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Enrique Herp - Directorio de contemplativos  (�ndice)

 

CAPÍTULO LX

Abnegación de la voluntad en la vida supraesencial

Esta preparación exige ante todo las dos anteriormente descritas, según la vida activa y contemplativa espiritual. Se funda en la perfecta y noble mortificación de la naturaleza. Quiere esto decir que el alma enamorada debe prescindir de todo lo que no sea Dios y buscarle a El sólo. Ver al Dios de los dioses en Sión. Ciframos esta búsqueda en los afectos purísimos de la propia mortificación o abandono. Para conocer mejor estos afectos presentamos nueve grados. Atribuimos a cada uno la correspondiente iluminación que Dios suele conceder a cada cual, según su ordinario modo de proceder.

Grados de abnegación de la voluntad

El primero es propio de aquellos que están fundados en el temor de Dios y quieren apartarse de los pecados mortales por amor de El. Es el primer paso para la semejanza con Dios, porque, como nos hemos separado de El por la disemejanza de los pecados, así de nuevo nos acercaremos por la semejanza de su gracia y de nuestras virtudes.

Este es el pensamiento de David, cuando dice: «Los que miran hacia El refulgirán: no habrá sonrojo en su semblante» (Sal 33,6). Estos son escasos con relación al número de los que pecan y su iluminación es como niebla muy oscura. Hay muchos incapaces de ver y evitar los pecados mortales. Su vida es todavía muy insegura, tímida la conciencia, sus sentidos acosados por muchas inclinaciones tentadoras, su salvación muy dudosa. El diablo confía mucho en su ruina y condenación. Les parece suficiente evitar los pecados mortales y dicen con el profeta: «Ilumina mis ojos, no me duerma en la muerte y no diga mi enemigo: "¡Le he podido!"» (Sal 13,4). En su iluminación permanecen fríos e infieles buscando todavía en muchas cosas las comodidades de la naturaleza y de los sentidos. Su preocupación se limita al Infierno y los pecados mortales. Aunque perseveren hasta el fin sin pecados mortales, sufrirán un horrible y largo Purgatorio, porque no se preocuparon de desarraigar el afecto de los pecados veniales. También sus buenas obras ante Dios serán de escaso fruto, puesto que fueron hechas con afición e intención impuras.

Pertenecen al segundo grado de abnegación aquellos que, siguiendo las aspiraciones divinas, se retiran diligentemente de las vanidades de este mundo y buscan el consejo y compañía de los buenos con que poder mejorarse, como dice David: «Con el piadoso eres piadoso, intachable con el varón sin tacha. Con el puro eres puro; con el ladino, sagaz» (Sal 17,26). Luz más clara los ilustra, puesto que se sienten inclinados a evitar toda ocasión de pecado, a frecuentar las iglesias, sermones y lugares en que puedan hacerse mejores. Se pueden aplicar aquello de David: «Para mis pies, antorcha es tu palabra», que quiere decir: para mis afectos. «Luz para mi sendero» que busco hasta alcanzar la perfección (Sal 119,105).

Lazos del diablo

Muchas veces son atacados por el diablo, que desea volverlos blandos y negligentes en las obras y ejercicios arduos de la virtud. Muchas veces se dejan seducir. Sólo evitan los pecados mortales y los veniales más notables. No atienden con reflexión y diligencia los defectos menores u ocultos de la vida relajada e inmortificada. Ni se esfuerzan por cultivar las virtudes. Entonces el diablo, con dulzura y engaño, les infunde confianza y perniciosa seguridad en la bondad divina. Les parece haber dejado muchas cosas por Dios, por la cual van a parar en propia complacencia y vanagloria. Piensan que valen mucho. Complacencia tan sutil que ni siquiera ellos la advierten. Se muestran sabihondos como si no necesitaran auxilio y consejo de nadie, pero de pronto caen en muchos defectos espirituales.

Penitencias corporales

El tercer grado es propio de aquellos que, mejor que los anteriores, vencieron el mundo, los sentidos y la pereza. Se entregan a trabajos duros y ejercicios de penitencia corporal para poder evitar el Infierno, aliviar el Purgatorio y llegar más gloriosamente a la vida eterna. Se les puede aplicar lo que dice David: «Inclino mi corazón a practicar tus preceptos, recompensa por siempre» (Sal 119,112), o sea, la vida eterna. Merecen percibir aquella iluminación que pide David diciendo: «Haz que brille tu faz para tu siervo y enséñame tus preceptos» (Sal 119,135), que significa actos externos y obras virtuosas.

