- Dom
Esteben Chevevière
- El
Eremitorio
- Espiritualidad
del Desierto
-
CAPÍTULO
V
- EL
DESIERTO DE SAN PABLO
- EL
DESCUBRIMIENTO DE CRISTO
- "Pues
para mí el vivir es
Cristo..."
- (Flp
1,21)
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Se habla poco de la
marcha de San Pablo al Desierto a raíz de su
conversión. El mismo nos la da a conocer
incidentalmente:
"Cuando plugo al que
me eligió desde el seno de mi madre y me llamó
por su gracia, revelar en mí a su Hijo para que lo
anunciase a los Gentiles, al momento no consulté
más con carne y sangre, ni subí a
Jerusalén a los que eran Apóstoles antes que
yo, sino que marché a Arabia" (Gál
1,15-17).
Bajo la
expresión "sin consultar carne y sangre se deja
adivinar lo fiero de la decisión: el soltar las
amarras, el afrontar lo desconocido. Pablo no discute, obra;
igual que en el camino de Damasco. En las manos de Dios, el
recién convertido es el hombre del servicio hasta la
esclavitud, y la perspectiva de un sacrificio, así
sea el de la vida, jamás le ha retenido o retardado
en la obediencia. A él, como a Jesús, es el
Espíritu Santo el que le arroja fuera, y le empuja a
la soledad.
¿Acaso tu
rompimiento es mayor que el del Apóstol? No se te
pide que reniegues de tu pasado religioso, de tu pueblo, de
tus amistades, para afiliarte a una secta de la que eras el
perseguidor, si bien por motivos nobles. Sin embargo, todos
tenemos nuestro "Isaac" muy querido que inmolar... No
remolonees. Vienes al Yermo tan rico espiritualmente como
Pablo. El iba hondamente afectado. La costumbre lima las
aristas de la vida cristiana. ¿Por qué
Jesucristo, el amigo de tu alma desde la infancia, te es tan
indiferente? Suplica a Dios te lleve a un camino de Damasco
donde el encuentro con Jesús te derribe y te haga
para siempre su prisionero, prisionero de corazón, y,
por lo mismo, prisionero del Desierto.
No está en tu
poder el recibir un choque tan llamativo. Una sola palabra
ha encadenado al Apóstol irrevocablemente: "Yo soy
Jesús a quien tú persigues." Pablo huye al
Desierto con esa revelación. Necesita estar solo para
escudriñaría, exprimir de ella toda la luz y
todo el amor. Se propone hacer rendir todo su contenido
vital a ese primer toque. "Por la gracia de Dios soy lo que
soy, y la gracia no ha sido estéril en mí" (I
Cor 15, 10). Con la fogosidad de su juventud, la violencia
del temperamento y el fuego de la caridad que le abrasa,
Pablo debió ser un terrible anacoreta. Talla
tenía para haberlo sido toda su vida, mas su
vocación era otra. Las austeridades del apostolado
sobrepasarán con creces las maceraciones del desierto
(2 Cor 11). Por severo que sea tu tenor de vida jamás
sufrirás por Cristo la larga pasión del
Apóstol (Cf. 2 Cor 6).
En su misterioso
Desierto ¿en qué puede San Pablo ser modelo
tuyo? En esto: que se retiró a él con
Jesús. Jesús luz, Jesús caridad. Esa ha
de ser toda tu contemplación, toda tu
ocupación. Destinado como le tiene para vastas
empresas, Dios activa la revelación con su
Apóstol. Tú, en cambio, tienes toda una vida
para estudiar las dimensiones inconmensurables de la
persona, de la misión y enseñanzas del Verbo
Encarnado. Con la Biblia, libro por excelencia del
Ermitaño, en las manos, estás en
posesión de cuanto Dios tiene dicho a los hombres
desde el principio del mundo. Los escritores sagrados:
Profetas, Apóstoles, Evangelistas, el mismo San
Pablo, ponen a disposición tuya la luz que les ha
inspirado, y que sigue alumbrando a la Iglesia. El Verbo de
Dios se ha hecho "Escritura" antes de hacerse "Carne" y
"Pan". Ahí tienes tu Maná en sus tres formas.
¿Y morirías de hambre?
El centro, la
cúspide de toda esa revelación es Jesucristo.
