SEGUNDA
PARTE
LA
MONTAÑA
- "Eres
tú magnífico en las alturas,
¡oh Yavé!" (Sal
92,4)
|
No carece de
razón el que el Eremitorio se oculte casi siempre
en algún repliegue de montaña. Será
que es más fácil hallar en él un
desierto menos accesible a los hombres para vivir
escondido. Mas ese paraje tiene también en la
historia religiosa del mundo una significación
divina. Es uno de los lugares privilegiados de los
encuentros de Dios y debes conservarle ese sabor
místico. La montaña virgen y solitaria es
una marco digno para las grandes comunicaciones del
Señor.
Tiene de
común con el Desierto las exigencias de desnudez.
Pero es además un signo en el espacio de la
elevación del alma por encima del hormigueo de los
negocios terrenales, de los pecados y placeres de los
hombres. Es un empuje soberbio de la tierra hacia la pureza
del cielo. Cuantos la escalan experimentan y refieren esa
sensación tónica de una especie de virginidad
ambiental que filtra la pobre naturaleza humana eliminando
la fiebre de las pasiones malas. Sus cimas invioladas hablan
de Dios "magnífico en las alturas". Los mismos
anacoretas paganos han cedido al atractivo de la
montaña, como sí sus cumbres intactas fueran
el trono de su gloria. Déjate prender en ese hechizo
espiritual; no es ilusorio. El Eremitorio tendrá para
ti las gracias de esos montes benditos, escogidos por el
Señor para hablar al corazón de los
hombres.
CAPÍTULO
I
EL
MONTE SINAÍ
LA
TRASCENDENCIA DE DIOS
- "Que
se sepa de oriente que todo es nada fuera de
mí" (Is
45,6)
|
El Sinaí es
el monte de la Trascendencia de Dios, el carácter
divino más desconocido del que el Ermitaño
debe ante todo ser testigo de cara al mundo. Recién
llegado al Desierto, no te duela aún la carencia del
sentido de la trascendencia de Dios. Pronto, al amparo de la
soledad, descubrirás en ti el resabio de esa tara
contemporánea. El descubrimiento te afligirá,
tal vez te espante. El temor de Dios se hace raro. Se peca
sin pudor y sin gran pesar. En la misma penitencia
diríase que el sacramento desvaloriza la virtud.
Cuesta tan poco alcanzar el perdón!
Examina lealmente
cómo reaccionas en tus adentros ante las Verdades
Eternas, y sabrás dónde vas de esa asignatura.
El pecado original, la muerte, el infierno, la Cruz, suenan
a cosa antipática, a antigualla. El servicio del
prójimo atrae más que el de Dios, y su
salvación se enfoca más como beneficio para el
hombre que como el triunfo de la gloria de Dios. Incluso la
unión con Dios nos tienta más como el
coronamiento de nuestra personalidad que como respuesta
desinteresada a su llamada. Hemos perdido el sentido de Dios
a cambio de un sentido erróneo del hombre, el cual se
planta delante del Ser divino, no como una "nada", sino como
un Don "Alguien", muy digno de que Dios le tenga en cuenta.
Extraño seria que esa atmósfera no te haya
contaminado. Es una óptica ésa,
antagónica de la del monje. Vas a tener que revisar
eso.
A todos los amantes
de la Sagrada Escritura ha impresionado la insistencia
celosa, a veces machacona en las expresiones y los hechos,
con que Dios reivindica su trascendencia y subraya el abismo
infinito que separa su Ser y sus perfecciones, del ser
creado. No fue por juego de niños ni para impresionar
a mentalidades primitivas, por lo que se manifestó en
el Sinaí con el aparato de una teofanía que no
dejaría de apabullamos en pleno siglo xx.
Acude sin descanso a
la Biblia para descubrir en ella a Dios tal como se revela a
sí mismo. No opongas el Dios de Amor del Nuevo
Testamento al Dios del temor del Antiguo; la
antítesis es engañosa. No hay sino un Dios que
no varía ni se contradice. Lo que era antes de la
Encarnación lo sigue siendo. El que ha cambiado es el
hombre. Sacando de su evolución cultural cierto aire
de seguridad, y tal vez debido a una interpretación
equivocada de las condescendencias evangélicas, va
tomando para con Dios posturas desenvueltas, descorteses,
muy ajenas al espíritu del Magnificat. El hombre de
nuestros días, si habla de su nada, lo hace con la
punta de los labios; de la "afirmación de su
personalidad", en cambio, a boca llena. Es insolente tanta
reivindicación del propio "yo".
La tradición
anacorética en bloque repudia semejante actitud. La
compunción es la principal constante del
espíritu eremítico, y no se da sin el
sentimiento vivísimo de la trascendencia de Dios.
Aquel santo temor de si estará uno condenado, es
tachado de arcaísmo, como si fuésemos,
más que los antiguos, los dueños de nuestro
destino eterno, o estuviésemos mas a cubierto. Como
si una ofensa hecha a Dios tuviese hoy menos importancia,
como si Dios pasase la esponja sobre nuestros pecados sin
exigir dolor ni satisfacción.
