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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
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CAPÍTULO
LIII
- Voluntad
inflamada en amor
El arroyo
de la voluntad
Fluye el tercer
arroyo del amor, tranquilo. Sus aguas son fuego manso. Del
manantial del espíritu se deslizan al estanque de la
voluntad superior o potencia del amor Este ya no estalla
como aquel amor práctico que se infunde en el hombre
inferior Vierte la corriente en aguas remansadas del
espíritu, las potencias espirituales. Lodos del
cuerpo allí no alcanzan. Silencioso, puro,
perfectamente en fragua depurado es este amor Parece aceite
hervido, que el fuego no hace desbordar, reposado. Como el
oro excede al barro de la tierra; más noble aquel
primero. Así es este amor, más sutil; como el
aire es más que el agua. Es fuerza de imán
irresistible, que atrae las fuerzas superiores a su origen.
Cuanto mayor es su fuerza, menos halla en nosotros
resistencia. El calor de este amor es tan vehemente que
parece abrasar y consumir al hombre enteramente. Lo
transforma y enciende en carbón vivo. Lo arrastra al
fuego inmenso del amor divino. Allí el amor humano
aniquila imperfecciones. Allí el alma enamorada
suplica amor divino sin cesar: que tu inmensa grandeza
penetre, devore y aniquile con presteza.
Amor que
clama
El amor de Dios dama
con voces incesantes que graba en nuestro espíritu,
para amar a aquel amor que se amó eternamente. Es voz
de interna moción en nuestro espíritu,
terrible y violenta más que el trueno. Su fulgor abre
el cielo al espíritu y le muestra la luz de la eterna
verdad. El amor nunca descansa sin que desee multiplicarse.
Cuanto más ama el espíritu, tanto más
encendido es el deseo. Consiguientemente, lo que resulta
fuego de amor tan intemperado y vehemente vadea el mismo
ejercicio de amor entre Dios y el espíritu. Es amor
como un rayo fulgurante, ávido de consumir en su
fuego al mismo espíritu. Causa de esto es que el amor
práctico y el fruitivo igualmente se refuerzan. Nunca
sucede así en los grados precedentes, a no ser a
veces por especial don de Dios. Aquí en parte se
equiparan.
Amor
práctico
Y para que
entiendas, propiamente se dice amor práctico cuando
nuestro espíritu opera con su amor creado e impele
hacia Dios y todo lo que puede ser de su agrado. Se llama
amor fruitivo, si el espíritu nuestro es actuado
felizmente por el Espíritu de Dios. La
actuación interna de Dios consolida todas las
apariciones y elevaciones en total perfección del
hombre.
Amor
fruitivo
Hay cierta
fruición en todo amor divino, pero prevalece el amor
práctico en el precedente grado, según el
proceso común. Disminuye en el fruitivo. En los
siguientes, por el contrario, obtiene la primacía en
la conversión a Dios y cede el amor práctico.
El espíritu es más actuado por el divino
Espíritu y se aniquila de tal modo que expira en
sí mismo, derritiéndose en amor de Dios.
Resulta un solo espíritu en el ardor de la caridad.
En el grado presente se interfieren con igual violencia.
Conviene que nuestro espíritu a veces ceda al divino.
Se produce en el hombre gran conflicto, porque las aguas son
impetuosas. Más aún porque nuestro
espíritu no está habituado a la
expiración. La humana naturaleza se resiste con
fuerza. Ninguno de estos espíritus se resigna a
ceder, ambos quieren prevalecer El espíritu humano
desea en todo momento absorber la inmensidad de Dios.
Resulta devorado mientras piensa absorber y devorar Como el
pez que va a comer el cebo: queda atrapado por el
anzuelo.
Amor muy
ferviente
A este grado de la
consurrección pertenece el séptimo del amor En
las Escrituras se llama amor supraférvido, amor que
hiere con demasiado calor De éste dice Hugo en el
capítulo séptimo de Coelestis
Hierarchiae: «Conociste cómo eso que hierve
es arrojado fuera de sí con cierta violencia de su
incendio. Es llevado sobre sí y produce una gran
moción por efervescencia invisible. Así
también el amor supraférvido lanza al
espíritu sobre sí mismo y fuera de si
mismo». Este amor, por su gran fervor, arroja lejos del
hombre todas las desordenadas aficiones, todas las
ocupaciones y ansiedades, todos los afanes y ejercicios que
no convienen a su afecto e impulso. Como dice San Bernardo
en el Sermón XXXV Super Cantica, el alma que
aprendió una vez del Señor y aceptó
entrar en sí misma, para respirar la presencia de
Dios en su interior y disfrutarla en parte, tendrá
como fuego horrible el salir otra vez a satisfacer los
atractivos y molestias de las tendencias humanas, habiendo
ya gustado la suavidad de la conquista
espiritual».
Así, pues,
hemos expuesto muy brevemente esta consurrección de
las potencias superiores. Porque nada digno podemos decir de
esto en comparación con la realidad. Nada vamos a
decir de las operaciones que el Espíritu Santo
realiza en tales hombres. Podrían multiplicarse y
variarse más que pelos hay en la cabeza. La principal
obra de esto consiste en la extracción o
intracción (expiración e inspiración)
de que trataré en el grado siguiente, para gloria de
Dios.
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