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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
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CAPÍTULO
LVII
- El
toque intrayente
Otro efecto de los
toques divinos es la atracción del espíritu a
su mayor recogimiento en plena soledad. A disfrutar de Dios
en el fondo del alma abandonándonos a su divina
voluntad, al amor aquel único y simplicísimo,
que abraza al Padre y al Hijo en gozo sin par Donde el alma,
en amor llena, queda sellada con el suavísimo abrazo
del amor divino hasta desfallecer todas nuestras
fuerzas.
Llamada al
interior
Consiste esta
llamada en cierto contacto interior que procede de la unidad
supraesencial con Dios. Identificadas con El por amor, las
almas son ascuas encendidas bajo su abrazo divino. No hay
por qué admirarse si cierta claridad incomprensible
resplandece sobre este toque en aquella silente y tranquila
esencia del espíritu. Es la Trinidad
excelentísima, que habita en lo íntimo del
espíritu, la que causa este toque al desbordar sus
riquezas y delicias.
La razón
iluminada y el entendimiento escrutan el interior del mismo
espíritu para llegar al conocimiento del toque. No lo
pueden conseguir, porque la claridad divina que el mismo
toque causa, oscurece con su fulgor toda mirada del
entendimiento. Este sólo ve la luz creada. Como la
presencia del sol oscurece la luna y las estrellas, que del
sol reciben su luz. Así, pues, la razón y
entendimiento se ven obligados a permanecer delante de las
puertas, en la escalera. La voluntad, en cambio, divinamente
invitada y atraída por el gusto de lo divino, no cesa
de avanzar prosiguiendo el ímpetu de su amor Ella se
deleita más en el abrazo de la divina
fruición, más propio del gusto que de la
vista.
Por tanto, mientras
la razón y el entendimiento, ciegos o entenebrecidos
por la excesiva claridad, quedan acostados a las puertas, la
voluntad, como Moisés (Ex 19,16-21), penetra con gran
ímpetu en la oscuridad. Adquiere cierto impulso
espiritual en ansias de comprender el bien increado, como si
el más pequeño pececillo se empeñara en
tragarse todo el mar Con este ímpetu, las tres
virtudes superiores se agotan completamente al ejercitarse
en su vigorosa operación. Se aniquilan y llegan al
desfallecimiento propio, para que, al resurgir luego
felizmente, puedan ser absorbidas en la divinidad inmensa de
la Santa Trinidad. Podemos tomar ejemplo de estas cosas en
Dios, a quien debemos asimilarnos en todo, en lo humano y en
lo divino, pues «creó Dios al hombre a imagen y
semejanza suya: a imagen de Dios le creó»
(Gén 1,27).
Flujo y
reflujo divinos
Podemos considerar
en Dios como un flujo y reflujo. Fluye naturalmente con
verdad y amor, porque la verdad eterna es engendrada por el
Padre y el amor eterno procede del Padre y del Hijo.
Así debemos fluir por la noticia de todas las cosas
que nos pueden llevar hacia Dios, y por el amor que debemos
recoger de las criaturas, como se recoge la miel de las
flores, para transportarlo al amor increado. También
fluye Dios naturalmente con su unidad y su esencia. La
unidad de la naturaleza divina atrae hacia el interior a las
tres personas con el nexo o vínculo del amor En
él la esencia divina consiguientemente comprende y
abraza la unidad de naturaleza con cierto abrazo fruitivo y
esencial. Así ocurre en nuestro amor, compelido por
el divino: atrae nuestras potencias a la unidad de nuestro
espíritu conforme se ha dicho. Luego, sobreascendemos
a la simple unidad de nuestra esencia, donde recibimos la
divina unión y pregustamos la fruición
dulcísima.
Con esto, el alma
amorosa empieza a descansar de toda operación a la
sombra del deseado. Los frutos que allí gusta son
«dulces al paladar» (Cant 2,3). También se
llega el alma al lecho del Amado, para reposar allí
con suavidad, libre de cualquier cuidado, embriagada en amor
divino. Allí padece con deliciosa pasión la
operación interior, transformada en claridad y amor
de Dios. Como el hierro, negro y frío en su natural,
puesto al fuego se convierte en fuego y claridad.
Esta es la
vía regia por donde el alma camina. De la luz natural
a la divina, en que está su verdadero origen. Si
quiere conseguirlo, deberá ordenar todos sus impulsos
desde el principio.
Esencia del
alma
¡Oh alma
mía! ¿De dónde tu fluir tomó
principio? ¿No saliste del abismo de la divinidad como
esencia de la Esencia, vida de la Vida, entender del
Entender? Lo eres por creación, no por esencia.
Tú no eres Dios de Dios, pero Dios te va a divinizar
Tan fuerte conexión y tan excelente unión hay
entre vosotros que nunca se ha de abolir Nunca se va a
separar El sol en su rueda es cierta luz esencial, que
difunde sus rayos por doquier Estos no son parte esencial de
su luz, pero tienen eterna contigüidad con el sol, por
lo cual se conservan en su ser Si en un momento aquella
contigüidad se rompe, los mismos rayos también
dejan de ser
Salida del
alma
Alma salida del
abismo infinito de la divinidad, se mantiene con ella en la
contigüidad. Por ella se conserva y alimenta con su
origen. Si ésta se interrumpe, en el mismo instante
el alma se reduciría a la nada. Así es nuestro
retorno: como el que camina por los radios de la rueda solar
Desde los sentidos y potencias exteriores somos elevados a
las interiores. Desde aquí a las superiores y desde
ellas a la unidad de la esencia del alma.
Ésta es la
puerta por donde sale el alma para entrar en su propio
origen.
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