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Dom
Esteben Chevevière - El
Eremitorio.
Espiritualidad
del Desierto
(�ndice)
"Huiré lejos,
y moraré en el desierto" (Sal 54, 8).
"Tornará su
desierto en vergel, y su soledad en paraíso de
Yavé" (Is 51, 3).
"Vivir en el
desierto no significa sólo vivir sin los hombres,
SINO ADEMÁS, vivir con Dios y para Dios" (Dr. Serge
Boulgakoff').
"El que con DIOS
está nunca está menos solo que cuanto
está solo. Pues entonces goza sin trabas de su dicha;
entonces es dueño de sí mismo para gozar de
DIOS en sí y de sí en DIOS" (Guillermo de Sr.
Thierry).
-
PRIMERA
PARTE
EL
DESIERTO
- "la
seduciré, la llevará al
desierto y le hablaré al
corazón" (Os
2,16)
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- Gracia de
predilección es la que Dios te da con traerte al
Desierto. Gratuito es el llamamiento y tu perseverancia
se la deberás únicamente a la
condescendencia divina. Ten siempre ante los ojos esa
fineza del amor de Dios para con tu alma y la irás
estimando gradualmente. Pese a tus lecturas y a lo que
llamas tu experiencia, no sabes, al entrar, lo que la
soledad del Desierto te reserva.
Aquí, como en
todas partes, no hay dos almas que sigan exactamente la
misma pista; Dios no se repite en sus creaciones. Muy pocas
veces (tal vez nunca) revela por adelantado sus
designios.
Entra en el
Desierto, humilde y sosegado. Al Dios que te espera, la
única cosa de valor que le has de presentar es tu
entera disponibilidad. Cuanto más ligero sea tu
equipaje humano, cuanto más pobre seas de lo que
estima el mundo, mayor será tu oportunidad de
éxito, ya que Dios gozará de mayor libertad
para manejarte. le llama a vivir a solas con El solo: a nada
más.
La acción
directa sobre los hombres, aunque sea por la pluma, para
nada entra en las perspectivas intencionales del Desierto.
Luego has de consentir en perderte enteramente. Si abrigas
el secreto deseo de ser o hacerte "alguien", vas derecho al
fracaso. El Desierto es implacable: expele infaliblemente a
todo el que se busca a sí mismo.
- Entra en
él en santa desnudez...
-
-
CAPÍTULO
I
EL
DESIERTO DEL ÉXODO
AUSENCIA
DEL MUNDO
- "Condujo
a su pueblo por el desierto, porque es eterna su
misericordia" (Sal
135.16)
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La entrada en el
Desierto es siempre un momento solemne. Abandonas el
ambiente normal de las relaciones sociales por la
incógnita de la soledad. Se empieza por
desgarramientos, rupturas, tal vez repudiaciones. No se
lleva a cabo sin lágrimas esa universal y definitiva
repulsa de cuanto nos era más querido. Lo suyo les
costó a los Hebreos dejar Egipto, y lo lamentaron por
mucho tiempo. Eso que salían en familia. A ti se te
pide la fe y el valor de Abrahán: "Sal de tu
tierra, de tu parentela, de la casa de tu padre, para la
tierra que Yo te indicaré... Fuese Abrahán
conforme le había dicho Yavé" (Gén
12,14).
No se lee que
vacilara o le pesara. Échalo todo por la borda, y
pronto. Los miramientos, los aplazamientos sólo
harán que sean más costosos unos sacrificios
que un día bien tendrás que aceptar, so pena
de nunca ser Ermitaño y no poder perseverar. El Dios
que te llama a esas renuncias será tu fortaleza. Hizo
salir a los judíos de Egipto "in manu
forti".
"Dios no desata,
arranca; no doblega, rompe; más que separar rasga y
devasta todo", así habla Bossuet en el 2º
sermón de la Asunción.
Más tarde
entenderás esta palabra de Dios: "Vosotros mismos
habéis visto... cómo os he llevado sobre alas
de águila y os he traído a mí" (Ex
19, 4)
No le tomes el peso
a tu cruz; se te caería el alma a los pies.
Fíate del que, por amor, te recibe tal como eres; sin
hacer caso de tu indignidad, y dice: "Voy a seducirle, le
llevaré al desierto y le hablaré al
corazón..." (Os 2,16-18).
El Desierto, al
mismo tiempo, fascina y aterra. Es la tierra de la gran
soledad, y el hombre, por instinto, teme el cara a cara
consigo mismo. El Ermitaño es un separado efectivo.