Desechada la
compunción, muy pronto el Yermo te parecerá
incoloro, y tu vida, inútil de puro egoísta.
No cometas la impertinencia de auparte hasta el mismo plano
de Dios. No debe partir de ti el hablarle "cara a cara como
un hombre habla con su amigo. Dios era quien así
hablaba con Moisés, no Moisés con Dios (Ex
33,11). Cuando el Altísimo deja traslucir algo de su
gloria, los más santos tiemblan despavoridos;
Moisés, Elías hunden el rostro en los pliegues
de su manto; Abrahán queda aterrado, y su conciencia
le dice que no es sino tierra y ceniza"; Isaías se
cree perdido; los mismos serafines ocultan la faz
detrás de sus alas. ¿ Quién puede
subsistir delante de Yavé, el Dios Santo? (I Sam,
6,20).
Las amabilidades del
Verbo Encarnado no deben hacerte olvidar nunca que Dios es
el "Santo", el "Separado" de toda la creación por su
naturaleza misma: su divinidad, su gloria, su santidad. El
contemplativo gusta de sobrealimentarse con esos textos
inspirados que le ayudan a mantenerse en su puesto, mientras
va engrandeciendo en su espíritu y en su
corazón al Soberano Señor de todas las cosas,
que es también su Padre.
"Soy Yo;
Yavé es mi nombre, que no doy mi gloría a
ningún otro" (Is 42,8).
"Sed santos,
porque Yo, Yavé, soy santo" (Lev 20,
26).
"Yo soy el
primero y el último y no hay otro dios fuera de
mí" (Is 44,8).
"Yo, Yo soy
Yavé... Yo soy Dios desde la eternidad y lo soy
por siempre jamás" (Is 43,11-12).
¿Puede alguien
quedar frío ante tales exigencias? Todos los libros
de la Biblia, sobre todo los Profetas y los Salmos han
celebrado esa sobrecogedora Majestad del Dios que se sienta
sobre los querubines, ante quien la tierra es presa de
vértigo, los pueblos se postran 'despavoridos (cf.
Sal 98, 1-5), las naciones son como "gota de agua en el
caldero, como un grano de polvo en la balanza" (Is
40,15).
Majestad que se
muestra en los portentos de su omnipotencia, en la obra de
la Creación (Is 45,11-12), en los fenómenos
terroríficos que acompañan su presencia (Sal
76,17-20).
Jesús no ha
aguado el recio colorido de esa grandeza divina, que
contemplaba en el cara a cara de la visión
beatífica. Se insiste a placer en el carácter
filial del temor, pero éste supone de antemano la
visión perfectamente nítida de todo cuanto
necesariamente nos mantiene en el abismo de nuestra nada por
debajo de nuestro Padre de los cielos. No van a ser las
afrentas anodinas y ficticias inferidas a tu amor propio las
que te hagan humilde. La humillación tiene buena
prensa en religión; recibirla con edificación
realza nuestro prestigio e hincha los carrillos de nuestra
vanidad. Desde dentro es como el Espíritu Santo te
despojará de la propia estima, contrastando en su luz
la grandeza de Dios y tu bajeza. Quizá llegue al
extremo de obligarte a pedir auxilio a la vista de tu
abyección: "¡Ay de mí, perdido soy! Soy
hombre de impuros labios" (Is 6,5).
Y viene el pecado a
deprimirte aun por debajo de tu nada de creatura: "Aun a sus
ministros no se confía, aun en sus ángeles
halla tacha. Cuánto más en los que habitan
moradas de barro y del polvo traen su origen 1, que son
aplastados como un gusano, son acabados de la noche a la
mañana" (Is 4,17-20). Has de mantener en ti el pesar
de haber desagradado al Amor que pródigo se volcaba
en ti.
Con todo, trata de
no proyectarte sino raras veces en la pantalla de tu
reflexión. Dios mismo con todo su incomparable
esplendor es quien debe ocupar lo mejor de los pensamientos
del Ermitaño. Tu dicha consistirá en no ser
nada para que Dios sea todo. Santo Tomás tiene esta
sentencia de oro, que parece escrita para los anacoretas:
"Suponiendo que no haya en el mundo más que una sola
alma que posea a Dios, será bienaventurada aun cuando
no tuviera prójimo a quien amar" (1-2,4,8,3). El ser
infinito de Dios ante el cual el de la creatura es como
inexistente, te dará a conocer que los afectos
puestos en ella indebidamente a expensas del Señor te
aniquilan abatiéndote hasta su nivel y te incapacitan
para unirte al Todo y transformarte en El.
La perfección
infinita de Dios junto a la cual todas las perfecciones
creadas que son reflejo de aquélla pierden todo su
brillo, te irá desasiendo gradualmente de cierta
complacencia hedonista y te hará amar la soledad y el
silencio donde sólo está El.
