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Enrique Herp - Directorio de contemplativos  (�ndice)

 

CAPÍTULO LXII

Ejercicio con que tienden a Dios los más sencillos

Por lo demás, convendrá tener en cuenta algunos principios, en orden a caminar constantemente hacia la secreta cámara de Dios, y a disponerse a recibir el lumen gloriae, haciendo, claro es, lo que está de su parte. Ante todo, con auténtica humildad debe estimarse más vil que todos los hombres, supeditarse de corazón a cualquier criatura y renunciar y morir sinceramente a toda propiedad. Por consiguiente, debe someterse y seguir el divino beneplácito en todas las cosas, como la sombra sigue el movimiento del cuerpo, para que Dios, sin impedimento alguno, haga su obra tanto en la adversidad como en la prosperidad. Después levantará sus potencias superiores y especialmente la voluntad con afectos penetrativos hasta forzar los canceles del alcázar divino. Allí permanecerá el alma acostada y confiadamente, como a la puerta del amigo, perseverando con la importuna llamada de los deseos, hasta que se le permita entrar y, desfalleciendo a sí misma, sea felizmente actuada por el Espíritu Santo. De otro modo, no es posible llegar a la contemplación supraesencial, a no ser que desnudamente sea actuada por el Espíritu de Dios. Las fuerzas con que opera el alma son simples lacayos, que la conducen a la cámara suprema del Rey Cuando el alma hubiere sido levantada con todas sus fuerzas a lo más alto, sobre todo lo creado, y abrazada suavemente por el Amado, todas las potencias quedarán sosegadas. Cesa toda actividad. El alma se siente invadida por el Espíritu Santo y felizmente actuada de mil modos. Siente entonces en la voluntad el toque divino, como fuente viva que corre con ríos de eterna suavidad. La inteligencia recibe verdades divinas con deslumbrantes iluminaciones intelectuales del sol eterno. La mem9ria siente la pureza y desnudez de toda imagen y es invitada y atraída al abrazo inefable de la eminente y supraesencial unión con Dios. Estas son las tres puertas que la misma Santísima Trinidad abre al alma amorosa para contemplar y conocer en parte el infinito tesoro de Dios.

Con esto damos por terminado el ornato de esta vida. 

 

 

 

 

 

 

 

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