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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
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CAPÍTULO
LVI
- El
toque extrayente
Prosiguiendo en el
ejercicio del toque divino, conviene saber que nuestro
espíritu es traído primeramente hacia fuera
con este toque. Tiende a poner ejercicios externos por
comunicación del Espíritu Santo, con el cual
todas las potencias del alma se llenan de placer y riqueza
espirituales. Las potencias exteriores luego son empujadas
hacia dentro en un momento, y las internas inferiores,
impulsadas a lo alto, son atraídas a las superiores
de tal manera que cesan en todas sus operaciones. Las
superiores, en cambio, se actúan plenamente. La
memoria se enriquece y amplia con abundante
comunicación de cosas celestiales y divinas. El
entendimiento queda esclarecido con ilustraciones
intelectuales. La voluntad empieza a ceder con deseos
licuescentes.
El toque
extrayente
Este toque,
además, nos hace vivir en espíritu,
llenándonos de su gracia y poniéndonos en la
presencia de Dios. Con tan potente virtud, finalmente, nos
conserva para que seamos capaces de soportar sin
defección los sabores y deleites sensitivos y todos
los regalos que vengan de Dios. Los arroyos de bondad fluyen
de este toque y todas las potencias se expanden ampliamente,
en particular el excesivo apetito de un deseo voraz. El alma
siente que Dios quiere entregarse a sí mismo con
todas sus delicias y riquezas, para venir y fijar su morada
en felicidad.
El toque
intrayente
El toque
introvertiente produce en nosotros un ejercicio más
noble aún. Nos lleva a la unión con Dios y a
estallar de gozo en El. Es, sin embargo, útil y
necesario que quien ama de veras trabaje por ejercitar y
seguir ambos toques, más por necesidad que por
afecto. Siempre es más deseable excitar la
intracción en la cual el espíritu descansa
inmediatamente en Dios. Pero es menester a veces que desee
por necesidad este ejercicio.
Interrupción
del toque intrayente
Ante todo, para que
su deseo se consiga por completo con la operación
interna, es necesario imitar la perfección divina, en
la medida de lo posible, especialmente en cuanto la podemos
imitar por su naturaleza humana. Necesita meditarías
con mente piadosa para estimularse a sí mismo a la
imitación.
En segundo lugar,
para que el alma enamorada, que gusta los deleites de la paz
espiritual, no comience a esperanzarse y hacerse negligente
en el aprovechamiento de las virtudes y buenas
obras.
Por último,
para que el espíritu con mayor fecundidad emprenda de
nuevo el vuelo hacia el Amado.
Conviene que su
intención, no sólo principal sino
única, esté siempre en la salida amorosa, como
la abeja vuela para extraer la miel de las flores y ponerla
en el panal.
Ejemplo de
la abeja
El alma, iluminada
por la razón, debe volar por todas las cosas
admirables y amables que Dios hizo con su poder infinito,
sabiduría y bondad en todo lo creado. Principalmente
en aquel gloriosísimo y amabilísimo espejo,
que es la sacratísima humanidad de Nuestro
Señor Jesucristo, y por todas las cosas que con tanta
gloria, digna y amorosamente hizo y padeció en la
humana naturaleza, para que, como abeja laboriosa, haga
surgir de estas cosas la miel espiritual. Luego se
levantará a dar gracias a Dios, a alabarle, honrarle
y amarle. Saturada con este ejercicio, dejando fuera la
razón iluminada, volverá rápidamente al
propio panal, esto es, a su Amado, por la dulzura del amor
fruitivo. Fluya allí amplia y profundamente al amor
increado, como a cierto abismo, dejando fuera la
razón iluminada, hasta que salga de nuevo.
Cuando se haya
consumido el néctar del amor que trajo antes,
favorecida y colmada, actuada por el Espíritu e
iluminada por la razón, levante otra vez el vuelo
para recoger mas miel y regrese luego con nueva cosecha
hasta el Amado.
Orden de la
caridad
Éste es el
buen orden del amor: que la mente humana aprenda a usar y
entretenerse en las cosas según que convenga al
provecho del espíritu, extrayendo de todas la dulzura
meliflua del poder divino, bondad, grandeza, largueza y
otras propiedades. Con ello acuda de nuevo al propio panal,
esto es, a aquel amable origen de donde salieron todas las
cosas. Esta es, en definitiva, la razón de todo
movimiento: volver volando al Amado, con la rica miel de
nuestro amor.
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