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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
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TRATADO
SEGUNDO:
ORNATO
DE LA CONTEMPLACIÓN SUPRAESENCIAL
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- CAPÍTULO
LXI
- Seis
puntos en que se contiene el ornato de la vida
contemplativa supraesencial
Prosigamos
brevemente en lo que se refiere al ornato de esta vida
contemplativa. Santo Tomás, al tratar de la
visión de la esencia divina, advierte cómo la
felicidad de todas las cosas consiste en conseguir el fin
para el que fueron destinadas.
La
felicidad del alma
El entendimiento
creado tiene como fin el lumen inteligible increado, es
decir, la esencia divina. La suprema perfección del
lumen intelectual creado de nuestro espíritu es el
estar unido con Dios en la contemplación esencial y
su gozo. Entonces Dios y el alma son una sola cosa en cierto
modo, como la forma y su materia o el alma y el cuerpo. Pero
no puede la forma unirse a alguna materia, a no ser que la
materia esté dispuesta para ello según la
exigencia de la forma, teniendo así capacidad de
recibirla. Por ejemplo, el cuerpo humano no se une al alma
si antes no tiene la disposición conveniente para
ella. Igualmente nuestro espíritu. No puede unirse
esencialmente con Dios en el gozo de la gloria, si
previamente no se dispone para ello.
«Lumen
gloriae»
La
disposición en nuestro entendimiento o
espíritu es el lumen gloriae con que se
perfeccionan las potencias espirituales para contemplar y
gozar a Dios en su esencia. Por eso, aunque todos los
bienaventurados vean la esencia divina y gocen de la vida
eterna, hay diferencias según la disposición
individual. La naturaleza humana es incapaz de disponerse
por sí misma y sólo lo tendrá mediante
el lumen gloriae, que conforma el alma con Dios. El
que reciba más lumen gloriae
contemplará a Dios con mayor perfección. El
lumen gloriae está en proporción al
grado de caridad pura que tenga el alma. Se recomienda la
vida contemplativa como la parte mejor, porque la constante
contemplación del Amado y la frecuencia, pura y
delectable fruición de la cosa amada, encienden
poderosamente el acto de amar. El amor aumenta el deseo
humano y capacita al espíritu para recibir más
perfectamente el lumen gloriae conforme a la
capacidad individual en la vida eterna. En esta vida
temporal es inaccesible a los mortales.
Nadie piense que
puede llegar a la supraesencial contemplación con la
propia ciencia, por mucha que fuere, o sutileza de ingenio,
o cualquier otro ejercicio, aunque fuese muy meritorio. Tan
sólo aquel a quien Dios con su profunda largueza
quiere unir a sí por su espíritu y con el
lumen gloriae. Podrá, por tanto, contemplar a
Dios esencialmente el que sea iluminado por El. Pocos lo
alcanzarán debido a su ineptitud, porque no se
esfuerzan en disponerse y adornarse haciendo lo que
está de su parte. Por lo demás, no es en
plenitud de gloria como se muestra aquí la esencia
divina. Nadie podrá entender plenamente lo que vamos
a decir, aunque disfrute de altos conocimientos y tenga
sutil y perspicaz ingenio, porque lo que humanamente se
puede entender o enseñar a este respecto está
lejos de toda experiencia. Cierto que este lumen
gloriae no es accesible a todos los mortales, pero
debemos siempre hacer de nuestra parte lo posible para no
ser ingratos y procurar hallarnos debidamente adornados en
la presencia de Dios, según nuestra capacidad. Dios
agregará lo que falte, si halla la disposición
necesaria.
Corazón
puro y elevado
La
disposición y ornato requieren seis cosas por parte
del hombre, para contemplar fruitiva y esencialmente a Dios.
Lo primero es tener una verdadera y tranquila paz con Dios y
consigo mismo. El que la haya recibido necesita amar al
Señor en grado tal que, por su divina honra y amor,
sea capaz de renunciar a todas las cosas que antes
acostumbró amar y usar desordenadamente. Es necesario
que, con amor cordial y vivo ánimo, eleve a Dios
todas sus potencias. Que, sobre toda multiplicidad e
indisposición del corazón, viva en desnudez y
simplicidad de alma, donde se consuma la ley del amor. De
este modo deberá continuamente esforzarse en tener su
ánimo interno elevado con pura intención,
porque esto más que ninguna otra cosa coloca el
corazón del hombre en cierta, deliciosa y tranquila
paz.
Silencio
interior
Lo segundo es el
silencio interior, o sea, despojar las potencias
intelectivas de toda imaginación, formas y
semejanzas, que no representan al Amado. Necesita la mente
estar desnuda y ociosa de toda consideración
exterior, si el hombre desea vivamente poseer a Dios. Esto
resulta fácil para aquellos que aman a Dios
únicamente y todas las cosas en El. El puro y
descolorido amor hace al espíritu simple y ocioso de
todas las cosas y levanta al hombre sobre sí mismo
hasta Dios.
La firme
unión
Lo tercero es una
amorosa adhesión y fijación en Dios, de donde
brota el mismo gozo. Quien se adhiere a Dios por amor puro,
no buscando la propia utilidad, goza verdaderamente de El
por gracia y gloria. Esta es la adhesión gratuita y
fecunda, que nos une al Amado con tal vínculo de
caridad que en adelante nos resulta imposible apegamos a las
cosas creadas. No deseamos complacer a nadie ni nadie puede
satisfacernos. Nos lleva a esta adhesión el toque de
que antes hemos hablado.
Descanso en
Dios
Lo cuarto es la
quietud del que ama en el Amado. El Amado es vencido por el
que ama y es poseído en el puro y esencial amor. El
Amado se deja llevar en amor hacia el que ama. Ambos quedan
en paz.
Dormición
licuescente
Lo quinto es la
dormición feliz en que el espíritu se consume
y sale de sí sin saber adónde ni cómo.
Fluye a la abisal profundidad del amor divino,
olvidándose de pensar distintamente en Dios y en
cualquier otra criatura. Sólo está en el amor
que gusta o siente, por el cual es poseído con una
simple y desnuda ociosidad de todas las cosas. Como se
expanden el aceite que cae en el paño y el agua en el
vino, así el espíritu se dilata en cierta
inmensidad, para hacer cabida al Amado, haciéndose
una longitud, sublimidad y profundidad con Él. Este
amor no tiene medida.
Oscuridad
transformante
Lo sexto es una
contemplación oscura, que la razón no puede
comprender ni investigar a fondo. El espíritu
está muerto y vive para Dios, porque se ha hecho, sin
distinción, una sola cosa con El. Dios es su paz,
descanso y gozo. En esta unión está su
continuo expirar y transformarse en Dios sobre toda
operación y deseo. Cuando el hombre sintiere en si
estos seis principios dichos, le será tan expedito y
fácil contemplar y gozar en su introversión
como respirar en la vida natural. Queda así adornado
para la vida contemplativa supraesencial, porque se ha
convertido en vivo y voluntario instrumento con el que puede
obrar lo que quiere, como y cuando quiere. No se atribuye el
hombre la eficacia de esta obra. Por eso permanece
voluntario y expedito para hacer cualquier cosa que Dios
mande. Vigoroso y fuerte para tolerar lo que Dios permita.
Preparado para todo.
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