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Enrique Herp - Directorio de contemplativos  (�ndice)

 

TRATADO TERCERO: PROVECHO DE LA CONTEMPLACI�N SUPRAESENCIAL

 
CAPÍTULO LXIII
Operación del Espíritu Santo en la consurrección supraesencial

Vamos, por fin, a tratar de la consurrección de esta vida o estado, aunque todo lenguaje es impropio de tan maravillosa realidad. Efectivamente, sobrepasa nuestro entendimiento por la incomprensible y noble sutileza con que somos atraídos por la Santísima Trinidad y los innumerables modos de su operación en el alma, según los planes amorosos de Dios y nuestra preparación.

Discreción de las operaciones divinas en el alma

Las operaciones de la Santísima Trinidad son comunes a las divinas personas. Son, por tanto, inseparables. Pero in divinis se apropia a cada una de las divinas personas su operación distinta en las tres facultades superiores del alma. El Espíritu Santo, con su atracción, actúa en la voluntad o potencia amativa superior. Entonces el alma se hace apta para contemplar a Dios esencialmente.

Operación del Espíritu Santo en el alma

El Espíritu Santo está más próximo a nosotros en cuanto lazo de unión trinitario, pues procede del Padre y del Hijo. La voluntad es atraída primero y después el entendimiento y la memoria.

Esta consurrección o ascensión está figurada por Moisés, cuando Dios le llamó a subir al Monte Sinaí (Ex 19,3). Moisés veía a Dios de lejos con todos los hijos de Israel. La cara de la gloria de Dios sobre el Monte Sinaí era como fuego que arde en la presencia de los hijos de Israel. Estos son figura de los que salieron de la vida secular para el desierto de la penitencia. Le mandó Dios que se retirase del pueblo común y subiese un poco al pie de la montaña con Nadab, Abihú y los setenta y dos ancianos, colaboradores en el gobierno del pueblo (Ex 24,1). Entonces vio Moisés, a los pies del Señor, cierta obra en color, como si estuviera hecha de piedra de zafiro, o como el cielo cuando está sereno. Con la subida se significa la actuación interna y atracción del alma por el Espíritu Santo. Como allí se producían grandes truenos, relámpagos y terremotos antes de que Moisés fuese llamado a subir, así el Espíritu Santo produce en el alma impetuosas llamas de fuego con los consiguientes sufrimientos corporales. Llega entonces el espíritu de Dios, deslizante arroyo de agua viva, supradulce fuente en que el amoroso espíritu es bautizado e inmergido, y se levanta infaliblemente a un íntimo abrazo del amor divino. Allí aprende los ejercicios del amor secreto: la mutua contemplación y aspiración, la mutua familiaridad y abrazo, el mutuo deleite y gusto, a placer y complacer, a derretirse en amor y volar hacia el Amado.

Dios es fuego

Éstos contemplan a Dios como fuego ardiente. Sienten la bondad divina como un abisal e incomprensible ardor del amor eterno, que les infunde y consolida inmutablemente una inefable dulzura y divina sensación en el amor fruitivo. Se derriten en Dios, que es fuego de amor de infinita grandeza, y cada uno de los bienaventurados y amantes espíritus es como un carbón encendido que Dios enardece totalmente con su fuego. Los espíritus bienaventurados, en unión con el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, forman este fuego inmenso, donde se confunden por amor las divinas personas en la unidad de esencia, en un infinito abismo de simple bienaventuranza. No se distinguen el Padre ni el Hijo ni el Espíritu Santo, ni hay criatura alguna. Sólo una simple esencia, la simplicísima Trinidad, donde todas las criaturas son absorbidas en la supraesencia. Todo gozo se consuma y perfecciona en la bienaventuranza esencial.

Luz centelleante sobre el espíritu

Cuando el hombre introvertido aprendió libremente, puramente, total y eficazmente a sumergirse en el inmenso y divino amor, para dejarse absorber por él, centellea la faz del amor divino, cierta luz intelectual, repentina y momentánea, como un relámpago que parte del cielo y se posa en el espíritu. Ampliamente se expande con pujante y admirable impulso en amoroso pugilato entre el espíritu divino y el humano. Sobrepasando todo conflicto, ambos se abrazan deliciosamente en puro y gozoso amor.

El espejo

Pongamos un ejemplo de uso corriente, para ilustrar a los más sencillos. Coge un espejo cóncavo, llamado lupa.

Ponlo frente al sol cuando luce con fuerza. Toma luego un papel bañado en azufre y tenlo a dos palmos del cristal en el eje de reflexión procedente del espejo. Deténlo allí inmóvil, por espacio de un Miserere. Notarás cómo arde por el punto de reflexión. Esto acontece espiritualmente cuando nos introvertimos y levantamos nuestra alma hacia Dios, purificada ya de todos los pecados, con gran deseo, amor ardiente y devota reverencia. Resplandece entonces la claridad de la gracia divina contra el espejo del alma. Allí es tan eficazmente actuada por el amor eterno que la mente o ápice nobilísimo del alma es encendida por el amor, iluminada con una simple y clara noticia sobre todas las potencias intelectuales. El espíritu humano se derrumbará, cayendo en el amor eterno, muriendo a si mismo y viviendo para Dios. Hecho un solo amor con el amor eterno, nada siente sino el amor. Se hace libre y ocioso con todos los ejercicios y actos de amor de modo que no se siente a sí mismo, se ignora. Ninguna criatura le impresiona, ni aun Dios mismo es preocupación al estar en El ocupado. Sólo el amor que gusta y siente, el mismo amor que le posee felizmente en desnuda y simple ociosidad. 

 

 

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