- Dom
Esteben Chevevière
- El
Eremitorio
- Espiritualidad
del Desierto
-
- CAPÍTULO
III
- EL
MONTE DE LOS OLIVOS
- LA
SANTA VOLUNTAD DE DIOS
- "Padre...,
no se haga mi voluntad, sino la
tuya..."
- (Lc
22,42)
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En Getsemaní,
la palabra de Jesús que debe fijar tu atención
es la que profirió por tres veces durante su
agonía: "Padre mío... no sea como yo quiero,
sino como Tú" (Mt 26,39).
Aquella
adhesión de su voluntad humana a la de Dios 'le
costó sudor de sangre. Sin embargo, toda su vida
había profesado gozosamente una sumisión
ilimitada, de la que parecía extraer una felicidad
radiante.
- "Mira que vengo
para hacer, oh Dios, tu voluntad" (Heb 10,7).
- "Mi alimento es
cumplir la voluntad del que me envió y dar
cumplimiento a su obra" (Jn 4,34).
- "No busco mi
voluntad, sino la del que me envió" (Jn
5,30).
- "He bajado del
cielo no para hacer mi voluntad, sino la del que me ha
enviado" (Jn 6,38).
En la hora suprema
Jesús no se retracta. Pero todo su ser humano no
puede menos de estremecerse de angustia ante las exigencias
de una voluntad cuya Sabiduría y Santidad son para
él evidentes.
El Ermitaño
debe con frecuencia acudir a Getsemaní, no tanto para
consolar a Jesús, que probablemente no quiso que
nuestra simpatía le proporcionase el menor alivio,
como para aprender el secreto de la obediencia perfecta a
Dios. No todo es encanto en la vida monástica. Bien
pesados tenían los Apóstoles los pies y el
corazón camino del Huerto de los Olivos pese a la
presencia de Jesús.
A lo único
que vienes al Eremitorio es a conocer y cumplir la Voluntad
de Dios sobre ti. Suplícale como Moisés, que
te enseñe sus caminos tan distintos de los nuestros:
"Si he hallado gracia a tus ojos, dame a conocer el camino,
para que yo, conociéndolo, vea que he hallado gracia
.a tus ojos" (Ex 33,13).
Ruego sencillo pero
temible. Si Dios lo escucha, entrarás en la
vía real de las tribulaciones. Al escalar la
montaña nada sabes del porvenir, no tienes proyectos.
Dios te ha dicho: "Sube a mí al monte y estáte
allí. Te daré unas tablas de piedra...
escritas... para (tu) instrucción" (Ex 24,12).
Moisés ignoraba el tenor de lo escrito; tú
también. La experiencia del pasado te ha
familiarizado con los procedimientos del Señor, sin
por eso ilustrarte sobre sus designios futuros. "Sube a
mí..." Eso es todo lo que sabes y has venido. Tienes
que ser todo receptividad, todo disponibilidad. En el mismo
instante de la Encarnación, Jesús y
María pronunciaban la misma palabra de abandono:
"Ecce"... "Heme aquí". "Mira que vengo a hacer
tu Voluntad". No pasará mucho tiempo sin que
adviertas lo amargo que es renunciar a la tuya.
Será puesta a
prueba ya desde los primeros pasos. Dabas por descontado que
el Desierto era una tierra de austeridades, pero te
veías "como onagro salvaje en el Desierto" (Job 39,5)
en completa libertad. La primera privación que te
impone es cabalmente la de esa libertad. Aunque al principio
te parezca lo contrario, ésa es tu gran suerte. La
obediencia te pondrá a salvo .de las divagaciones del
romanticismo espiritual. El que yerra a la ventura por
lugares solitarios está perdido. "Lo primero y lo
más imprescindible en el Sahara es un buen
guía" (P. de Foucauld). Las ascensiones alpinas
exigen la misma seguridad. En la estepa "no se halla camino
de ciudad habitada" (Sal 106,4). Dios en persona guiaba a
Israel desde la Nube, pero sus órdenes las
transmitía Moisés (Núm 9). La Iglesia,
sabiamente, no quiere que el Eremitismo escape a la ley
común de la obediencia religiosa. Puede que lo
lamentes y te venga la tentación de añorar el
anacoretismo independiente .para poder moverte a tus anchas
y tirar por atajos. Es ilusión frecuente, como
frecuente es la desilusión consiguiente. La
sumisión en el marco de un Eremitorio es una defensa.
Sin género de duda, el Superior es el canal de la
voluntad divina. El independiente está a merced de
sus ensueños. Corre gran peligro de llamar "divina" a
su voluntad "propia". Acepta alegremente el yugo de la
obediencia. Toma tal como está la "ley" que rige el
Eremitorio, sancionada con el tiempo y la
experiencia.
¿Sufrirás
un desengaño? Los hombres y las costumbres
¿serán conformes a tus sueños?
