CAPÍTULO
IV
EL
MONTE DE LAS BIENAVENTURANZAS
LA
ALEGRÍA ESPIRITUAL
- "Que
mi gozo sea en vosotros y vuestro gozo sea
perfecto" (Jn 5,
11)
|
Si sigues a Cristo
de cerca, bien pronto te llevará al monte de las
Bienaventuranzas. Como discípulos suyos sólo
quiere corazones dilatados y rostros sonrientes: "El reino
de Dios es... gozo en el Espíritu Santo" (Rom 14,17).
Dejó el Desierto y, al poco tiempo, dice San Mateo,
"subió al monte, se sentó y sus
discípulos se le acercaron" (3,1).
El Ermitaño
ha de ponerse en primera fila para recoger la Ley de la
Alegría que Jesús promulga aquí y que
es la médula de su Evangelio. A todos embelesa, muy
pocos la viven. El Eremitorio te revelará su sentido
oculto y te descubrirá que tampoco tú, para tu
confusión, habías captado su misterio.
Aquí no hay equívoco posible, ni compromiso,
ni retroceso. La palabra de Cristo es simple, directa,
tajante, y te pone entre la espada y la pared.
Esto has de vivir en
el Desierto so pena de morir de sed. Las Bienaventuranzas
son el Evangelio de la Perfección, o si prefieres, un
comprimido de la verdadera imitación de Jesucristo.
El Bautismo te impone el deber de asemejarte a El; Dios no
puede amarte sí no halla en ti los rasgos de su Hijo
Único, por pálidos que sean. El Eremitorio te
ayudará a acentuar su nitidez, con más
rapidez, más fácilmente y con mayor plenitud.
San Pablo le describe al Ermitaño el plan de Dios
sobre su existencia toda. Siguiéndolo no puede
extraviarse. Medítalo a menudo, si no quieres
descarriarte ni dormitar:
"El Padre... nos ha
escogido en El (J. C.) desde antes de la creación del
mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el
amor, predestinándonos a ser hijos adoptivos suyos
por Jesucristo, según el beneplácito de su
voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la
que nos ha agraciado en el Amado" (Ef 1 ,36). Con el fin de
realizar ese designio, a más de la gracia, nos ha
sido dado el Espíritu de Jesús. En la medida
en que el Evangelio es una manera de pensar, todo él
te instruye sobre ese espíritu. Pero en las
Bienaventuranzas está condensado lo más
sustancial de esa enseñanza. "Si alguien no tiene el
Espíritu de Cristo, ése no es de El" (Rom 8,
9). Lo que sería horrendo para un
Ermitaño.
Los poetas se han
dejado cautivar por esos aforismos consoladores sin
sospechar lo que encubren de dolorosa abnegación.
Pronto entenderás que no se trata de literatura sino
de un gran despojamiento a realizar, sin el cual
sería engañoso pretender la bienaventuranza
prometida. Las Bienaventuranzas evangélicas se nutren
de la savia de la Cruz. Están en las antípodas
de las del mundo. Este solo hecho te indica el valor que hay
que reconocerles.
No las
comprenderás, y sobre todo no las vivitas sino a la
luz y con la fuerza que dispensa el Espíritu Santo,
el Espíritu viviente que animaba, inspiraba, guiaba a
Cristo, y que tú has recibido. El te dará el
sentido de las palabras de Jesús (Jn
16,26).
"Uno solo es vuestro
Maestro: Cristo" (Mt 23,10). ha dicho Jesús. El
Ermitaño lo tendrá en cuenta más que
nadie. ¿ Acaso no lo has escogido deliberadamente al
dejar el mundo y todas sus promesas? Has venido a El, porque
tiene "las palabras de la vida eterna (Jn 6,68). El monje no
necesita más que de la sabiduría de Cristo.
Rumia este principio si quieres mantener en toda su pureza
una doctrina que no te guardará miramientos y cuya
intransigencia tratan unos y otros de edulcorar. En las
horas sombrías el tentador querrá empujarte
por la senda facilona de los "bien pensantes". La
atmósfera del mundo moderno está saturada de
propaganda del bienestar y los mismos cristianos le dan
oídos. El castigo de la facilidad es que ahoga la
alegría.
