- Dom
Esteben Chevevière
- El
Eremitorio
- Espiritualidad
del Desierto
-
CAPÍTULO
III
- EL
DESIERTO DE JESUS
- LOS
COMBATES DEL DESIERTO
- "El
Espíritu le empuja hacia el desierto.
Estuvo en él... tentado por
Satanás"
- (Mc
1)
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Cuenta San Marcos
que Jesús al momento de salir del agua,
después del bautismo, vio los cielos abiertos y al
Espíritu Santo como una paloma descendiendo sobre
él (1, 10). Y cuando la voz del Padre hubo sonado,
"al punto, prosigue el evangelista, el Espíritu Santo
lo empuja al desierto" (v. 12). Advierte la relación
que parece establecer el texto entre la plenitud del
Espíritu posándose sobre Jesús y su
apartamiento al Desierto. Hay aquí un misterio que
interesa al Ermitaño antes que a nadie.
La palabra que
pronuncia el Padre es palabra de amor: Tú eres mi
Hijo, el amado, en ti me complazco" (Mc 1, 11). El
Espíritu que se da es el Espíritu de Amor. La
retirada al Desierto es la respuesta de Amor a esa palabra,
a ese don del Amor. El Hijo de Dios ninguna necesidad tiene
de prepararse al Apostolado. Pero su Humanidad, colmada de
manera singular en aquella hora, suspira por hallarse a
solas con su Padre. Tiene razón Guardini en pensar
que el Espíritu "lo saca fuera, a la soledad, lejos
de los suyos, lejos de la multitud que estaba junto al
Jordán, al Desierto donde sólo están su
Padre y El" (El Señor 1).
Quizá no has
reconocido tan a las claras el impulso de la gracia
conduciéndote al Eremitorio. Es a veces el concurso
de unas circunstancias muy profanas, que más
parecían atropellarte que dejarse dirigir. Alguien
que no eras tú, el Espíritu Santo, accionaba
los mandos, y combinaba todas las cosas para traerte
aquí. El fue quien te arrojó fuera, a la
soledad". Una sola es tu respuesta posible: un asentimiento
de amor. Únicamente a ese precio se conquista la
perseverancia en el desierto. El Papa Pío XII lo
declaraba: "Ni el miedo, ni el arrepentimiento, ni la
prudencia sola son los que pueblan las soledades de los
Monasterios. Es el amor de Dios."
Poco te
costaría fijar con parsimonia los límites de
tus expiaciones; el espíritu moderno no gusta de
duelos interminables. El amor, en cambio, es insaciable y
sus propios dones le enardecen. Estás en tu derecho
sí emancipas la mente y el corazón de las
contingencias de la vida del mundo, a fin de poder
así aplicar todos tus resortes internos a las
verdades eternas, a "la Verdad soberana, Dios, que es luz"
(Jn 1,5) y "amor" (4.8).
¡Ah! pero no
creas con esto entrar en el descanso. No obstante toda su
pureza y santidad, Jesús se impuso una cuaresma
sobrehumana, símbolo elocuente de la lucha que
tendrás que reñir para asentar en ti el
predominio tranquilo de todas las virtudes. La emprende de
cara con el demonio y lo derriba, para prevenirte de los
combates que te esperan, y enseñarte los medios de
vencerlo. Los muros de tu alma los levantarás con la
llana en una mano y la espada en la otra (Neh 4,12).
Bastante más sudor y tiempo del que piensas lleva el
pacificar esa alma. Entre la "sinceridad" de tus esfuerzos y
la "verdad" de tus renunciamientos se abre ancho foso; no
tardarás en experimentarlo.
Ingresas en el
Desierto no con la inocencia de Jesús, sino con la
corrupción radical de tu naturaleza, agravada con las
torceduras y lesiones que le han infligido tus
hábitos y pecados. Los lazos no los has roto rasgando
pergaminos, sino sajando en materia viva, y los tocones
pujantes de tu afectividad no dejarán de echar
brotes. A menudo sentirás la tentación de
compadecerte de ti mismo. Sé intransigentemente fiel
a la obediencia y te salvarás.