¿Qué valen los sueños? Una sola cosa te
importa: la posibilidad de una vida verdaderamente
eremítica. Si quieres la paz no cobres interés
sino por lo esencial. Lo contingente es siempre variable y
siempre deficiente. Lo que te dan lo es; lo que
desearías no lo sería menos. El Desierto es la
tierra del espejismo, de ese alucinamiento encantador cuyo
único defecto es su irrealidad. Sería de
lamentar que por unas prácticas sin importancia
quedases sin enterarte de los valores de fondo.
Los hebreos
podían en unas semanas conquistar a Canán.
Murmuraron; el resultado fue que esperaron cuarenta
años y ninguno de los murmuradores entró en la
tierra del descanso (Núm 14,23-36; Deut 1,
34-40).
Nicodemo con
razón se extraña: "¿Cómo puede
nacer un hombre ya viejo" (Jn 3,45). Es un problema volver a
ser niño. Jesús da la solución: "Es
preciso nacer de Arriba" (v. 7), es decir, juzgar las cosas
no según la carne, sino según el
Espíritu. El ingreso en el Eremitorio es un "test"
excelente: desenmascara al hombre. Donde hay dos, cada cual
levanta una fachada, se fabrica una personalidad que anda
exhibiendo y a la que él mismo toma en serio. El
aprecio del otro le interesa y le satisface. El
Ermitaño sólo tiene un interlocutor: Dios.
¿Para qué maquillarse? El deber de ser verdadero
hace intolerable la soledad a muchos, pero amable a las
almas rectas y valientes.
Tus reacciones
concretas te harán ver exactamente hasta qué
punto eres carne o espíritu; y si eras ya religioso,
marcarán el rendimiento real del trabajo
cumplido.
Se requiere una
larga madurez para rehacerse Aquí la docilidad no es
ya la ignorancia temerosa que se confía, es la
sabiduría que escoge. La del niño nace del
instinto de inseguridad; la del novicio se funda en el
Evangelio: "Si no cambiáis y os hacéis como
los niños no entraréis en el reino de los
cielos" (Mt 18,3). Es más meritoria; el hombre hecho
y derecho no puede creer cándidamente y sin pruebas
en la superioridad humana de los demás. Reverencia en
ellos un poder "vicario" al que sus deficiencias no siempre
dignifican, pero que la fe de él mantiene siempre en
plena luz. Sé lúcido, pero deferente. La
verdad hace libre y conserva un pacífico
equilibrio.
Tal sumisión
va mucho más lejos de lo que llaman "obediencia
religiosa". Dios ejercerá sobre ti los derechos de un
amante celoso y acosará tu alma mientras vea en ella
una veleidad de autonomía. No eres ni sabio, ni
santo, ni todopoderoso; Dios es todo eso infinitamente. Por
la obediencia irás a su encuentro; no hay otro
camino.
¿De qué
manera esperas unirte a El? Pensando, no. Nuestro
entendimiento lo reduce a su medida; los seres no entran en
él sino en forma de nociones abstractas. Es
desconsolador comprobar lo impotente que es un
espíritu, del que estamos tan orgullosos, para captar
el verdadero rostro del Dios vivo, y que tengamos que
seccionar la inefable naturaleza, o, lo que es lo mismo,
deshacerla, para forjarnos la idea aproximada. Nos falta la
luz de la gloria.
En frase muy
profunda de Saint-Exupéry: "No se ve bien más
que con el corazón". El amor es el que nos une a Dios
y el amor se define por la identidad de los quereres:
"Idem velle, idem nolle". Nuestra voluntad, al
perderse en la de Dios, le aprehende y abraza en su Ser
divino. Dios y su Voluntad es todo uno. La nuestra entonces
ha hallado y recorrido a pasos veloces el camino de su
Corazón, y desde ese centro contempla sus admirables
perfecciones:
"El que acepta mis
mandamientos y los guarda es el que me ama; y quien me ama
será amado de mi Padre y yo le amaré y me
manifestaré a él" (Jn 14,21) no de lejos,
desde fuera, antes bien, desde lo interior de nuestra alma,
hecha, por la caridad, su morada: "Si alguno me ama
guardará mi palabra y mi Padre lo amará,
vendremos a él y en él haremos nuestra
morada", (ib. 23). Se produce entonces un intercambio
sorprendente: Dios, a su vez, hace todas las voluntades de
su "esclavo". A pesar de su ira, no resiste a la
oración de Abrahán (Gén 18,23-33), ni a
la de Moisés (Ex 32,14). La razón de ello vale
para toda alma abandonada: "También a eso que me
pides accedo, pues has hallado gracia a mis ojos y te
conozco por tu nombre" (Ex 33,17). ¿De dónde esa
"gracia"? De la perfecta docilidad de esos grandes siervos
de Dios.