Pero el diablo les pone mil impedimentos para que no conozcan la excelencia de los actos espirituales internos. Sus ejercicios supremos consisten en tolerar el hambre, la sed, el frío, ayunar, pasar vigilias, llevar cilicios y recitar oraciones vocales. Nada, en cambio, saben de los ejercicios internos ni de la propia mortificación según el hombre interior. Por eso, sufren todavía y cultivan las inclinaciones naturales. Son muy amigos de sus amigos, con amistad de natural simpatía o de espíritu, y muy dados a los parientes. Se sienten satisfechos con esta clase de amistad e ignoran el gran dispendio espiritual que de ahí les viene.

Daños que se siguen

En orden a la contemplación se siguen serios daños del amor natural a parientes y amigos. Se afianzan en superflua solicitud e inquietud del corazón, que imposibilitan llegar al hombre interior. Diariamente se ven agitados por innumerables, impuros e inquietos afectos, cuidados y preocupaciones que proceden del amor natural, por muy buenas y virtuosas cosas que parezcan.

Ejercicios espirituales

Se hallan en el cuarto grado, además de los que practican obras y ejercicios exteriores, quienes ponen con frecuencia actos interiores y espirituales, oración mental, amorosos gemidos y deseos y cosas por el estilo, en todo lo pertinente al hombre interior según la actuación del Espíritu Santo.

No avanzan, sin embargo, porque el diablo los mueve a practicar estos ejercicios buscando los gustos sensibles que de ello se derivan. Realmente desean, buscan e intentan más el propio gusto en la devoción que el puro, desnudo y divino beneplácito. A veces se glorían y complacen en su iluminación y espiritual dulzura, se burlan de los que caen bajo el lastre de las tentaciones, aplicándose presuntuosamente aquellas palabras del Salmo: «¡Alza sobre nosotros la luz de tu semblante! Yahvé, Tú has dado a mi corazón más alegría que cuando abundan ellos de trigo y vino nuevo» (Sal 4,8). Están muy pagados de su propio juicio. Son propietarios en la voluntad, no abandonándose verdaderamente a lo que Dios quiera. Les acaece que, en el tiempo de la gracia sensible y devoción, parecen abandonarse y ofrecerse a Dios con plenos afectos en todo lo que son y pueden: pobreza voluntaria, desprecio, pasión, destierro, muerte y cosas semejantes. Pero, apenas les faltan los gustos o gracias sensibles, todo es desolación. Si, además, les visita la confusión, persecución, adversidad e injuria, muestran su falta de mortificación por la impaciencia, inquietud, tristeza, murmuración y cosas semejantes. Conservan todavía el amor propio y desordenado, por donde el enemigo infernal aprisiona la voluntad, que parecían haber ofrecido a Dios en todas las cosas. Por la atracción oculta de la naturaleza siempre permanecen propietarios en la voluntad, aunque lo hagan sin darse cuenta, afectando más bien hacer la voluntad de Dios. Ellos creen estar cumpliendo el divino beneplácito en prosperidad y adversidad, en la devoción sensible y en el abandono.

Imperfecta renuncia de la voluntad propia

Forman el quinto grado aquellos que en todas sus obras, ejercicios y conversaciones renuncian a la propia voluntad por el beneplácito divino, pero se hallan a veces muy lejos y vacilantes en su propósito. Lo reconocen y se duelen de ello. Todavía no están habituados ni se han ejercitado largo tiempo.

Esto es debido a que no se han enraizado aún en la mortificación mediante la práctica de las virtudes con frecuentes ejercicios. Son inconscientes. Unas veces renuncian a la propia voluntad y otras, dudosos, vacilan en su empeño. De éstos dice David: «¡Me cubra al menos la tiniebla y noche sea la luz en torno a mi! La misma tiniebla no es tenebrosa para ti y la noche es luminosa como el día». Noche luminosa quiere decir la gracia que fluye, es decir, la meditación de la adversidad, en la cual entonces me abandono voluntariamente y viene a ser mi iluminación, mi acceso a Dios, con quien me siento alumbrado.

Si estos hombres abandonasen en Dios toda propiedad, sin que la reclame luego el corazón, antes bien lo hacen con gozo y espíritu humilde; si en todo se sometiesen a la voluntad divina, recogerían fruto abundante por ello y quedarían con mucha iluminación, para conocer las secretísimas sendas de la virtud, que casi todo el mundo ignora.

Gula de consolación interior

El sexto grado comprende aquellos que con redoblados deseos y frecuentes ejercicios abandonan por completo la propiedad y perseveran constantemente en el divino beneplácito, sin retractación alguna. Su entendimiento recibe más luces. «Saben que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que lo aman» (Rom 8,28). También en la adversidad. Por eso dicen con David: «Yahvé, mi luz y mi salvación, ¿a quién he de temer? Yahvé, el refugio de mi vida, ¿por quién he de temblar?» (Sal 26,1).

