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Enrique Herp - Directorio de contemplativos  (�ndice)

 

CUARTA PARTE: VIDA CONTEMPLATIVA SUPRAESENCIAL

 
TRATADO PRIMERO:
PREPARACIÓN
 
CAPÍTULO LIX
Dignidad de esta vida y razón de pedir dones a Dios

Sigue la tercera y suprema vida del hombre, que se llama contemplativa supraesencial, figurada por María Magdalena, quien «había elegido la parte buena» (Lc 10,27). Los hombres, de acuerdo con la tradición de todas las Escrituras, fueron creados para asociarse a los ángeles en la Gloria. El aprovechamiento en la virtud les dará diferente colocación, en proporción a sus méritos, como son diferentes los coros angélicos. Así, ordinariamente recibirán también distinta iluminación en los misterios divinos. La vida contemplativa supraesencial ocupa el grado más alto de las iluminaciones divinas. Requiere, por consiguiente, que el hombre escale muchos grados de la virtud, especialmente por la verdadera mortificación. Que haga lo que está de su parte, disponiéndose previamente para recibir de Dios saludable y útilmente aquella eminentísima comunicación de la vida contemplativa supraesencial.

Algunas veces reciben este don personas que se hallan todavía en la vida proficiente, y aun los principiantes. Algunos, incluso, en el primer momento de su conversión, como sucedió al apóstol San Pablo. Apenas convertido, fue arrebatado al tercer cielo y vio a Dios esencialmente como lo veremos en la Gloria (Hch 9,5; 2 Cor 12,2). Si bien que tales personas fueron luego probadas con tentaciones indescriptibles, angustias, perversidades y también por envidia de los enemigos contra Dios, como queda dicho.

Qué pedir a Dios

Dios manda que pidamos y quiere ser donador generoso. Cada uno piense y no pida para sí dones que podrían estar sobre toda medida de sus alcances. Se limite a pedir lo necesario para su salvación y perfección. Dios, que es liberal en sus dones, a veces concede lo que se pide, para verificar su promesa, en que dice: «Pedid y se os dará» (Lc 11,9). Pero no le será provechoso recibirlo al que pide mientras no haya aprendido a usarlo saludablemente. Por eso el Señor los pone con frecuencia en ocasiones de sufrir angustias incomprensibles, obcecaciones, endurecimiento, perversidad, envidia infernal. Como dijo Cristo de Pablo, hablándole a Ananías: «Yo le mostré todo lo que tendría que padecer por mi nombre» (Hch 9,1 6). Por consiguiente, para preverlo nos conviene también en este estado proceder con el método de una previa preparación y ornato. Lleguemos así a una saludable consurrección. 

 

 

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