ser tan sólo para llevar el alma al fondo de toda mortificación, de donde se sigue gran provecho espiritual. En otros casos ocurre por deficiencias que hay en nosotros; por ejemplo, indiscreción.

Indiscreción

Los que son por naturaleza muy activos y de corazón fogoso, al convertirse apasionadamente hacia Dios, hacen latir impetuosamente el corazón. Se dilata y golpea hasta poderse lesionar como queda dicho. Cuando Dios les priva de la gracia sensible, por alguna de las causas antes indicadas, estas personas se sienten desmesuradamente afectadas. Quieren por fuerza recuperar la gracia perdida, pero cuanto más se esfuerzan por conseguirla, más lejos están de recobrarla sensiblemente. En su impaciencia llegan hasta desequilibrar el corazón dejándolo en desdicha casi irreparable, como el que tensa las cuerdas de una lira hasta romperlas.

Consiguientemente pierden el dominio de las potencias inferiores del alma, que radican en el corazón. Las virtudes de templanza y fortaleza se ven desbordadas por el apetito concupiscible e irascible, respectivamente. Les parece consentir en todas las tentaciones. Se origina entonces gran tribulación, desesperación, endurecimiento, obcecación, ceguera infernal, que se apoderan del hombre inferior. Tan sólo en las potencias superiores hay resistencia, porque ellas están desligadas de la materia.

Se comprende, pues, el conflicto entre potencias superiores e inferiores del alma: mientras éstas gozan de gracias sensibles, el entendimiento y voluntad se muestran displicentes y afligidos, porque las potencias inferiores no aprenden a resistir Luego, se horrorizan y sienten náuseas con inefable angustia. Las potencias sensitivas sucumben al llegar tentaciones fétidas, odiosas y diabólicas que cualquier persona supera ordinariamente en las mismas circunstancias. Esto sucede porque han desequilibrado la normalidad del corazón con ejercicios indiscretos y luego son incapaces de volver a la tranquilidad acostumbrada.

Gula espiritual

Pongamos también un ejemplo de ociosidad. Algunos son muy emotivos, se les desborda el amor por los sentidos. Cuando se aficionan por alguna cosa, la efusión es tan vehemente que todas sus fuerzas corporales languidecen. Estas personas en un momento dado se reconcentran en Dios, donde encuentran inmensos y múltiples motivos de amor El Señor, por lo demás, premia todo acto generoso, especialmente en los tres o cuatro primeros años de la conversión. Resulta, pues, un doble instrumento de amor y devoción en el sentido.

Tales personas, embriagadas con la abundancia de estos regalos que Dios concede como remuneración a sus servicios, acrecientan su apetito de gula. Rehúsan luego el aprendizaje, preocupación y trabajo para morir a sí mismos, adquirir virtudes o conocer el divino beneplácito. Cada día más ponen su descanso en la devoción sensible y se vuelven muy ingratos para Dios. El, en cambio, les deja disfrutar largo tiempo de la gracia sensible, por si tal vez pudieran llegar al reconocimiento y enmienda. Pero cuanto más tiempo Dios los aguarda, tanto más golosos y desordenados se vuelven, regodeándose principalmente en esta sensación.

La naturaleza corrompida siempre tiende con mayor avidez a las cosas prohibidas, como ocurre al adúltero, que siente mayor atracción por la mujer con quien vive en adulterio que por la esposa. Cuando el Señor ve a estas personas infieles, siempre apegadas a las gracias sensibles, se las quita. Como entonces carecen de fundamento de virtudes o mortificación, con facilidad se vuelven impacientes y con bruscos modales intentan recuperar la sensación del gusto perdido.

No llegan al verdadero reconocimiento. No se les ocurre pensar que es por sus defectos, para que se enmienden. Por eso, cuanto más se esfuerzan en recuperar las sensaciones perdidas, menos aprovechan y se vuelven impacientes.

Amargura del corazón

De ahí nace la amargura del corazón y tedio que los hace insoportables a si mismos y a quienes los rodean. Poco a poco comienzan a degenerar en perversidad, obstinación, impaciencia, obcecación y ceguera contra Dios. Ponen su alma en peligro. Pero no es más que recibir la pena debida a su indiscreción. Pueden merecer mucho en ello, si procuran mantenerse con paciencia y entereza de ánimo. En la hora penosa de la prueba se hallan desconcertados por la gran aflicción o infernal ceguera y malicia de que son víctimas. Parecen haber perdido el dominio de la razón. Deberían, en cambio, dolerse en espíritu de todas sus faltas y abandonarse confiadamente a la voluntad de Dios, pidiendo perdón por los pecados pasados y que los defienda de los presentes y futuros.

Martirio mental

Hay otros casos en que los pacientes no han dado motivo para tal ausencia divina. Dios entonces lo dispone tan sólo para probar a fondo a sus amigos fieles. Les prepara una admirable corona de mártires en la vida eterna, pues no hay mayor martirio que esta ausencia de Dios, tan insufrible, que San Agustín y San Bernardo la comparan a las penas infernales. Son almas realmente muy gratas al Señor

Este grado de probación está figurado con la segunda mirra, que se denomina mirra óptima en el libro de Judith (10,3). Con ella se ungió la heroína cuando intentaba matar a Holofernes, enemigo de los judíos y símbolo del enemigo infernal.

La prueba de los hombres

Se da un tercer grado de probación cuando, además de las pruebas anteriores, la gente se burla del justo, lo desprecia, y lo tienen por fatuo e iluso. Aquellos mismos que parecen más honrados, virtuosos, santos y doctos. Esto le deja consternado, pusilánime y desolado. Como el santo Job (2,11) con los tres amigos que habían venido a consolarle. Instigados por el enemigo, en vez de consuelos, le lanzaban improperios y contumelias, obcecados en que Dios le había llagado por su culpa de él. Le causaban máximo dolor Lo mismo sucede a éstos. Se burlan de ellos, los insultan, condenan, maldicen. Por cualquier motivo los consideran posesos del diablo. Dios lo permite para que sus amigos carísimos sean probados en grado sumo y se purifiquen. Por aquí los lleva a la perfectísima semejanza de Cristo Jesús, a quien nos ha propuesto como ejemplo en la cruz.

Debemos tener en cuenta que jamás hubo pintor, por artista que fuere, capaz de reproducir todas las líneas del modelo en longitud, latitud, orden, semejanza, colorido, etc., tanta perfección como el Señor lo hace con sus amigos predilectos. Dios, efectivamente, con sabiduría infinita dispuso cómo guiarlos fiel y felizmente por estos medios en perfectísima semejanza con Cristo. Símbolo de este grado es la tercera mirra, que en el Cantar de los Cantares (5,5) se llama probatisima, cuando dice la esposa: «Me levanté para abrir a mi Amado, y mis manos destilaron mirra, mirra fluida (probatissima en la Vulgata) en el pestillo de la cerradura». «Abrí a mi Amado», que quiere decir: abandoné mi voluntad en el insuperable beneplácito de Dios, aun en toda adversidad y tribulación. Por eso le he abierto la puerta de mi alma para descansar Él tan sólo quiere poner su tálamo en mi corazón tranquilo.

Baste, pues, con lo dicho acerca de la consurrección según el hombre inferior. 

 

 

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