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Esteben Chevevière - El
Eremitorio.
Espiritualidad
del Desierto
(�ndice)
CAPÍTULO
II
EL
DESIERTO DE JUAN BAUTISTA
BAJO
EL TECHO DE CRISTO
- "Maestro...
¿dónde moras? Venid y
ved" (Jn
1,38-39)
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Tu pensamiento
más familiar ha de ser la gratuidad y eternidad de tu
vocación, con su cortejo de gracias. "No sois
vosotros los que me habéis elegido a mí, sino
Yo el que os elegí a vosotros" (Jn 15, 16). "Antes
que te formara en las maternas entrañas te
conocía" (Jer 1,5). "Yavé me llamó
desde antes de mí nacimiento, desde el seno de mi
madre me llamó por mi nombre" (Is 49,1). Cf.
Gál 1, 15 - San Pablo.
Tan verdad lo es de
ti como de Jeremías, Isaías, Juan Bautista,
San Pablo. Tu convocatoria al Desierto es eterna como todo
lo que te concierne, y trae su origen de una preferencia
inexplicable del amor de Dios para contigo. Por toda la
eternidad cantarás el privilegio de tamaña
misericordia del Señor. Cualesquiera sean las
circunstancias y los motivos personales conscientes que
determinaron tu resolución, es el Espíritu
Santo el que te ha traído al Desierto, como lo hizo
con Jesús (Mt 4, 1). En realidad, fue el caso del
Precursor- Dios te guardaba a la sombra de su mano (Is
49,2), esa mano de padre que te ha modelado, que levanta en
tu derredor un muro defensivo, que te dispensa su gracia, te
estrecha en la ternura de su abrazo. Esa mano te separa y te
consagra. Te separa de lo profano y te consagra al servicio
exclusivo de su amor. Te preserva de la cercanía
indiscreta de las criaturas, te defiende contra ti mismo,
tan propenso a tenderles los brazos. Su contacto te
vivifica, purifica y caldea. A El sólo debes todas
tus riquezas naturales y sobrenaturales. El Desierto del
Ermitaño no es un calabozo enloquecedor donde se le
somete a completa incomunicación. Sea tu fe bastante
para vivir la realidad de que eres "el niño llevado a
la cadera y acariciado sobre las rodillas. Como consuela una
madre a su hijo" Dios te consuela (Is 66,12-13). Entonces
"latirá de gozo tu corazón y tus huesos
reverdecerán como la hierba" (ib. 14).
Como el Precursor,
tú has sido querido para Cristo, no sólo en el
sentido en que entiende San Pablo que todos los elegidos han
sido predestinados (Ef 1,4), antes bien para no tener
aquí abajo otra razón de ser que el amor y la
glorificación de Jesús. Eres más que el
amigo del Esposo. Tu alma es realmente la Esposa y puedes
tomar como propias las efusiones del epitalamio
místico del Cantar de los Cantares: "Yo soy
para mi amado y mi amado es para mí"
(6,3).
San Juan no
vivió en la intimidad de Cristo. Más dichoso
que él eres tú, que posees la
Eucaristía y conoces todas las maravillas de la
gracia.
Puedes con todo
derecho esperar recibir "el beso de la boca", prometido a
quienes lo dejan todo por seguirle, y el Desierto se
tornará "en jardín con macizos de balsameras"
donde el Amado "se recrea entre azucenas" (Can 6 2-3). En
este sentido "el más pequeño en el reino de
los cielos es mayor que él" (Mt 11, 11).
Ten buen cuidado de
no quitarle al Eremitorio su sello de austeridad. Por
aquello de que la contemplación es el ejercicio
más excelente de la caridad, viene a veces con fuerza
la tentación de poner en sordina la rudeza de vida de
que todos los anacoretas han dado ejemplo. Juan Bautista,
puro como el que más, no le daba al cuerpo sino lo
estrictamente necesario para no morir. El mundo está
necesitado de expiación y tú mismo no
estás sin pecado, ni sin tendencias perversas. Si el
Precursor hubiera asistido a la Pasión, habría
ardido en deseos de seguir al Esposo hasta el martirio.
