- Dom
Esteben Chevevière
- El
Eremitorio
- Espiritualidad
del Desierto
-
CAPÍTULO
IV
- EL
DESIERTO DE MAGDALENA
- LA
COMPUNCION
- "Le
son perdonados sus muchos pecados puesto que amo
mucho"
- (Lc
7,7)
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Aceptemos la
tradición que venera a María Magdalena en el
desierto de la Sainte Beaume. El monaquismo la honra como
Patrona. Medita los versos que le dedica el Evangelio y
síguela de corazón en su retiro. Su ejemplo te
infundirá grandes ánimos. No eres mejor que
ella ni más que ella mereces la misericordia del
Señor. Eso que en sus extravíos la excusaba
una ignorancia que no puedes tú alegar. De
común con ella tienes el ser una oveja perdida que
eí Salvador ha buscado y traído sobre sus
hombros al redil (Lc 15,4-7).
Y en el desierto
¿qué hizo? Sin duda expió con dura
penitencia. Sobre todo recordaba la luz de la inolvidable
mirada con que Jesús la envolviera. ¿No piensas
alguna vez en esa mirada extraordinaria de Cristo cuyo
benéfico poder menciona a menudo el Evangelio? "La
miró y la amó."
En tu caso, como en
el de Magdalena hay que invertir los términos: te ama
y te mira. El te amó primero (1 Jn 4,10). Tu deber en
el Desierto es vivir bajo esa mirada. Dios no aparta sus
ojos de ti. Bueno es no echar en olvido que "ven sus ojos el
mundo, y sus párpados escudriñan a los hijos
de los hombres" (Sal 10,4); que "los ojos de Yavé
están en todas partes observando a los buenos y a los
malos" (Prov 15,3); que tus obras están escritas "en
su libro" (Sal 138,16).
No creas que sea una
mirada glacial y terrorífica; Dios sigue siendo Padre
en su justicia. Hasta cuando apenas si pensabas en él
y sorbías el pecado como agua, El posaba en ti una
mirada de misericordia: su gracia te penetraba para traerte
a penitencia. ¿ Por qué esa preferencia?
"Amé a Jacob más que a Esaú." ¿Por
qué? San Pablo responde: "Tiene misericordia de quien
quiere, y a quien quiere endurece." Oh hombre!
¿Quién eres tú para exigir cuentas a
Dios?" (Rom 9, 14, 20).
Magdalena,
incansablemente, rumiaba aquella misericordia incomprensible
cuya fascinadora ternura captara en la pupila de
Jesús, en casa de Simón el Fariseo.
Creyó ella haber, tomado la iniciativa de su
arriesgada determinación; era la gracia de Cristo la
que la atraía. De lejos la veía en sus
perplejidades, como divisaba a Natanael bajo la higuera, e
invisiblemente sugería a su alma los pasos a dar y le
infundía la fuerza de darlos. Fue la voluntad de
Jesús la que dobló las rodillas de la pecadora
y quebrantó su corazón. Así hizo
contigo. Magdalena pudo entonces levantar hacia El unos ojos
que reflejaban un alma purificada, transfigurada, abrasada.
No podrá ya olvidar la mirada de Jesús que le
decía: "Tus pecados te son perdonados... Tu fe te ha
salvado, vete en paz" (Lc 1,48); ni aquella otra mirada
iluminada con claridades de Bienaventuranzas, con que la
abrazaba cuando sentada a sus pies contemplaba en El al
Verbo hecho carne (Lc 10,39); ni, en fin, la mirada de noble
gratitud con que le pagaba la unción de Betania. Los
ojos de Jesús fueron la lámpara de su gruta
provenzal.
El sentimiento
punzante de sus miserias pasadas suscitaba siempre en ella
un asombro renovado ante las privanzas de que se juzgaba
indigna y que sin embargo acogía sin reticencia, con
un corazón arrebatado, tan viva era su fe en el
perdón divino.
Si quieres ser feliz
en el Desierto tienes que apropiarte esa misma fe. Los
hombres no saben perdonar. Tal vez encuentres siempre
Simones para echarte en cara tus faltas, como si, no pocas
veces, su virtud fuese otra cosa que pura fortuna. El hombre
pecador se acuerda, Dios ofendido olvida.
"Aunque vuestros
pecados fuesen como la grana, quedarían blancos como
la nieve. Aunque fuesen rojos como la púrpura
vendrían a ser como la lana blanca" (Is 1 ,18). Ha
echado "tras de sí" todos nuestros pecados, y no
recobrarán vida en su memoria (Is 38,17).
Aplícate estas confesiones divinas: "¿No es
Efraín mi hijo predilecto, mi niño mimado?
