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Enrique Herp - Directorio de contemplativos  (�ndice)

 

CAPÍTULO LIV

Consurrección de la vida contemplativa espiritual en la unidad esencial del alma

Finalmente vamos a tratar de la consurrección que tiene lugar en la parte suprema del alma, en la unidad esencial, que es fuente y origen de las potencias superiores. Esta unidad en cuanto tal no es activa, pero de ella reciben todas las potencias el poder obrar Es totalmente necesario en esta unidad hacernos semejantes a Dios por gracia y virtudes o diferentes por el pecado. Sin la semejanza no podemos unirnos a Dios sobrenaturalmente. El pecado rompe la semejanza con Dios y nos separa de El. Por el pecado se desconectan las potencias del alma de su esencia, que Dios ocupa. Nuestro espíritu y sus potencias quedan así disociadas y por consiguiente desaparece la paz, que procede de la unión. Pero cuando el alma está perfectamente adornada en divina semejanza por la gracia y virtudes, nuestro espíritu se lanza con feliz inmersión al fondo del amor fruitivo. Se logra, pues, cierta unión sobrenatural con Dios por medio de las virtudes y la gracia. En esta unidad nosotros quedamos sumergidos en el Espíritu Santo y recibimos al Padre y al Hijo con el mismo Espíritu y toda su divinidad.

Bienaventuranza suprema del hombre

En esto consiste nuestra suprema bienaventuranza, en que, por la semejanza de las virtudes y el medio de la luz de gracia y de gloria, nuestro espíritu se introduce en la paz de la unidad esencial y sobre él Dios se difunde liberalmente con todas sus riquezas. Intentamos hablar de esta unión porque es nobilísima la consurrección para esta paz. Lleva nuestro espíritu al ejercicio supremo que se puede practicar bajo la luz increada y nos profundiza más y más en Dios. Este ahondamiento es semejante a un torrente o río impetuoso, que corre sin retroceso hasta el mar, donde queda absorbido totalmente.

Toque de Dios en el Espíritu del hombre

Para mayor evidencia conviene saber que esta consurrección se inicia y perfecciona con una atracción, cierto toque que Dios opera en lo íntimo de nuestro espíritu. De ello se gloría el alma dichosa diciendo: «Mi Amado metió la mano por el agujero de la puerta y por él se estremecieron mis entrañas» (Cant 5,4), es decir, el hombre inferior Nuestro espíritu padece y recibe este toque sin hacer nada de su parte. Las potencias superiores se estrechan con él en la unidad del espíritu, en sus propias operaciones de discurrir y amar La razón iluminada y mucho más la voluntad superior sienten lo que pasa, pero no lo aciertan a explicar

No podemos comprender qué es este toque en su origen, o qué sea el amor en sí mismo. Pero sabemos con certeza que es la tela fina que media entre Dios y nuestro espíritu, entre el actuar y ser actuados, entre el vivir y morir o expiar Nos levanta al ejercicio más alto que la naturaleza humana puede alcanzar en este mundo con la ayuda divina. Dicho toque excita y eleva el entendimiento a conocer a Dios en su esencial claridad y arrastra la voluntad superior a disfrutar de Dios esencial e inmediatamente.

Importancia del toque divino

La importancia de este toque divino consiste propiamente en que atrae al espíritu amante a ejercitarse interior y exteriormente. El Espíritu Santo con su aspiración nos induce a demostrar con obras el amor y a practicar las virtudes. Luego introduce de nuevo nuestro espíritu a amar con fruición y descansar felizmente. El que ha limpiado ya su corazón puede, por la acción interna del Espíritu Santo, ejercitarse doblemente en el amor fruitivo y práctico, sin que uno impida al otro, antes bien se corroboren mutuamente. Esto quiere decir que siempre halla descanso pleno en Dios con el amor fruitivo a la vez que ama totalmente en la actividad del amor práctico. Por el amor fruitivo experimenta la unión con Dios y por el amor práctico siente la separación. Así es la vida eterna que ahora podremos pregustar.

Sírvanos de ejemplo el aire que respiramos. Lo expiramos para poder inspirar otro nuevo, con lo cual se continúa la vida natural. Abrimos también los ojos corporales para ver lo exterior y enseguida los cerramos para volverlos a abrir El rápido cerrar los ojos no nos impide ver, antes bien parece que siempre permanecen abiertos.

Morir y vivir en Dios

Así también morimos o expiramos en Dios por el amor fruitivo y de nuevo por el amor práctico vivimos en nosotros mismos. Salimos de Dios para algunas obras virtuosas y ejercicios y nuevamente nos introvertimos en El para beber en la fuente. Tan firmemente nos adherimos a Dios como si nunca experimentásemos alguna extroversión o la extroversión no impidiese la adhesión y expiración.

Dichoso aquel que puede experimentar esto frecuentemente por la gracia de Dios; es imposible describirlo. Es la más noble sensación y la ejercitación más útil de todas las que podemos recibir en nuestro espíritu, si exceptuamos el lumen increatum, aunque se dan algunos grados medios más altos antes de llegar a ver a Dios esencialmente. Pero aquellos grados están fundados sobre el espíritu, en la unidad del espíritu o esencia del alma. A ellos estimula y compele este ejercicio, como aquí explicaremos gustosamente, en la medida que nos sea posible. 

 

 

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