CAPÍTULO
VI
EL
DESIERTO DE LA NOCHE
EL
CRISOL DEL DESIERTO
- "Las
tinieblas no son densas para ti, y la noche
luciría como el
día" (Sal
138,12)
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Para el Eremita la
noche es el momento de la máxima cercanía de
Dios. La noche da realce al Desierto desmaterializando las
cosas. Colores y contornos se desdibujan y todo se disuelve
en una capa uniforme de sombra azulada en que se pierde la
mirada. El ritmo del tiempo parece estar en suspenso; la
inmovilidad ha relevado a la sucesión y trae el
presentimiento de que la eternidad está a la puerta
Duerme la tierra es el silencio "mayor". El firmamento atrae
la vista del que vela hacia "los astros que brillan en sus
atalayas
Lucen alegres en honor de quien lo hizo" (Bar
3,34-35).
En el umbral de su
celda, pronto a responder a la campana de Maitines, el
solitario escucha al Salmista: "Los cielos pregonan la
gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus
manos" (Sal 18, 1):
Es como si Dios lo
estrechara por doquier, cual sí descansara en su
regazo. Podría decir lo que el piloto americano:
'Saqué la mano fuera y toqué el rostro de
Dios." La noche te será más querida que el
día, como más de Dios, ya que en ella no
puedes hacer otra cosa que orar, y tus sentidos, liberados
de la obsesión del detalle, dejan tu alma más
disponible para la unión con Dios. Es la hora que
prefería Jesús para sus coloquios con su Padre
(Lc 6,12), y la que han preferido los grandes
espirituales:
"Me levanto a
media noche para darte gracias por tus justos juicios"
(Sal 118,62).
"De noche me
acuerdo de tu nombre, ¡oh Yavé! (ib.
55).
"Deséate
mi alma por la noche, y mi espíritu te busca
dentro de mí" (Is 26,9).
Dios se complace en
colmar los corazones atentos; la oscuridad protege contra
testigos indiscretos. El Esposo llega de improviso en plenas
tinieblas (Mt 25,6): "Ábreme, hermana mía,
amiga mía" (Can 5,2).
Si tienes el
corazón limpio y el espíritu vigilante, para
ti la noche brillará como el día, como el
relicario precioso de los grandes memoriales de las
"Gesta Dei" en la Humanidad. Exenta de formas
creadas, se llena de reminiscencias que le confieren una
solemnidad impresionante: la creación de la luz el
primer día, y la de los luminares que seguimos
admirando tales como salieron de las manos del Creador: la
luna, las estrellas. Amparado en la noche, Dios habla con
Abrahán para prometerle una posteridad de la que
nacerá el Salvador, y esa palabra alcanza en nosotros
sus frutos. De noche se encarnaría el Verbo en
María mientras oraba. "Un profundo silencio lo
envolvía todo, y en el preciso momento de la media
noche, tu palabra omnipotente, de los cielos, de tu trono
real... se lanzó en medio de la tierra (Sab 18,1415).
De noche nacerá. La liberación de los Hebreos
de la opresión de Egipto, tipo de nuestra
liberación espiritual, fue de noche, y Dios quiso que
se conmemorara por siempre (Ex 12,42). La Iglesia lo hace en
la Vigilia Pascual. Jesús sufrió su
agonía y fue detenido en la noche del Jueves al
Viernes Santo, y, si murió a media tarde, una noche
milagrosa envolvió el Calvario durante las tres horas
del drama, para que nada viniera a distraer nuestra
atención del sacrificio que nos salva. Y no olvides
la más augusta de todas las noches, la que vio a
Cristo saliendo vivo y glorioso del sepulcro.
Al Ermitaño
le es dado escuchar cada noche esas voces del silencio y
recibir la gracia siempre operante de tales misterios. En
sus grandes líneas, la Sagrada Escritura le describe
el caminar del amor de Dios hacia el anacoreta envuelto en
la sombra amiga. El P. de Foucauld, en el Sahara,
bendecía sus insomnios porque le permitían
esas contemplaciones: «Las dos de la madrugada.
¡Qué bueno sois, Dios mío, por haberme
despertado! Más de seis horas aún para no
hacer otra cosa que contemplaros, estarme a vuestros pies y
no deciros sino esto: os amo!"
Evoca estos ejemplos
al dirigir tus pasos a la iglesia del Eremitorio cruzando
las tinieblas, hacia Aquel que es el centro de toda la
Historia y que te aguarda en el Sagrario1 Nunca te pese
dejar tu celda para ir ¿la iglesia. El Ermitaño
de Tamanrasset tiene razón: "Estar solo en la celda y
entretenerme con Vos en el silencio de la noche, es dulce,
Señor mío, y estáis en ella como Dios,
así como con vuestra gracias Y con todo, quedarme en
la celda pudiendo estar delante del Santísimo
Sacramento, es obrar como si María, cuando estabais
en Betania, os dejase solo
para ir a pensar en Vos, a
Solas en su habitación."