Porque cuantas veces trato de amenazarle, me enternece su
memoria, se conmueven mis entrañas" (Jer
31,20).
La compunción
deja de ser auténtica sin esa confiada y
tranquilizadora certeza. Desconfiar del perdón es
injuriar .al corazón paternal de Dios. Si el
Ermitaño llora al recordar sus extravíos, que
sean lágrimas de gozo. Dios es más admirable
cuando restaura que cuando crea. En la vida espiritual nada
será definitivo, pero tampoco hay nada irreparable..
El P. de Foucauld escribía a L. Massignon: "No, las
faltas pasadas no me espantan... Los hombres no perdonan
porque no pueden devolver la inocencia perdida; Dios perdona
porque borra hasta las manchas y devuelve en plenitud la
hermosura. primera."
Sólo el
demonio puede insuflar el desaliento. ¿Por qué
razón sus patrañas iban a tener más
peso que la palabra de Dios? "Yo te he formado, tú
estás para servirme... Yo he disipado .como nube tus
pecados, como niebla tus iniquidades. Vuelve a mi, que Yo te
he rescatado" (Is. 44, 21). "Por mí lo juro, sale de
mi boca la verdad, y es irrevocable mi palabra" (Is
45,23).
Aún
así, ¿ te interesa expiar? Hazlo más con
el fuego del amor que con la fiereza de las maceraciones.
¿ Crees que Magdalena fue perdonada a poca costa?
Sólo una cosa le pedirá el amor: subir al
Calvario, estarse al pie de la Cruz y contemplar el horrible
suplicio del objeto más sublime de su amor. No se le
dejará ni decir una palabra, ni esbozar un
ademán por calmar sus dolores o infundirle
ánimo. Para la pecadora, esa viene a ser la
satisfacción más singular y
terrible.
Averigua ahora algo
que ignoraba todavía: la atrocidad y malicia de la
ofensa hecha a la Majestad del Dios trascendente. En la
perspectiva del Cristo sonriente de Betania, su pecado
tenía proporciones humanas. En el Calvario, de golpe,
mide la inmensidad de su falta al manifestarse en todo su
rigor la justicia del Padre, que no perdona ni a su Hijo
único (Rom 8,32). No puede menos de ver con sus
propios ojos lo que es la reparación de valor
infinito de una ofensa, la suya, de malicia infinita. Antes
que San Pablo ella se dice: "Me ha amado y se ha entregado
por mí (Gál 2,20). Ve de adivinar la sacudida,
el enajenamiento, el quebranto de aquel corazón
enamorado. Conserva en su memoria visual las últimas
miradas de Jesús, tan preñadas de tristeza, de
angustia, de pavor, con ciertos destellos extraños
como de desesperación: "Padre, ¿por qué
me has desamparado?" (Mt 27,46).
Nada le será
ahorrado a Magdalena: las blasfemias, los gritos de odio,
las burlas, el ruido de los martillos, los gemidos del
condenado, le despedazan los nervios y el corazón.
Desde el centro mismo de la escena puede contemplar el
tormento de cada músculo del Salvador cuyo cuerpo es
todo una llaga, y le es dado reconocer la horrenda eficacia
de sus caídas. Ahora es cuando descubre lo que son
realmente para Dios el orgullo, la lujuria, los amores
ilícitos, el egoísmo. Aquí el pecado es
despojado de las circunstancias concretas que le dan su
hechicero encanto. Cuando Jesús pronunció el
"tengo sed", no se le consintió a Magdalena como
tampoco a la Virgen, que le ofrecieran el menor
alivio.
¡Horas
dramáticas! ¡Crisol justiciero para aquella
amante de Jesús! Fue el castigo de sus pecados, la
más atroz satisfacción. Tenía aquel
corazón que ser estrujado en el lagar del
Gólgota hasta la última gota de sus deleites
pecaminosos.
Su único
consuelo fue aquella postrera mirada de Jesús, vuelto
hacia su Madre para decirle: "Mujer, he ahí a tu
hijo" (Jn 19,26). Pero ¡qué mirada. En el fondo
de esos ojos velados por lágrimas, sudor y sangre! Ya
la muerte proyectaba en ellos su sombra. Magdalena se
preguntaba cómo podían ser aquéllos los
ojos de Betania...
Así fue la
compasión de Santa Maria Magdalena, el acto final del
perdón divino, satisfacción más
cumplida, en un instante, que toda una vida de ayunos,
vigilias, flagelaciones. Lo probable es que en su desierto
de Provenza no pasó un solo día sin revivir
las horas cumbres de la Humanidad, que fueron su propio
Calvario.