La
incomprensibilidad e inefabilidad de Dios asentarán
en tu alma una quietud profunda, dando muerte a toda
curiosidad revoltosa. Si renuncias a los análisis
complicados y a la multiplicidad de palabras,
entenderás que ni el trabajo del espíritu, ni
las visiones, ni las delectaciones extraordinarias te unen a
Dios, antes bien la fe simple y desnuda. Y te
complacerás en recogerte en un silencio adorador
delante del Hogar misterioso de la Vida y del Amor.
Preferirás callarte en su presencia, porque
está por encima de toda alabanza: no
conociéndole en toda su perfección, no podemos
alabarle como se merece. El silencio es su alabanza. Job es
locuaz con sus amigos; delante de Dios no sabe qué
decir: "Pondré mano a mi boca" (Job 40,4).
La suficiencia de
Dios, plenitud del Ser, de la perfección, de la
santidad, de la vida, de la luz de la felicidad, te
colmará de gozo. ¡Su dicha será la tuya!
¡Saber que nada ni nadie puede añadir a la
beatitud de Dios, ni turbarla nunca! Nuestras faltas le
ofenden, mas en nada le ensombrecen. No es que se entibie
nuestra contrición, pero atempera su amargor en el
alma amante.
El mundano no puede
resignarse a no ser necesario ni útil para Dios. El
contemplativo se dilata en ese pensamiento. En verdad, una
sola es su alegría: la de Dios mismo. Es su
"éxtasis" perpetuo; ya no piensa en mendigar para si
mismo una satisfacción distinta. Pide la gracia de
alcanzar ese ideal, y el hastío te será
imposible en la soledad.
Es la
revelación escueta de esa trascendencia la que
revoluciona la vida de Moisés. El Sinaí del
Ermitaño es el de la zarza ardiendo más bien
que el del Decálogo. El misterio de la grandeza de
Dios hechiza al solitario, y, lejos de helarlo o aplanarlo,
hace brotar de su corazón un grito de entusiasmo,
porque se liberó, al fin, de las ilusiones que sobre
sí mismo le tenían engañado: "Tú
solo el Santo, Tú solo el Señor, Tú
solo el Altísimo." Sin cesar repiten sus labios las
aclamaciones del Gloria: "Te alabamos, te bendecimos, te
adoramos, te glorificamos y te damos gracias por tu gloria
infinita." No se harta de pregonar el Todo de Dios, que le
sitúa a él en su verdad: la nada, la
dependencia total, dando así respuesta a la
afirmación divina: "Sépase de levante a
occidente que todo es nada fuera de mí.
La espiritualidad
moderna ha acentuado la Inmanencia de Dios, la dulzura de
sus relaciones de intimidad con el hombre, pero no puede, so
pena de caer en error, desconocer las exigencias de su
trascendencia. Sólo los espíritus
superficiales, ajenos a los verdaderos problemas de la vida
interior, pueden imaginarse que la misericordia haya
desarmado a la justicia de Dios. La misericordia se ejercita
en que, para unir a Sí a un alma, Dios le aplica, ya
en esta vida, todos los derechos de la justicia y la sumerge
en el fuego purificador de unas pruebas que los
teólogos declaran equivalentes a las del Purgatorio.
Las purificaciones pasivas de los místicos no son una
broma como no lo es el Purgatorio por donde tantos de
nosotros tendremos que pasar. Su Santidad no le permite a
Dios unir a Sí un alma cargada con la más
pequeña deuda. En esto también su misericordia
es trascendente; la nuestra cierra los ojos sobre las
culpas, la de Dios exige una satisfacción tanto
más estricta cuanto más quiere colmar de
gloria. El perdón de Dios no es un manto echado sobre
nuestras impurezas; todo tiene que ser lavado, restaurado,
reintegrado en la inocencia.
El Ermitaño
lo sabe y las aprensiones de la naturaleza no son parte a
impedirle desear esa prueba de las preferencias
divinas.
No entres en el
Eremitorio como en un lugar de plácida euforia. Es un
crisol. Llamado a la familiaridad del Señor, tienes
que desprenderte de esa ganga opaca que lastra tu alma con
una tenacidad que no sospechas.
"Purificaré
en la hornaza tus escorias y separaré el metal
impuro" (Is 1,25).
Este crisol
será justamente la Contemplación en su fase de
purificación. La experiencia te
enseñará hasta qué punto la
perseverancia en la oración asidua y prolongada es
más costosa que la acción.
La pasividad
relativa bajo la mano industriosa de Dios repugna a la
naturaleza cuyas facultades se revuelven de impaciencia.
Tú, deja obrar a Dios.
Si sintieras
más hondo la trascendencia de Dios, el gusto por la
contemplación se desarrollaría en ti.
Suplícale al Señor te la conceda; para esto
has venido. Humildemente dile con Moisés:
"Muéstrame tu gloria" (Ex 33,18).
Cuando la Belleza de
Dios se descubre al alma toda criatura palidece para ella;
el reflejo ya no la seduce cuando la llama se le mete por
los ojos: "Ya no será el sol tu lumbrera, ni te
alumbrará la luz de la luna. Yavé será
tu eterna lumbrera y tu Dios será tu luz" (Is 60,
19).
Anterior
�ndice
Siguiente