La obediencia escoge
por ti, alégrate de su elección. Sumido en las
tinieblas está el mundo y sólo hay una
antorcha: Jesucristo. "Yo soy la luz del mundo." (Jn 8,12).
Es también la tuya: "El Verbo es la luz verdadera que
alumbra a todo hombre" (Jn 1, 11). Pocos son los adoradores
nocturnos. Era la hora preferida de Jesús, la tuya.
El "subía al monte a solas para orar" (Mt 14,23). Hoy
ya no tiene que estar solo...
Mas la noche tiene
también sus terrores; puede resultar un crisol. El
desierto aprisiona al explorador. El Ermitaño lo
lleva dentro. Así igualmente la noche: está en
ti, a manera de fermento para remover toda la masa de tu
alma. No conoces a Jesucristo sino por la fe. Pero la fe es
para tu espíritu tinieblas no menos que luz. . Esto
te la hará más dolorosa en el Eremitorio,
donde no podrás vivir sino de fe desnuda, sin cosa
que te distraiga de las pruebas que te impone, ni te ayude a
pasar el tiempo de los silencios de Dios.
Tu vida se desliza,
la mayor parte del tiempo, bañada en esa "oscura
claridad que cae de las estrellas", siendo así que
estás hecho para la plena luz del día. Nada te
importaría desdeñar la tierra y sus
alegrías; si Dios dejara traslucir su gloria, o
pulsara deleitosamente las fibras de tu almas Aun suponiendo
que se te conceda algún contento sabroso, sólo
será de paso. Dios quiere ser creído bajo
palabra, sin fianza ni contraprueba, y tu postura ante el
mundo es la de testigo de la fe. La tuya debe estar pura de
toda aleación, sin más punto de apoyo que la
afirmación de Dios mismo. No tendrás
aquí el aliciente de las grandes manifestaciones de
la piedad, ni el sostén de la predicación dada
o recibida, si el estímulo de la dirección de
almas. El bien que hagas lo ignorarás. totalmente.
Las gracias de Dios, aun las más selectas,
vendrán tal vez despojadas de todo carácter
experimental, y te verás reducido a "querer creer", a
caminar a tientas, entre gemidos, sin comprender más
nada.
"Cuando canto la
dicha del cielo, la eterna posesión de Dios -escribe.
Santa Teresita del Niño Jesús- no siento la
menor alegría pues canto sencillamente lo que quiero
creer."
Has de portarte como
sí la luz guiara tus pasos, profundizar tu fe, no
compulsando libros sino sometiéndote con humildad a
esa sustracción de luces y poniendo hasta los
últimos detalles de tu vida toda bajo el imperio de
la fe.
Nadie podrá
echarte una mano vigorosa si no es Dios; Dios se esconde. No
lo habrás percibido, pero nunca habrá sido tan
estrecha tu. adhesión a la soberana Verdad, ni tan
valiosa tu oblación. Ni habrá estado Dios
nunca más cercano: "Yavé ha dicho que
habitaría en la nube oscura" (1 Re 8,12).
Esa "noche oscura"
tan martirizadora será cabalmente tu
iluminación; conocerás a Dios con su propio
conocimiento, sabrás de El, no lo que la criatura
llega a balbucir, sino lo que El mismo sabe de sí y
lo que le place revelar. De todas formas, si Dios te arroja
a ese crisol terrible, padecerás la cosa más
tremenda que cabe para un Ermitaño, que cree
desplomarse bajo las ruinas de su ensueño.
Como Job,
tendrás prisa porque despunte, el día (17,12).
En poco tiempo habrás hecho más actos heroicos
de fe que otros en una larga vida.
Eso en el caso de
que abrigues la esperanza de ese alborear próximo,
pues la esperanza se enraíza en la fe vivirás
sin sentirla. También de ella eres testigo, y de
ningún sitio la debes sacar más, que de la
promesa divina, no, en absoluto, de la seguridad de tus
méritos o de una vida buena. Tienes que llevar
cincelada hasta en tu carne la convicción de la
gratitud del don de Dios. En el lagar de la tentación
exprimirás hasta la última gota de esa
confianza en ti mismo de que estás lleno. Dios
permitirá por algún tiempo que no vislumbres
ya el fin de esa noche horrorosa y creas, hagas lo que
hagas, que estás destinado a las tinieblas
eternas.