Deja que tu amor de
Ermitaño medite la Pasión de Jesús
desde el ángulo que te concierne a ti, como lo
hicieron Magdalena, Pablo y tantos otros santos. Pascal se
queda corto cuando le hace decir a Jesús: "Por ti
derramé tal gota de mi sangre." Es todo. la sangre la
que ha sido vertida por cada uno de nosotros. Tal vez
encuentres sabor especial en salmodiar cada una de las Horas
Canónicas, unido a Cristo en este o aquel momento de
su martirio, en pasar todos los días un rato en el
Calvario, aunque sólo sea mediante la
evocación explícita del sacrificio cruento del
Redentor al asistir a Misa.
Lamentas ser de
pedernal cuando recuerdas tus faltas. Es probable que la
metafísica del arrepentimiento te afecte
medianamente. Si llegas a enamorarte apasionadamente de
Jesús ninguno de sus tormentos te dejará
indiferente, insensible, y la convicción de la parte
que en ellos te corresponde, te hundirá en el
corazón el dardo del pesar y de la
detestación. No sutilices en el análisis de
tus sentimientos. La contrición genuina no puede
abolir cierta complacencia animal de la naturaleza, cierto
encanto refinado al recordar el placer gustado.
Duélete de la ofensa inferida a Dios, si no consigues
detestar sensiblemente la voluptuosidad que te
embargó. Más claro que tú ve el
Señor en los oscuros repliegues de tu alma; deja en
sus manos el juicio. ¡Dichoso Pedro cuyas
lágrimas cavaron barrancos en las mejillas! Es
cuestión de gracia. Se requiere tiempo para bajar tan
hondo en la propia miseria; no se conoce la malicia del
pecado sino expiándolo.
Empieza por amar; el
amor engendra la compasión y de la compasión
nace la penitencia.
El corazón
del Ermitaño debe estallar o ablandarse en la
cercanía de Dios, so pena de no abrirse a las
llamadas del Amado que desea tenerlo como comensal: "He
aquí que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi
voz y abre la puerta, entraré en su casa y
cenaré con él, y él conmigo" (Ap
3,20).
Hay que estar
limpio. Ejercítate en esa delicadeza de conciencia
que no es escrúpulo sino sentido del pecado. Es fruto
del espíritu de adoración y del don de temor.
Si en alguna parte se ha encomendado la confesión
diaria es en el Yermo.
La compunción
se ha de iluminar siempre con las claridades de la gloria;
de lo contrario, se hunde en la desesperación. Mejor
que nadie lo sabía Magdalena, que vio la primera al
Señor en la mañana de Pascua. Sin echar en
olvido un punto de las angustias del Gólgota, tampoco
dejó en su desierto de oír el acento
personalísimo de la voz de Jesús
llamándola por su nombre familiar: "¡Myriam!".
En ese momento volvió a descubrir la mirada de
Betania irradiando una majestad glorificada que a su vez le
aseguraba a ella la dicha futura. Desde ese día,
Magdalena vivió la vida de resucitada, tal como la
iba a definir San Pablo. A ejemplo suyo, los anacoretas han
fijado su sala de espera más allá de este
mundo, y se ingenian por vivir como si hubiesen traspuesto
ya el umbral de la eternidad.
"Para nosotros,
escribe el Apóstol, nuestra patria está en los
cielos, de donde esperamos ardientemente al Salvador, al
Señor Jesucristo. El transformará nuestro
miserable cuerpo haciéndolo conforme a su cuerpo de
gloria en virtud de la fuerza eficaz que posee de someter a
sí todas las cosas" (Flp 3,20-21).
La conciencia del
pecado debe hacer rebotar el alma hacia esas alturas. La
historia de nuestra desgracia personal no termina con la
confesión, por humilde que sea. Se continúa en
su redención y culmina en la gloria. En el texto de
la Epístola a los Filipenses San Pablo, una vez
más, nos invita a la santidad, a partir del hecho de
la Resurrección corporal de Cristo que confirma
nuestra resurrección espiritual. Bien muerta al
pecado estaba Magdalena y su corazón volaba en pos de
su tesoro: Jesucristo en su triunfo.
El Ermitaño
ve que su destino de gracia ilumina su soledad, pero con la
condición de mantener hasta el último aliento
la voluntad de no pedir a la tierra nada, de entender a la
letra la consigna del Apóstol: "Si, pues,
resucitasteis con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde
está Cristo sentado a la diestra de Dios; pensad en
las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque
estáis muertos y vuestra vida está escondida
con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es
vuestra vida, entonces también vosotros
apareceréis con él llenos de gloria" (Col.
3,1-4).
Colmado como has
sido por Dios, esmérate por ser la alegría de
su corazón. Sé, en el desierto del mundo, un
fruto suculento de su gracia. "Como uvas en el desierto
hallé Yo a Israel" (Os 9,10).
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