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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
(�ndice)
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CAPÍTULO
LI
- Elevación
de la memoria. Las tres potencias del
alma
Lograda la
consurrección por la plenitud de gracia y
cooperación del propio esfuerzo en las partes
superiores del alma, puede compararse a una fuente de donde
salen tres arroyos que inundan las tres potencias del alma.
Se trata de una plenitud de gracia, infundida por Dios en la
unidad del espíritu a modo de una fuente borbollante.
Se mantiene, sin embargo, inmanente en la esencial unidad de
nuestro espíritu, donde nacen tres ríos de
divina operación inundando las potencias espirituales
del alma.
Arroyo de
la memoria
El primero corre
desde la unidad del espíritu hasta la memoria, la
potencia primera. Es una serenidad o claridad espiritual,
simple, uniforme, gozosa y pacífica. Como el aire
cuando ha cesado todo viento, limpio de nubes y nieblas,
sereno, esclarecido por los rayos del sol. En eso se
transforma la memoria por influencia de este
arroyo.
Paz de la
memoria
Pacífica en
sí misma, clara, serena en su conversión a lo
divino, purificada de toda imaginación peregrina.
Este divino caudal la eleva por encima de impresiones
sensitivas, imaginaciones y todo cuanto pueda distraerla. Se
hace estable y firme en la unidad de espíritu. Cuando
corre este torrente inunda las potencias inferiores y
superiores del alma. Como el reflujo del mar, las atrae al
punto de su nacimiento. Se levantan sobre toda multiplicidad
y ocupaciones, como sí el hombre fuese elevado sobre
las nubes hacia la verdadera claridad y paz, donde ni el
viento, ni nubes, ni granizo, ni otro algún cambio
tiene lugar La memoria alcanza claridad y paz tan admirables
que nadie podrá comprender si no lo hubiese
experimentado.
Por esta luz infusa,
clara y tranquila penetra el hombre recogido, quieto,
empapado y anclado en la unidad de su espíritu, donde
halla la propia morada. Esta unidad, por la operación
interna de Dios, se convierte en aquella otra
excelentísima, en que el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo están unidos con sus
ángeles y santos.
Elevación
de la memoria
El alma que
aquí llega olvida lo terreno. Está viviendo en
el cielo, aunque sus pies toquen la tierra todavía.
Nos cuentan que un Padre del desierto tenía su
memoria trascendida tanto, que le era imposible retener
imagen alguna de las cosas terrenas. Le ocurrió que
un Hermano llegó a su celda y pidió le
prestara una cosa. Respondió el Padre: «Espera
un momento, Hermano, entro y te la traigo». Apenas
había cerrado la puerta se olvidó de lo que
iba a hacer y del Hermano que estaba esperando. Llamó
éste de nuevo. Salió el Padre preguntando
qué deseaba, pues lo había olvidado. Por
segunda vez fue a buscarlo y le pasó lo mismo. Otra
vez llamó el Hermano. Por tercera vez salió el
Padre y dijo: «Querido Hermano, entra tú mismo y
coge lo que pides, pues no soy capaz de retenerlo en la
memoria tanto tiempo».
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