La Regla bajo la que
militas será tu gran purificadora y pacificadora, aun
cuando te parezca un laminador implacable. Recetará
una "dieta" absoluta a tu amor propio bajo todas sus formas,
y restablecerá por grados la jerarquía y la
armonía de los valores naturales y sobrenaturales que
llevas en ti. Ese orden asegura la tranquilidad: es lo que
San Agustín llama la paz. El Eremitorio te la
promete, no sin prevenirte que se trata de una paz armada, y
que un fallo en la vigilancia, en la energía o en la
oración puede replantear toda la cuestión.
Nuestra paz es precaria porque llevamos dentro, junto con
los enemigos que la amenazan, las complicidades que
comprometen nuestras defensas. Con todo, ya es mucho haber
interpuesto espacio entre tus pasiones y sus objetos.
Ármate de valor : "nuestros actos nos cambian",
escribe el Padre de Montcheuil. Una renuncia que hoy te
parece harto costosa, perderá su virulencia inicial
si la aceptas con generosidad. Conforme vaya creciendo, la
caridad te hará amable algún día lo que
en este momento te repugna, cuando la fe árida y
trabajosa prevalece aún sobre un amor vencedor de
todo egoísmo.
El demonio no es un
mito, y si bien es excesivo verle en todas las tentaciones,
la tradición monástica concuerda en atribuirle
especial encarnizamiento contra los anacoretas. El Desierto,
por lo que dice el Evangelio (Mt 12,43) era tenido por el
lugar propio de su guarida, y el monje en aventurada
ofensiva se proponía desalojarlo. San Mateo establece
explícitamente una conexión entre el retiro de
Jesús en el desierto y la tentación:
"Jesús fue conducido por el Espíritu al
desierto 'para' ser tentado por el diablo" (4,
1).
Por el conocimiento
de tus deslices habituales, por la experiencia del pasado y
lo cuesta arriba de ciertos sacrificios, podrás
llegar a barruntar las luchas que te aguardan. En el
Desierto, las hay clásicas, que en una forma u otra
difícilmente podrás eludir: nacen de las
propias excelencias del yermo. Resulta a veces agotador el
enfrentamiento con esos monstruos de dentro, invulnerables
en su inconsistencia.
La soledad te pone a
cubierto de los intentos de perversión del mundo. El
no ver, no oír, no oler, no tocar.., te afianza en
una zona de seguridad relativa, pero un peligro te acecha:
el replegarte sobre ti mismo, lo cual desarrolla en ti una
sensibilidad excéntrica, cierta exacerbación
ficticia de las potencias afectivas e imaginativas que
confiere a las cosas mas nimias una resonancia desmedida, y
te pone en trance de caer en la obsesión. Pruebas
interiores se levantan, que serán
niñerías, pero que turban la paz y hacen
sufrir mucho. En la vida activa te encogerías de
hombros, y a otra cosa. En el Desierto, esos fantasmas te
acosan. Para purificar tu alma Dios puede echar mano de tu
susceptibilidad ante el padecer. Mas la astucia del demonio
sabe sacar partido de ella. Abre el corazón a un
guía perspicaz y te salvarás de escollos que
más de uno no sabe esquivar: la excentricidad, la
manía persecutoria, los escrúpulos, la
melancolía con todos sus sobresaltos. Los perpetuos
descontentos, los hastiados son las víctimas
imprudentes de la reclusión. Los místicos son
su mayor triunfo...
El ayuno que el
Desierto impone a tus facultades cuyo juego normal asegura
ordinariamente la expansión y la felicidad de los
humanos, produce en ti el triunfo de la primacía de
lo espiritual. Sin embargo, los instintos son
indestructibles y nunca lograrás que el
corazón y la carne no se conmuevan. El autor de tu
estructura es Dios; no te toca ni lamentarla ni ponerte a
trastornar tan admirable ordenación. El dominio sobre
los instintos es delicado.