Fuele dada, sí, la gracia de derramar su sangre, pero
sin el resplandor de la cruz que a ti te ilumina. Dichoso
tú si el Eremitorio te cercena hasta el máximo
ese confort que tanto hambrea el sentido moderno. El ahorro
de tiempo, la superioridad del rendimiento, la
liberación del espíritu, no son con frecuencia
sino coartadas. El Ermitaño no tiene en absoluto por
qué acompasar el ritmo de su vida a la carrera
desbocada de un mundo cuya escala de valores es la inversa
de la suya. ¡Se nutre de eternidad!
En la esfera de lo
temporal no tiene deseos, sólo tiene necesidades;
aprenda a no forjárselos. La incomodidad en todo debe
serte familiar; el "puedo prescindir" ha de regular tus
instalaciones y tus reclamaciones. Más vale que la
obediencia sea para ti freno que no estímulo. El
Desierto natural se subleva contra toda sensualidad; por eso
son tan pocos sus amadores. Pero los que se han dejado
seducir saben por experiencia que de un cuerpo tratado con
dureza, el espíritu emerge en la pureza y en la luz.
Sin ese gusto por las austeridades ¿ cómo
serías sucesor de los mártires?
Ojalá puedas
merecer el elogio del Bautista hecho por Jesús: "Juan
era la antorcha que arde y luce" (Jn 5,35) (lucerna ardens
et lucens). Según arde y se consume, el
Ermitaño ilumina como la lámpara del
sagrario.
Se consume mediante
la pureza que sofoca los apetitos carnales, se consume por
la penitencia, que le lleva a renunciar a las fuentes de
alegría de los hombres. Se consume sobre todo por el
amor que es un fuego. El ardor de esa llama, avivada por el
Espíritu Santo ha gastado hasta el cuerpo de los
místicos y liberado el alma de la Santísima
Virgen de sus lazos terrenales. Tu pasión ha de ser
Jesucristo y el celo de su gloria en ti y en los
demás. Quizá obtengas el languidecer tras su
venida y apropiarte el gemido de la Esposa en el
Apocalipsis: "¡Ven!" Entonces se te dirá:
"El que tenga sed que venga; el que quiera, que tome
gratuitamente el agua de la vida" (Ap 22,17). El
vacío, la aridez, la austeridad del Desierto activan
el paso por la pista que conduce .a la tierra del descanso.
En un instante Juan olvidó las penalidades de los
años duros de su preparación, cuando vio ante
sus ojos al "Cordero de Dios", cuyos caminos el allanaba (Jn
1,23). Entonces su único anhelo fue: "Es necesario
que El crezca y que yo mengue" (Jn 3,30), no sólo en
renombre sino aun en su ser espiritual, al presentir el
sublime ideal que formulará San Pablo: "Y ya no vivo
yo, es Cristo quien vive en mí" (Gál 2,20).
Así acaba por consumirse divinizándose la
pequeña lámpara.
Para ti la venida
del Mesías no es un futuro. Vives bajo el techo de
Jesús, cada día te alimentas de su carne, su
vida te anima, su Espíritu te guía y estimula,
con El estás muerto y resucitado. ¿Por
qué tu caridad iba a quedar en un poco de rescoldo?
La única explicación de la vida
eremítica es ésta: un gran amor requiere la
máxima soledad. Tal será tu programa. En el
Cuerpo Místico de Cristo te corresponde ser el
corazón. Si eso no, ¿qué eres tú,
que ni tienes obras, ni predicas, ni administras siquiera
los Sacramentos?
