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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
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CAPÍTULO
LXV
- Operación
del Padre en la memoria
El Padre celestial
actúa con su atracción en la memoria. Esta
operación quedó significada por Moisés,
cuando no se contentó con estar sentado en tiniebla,
sino que, llamado por el Señor el día
séptimo, se le acercó y habló con El
familiarmente «como habla un hombre con su amigo».
Oraba diciendo: «Déjame ver, por favor, tu
gloria» (Éx 33,11.13.18). Y el Señor
respondió: «Yo haré pasar ante tu vista
toda mi bondad», pero no mi verdadera esencia.
«Porque no puede yerme el hombre y seguir
viviendo», sino que «verás mis
espaldas», es decir, te mostraré una noticia
imperfecta (Ex 33,18-23). Moisés consiguió
luego contemplar a Dios en su esencia.
Atracción
del Padre
La operación
interna y atracción espirituales que nuestro
espíritu recibe del Padre celestial están
figuradas aquí. Cuando nos adherimos a nuestro
liberal y generoso Padre suplicando perseverante
espíritu, El hace descender a lo intimo de nuestro
desnudo y elevado pensamiento una clara luz intelectual, que
excede todo entender y consideración natural. Esta
luz no es Dios, sino un medio clarificado entre Dios y el
espíritu amante. Lo más noble que existe entre
todas las cosas creadas por Dios. Con ello la naturaleza se
ennoblece y perfecciona (Sab 7). Nuestro simple y desnudo
pensamiento es un ejemplo vivo en que refulge esa luz,
exigiendo de nosotros conformidad y unión con Dios.
Por lo demás, esta luz se llama candor de la luz
eterna y requiere un espejo sin mancha de cualquier otra
imagen. Se llama también espíritu del Padre,
en el cual Dios sencillamente se manifiesta sin
distinción de personas, tan sólo en la
desnudez de su naturaleza y sustancia. Pero no se manifiesta
tal cual es en su inefable gloria. Se comunica a cada uno
según el modo de luz conferida, con lo cual el ojo
del mismo espíritu se hace claro y apto. Esta luz da
a los espíritus contemplativos verdadera
convicción de que ven a Dios, en cuanto se le puede
ver en la presente vida.
Contemplación
propiamente
Y esto se llama
propiamente contemplación: ver a Dios simple e
indistintamente de manera que el ojo del pensamiento desnudo
no reciba ninguna otra imagen. Sólo e
íntegramente la imagen divina. La reconoce al punto
de recibirla, porque por la presencia de esta imagen el
espejo se clarifica y dispone a contemplarla.
Sabor de la
divina imagen
Esta imagen de Dios
da inmensa claridad. Es tan profundamente sabrosa a nuestro
espíritu que, profundizándolo más, lo
sumerge esencialmente en aquella claridad y lo hace una sola
cosa con su inmensa luz, muerto para sí, viviendo en
la misma luz. Recibe entonces esta luz divina sin
ningún objeto intermedio y se hace vidente en la luz
deiforme. El alma se esclarece en la luz de gloria con que
contemplamos a Dios esencialmente. Y puesto que esta luz se
renueva sin interrupción en lo más
recóndito, también nuestra alma se regenera
gloriosamente en eterna novedad. Allí el
espíritu glorificado posee sin medida todas las
delicias, riquezas, conocimientos, y todo lo deseable.
Más aún: las cosas admirables, reservadas en
el infinito tesoro de esta inmensa gloria, sobrepasan muy
por encima el entender de todas las criaturas, que no son
atraídas por el lumen gloriae al conocimiento
fruitivo de Dios.
Sería gran
presunción querer escribir sobre estas cosas, porque,
aunque alguien tuviese visión esencial como San
Pablo, no lo podría expresar. Nada se le puede
comparar.
He hecho lo posible
para presentar el camino que lleva a la vida contemplativa
supraesencial. Pero qué sea lo que el alma recibe
cuando entre allí lo dejo para que lo piensen
aquellos que lo conocen experimentalmente y que, con San
Pablo, han merecido ser arrebatados hasta el tercer cielo (2
Cor 12).
Amor
inaccesible
Tal estado
señala el noveno grado en la escala del amor. Se
llama amor inaccesible, porque guía al hombre hasta
la luz donde sólo Dios mora, siempre que hacemos lo
posible por disponemos a ello. Es tan vehemente el
ímpetu de este amor, que quienes lo hayan
experimentado una vez quedan fácilmente extasiados en
Dios. Andan embriagados constantemente con el sabor de la
dulzura de este bien incomparable. Las potencias externas e
inferiores, mediante esta divina embriaguez, son
atraídas a las superiores y éstas a su origen,
el ápice de la mente. De ahí se levanta
nuestro espíritu hacia el espíritu de Dios y
se consume en El. Puede volar al abismo infinito donde
siempre se renueva y regenera felizmente. El Padre celestial
puede decirle: «Tú eres mi hijo, yo te he
engendrado hoy» (Sal 2,7).
Concédanoslo
oir en este tiempo y en el futuro la amable majestad,
sabiduría y bondad del Padre, Hijo y Espíritu
Santo. Amén.
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