La esencia del Desierto es la ausencia del hombre; el
Desierto puro no tolera ni la vida. El mar de arena, al
igual que la cima helada de los montes, es la naturaleza
virgen, tal como salió de las manos del Creador,
sobre la cual parece posarse aún el Espíritu
de Dios que se cernía sobre las aguas al comienzo del
mundo (Gén 1,2). Las almas ricas sienten el hechizo
de esa virginidad del paisaje. El Desierto es puro y
purifica; donde no está el hombre, tampoco
está el pecado ni el ruido de los negocios
terrenales.
La soledad te
resultará buena, pero su austeridad te dará en
rostro. Dios mismo define el Desierto: "tierra de
arenales y barrancos, tierra árida y tenebrosa,
tierra por donde no transita nadie y donde nadie fija su
morada" (Jer 2,6).
Emparedado dentro de
ti mismo, habrá horas en que sentirás la
nostalgia de los intercambios humanos, y el Desierto te
parecerá horriblemente vacío y absurdo. No has
venido en plan de turista, acampas en él como un
nómada, sin esperanza de regreso. En esos "combates
del Desierto" de que habla San Benito, apenas si
tendrás mas apoyo valedero que el de Dios, aun cuando
aparente desentenderse. Alguien ha escrito: "El Desierto
no sostiene al débil, lo aplasta. El que gusta del
esfuerzo y la lucha, ése puede sobrevivir" (P. de
Foucauld).
Es la verdad, y da
que pensar. Tendrás que aprender a resolver tú
solo tus problemas, y sólo te quedará una
seguridad: la fe bien templada: Ojalá puedas ser,
merced a una oración humilde, de esos atletas
"capaces, con la ayuda de Dios, de arrostrar con el solo
vigor de tus manos y brazos la lucha contra los vicios de la
carne y del espíritu" (Regla de San
Benito).
Te gustaba la
soledad como descanso, para tomarte un respiro en medio de
quehaceres aguantados por el afán de vivir y
aguijoneados por la necesidad de producir. En adelante, la
soledad es tu medio vital, y nadie espera ya el fruto de tu
actividad. Único recurso que te queda: derramar, sin
utilidad aparente, sobre loS pies de Jesús, el
precioso perfume de tus capacidades humanas. Si consientes
en ello, tu recompensa será
espléndida.
Defiende los accesos
de tu Desierto. ¿De qué te serviría la
clausura si dejas a los hombres que te la invadan con la
prensa, la correspondencia, las visitas? No olvides que la
ausencia del hombre es su característica
esencial.
Para ti el Desierto
no es un marco, es un estado de alma. Esa es su dificultad
radical. El centro de La soledad eres tú en quien la
referida ausencia del hombre y de sus vanidades crea una
primera zona de silencio. En la estepa sólo se oye un
ruido: el gemir del viento. Un refrán árabe
dice que es el desierto que llora porque querría ser
pradera. Es tu caso, tierra árida y sin agua, que
suplica al Señor haga llover su rocío. Fuera
del soplo del Espíritu nada se ha de oír. No
te dé por poblar ese silencio con recuerdos,
imágenes del pasado, curiosidades o distracciones
mundanas, sucedáneos de la vida en sociedad. El
Desierto no admite componendas; con fuerza brutal obliga a
escoger; es la pista inhóspita, el incesante ir
adelante con el equipaje más ligero posible, o la
muerte. No brinda ni consiente nada que divierta. Lo
perderías todo; el diletante mataría al
contemplativo. Pronto la tosca monotonía del
Eremitorio acabaría por cansarte, y el atractivo del
mundo, por ser tu tormento. Languidecerías, como un
desarraigado, de sed maligna. Dos veces desdichado, te
verías privado del objeto de tus deseos y Dios te
dejaría de lado. Sin duda el Desierto es el
país de la sed. Lo mismo que a Agar (Gén 21),
lo mismo que a Elías camino del Horeb (I Re 19), te
ocurrirá pensar que es mejor morirse. No vuelvas
atrás, Dios te sustentará.
Esa
incomunicación no es cosa fácil;
entrenándote con dura ascesis es como llegarás
a levantar ese antemural del silencio.
Persevera, trabaja
por reducir todas tus facultades a la unidad, a la
simplicidad del silencio. No pasará mucho tiempo sin
que Dios te visite. Se presentó a Elías en el
Horeb al filo de un silencio tal que se hubiese oído
el susurro de la más leve brisa. Cuando el
Señor quiere levantar un alma basta la
contemplación le exige el silencio de todas las
facultades y que sólo cuente con El. En cuanto a ti,
no te ocupes ya de ti mismo. Cuando des oídos sordos
a las quejas de la naturaleza, cuando niegues audiencia a
toda inquietud, a todo deseo .que no sea el del amor, cuando
seas indiferente sobre tu suerte terrestre, cuando ya casi
no pienses de ti ni en bien ni en mal, y no te importe un
ardite el juicio de los hombres; cuando, en una palabra,
estés habitualmente olvidado de ti mismo, entonces
habrás penetrado en el Sancta Sanctorum del silencio,
el recinto inviolable del alma donde Dios reside y te
convida. DE ti como de Moisés dirá:
"él vive permanente en mí casa. Cara a cara
hablo con él, y a las claras, no por figuras; y
él contempla el semblante de Yavé"
(Núm 12,7-8).