Pablo se retira a la soledad para meditar y saborear el
extraordinario designio de Dios respecto de nosotros, "el
misterio escondido desde siglos y generaciones", y que acaba
de serle manifestado: "Cristo entre vosotros" (los gentiles)
(Col 1 ,26-27). Durante esos dos o tres años de
anacoretismo se despliega ante la mirada atónita de
su alma la prodigiosa historia del amor de Dios para con su
criatura, historia que para él se cifra toda en el
Cristo que lo ha deslumbrado (Gál 1,17).
Ese mismo ha de ser
el tema de tus habituales reflexiones: el designio eterno de
Dios, que se realiza en ti en el tiempo de tu existencia. El
Ermitaño no abriga otra ambición que la de
cooperar en él con entera buena voluntad.
Dichoso tú si
la luz brota del corazón. Jesús quiso
mostrarse primero a Saulo en el esplendor de su carne
glorificada, en la que no faltaría el detalle
conmovedor de las cicatrices de la Pasión, para
hacerle comprender más a lo vivo aquellas sencillas
palabras: "¿Por qué me persigues?" (Hech 9,4).
Desde ese día Pablo ama a Jesús con una
pasión casi salvaje: "El. amor de Cristo nos apremia"
(2 Cor 5,14). "Si alguno no ama al Señor, sea
anatema" (1 Cor 16, 22).
"¿Quien nos
separará del amor de Cristo?" (Rom, 8,35).
Lee y relee el
Evangelio a fin de que la persona de Cristo cobre vida y
relieve a tus ojos. Es preciso que su Humanidad se te haga
familiar y que su encanto te conmueva y cautive como
cautivó a cuantos tuvieron la dicha de conocerle. Los
misterios de su vida terrestre son la versión en
lengua inteligible para nosotros de las divinas perfecciones
que nos incumbe imitar. Sin El nos traería de cabeza
esta consigna "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es
perfecto" (Mt 5,48).
En el desierto
comprendió Pablo que esa perfección se nos da
a conocer en Jesucristo, la fiel "imagen de Dios invisible
(Col. 1, 15). Después, descubre en la
enigmática expresión del. camino de Damasco,
la deslumbradora maravilla de nuestra unión con
Cristo, prefacio, a su vez, de la revelación
subsiguiente del plan de Dios sobre el hombre; no hallamos
gracia ante Dios sino en su Hijo Único, y en la
medida exacta en que le pertenecemos y semejamos: "Nos ha
escogido en El desde antes de la creación del mundo,
para ser santos e inmaculados en su presencia por el amor,
predestinándonos a ser hijos suyos por medio de
Jesucristo" (Ef 1, 4-5).
Más adelante
precisa los lazos íntimos que nos ligan al Verbo
Encarnado, Cabeza del Cuerpo Místico. cuyos miembros
hemos venido a ser, Pablo, y nosotros por el Bautismo (1 Cor
12,13-27), vivificados por su Espíritu, viviendo de
su vida hasta poder y deber en cierto sentido identificamos
con El; "Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí"
(Gál 2, 20).
Ahora le parece
haber saltado a otro mundo, el mundo venidero; cree que,
muerto al pecado, resucitado con Cristo, tiene que vivir la
vida escatológica que llenará de entusiasmo a
los primeros cristianos y a generaciones de
ascetas:
- "Para nosotros
nuestra patria está en los cielos" (Flp 3,
20)
- "Sois ciudadanos
de los santos" (Ef 2,19).
- "Si, pues,
resucitasteis con Cristo, buscad las cosas de arriba,
donde está Cristo
Porque estáis
muertos y vuestra vida está escondida con Cristo
en Dios" (Col 3,1-3).
Única
aspiración de Pablo, configurarse con Cristo. El
Espíritu Santo enfoca su atención especial
sobre el misterio de la Cruz que le ha merecido a él
como a nosotros esa vocación.
Su programa es el
mismísimo del Ermitaño: "Sí ahora vivo
en carne, viva por la fe en Dios y en Cristo que me amo y se
entregó por mi" (Gál 2, 20).