Además, la
memoria y la imaginación atizan la desazón de
la privación, y el demonio tiene poder directo sobre
nuestras facultades sensibles. No es raro que los más
puros sean presa de las tentaciones menos confesables, o de
los ímpetus afectivos más
desesperados.
Hay que conformarse
humildemente, orar, mantener paz y confianza. Resistir a
estos impulsos es un hermoso acto de fe, de esperanza, de
amor; es asimismo la más austera de las penitencias.
Considera que es un crisol purificador por donde pasaron
tantas almas santas; las vidas de los Padres del Desierto te
tranquilizarán. El demonio perderá una baza,
sí en vez de perder tú los estribos,
reflexionas con calma que eres hombre y no ángel, y
que vas hacia Dios caminando sobre tus dos pies y no volando
con alas de serafín...
La
contemplación, el acto más divino, el
ejercicio más perfecto de la caridad, puede dar
origen asimismo a las más sutiles tentaciones, al
menos en su grado inicial, cuando tiene más de
adquirida que de infusa. El orgullo no tiene asidero en el
místico auténtico: la actividad intensiva del
don de temor lo pulveriza. No es místico quien
quiere. El que, en expresión de San Benito,
después de domeñar los vicios de la carne y el
espíritu "con el solo vigor de brazos y manos",
alcanza a rozar al Invisible, a deleitarse
legítimamente en las realidades supraterrenales por
las cuales lo ha dejado todo, a gustar lo bueno que es
Yavé (Sal 33,9): ese tal puede tropezar en el lazo de
la yana complacencia y de la presunción. El demonio
le susurrará que pertenece a la "aristocracia" del
mundo espiritual y le persuadirá que, rebasando el
estadio del aprendizaje, puede lanzarse desbocadamente, sin
control, por la vía de las grandes singularidades
penitenciales, o, al contrario, relajar su rigor y dejar
lacias las riendas: "Si eres Hijo de Dios, tírate
abajo" (Mt 4,6).. La respuesta del humilde es sencilla: No
puedo tirarme abajo puesto que no estoy arriba. Por
supuesto, hay que estar bastante adelantado en la
perfección para advertirlo. Única salida:
abrirse y obedecer.
Obedecer al propio
guía, pero obedecer al Espíritu Santo, al
Espíritu de Jesús que te ha conducido al
Desierto. Si eres auténticamente hombre de
oración, estás salvado. ¿Qué hizo
Jesús solitario, sin predicar, sin comer ni beber,
quizá sin dormir? Contemplaba. Con toda su alma
estaba cara a Dios, sus potencias eximidas de toda otra
actividad se expansionaban en la contemplación. La
luz beatífica inundaba su mente, su voluntad
ardía en la caridad del cielo. Los Dones del
Espíritu Santo rendían en El todos sus frutos.
Libre de toda ocupación terrestre, Jesús pudo
dilatar su oración hasta una plenitud que ya no
superó.
La tuya será
más modesta y más intermitente. Al menos en
alas del deseo, trata de unirte a Dios con la mayor
frecuencia e intensidad posible. Suplícale sin
descanso que se dé a ti. La oración
mística está en la línea de tu
vocación de cristiano y de ermitaño. Pide esa
gracia, pero acepta con apacible humildad que te sea
aplazada o negada. Haz lo que está de tu parte por
disponerte al don eventual de Dios.
Por toda la
eternidad no harás sino contemplar. La
vocación del monje es escatológica: su intento
es vivir anticipadamente a la manera de los bienaventurados.
El Desierto, cerrado del lado de la tierra, sólo
tiene vistas al cielo, y la pista por la que caminas
desemboca en Dios. Sé generoso; no serán
ángeles los que te servirán, el Maestro en
persona se ceñirá, te hará sentar a su
mesa y te obsequiará (Lc 12,37).
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