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Enrique Herp - Directorio de contemplativos  (�ndice)

 

CAPÍTULO LVIII

Triple manifestación de la luz

Alguna noticia más sobre esta intracción o llamada al interior Atraídas las potencias intelectuales al interior en la unidad de espíritu y franqueada la unidad del espíritu hasta colocarse inmediatamente ante Dios, surge de la divina unidad una luz que irradia en la elevada unidad de nuestro espíritu y se manifiesta bajo una triple semejanza. Primero como tiniebla, de la que luego hablaremos. Después aparece una gran tranquilidad, depurada de todas las formas, como cielo sereno, sin ninguna nube. El hombre ha perdido ya toda consideración y diferencia de cosas y de imágenes. Una simple uniformidad y claridad lo rodean y 19 inundan.

El ojo sano

Ojo sano puede llamarse esta claridad intelectual. Damos aquí el camino para llegar allá. Entendimiento y voluntad avanzan a la par para llegar a Dios hasta el punto que el entendimiento no puede franquear Permanece entonces fuera con todas sus consideraciones. La voluntad penetra únicamente, pues ella sola es capaz de levantarse a la desnudez del conocimiento, ojo sano o corazón del alma con que se ve a Dios, como dijo Jesucristo: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8).

Este ojo sano se abre ampliamente, tiene simple mirada, no necesita discurrir ni investigar Brilla cierta luz en el pensamiento desnudo que no pueden captar ni la razón, ni la naturaleza, ni mucho menos el sentido. La claridad inmensa de aquella luz reverbera y hace oscurecer o ciega los ojos de la razón. Por encima de ella, nuestro ojo sano permanece solitario, abierto, en el ápice de la inteligencia, contemplando y mirando esta luz de reverbero. Luz más noble y superior a todas las creadas. Es la perfección natural y medio clarificado entre nosotros y Dios; ella nos da libertad y audacia ante El.

Manifestación de la luz

En tercer lugar, se manifiesta esta luz como vacío total. Con su inanidad el hombre se siente obligado a descansar de todo quehacer Le ha vencido la operación del amor divino, que es tranquila ociosidad sobre toda operación. Estos tres puntos se confunden en una sola cosa, por cuanto puede saber no quien esto escribe o lee, sino quien lo experimenta.

Divina tiniebla

Prosigamos, pues, hablando de lo primero: la oscuridad. Notemos ante todo que ésta no puede ser comprendida por la razón ni por el entendimiento, porque en ella el espíritu expira haciéndose una sola cosa con Dios. El es su fruición, descanso y paz. Fruición que hace cesar toda operación, porque el amado abraza al Amado sobre todo deseo, por desnudo y simple amor La claridad es tan grande que el entendimiento queda deslumbrado y ciego, como se cegaría el que quisiera dirigirse hasta el mismo sol. Se llama también tiniebla, porque el alma amorosa comienza a experimentar que toda aquella contemplación y conocimiento intuitivo mediante imágenes y comparaciones distan infinitamente de la misma verdad de la esencia divina. Igualmente todo lo que el entendimiento humano y desnudo conocimiento pueden pensar.

Entre dos mesas

Síguese de aquí que el ojo intelectual, al despojarse de las imágenes corporales, espirituales, y aun divinas, por muy sublimes y nobles que sean, se levanta de nuevo a la nadeidad caliginosa, donde ciertamente se constituye en una perfecta ignorancia de Dios. Se halla el alma como el que está entre dos mesas y prefiere morir de hambre antes que descender a la mesa inferior, en que Dios es conocido por imágenes y semejanzas. No tiene acceso a la mesa superior, donde Dios es conocido en su desnuda esencia. El alma permanece sentada en puro y oscuro vacío, sin conocer nada, ante la presencia inmediata pero desconocida de la gloriosa divinidad, que está haciendo su morada. No cesa de resplandecer allí, sobre la misma oscuridad, sin medio alguno, aquella gloriosa luz, aunque las tinieblas sean incapaces de comprenderla. No es comprendida porque la oscuridad aquella todavía no ha sido glorificada. Si alguna vez lo fuese, entonces comprendería la luz en la luz. Entonces finalmente el alma tomaría asiento, elevada a la mesa superior, donde podría conocer y amar a Dios en desnuda esencia. Sería, por tanto, necesario que el alma se revistiese de lumen gloriae para poder contemplar esencialmente la misma luz increada.

Entre tanto, deberá construir su inhabitación en la misma oscuridad. Si persevera en ello con gran firmeza de ánimo, saboreará el dulce fruto bajo esta caliginosa sombra, como el cachorro que recoge las migajas caídas de la mesa. A veces tendrá que extravertirse, conforme arriba dije; pero en su introversión volverá a esforzarse para profundizar en Dios. En esto hallará admirable intimidad, comunicaciones y complacencias: en Dios y con Dios. Son admirables los gozos, delicias y espirituales riquezas, que exceden todo lo que alcanzan a imaginar los espíritus creados, mediante el conocer, amar, contemplar, unirse y disfrutar.

Amor líquido

A este grado de consurrección pertenece el octavo grado de amor, que se llama amor liquido en las Escrituras. El Espíritu de Dios y el del alma, derretidos en amor, se fusionan en delicioso fluir En este liquido amor el alma es atraída al abismo del amor divino. En él queda absorta de tal modo que todo lo abandona y a sí misma. Es río que corre hacia el amor eterno. Tanta es allí su satisfacción que la llama del amor prende con fuerza, la despoja de todo lo que es humano, menos de su esencia, y la reviste de Dios. Dios transforma el alma con todas sus potencias. Las facultades inferiores quedan sumergidas y las tres superiores elevadas, unidas, ennoblecidas, transformadas. Como el hierro, que por naturaleza es negro y frío, pero cuando se le pone al fuego, poco a poco pierde su negrura, dureza y frialdad, revistiendo la semejanza del fuego: calor, ductilidad y claridad. Resulta muy diferente de sí mismo.

Inflamación del alma

El alma, que antes estaba fría, se inflama al calor del amor divino y al soplo de una constante aspiración. La que antes era oscura, ahora queda esclarecida. Endurecida primero, ahora tan suave que se derrite en sí misma. Fluye totalmente hacia el Amado y se une a El sin medio alguno. Con Dios un solo espíritu se hace, como el oro, la plata, el metal y el plomo. Todos mezclados hacen una sola masa y sustancia.

Licuación del alma

A este propósito dice Orígenes que la licuación del alma en el amor de Dios es obra felicísima de divina consolación, que entonces consume al alma en la vida contemplativa. Y añade San Gregorio: «Estos no pueden descansar más que en el fuego del amor Tanto aman que son ellos llama viva». Nada les falta para que podamos llamarles serafines. Sus corazones están totalmente convertidos en fuego de amor divino. En verdad, tal es la fuerza de su amor que su mayor descanso es sufrir por el Señor. 

 

 

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