Gula de consolación interior

Pero les queda el defecto de buscar con demasiada avidez el consuelo espiritual que les sirve para sufrir fácilmente cualquier adversidad. Les queda aún esta propiedad de consolación en el espíritu y desean que Dios se la mantenga. La intención de disfrutarla no es todavía pura y divina, como se puede advertir, porque pierden la paz del corazón, mientras no les llega el consuelo que desean.

Notemos que cuando, con la debida rectitud de intención, se pide y exige a Dios esta devoción y consuelo sensibles, nada tiene de malo y vicioso. Sin embargo, se demuestra con ello cierta imperfección, pues hay falta de confianza y total abandono en Dios. Son escasos quienes lo reconocen.

Dios y la consolación interior

Esto quiere decir que el hombre no se niega a sí mismo mientras no se despoja de todas sus aficiones y deja que Dios obre en él incondicionalmente, incluso probándole con la ausencia y la adversidad.

El alma que ha llegado a este grado de abnegación reconoce lo que debería hacer, pero le falta determinación generosa para entregarse por completo. Por eso, no obra con perfección en los otros ejercicios y virtudes, porque no puede conocer ni discernir plenamente los sutiles y desordenados afectos.

Ecuanimidad en lo adverso y lo próspero

En ,el séptimo grado están los que aprendieron a usar provechosamente una y otra mano: la derecha de la prosperidad y la izquierda de la adversidad, diciendo con David: «A punto está mi corazón, oh Dios» (Sal 107,1). Para usar de lo próspero según tu beneplácito, y lo mismo para sufrir lo adverso según tu voluntad. Estos desean cumplir por todos los medios lo que creen más grato al Señor: en la introversión y en la extraversión, en la intención y en las obras. Fieles como la sombra que sigue siempre el movimiento del cuerpo. Así lo expresa el alma enamorada: «A su sombra apetecida estoy sentada y su fruto me es dulce al paladar» (Cant 2,3). Dios es la luz. La humanidad de Cristo, el cuerpo que causa la sombra. Su profunda vida de perfección es la sombra. Debajo de ella debemos sentarnos, lo que equivale a decir tratar de imitarle. Entonces los frutos espirituales serán abundantes y dulces, porque Dios ilumina tales hombres y les regala abundantes dones espirituales y conocimientos ocultos. No les deja a oscuras la noche de la adversidad y del abandono, en que aprendieron a realizar cosas grandes y sufrir las arduas. A esto habla David: «La misma tiniebla no es tenebrosa para ti y la noche es luminosa como el día» (Sal 139,12). Que quiere decir: las adversidades no oscurecerán en ti la luz de la gracia. La noche de la adversidad iluminará en ti como el día de la prosperidad y gracia sensible. Encuentran paz espiritual y provecho en la adversidad. A su debido tiempo reciben las ilustraciones divinas y dones espirituales, con que enriquecen la memoria de admirables y ocultas cosas que les suceden. El entendimiento se esclarece y la voluntad se inflama con el ardor del amor divino.

Pero como toda abundancia es peligrosa para incautos, ocurre que abusan en parte de los dones tan frecuentemente recibidos. Sutilísima y oculta ignorancia los ofusca y se complacen en los regalos más de lo que conviene. Casi inconscientemente se les apega el corazón a los dones de Dios. Esto proviene de que no se entregan del todo a recobrar la gracia que necesitan. Por eso no advierten si disfrutan incautamente de los dones ofrecidos. Mientras no mortifiquen este desorden afectivo, no podrán escalar el alcázar de la perfección.

Abnegación parcial

El octavo grado es propio de aquellos que se entregan puramente al divino beneplácito, sea cual fuere la voluntad de Dios sobre ellos en el tiempo o en la eternidad. Nada guardan como propio. Ni la mínima afición a las criaturas o regalos de Dios. Si son ricos, tienen el corazón tan desprendido como si nada poseyeran. Asimismo con los dones especiales de Dios. Tan ociosos y libres están al poseerlos como si no los tuvieran. Jamás se precian o vanaglorian de ello. Dios los visita ordinariamente más que a otros, con grandes y secretos regalos. Les son reveladas muchas cosas en formas, imágenes y semejanzas, porque se han hecho muy próximos a Dios. También es verdad que algunos imperfectos reciben revelaciones del mismo modo que éstos, con peligro para sus almas, si no procuran mostrarse agradecidos con gran diligencia, aprovechando en la virtud y mortificación. Sin embargo, a los hombres de este grado se les oculta comúnmente la supraesencial revelación, que es recibida sin imágenes, sobre toda imagen y semejanza, en la más secreta morada del alma, en oscuridad profundísima sobre toda ponderación.

De ella ya se ha tratado antes y a ella se refiere David cuando dice: «Tú eres, Yahvé, mi lámpara, mi Dios que alumbra mis tinieblas» (Sal 17,29). Que equivale a decir: Con tu noticia espiritual ilumina mi entender, Señor. Ilumina también mis tinieblas, a las cuales he sido elevado con la esencial contemplación de tu rostro. Pero esta contemplación no les es concedida por el hecho de recibir revelaciones y dones de Dios, para que les parezca siempre faltarles algo, aunque tengan los dones y revelaciones.