Tu vida escondida
habla al mundo, mas no será luz para él sino,
precisamente, en cuanto brote de un amor concentrado. El
Precursor fue un testigo sin igual de Jesucristo a quien
tenía por misión señalar: "Ecce", "Helo
aquí . También tú en la Iglesia y de
cara al mundo eres su testigo; pero lo que en ti habla no es
lengua, es tu estado, tu mismo ser. Vives superiormente la
doctrina, el ejemplo de Jesucristo, y el ardor de tu fe en
acto obliga a pensar en la trascendencia de Aquel que la
inspira: "Brille así vuestra luz delante de los
hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a
vuestro Padre celestial" (Mt 5,16). Si, conforme al designio
divino, tu vida reproduce la imagen perfecta del Hijo, por
el hecho mismo evoca el modelo (Rom 8,29). Haces realidad el
dicho de San Pablo: "Llevamos siempre en nuestros cuerpos
los sufrimientos mortales de Jesús, a fin de que
.también la vida de Jesús se manifieste en
nuestro cuerpo" (2 Cor 4, 10).
Jesús es
Dios, y, por tanto, eres el testigo de Dios que se refleja
en ti como en un espejo (2 Cor 3,18). Por tu renuncia de las
criaturas proclamas su nada frente al ser de Dios. Por tu
sacrificio de los goces que ellas te procuran, pregonas la
suficiencia de Dios, soberana felicidad. Por tu
aplicación exclusiva a la oración, publicas su
infinita Majestad y su Soberanía. Y tu testimonio es
de tanto mayor alcance cuanto tu vida está más
oculta y silenciosa en la contemplación de esta
sobrecogedora trascendencia de Dios.
Su
irradiación sobrepuja infinito el conocimiento que de
ella alcanzan los hombres. Al testimonio no le basta ser
dado, tiene que ser acogido. No es cuestión de
reportaje, es cuestión de gracia. Sólo .Dios
abre los ojos a la luz. Por brillante que sea, el ciego no
la percibe. El Verbo venido a este mundo "era la luz de los
hombres, y la luz ha brillado en las tinieblas y las
tinieblas no han podido alcanzarla" (Jn ,15). Con
oración y sacrificios merecerás a los
demás la gracia de ser dóciles al testimonio.
Mucho predicó Jesús; atribuye el fruto de su
apostolado a la oblación muda del Calvario: "Cuando
fuere levantado de la tierra, atraeré a todos a
mí" (Jn 12,32).
Eres verdaderamente
un precursor que abre camino. Pero te hace falta una fe que
traslada montes para creer en semejante eficiencia en un
contexto vital tan modesto y descarnado.
Juan creyó en
su misión; cree tú en la tuya. No se
buscó a sí mismo; nada hizo por dejar su
soledad y deslizarse en el séquito privilegiado de
Jesús. Amigo del Esposo como era, se regocijó
del júbilo del Esposo, contentándose él
con el terrible aislamiento de las mazmorras de Maqueronte,
de donde no salió más que para el cara a cara
de la eternidad. El que Jesús no le haya llamado al
Colegio Apostólico, a la fundación de la
Iglesia, a la dicha de su intimidad, no arguye menos amor.
De ninguno de los Apóstoles hizo panegírico
mayor que del que calificó "más que profeta".
"Os aseguro que no ha surgido entre los hijos de mujer uno
mayor que Juan el Bautista" (Mt 11,9-11). Tenía que
ser el modelo alentador de las almas que renunciarían
a todo incluso a la suavidad de los favores divinos, para
que sea glorificado en ellas y por ellas el Dios mismo de
toda consolación. No es poco olvidarse hasta ese
extremo y aguantar en el Desierto esa suprema austeridad del
silencio de Dios, sin que se cuarteen ni la fe ni la
esperanza.
El Precursor supo
comprender la actitud misteriosa de Jesús respecto de
él, y, en la robustez serena de su fe "por Cristo"
-tan distante- "abundaba su consolación" (cf. 2 Cor
1,5). Su felicidad no fue otra que la aurora de la salud del
mundo (cf. Lc 2,29-32). Como no ha recibido ministerio
alguno en la nueva economía, se oculta en el silencio
de la contemplación. De hecho, el amigo del Esposo es
también la Esposa, y desde la Visitación no ha
salido de la cámara nupcial en que el Verbo la colma
de claridades...
Sea la luz de tu
oscuro sendero la máxima de San Juan de la Cruz: "El
amor no consiste en sentir grandes cosas, sino en tener
grande desnudez y padecer por el Amado?' (Punto de amor,
nº 36).
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