|
Inicio
Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
(�ndice)
-
CAPÍTULO
L
- Consurrección
de las potencias superiores en la vida contemplativa
espiritual. Alma y
espíritu
Continuemos ahora la
consurrección de la vida contemplativa, que tiene
lugar en la parte media del hombre, o sea, en las facultades
superiores del alma.
Alma
Con el nombre de
alma se designan las facultades inferiores de la vida
racional. Es decir, su punto de unión con el
cuerpo.
Espíritu
Espíritu
comprende la parte media, esto es, las tres potencias
superiores con que el hombre puede acercarse a Dios y
hacerse un espíritu con El, mediante la
contemplación.
Mente
Llamamos mente a la
parte suprema del alma donde las tres potencias espirituales
se hallan radicalmente unidas, de donde fluyen como rayos
solares y donde confluyen nuevamente. El centro del alma que
conserva impresa la imagen de la Santísima Trinidad.
Es tan noble, que ningún nombre le cuadra con
propiedad. Se usan circunlocuciones para darlo a entender de
algún modo. Es lo más excelente del,
alma.
División
de alma y espíritu
Para la
consurrección del espíritu, es decir, de las
potencias espirituales, hay que distinguir previamente entre
alma y espíritu, porque es necesario que esta
consurrección se opere en espíritu totalmente
libre. Según la expresión de San Pablo (Heb
4,12), «la Palabra de Dios es viva y eficaz, más
cortante que espada alguna de dos filos, penetra hasta las
fronteras entre el alma y el espíritu».
Operación creada en nosotros para que el
espíritu, libre de todas las cosas, pueda proseguir
su obra de contemplación. San Agustín, en el
libro De Spiritu et Anima, añade que no hay
nada más admirable que esta división
«alma y espíritu», si bien que
esencialmente son la misma cosa.
Esto permite
señalar dos fronteras. De una parte, lo que es animal
o sensual en el hombre y, de otra, lo espiritual, que vuela
a las alturas, hasta sublimarse en la gloria divina, para
transformarse en su imagen. Porque «quien se une al
Señor se hace un espíritu con Él»
(1 Cor 6,17). A veces el espíritu humano queda tan
abstraído del cuerpo y del alma que podría
decirse: el espíritu no está en el
espíritu. Esto ocurre cuando las potencias superiores
van tan lejos que el hombre se olvida de cuanto le rodea,
incluso del propio cuerpo.
De
espíritu a espíritu
Solamente la memoria
o el entendimiento se asoman a lo que está pasando en
el fondo del espíritu. Dice San Juan a este
propósito en el Apocalipsis (1 ,10): «Caí
en éxtasis un día del Señor». San
Jerónimo lo comenta en estos términos:
«Juan cayó en éxtasis sin que dejase de
estar en su cuerpo. Pero su mente quedó adherida al
espíritu de eternidad. El espíritu docente
elevó al adoctrinado y por eso vio cosas tan
admirables y profundas».
Algunas veces el
espíritu humano, con gran ímpetu de amor
fervoroso, es arrebatado sobre sí. Se podría
decir entonces razonablemente que está sobre el
espíritu, o sea, no sólo trasciende las otras
cosas, también a sí mismo. Sucede de manera
admirable. El fuego del amor lo levanta hacia aquel que
está sobre todas las cosas, por lo cual sale de
sí mismo. Nada hay en él, es decir, en su
memoria, entendimiento y voluntad más que el amor
eterno, que es el mismo Dios, en quien todo espíritu
desnudamente se sumerge.
Espíritu
sin espíritu
En tercer lugar, el
espíritu humano muchas veces llega a salir de
sí hasta el punto de poderse decir que el
espíritu está sin el espíritu. Esto
tiene lugar cuando empieza a salir de sí mismo, a
aniquilarse para introducirse en un estado supraesencial.
Así se inicia en la contemplación esencial de
Dios, como Pablo era arrebatado para ver a Dios en su
esencia y será nuestra dicha verlo en el cielo (2 Cor
12,4). Trataremos de esto ampliamente al final.
Sutileza de
las potencias superiores
Al llegar
aquí tenemos que confesar la dificultad en explicar
la consurrección de las potencias superiores, cuya
sutilidad supera nuestros alcances. Cuanto podamos decir lo
comprenderán solamente quienes lo hayan experimentado
de algún modo, por lo cual no es mi propósito
escribir de ello largamente.