No es seguro que
llegues ahí. Todo depende del grado de santidad al
que te llama Dios, pero ¡está tan dentro de la
línea de una vida escatológica ser purificado
a fondo en ese Purgatorio anticipado!
Invisible, en la
sombra, el Espíritu Santo te sostendrá, y tu
alma angustiada no dejará de esperar contra toda
esperanza, invenciblemente convencida de la fidelidad de
Dios, en virtud de la cual, en este mismo destierro te ha
"desposado" (Os 2,22). "Yavé lo ha jurado, no se
desdecirá" (Sal 109.4). La infidelidad tuya no
acarrea la de Dios. Cuando vuelves a El arrepentido, le
encuentras esperándote con todos los bienes que
tenía pensado otorgarte. "Ea, pronto, sacad el
vestido más rico y ponédselo, y un anillo a su
mano y sandalias a sus pies" (Lc 15, 22).
Todo eso lo sabes de
muy atrás; en este momento de prueba, el
Corazón del Padre, abierto a todos te parece cerrado
para ti. Pese a todo tu alma "espera a Yavé" (Sal
32,20). En tu desolación no cesarás de
repetir: "En ti todo el día espero a causa de tu
bondad, Yavé. Acuérdate de tu ternura,
Yavé, de tu amor, pues son eternos" (Sal 24, 5-6).
Pensarás que lo dices con la punta de los labios, por
cumplimiento, cuando antes te arrancarían la piel que
hacerte dudar de la palabra de Dios. Pero la noche nos
oculta el horizonte de luz. Seguirás tu camino, con
tu mano temblorosa cogida de la de tu Padre del cielo. "Le
así, ya no le soltaré" (Can 3,4).
¡Oh! qué
difícil es creer en el amor de Dios cuando el cielo
parece acerrojado, y te abruma el sentí miento de que
nada debes esperar de él. Lo has dejado todo con el
fin de vivir en la intimidad de Dios. Dios finge no dignarse
dirigirte una mirada; y se te hace tan lejano que dudas de
sí te amará Aquel que, a despecho de todo, es
tu único amor. Nada oprime tanto como un amor
ignorado o desdeñado. Con el corazón lacerado
te quejarás al Señor de haberte
engañado al prometerte su privanza, siendo así
que te trata en esclavo. Se te haría inconsolable esa
frialdad de Dios si no supieras que El te ha amado el
primero. De lo contrario, te seda indiferente (1 Jn 4,
10).
Lo que El quiere es
que le ames como merece serlo: por sí mismo, por su
amabilidad trascendente, y no en primer lugar por su bondad
para contigo. Deberías amarlo aunque nada te
reportase, porque es el Bien sustancial. Sé ante los
hombres testigo de que es digno de. ser amado así de
desinteresadamente.
El desierto con su
aridez., la noche con su anonadamiento de las formas, hablan
menos de la munificencia de Dios que de su. trascendente
perfección. No basta que lo sepas por la
metafísica. Debes experimentaría y ofrendar al
Amor ese homenaje gratuito. Si la prueba durase demasiado
podrías periclitar. La humildad te salvará.
Acepta el no saborear el Amor de Dios, por lo mucho que has
gustado el de la criatura, y el andar en las tinieblas sin
siquiera sentir la mano paternal que te lleva sin tú
saberlo. Guíate por su voz; no cesa de resonar en la
Escritura: "Dios es amor; el que permanece en el amor, en
Dios permanece y Dios permanece en él" (1 Jn
4,16).
Ejecuta todo lo que
manda el amor. Podrás, como Job, discutir: "Puede
matarme; sólo me queda la esperanza de defender ante
El mi conducta" (Job 13,15).
Y sobre todo, tente
por indigno del menor favor de Dios: "Padre, no merezco que
me llames hijo. trátame como a un jornalero" (Lc
15,19). Entonces no te sentirás chasqueado si te toca
avanzar por la vía común.
No vuelvas
atrás. No lo achaques ni al medio ambiente ni al
marco de la vida: la noche está en ti, y obedece a
Dios. Podrá ser estéril para los hombres, cuya
actividad suspende; es siempre fecunda en las manos del
Creador. Antes que la luz eran las tinieblas; de ellas hizo
Dios brotar la claridad del día. "Cuando es hermoso
creer en la luz es de noche", dice Platón. El
Señor espera de ti esa fe, no te zafes. Aquel que te
ama se oculta en esa oscuridad y te da cita en su misterio.
"Alzad vuestras manos al Santuario y bendecid a Yavé,
por la noche" (Sal 133, 3).
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