Si deseas gozar de
la paz del Eremitorio, sé fiel al "deber" de la
improvisación. En este marco la voluntad de Dios te
será significada al día, al momento. A veces
patalearás de impaciencia y de curiosidad por la
mañana. Ejercítate en reprimir ese afán
de iniciativas tan arraigado en nosotros. Tu necesidad de
actuar, de "crear" se verá a menudo, mortificada por
la insignificancia de las ocupaciones corrientes, si es que
te atreves a mirar como triviales los dos acontecimientos
mayores del mundo: la Misa y el Oficio coral.
El Ermitaño
recuerda que todo cuanto le prescribe la obediencia es una
liturgia, que sus movimientos más ignorados
están ordenados a la gloria de Dios. Nada es
"profano" en el Yermo: esmérate por no profanar nada
con tu falta de espíritu de fe. Tu existencia humilde
y escondida, por tu consagración, recibe valor de
holocausto y no es ningún engaño el creerte
hostia de alabanza, ya que San Pablo te exhorta expresamente
a serlo: "Os ruego... que os ofrezcáis como hostia
viva, santa, agradable a Dios" (Rom 12,1). Para ello nada
espectacular se te pedirá: "Ya comáis, ya
bebáis, o hagáis alguna otra cosa, hacedlo
todo para gloria de Dios" (í Cor 10,31), y hacedlo
con la sonrisa en los labios: "Cada uno dé
según se ha propuesto en su corazón, no con
desagrado o a la fuerza, pues Dios ama a quien da
alegremente" (2 Cor 9,7).
La obediencia a Dios
es el eje de la Historia de la criatura inteligente. Fue la
prueba de los Ángeles, de Adán. La
Encarnación y la Redención son actos de
obediencia sublime. Hasta el advenimiento de Cristo la
Voluntad de Dios y la del Pueblo escogido se han enfrentado.
Fácil era prever quién saldría ganando
y fue tanto peor para Israel. Sin embargo, sabía lo
que perdía: "Si me obedecéis... vosotros
seréis mí propiedad entre todos los pueblos...
seréis para mí un reino de sacerdotes y una
nación santa" (Ex 19, 5-6). Dios lamenta esa yana
insumisión: "¡Ah, si hubieras atendido .a mis
leyes, tu paz sería como un río!" (Is 48,
í8). Para entregar a Dios nuestra libertad no
necesitamos ya los rayos del Sinaí. Se viene al Yermo
por amor y para amar. Una palabra de Jesús te ha de
bastar: "Tomad mi yugo sobre vosotros y sed mis
discípulos, pues soy humilde y manso de
corazón, y hallaréis descanso para vuestras
almas, porque mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt 11
,29-30). Y aun así tu obediencia estará bajo
el signo de Getsemaní. Es improbable que te sea
siempre fácil y no te cueste jamás
lágrimas. Que tu consentimiento sea sin brusquedad ni
rigidez: "Ita Pater...". "Sí, Padre..." (Mt
11,26). Es una conformidad filial, la única digna de
Dios. La obediencia, más que el saldo de una deuda
-aunque también lo sea- es una ofrenda
cordial.
Ora; la experiencia
de los siglos no te ha vuelto juicioso. El someterse, aunque
sea a Dios, no te viene de la naturaleza. El bautizado, como
cualquier otro, lleva instintos de autócrata, y
más de una vocación auténtica a la
Tebaida viene a estrellarse contra ese don de sí
necesario.
Di muchas veces: "En
tus voluntades hallo mis delicias, y no me olvido de tu
palabra" (Sal 118,16). "Guíame por la senda de tus
mandamientos, que son mi deleite" (v. 35). "Me deleito en
tus mandamientos, que es lo que amo (v. 47). "Alzo mis manos
a tus mandamientos y medito en tus decretos" (v. 48). "Abro
mi boca y aspiro, ávido de tus mandamientos" (v.
131), etc.
Eres "sincero".
¿Eres "verdadero"? El Desierto te lo revelará,
como reveló a los Hebreos su fragilidad. Si vienes
huyendo de la sujeción y por unirte con Dios sin
trabas por la vía de tu gusto, no perseverarás
mucho tiempo, y no precisamente porque pretendan encuadrarte
sino por la extinción de las verdaderas
luces.
Lo dicho a Saulo
vale para el Ermitaño: "Se te dirá lo que
debes hacer" (Hech 9). El P. de Foucauid, sin pertenecer a
ninguna familia religiosa, obedecía hasta los
más pequeños detalles al Abate Huvelin y al
Prefecto Apostólico.
Lo dicho quiere
decir que tienes que volverte niño. Entonces Dios
será para ti una Madre. Cual niño de pecho,
olvidadas las horas tormentosas, serás "llevado a la
cadera y acariciado sobre las rodillas" (Is
66,12).
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