Toda la
espiritualidad del Desierto se encierra en esta sentencia
profunda de San Juan de la Cruz: "Una palabra
habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla
siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser
oída del alma" (Puntos de amor, 21). ¿Te
ocurre pensar que es en ti donde se dice? Audición
sublime, ahí está toda la vida
eremítica. Has de mostrarte insaciable por escuchar
ese Verbo, y nadie si no es el Padre, ni libros ni
teólogos, te la puede hacer oír: "Nadie
puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no le
trae" (Jn 6, 44). Esa palabra eterna será tu
alimento: la Escritura, la Eucaristía, la
contemplación, te la suministrarán.
Gustarás ese Maná de Dios (Ex 16). El
Espíritu Santo guiará tu alma hacia ella con
infinita más suavidad y delicadeza que la nube
luminosa (Ex 40,36-38). El te adoctrinará como desde
un Sinaí interior, en la ley de los perfectos. Dios
pactará contigo la alianza de los desposorios (Ex 19)
y te dirá al corazón cómo le agrada la
liturgia del amor para la que te tenía reservado.
Para aplacar tu sed hará brotar del seno mismo de tu
aridez el agua de su gracia, de sus dones, con que
podrás beber de la fuente misma de la vida Trinitaria
(Núm 20,1-11). En ti se repetirán las antiguas
"magnalia Dei", siempre que te avengas a surcar con
arrojo la estepa.
Porque hay que estar
siempre en marcha. El Eremitorio no es la Tierra de
Promisión; no te es lícito instalarte en
él con el confort de unos hábitos acariciados
o de una tranquilidad egoísta. El Verbo es tu manjar.
Mas también esa Pascua se ha de comer de pie,
ceñidos los lomos y el bastón en la mano. Eres
un peregrino sin domicilio, sin equipaje, sin seguridad del
mañana. Para el hombre que se aventura en el desierto
no hay vivienda, hay una pista por la que da prisa por
alcanzar "un paisaje del que no se vuelve". Ese
paisaje es Dios mismo visto a cara descubierta, y
sólo la muerte nos lo muestra así. El amor
debe aguijonearte y quitarte todo posible entusiasmo por
fabricarte un refugio cómodo. "Como anhela la
cierva las corrientes aguas, así te anhela a ti mi
alma, ¡oh Dios! Mi alma está sedienta de Dios,
del Dios vivo. ¿Cuándo vendré y
veré la faz de Dios?" (Sal 41, 2-3).
Sólo El sabe
el momento y el camino. No tengas plan de vida,
consérvate libre de todo cuanto pueda impedir que
Dios te mueva a su gusto. Sabores y sinsabores no entran en
cuenta. Has de estar disponible y maleable. El Pueblo
Elegido sólo sabía una cosa: avanzaba hacia la
Tierra Prometida; desconocía las etapas. En aquel
éxodo el Señor se reservaba todas las
iniciativas. El pueblo se detenía, reanudaba la
marcha, se orientaba sin más señal que la nube
a la que seguía a ciegas (Ex 40,36-38). Se te pide un
abandono así, que descansa en la fe en la
Sabiduría, el Poder y el Amor de tu Padre que
está en los cielos.
"Lo sabe todo, lo
puede todo y me ama". Graba esto en el corazón y
en la palma de las manos. Moisés canta la maternal
solicitud de Dios. A ella debe el ermitaño
entregarse. De ti se trata: "Le halló en tierra
desierta, en región inculta, entre aullidos de
soledad. Le rodeó y le enseñó, le
guardó como a la niña de sus ojos. Como el
águila que incita a su nidada, revolotea sobre sus
polluelos, así El extendió sus alas y los
cogió y los llevó sobre sus plumas.
Sólo Yavé le guiaba; no estaba con él
ningún dios ajeno" (Deut 32,10-12).
Te lo juegas casi
todo si vacilas en lanzarte a ese abismo. Si quieres "hacer
tu vida", puede que Dios lo consienta, pero oye su amenaza
terrible: "Esconderé (de él) mi rostro,
veré cuál será su fin" (ib.
20).
Lo demás se
adivina sin dificultad: perecerás de hambre y de sed,
en un género de vida que no tolera la mediocridad, y
serás un "seglar" bajo el sayal de un
ermitaño.
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