Lo piden a Dios, si bien que no les es necesario para salvarse ni progresar en la virtud. También en cuanto a las revelaciones y dones que reciben no querrían carecer de ellas tan voluntariamente como las desean. Esto implica una propiedad oculta que es tenida por defecto a los ojos de Dios. Deberían estar tan oscuros y libres en sus corazones como si no los hubieran recibido. Admiren en esto solamente la gran clemencia, para darle gracias, alabarle y honrarle de que se haya dignado otorgar sus dones a los viles e indignos pecadores. Consiguientemente deben ponerse por completo en manos de Dios, cuanto más estar preparados a carecer de dones y revelaciones. Incluso a permanecer en total abandono y adversidad. La vida perfecta no consiste en dones y revelaciones propiamente, antes bien son regalos con que Dios manifiesta su gran bondad y atrae a muchos, espiritualmente débiles, para seguir una vida perfecta.

Sirva lo dicho para ponderar lo que importa que toda propiedad esté mortificada en quienes desean llegar sin perder tiempo a la vida contemplativa supraesencial.

Transformarse en Dios

Consiguen llegar al grado noveno aquellos que, con sus vigorosos ejercicios y activos deseos de ascender por amor de Dios, consumieron su carne y sangre y la médula de su cuerpo. No parece les quedan fuerzas sino en la medida que la vivacidad del espíritu puede suministrárselas. Su sangre se ha lavado al calor del amor divino. Ellos no lo han advertido, quizá, por el fervor ardiente que desbordan. Domina y da fuerzas para actuar sobre la misma naturaleza. Estos son los carísimos y ocultos hijos de Dios, sobre quienes Él infunde la plenitud de sus dones y gracias. Alguna vez los eleva a la contemplación de su esencia divina, según aquí vamos hablando. Están ya tan mortificados que no buscan los dones por su gusto. Han desechado la propia utilidad y todo deleite. Se glorían solamente en el perfecto seguimiento de la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, deseando más la desolación, el desprecio y sufrimientos que cualquier consuelo y exaltación. Han puesto su fundamento y consuelo en la sola fe, informada de caridad desnuda. Con ella desean soportar toda adversidad, sin apoyo del consuelo divino, como San Pablo dijo después de haber visto esencialmente a Dios: «En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo» (Gal 6,14).

Causas de la abnegación perfecta

A tan alto grado llegan estas almas por dos razones. La primera, porque desean seguir la humanidad de Cristo en todas las cosas y conformarse a ella plenamente en la privación de todo consuelo y en el sufrimiento de la desolación corporal y espiritual, diciendo con Cristo: «Por ti sufro el insulto, y la vergüenza cubre mi semblante» (Sal 68,8).

La segunda razón es porque están fundados en tanta humildad que se consideran realmente dignos de ser despreciados por todos. Con propia estimación se ponen por los suelos en el conocimiento y amor, deseando que todos los injurien de cualquier modo. Que Dios los ponga en cualquier tribulación, aflicción, ansiedad, desolación, para seguir a Jesús en todas las cosas, hasta la más despreciable y penosa muerte de cruz. Tales personas han aprendido a gloriarse únicamente en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Notemos, sin embargo, que ellos nunca se oponen por negligencia o incuria a recibir visitas divinas, comunicaciones, actuaciones interiores e iluminaciones espirituales. Antes bien, en cuanto pueden y alcanzan a comprender, se ofrecen como instrumento vivo y valioso para todo lo que el Espíritu Santo quiera obrar en ellos. No quieren en modo alguno ser ingratos a la gracia de Dios, conforme habló de ellos David: «Se sacian de la abundancia de tu casa, en el torrente de tus delicias los abrevas» (Sal 36.9).

En todo tiempo deben buscar lo más abyecto y miserable, lo que carece de todo consuelo humano, en cuanto se refiere al hombre exterior. En cuanto al hombre interior, deben sobre todo desear pura caridad, desnuda de consolación sensible, circundada o adornada de toda desolación y presura de corazón. Que siempre estén dispuestos a sufrir aun cosas mayores por amor de Dios, recordando constantemente aquella inexpresable angustia y desolación de espíritu de Nuestro Señor, cuando sudó sangre en la oración, por ser excesivo su dolor (Lc 22,44). Allí luchaba en desnudo amor, sin auxilio alguno o refrigerio de consuelo espiritual, y triunfó magníficamente en aquel horrible combate del espíritu y la naturaleza. Así redimió a los hombres y los enseñó a esforzarse en su seguimiento por la misma vía, porque en esto consiste el fundamento de toda perfección. 

 

 

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