En esta
consurrección, el alma más que subir por si
misma se siente arrebatada. Es más actuada que
actuante. El Espíritu Santo actúa
interiormente en formas y tiempos incontables. En cambio,
nuestra operación, la que tenemos que hacer en esta
consurrección, es sencilla. Semejante a la actividad
de la consurrección en las potencias inferiores. Pero
excede en nobleza a la anterior, como el oro a la tierra,
como el aire a los cuerpos por la sutileza, como el sol a
las estrellas por su claridad.
Los inexpertos,
aunque fueren de ingenio muy sutil, no podrán
comprender la nobleza de estos escritos mientras no lo
experimenten. Les parece entenderlo humanamente, pero
necesitan una luz intelectual increada, aquella de donde
fluyeron todas las luces intelectuales creadas. Y aun
así no podrán entender cómo un lumen
increatum actúa o nace en nuestro
espíritu. Sólo la experiencia es madre de esta
ciencia. Lo manifestó Jesucristo Nuestro Señor
diciendo: «Yo te bendigo, Padre, Señor de cielo
y tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y
prudentes y se las has revelado a los
pequeñuelos», que quiere decir a los humildes y
mortificados (Mt 11,25). Y en otra ocasión dijo:
«Dichosos los ojos que ven lo que veis. Porque os digo
que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros
veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros
oís, pero no lo oyeron» (Lc 10,24). Por reyes
podemos entender aquellos que son fuertes por naturaleza y
se ejercitan mucho en ayunos, vigilias, disciplinas,
cilicios, oraciones vocales y cosas parecidas con que se
domina la naturaleza. Puede ocurrir, sin embargo, que pongan
su confianza en estas obras de penitencia y de ahí
resulten presuntuosos, y aun desdeñosos, aquellos que
no son de naturaleza fuerte para hacer
penitencia.
Profetas
Se entiende
aquí por profetas aquellos que son de sutil ingenio y
se esfuerzan en llegar a la contemplación de los
bienes eternos, pero su versión no es todavía
pura. Quieren ver las cosas divinas y no alcanzan, porque
son inmortificados en la propia voluntad.
Voluntad
ciega
Ten esto por cierto:
la causa de esta obcecación, que impide la luz
espiritual, es la voluntad inmortificada, como los
párpados cerrados impiden la visión de los
ojos. Si quieres, pues, venir a la verdadera, espiritual e
intelectual contemplación, desnuda y vacía
perfectamente tu voluntad de todo querer y no querer La
voluntad propia, la que no se entrega plenamente al divino
beneplácito, es como una columna en que se apoyan los
muros del desorden. Al quitarla, se derrumban las murallas
de Jericó (Jos 6,20). Se parece asimismo al fondo de
la nave que recoge toda inmundicia de pecados.
«Lumen»
increado
A mayor abundamiento
puede el lumen increatum compararse a la luz solar,
que es simple en su claridad y, sin embargo, se percibe
mejor o peor, según la disposición del objeto
en que se proyecta. De diferente manera brilla en el vidrio
negro, en el verdoso y en el blanco. La claridad es la
misma, pero cada uno la refleja de distinto modo, conforme a
su disposición. Así sucede en estos tres
grados o partes que asignamos al alma.
La
ilustración del entendimiento puede entenderse
también por la semejanza con la aurora, de la cual
dicen los ángeles en el Cantar de los
Cantares: «¿Quién es ésta que
surge cual la aurora?» (Cant 6,10). La luz de la aurora
se eleva gradualmente. Al levantarse, se difunde.
Dilatándose, se esclarece. Finalmente se presenta
toda la aurora, cambiada en día claro, con sol
espléndido. Así es la luz intelectual en el
hombre: primero, pequeña y baja, cuando está
en las potencias inferiores, en que el hombre se ejercita.
Al progresar en los ejercicios, poco a poco se levanta y se
difunde en el entendimiento, como se observa en la
montaña, que cuando más subimos más
podemos contemplar Por último, el entendimiento se
eleva y extiende en tal medida que excede toda humana
capacidad e inteligencia hasta transformarse en claro
día, cuando podamos contemplar el sol eterno. Algo
así como esta elevación y difusión se
elevan todos los actos del alma. Se dilatan y
ennoblecen.
Anterior
�ndice
Siguiente
|