Nadie ha penetrado
más a fondo el sentido de 1a Cruz. A la luz del
misterio, el ex fariseo, tan versado en la ciencias de las
Escrituras, se percata de que ignoraba la clave de las
mismas, y ahora les descubre un sentido nuevo, el
único auténtico. Vuelve a leer la Biblia, es
una inundación de claridad. Descifra el Pentateuco a
la luz del Sacerdocio de Cristo, y, al reflexionar sobre
sí mismo y recordar sus pecados y su
incorporación a Cristo arde en deseos de "llevar en
su cuerpo las marcas de Jesús" (Gál 6,17), de
"castigar su cuerpo y esclavizarlo" (í Cor 9,27),
"estar crucificado con Cristo" (Gál 2,19) y "no
gloriarse sino en la cruz de Nuestro Señor
Jesucristo" (Gál 6,14). Desasido hasta en su fibras
más hondas de todo cuanto no es divino y que
él mira como cosa despreciable (ut stercora)
(Flp 3,8); verdugo de su carne, lucha, pero "no como quien
azota el aire" (1 Cor 9,26); escrutador celosísimo de
las Escrituras (Flp 3,5); levantado a la cima de la
contemplación (2 Cor 12,2); místico enamorado
que suspira por ir a unirse con Cristo (Flp 1 ,23)
ése era San Pablo, la figura gigante del
anacoretismo.
Posiblemente el
Desierto lo hubiera retenido si Dios no le hubiese
explícitamente llamado al apostolado, dándole,
por revelación, "el conocimiento del misterio de la
salud en Cristo" (Ef 3,3), y encomendándole la
misión de anunciado (ib 8-9). El Espíritu a su
vez le infunde un aumento de caridad para con las almas que
deben integrarse en el Cuerpo Místico de Cristo. Y
deja la soledad espoleado por la ambición
cósmica de "recapitular en Cristo todas las cosas"
(Ef 1, 10) acuñada en la divisa: "Es preciso que El
reine" (1 Cor 15,25).
Llamado al yermo
para vida y para muerte, no tienes que recorrer el mundo, ni
siquiera en imaginación, para anunciar el Evangelio.
Haz lo que hizo Pablo en el desierto. Es para ti más
que un modelo, es tu guía, tu padre espiritual. Lee
una y otra vez sus Epístolas. Te ayudarán a
hacer el inventario de la "soberana riqueza de la gracia de
Dios, por su bondad hacia nosotros en Cristo Jesús"
(Ef 2,7), ya que a él, Pablo, le ha sido encomendado
"poner en claro la dispensación de la insondable
riqueza de Cristo" (Ef 3,8-9).
Lo que escasea en
ti, sin duda, es el ardor en la caridad de Cristo. Reconoce
la endeblez de tu generosidad. Y, sin embargo, la
única posibilidad que tienes de perseverar en un
desierto que no te brinda ningún interés
humano y se arma hasta los dientes con inclemencias
agotadoras, es adherirte a Jesucristo. El Apóstol te
dice: "en todas esas cosas triunfamos por el que nos
amó" (Rom 8,37). No se ama al Desierto por sí
mismo; pronto se encarga de desmoralizar con su
"cotidianidad". Su gran valor espiritual consiste en
desanudar las ligaduras que enredan nuestro corazón,
e impulsar nuestros deseos más allá que
él y más arriba: hacia Dios. Con lazos nuevos
nos vincula a Cristo, único compañero de
nuestro viaje.
El Eremitorio no es
morada estable. Vivimos en él bajo la tienda de
campaña del mundo para realizar en el mínimo
de tiempo y el máximo de eficacia la mutación
de fondo: despojarnos del hombre viejo y revestirnos del
hombre nuevo (Ef 4,22-24), esto es, Jesús (Rom
13,14).
Si al entrar en
soledad traes otras esperanzas, te equivocas de camino y no
tardarás en comprobarlo. Saulo se ofreció al
Señor cual página en blanco, cual instrumento
nuevos Su 'vida no ha tomado el curso que él
previera, mas en nada le pesó, ni de
lejos.
A ejemplo suyo y por
idéntico motivo, nada te tiene que amedrentar.
"Sé a quién me confié y estoy seguro de
su poder para guardar mi depósito hasta aquel
día, el de la muerte" (a Tim 1,12).
Nada importa que
seas débil. Gloriarse de ser fuerte en los combates
del Señor, lo puede sólo quien se apoya en
Jesucristo con todo su peso. "En El, sí, lo puedo
todo" (Flp 4.13).
Ojalá puedas
en la hora postrera pronunciar como tuyo y con total
sinceridad y verdad el juicio de San Pablo sobre su
vida
"He combatido el
buen combate, He terminado la carrera. He guardado la fe. Y
ahora, he aquí que me está reservado la corona
de justicia que me dará e! Señor aquel
día, el Justo Juez, y no sólo a mí,
sino también a todos los que hayan esperado con amor
su parusía" (2 Tim 4,7).
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