El Ermitaño
es la sal de la tierra. ¡Desgraciado de él si se
desvirtúa! (Mt 5,13). Siguiendo a San Pablo, nada
quiere saber fuera de "Jesucristo y Jesucristo crucificado"
(1 Cor 2,2). Adquirirás la inteligencia de las
Bienaventuranzas conforme poseas el sentido de Cristo. El
nos dice que es "la Verdad", la luz del mundo, y que el que
le sigue no anda en las tinieblas, sino que dará
mucho fruto y tendrá la vida eterna. ¿De
dónde ha sacado su sabiduría? De Dios mismo
cuyo portavoz es: "Yo digo lo que he visto junto a mi Padre"
(Jn 8,38). "Mi doctrina no es mía sino del que me ha
enviado" (Jn 7,16). ¿Por qué buscar primero y
ante todo la penitencia en el Eremitorio? Inconscientemente
lo que te atrae es la sed de felicidad. El hombre no puede
vivir sin alegría; y si renuncias a todas las de la
tierra es por amor de las que promete Dios. Todos sus
preceptos, todos nuestros deberes se iluminan con una
bienaventuranza: "Bienaventurado el hombre que se acoge a
El" (Sal 33,9). "Bienaventurado el que se compadece del
pobre" (Sal 40,2). "Bienaventurado el que teme a
Yavé" (Sal 111, 1). La revelación entera es
una oferta de felicidad. La letanía bíblica
del gozo es interminable. Dios, Beatitud perfecta, la
irradia sobre todos los seres. La alegría es la
sonrisa de una buena conciencia. San Pablo advierte con
finura que "el reino de Dios no es asunto de comida ni
bebida; es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo"
(Rom 14,17). Después de la caridad, ella es el primer
fruto, la primera señal de su presencia y fecundidad
en un alma.
Juan Bautista
saltó de gozo en el seno de su madre al acercarse
Nuestro Señor (Lc 1, 44), y más tarde,
desterró toda tristeza el día que halló
a Cristo (Jn 3,29). Jesús, inundado él mismo
de la felicidad beatífica, quiere que ésta se
refleje en el alma y la frente de los suyos: "Que mi gozo
sea en vosotros y vuestro gozo sea perfecto" (Jn 15,11).
Nadie puede arrebatarnos esta alegría porque brota
"de nuestra comunión... con el Padre y con su Hijo,
Jesucristo" (Jn 1, 4).
¿No es el
Señor quien nos dice que "no hay bien superior a la
alegría del corazón" (Ecl 30, 16), que esa
alegría es "la vida del hombre" (ib. 22)?
El Eremitorio te la
dará, se entiende la verdadera, y siempre que la
busques en su fuente propia. Desciende de Dios, no sube de
la criatura. "El temor del Señor es gloria y honor y
corona de gozo" (Ecl 1,11), "hace florecer bienestar y
salud" (v. 18).
La verdadera
compunción, lejos de agostar esa alegría,
aviva su llama mediante la fe en la misericordia divina y
las certezas de la esperanza: "Yo te alabo, Yavé;
estabas irritado contra mí, pero se aplacó tu
ira y me has consolado. Este es el Dios de mi
salvación, en El confío y nada temo, porque mi
fuerza y mí canto es Yavé. El es mi salud. Y
sacaréis con alegría el agua de las fuentes de
la salud" (Is 12,13).
Desconfía del
humor melancólico. Un Ermitaño hosco es un
adefesio. La tristeza pasional en el monje es la luz roja
indicadora del desajuste de la vida espiritual. Trata de
descubrir la causa: o la generosidad está en baja o
te has descaminado hacia un estado para el que no
estás hecho: la soledad sobrepasa tus medios. Con
frecuencia no se trata más que de un aflojamiento en
el don de sí.
Relee las
Bienaventuranzas; cada una es el premio de un
renunciamiento. Florecen entre los escombros del
egoísmo. En esta página evangélica Dios
especifica su suprema voluntad sobre ti y te da a conocer lo
que El entiende por la muerte a sí mismo. Cada
bienaventuranza tendrá una recompensa enteramente
personal. Sin nada de espectacular irá socavando en
ti silenciosamente un vacío que podrá darte el
vértigo sí miras al abismo más que al
amor de quien lo ahonda. En la vida interior el mayor
desacierto consiste en objetivar su dolencia para analizarla
curiosamente y en sopesar sus cruces. Óyelo de una
vez: no se puede morir a fuego lento sin
notarlo...
La POBREZA es
la soledad, el silencio, el abandono. Es la virginidad del
corazón, el expolio de toda posesión aun de
los favores de Dios en lo que tienen de sabroso. Es la
acogida cordial dispensada a la aridez, a la noche, a la
desolación. Es sufrir todo eso, sin saberlo los
hombres, por el Amado, con una generosidad gratuita que
sólo aspira a darle gusto.
La
MANSEDUMBRE es la inalterable paciencia dentro y
fuera, el amor apacible de los quereres contrariantes de
Dios y de sus instrumentos: hombres y cosas. Es la sonrisa
sincera que brota de un corazón roto pero
sumiso.
El LLANTO es
el gemido amoroso y benévolo a toda prueba del alma
estrujada por la animadversión de los, hombres, las
magulladuras de la existencia, la acción purificadora
de Dios, esa que nadie. adivina, ni comprende, ni
compadece...
La JUSTICIA
es el deseo lacerante de Dios, que El mismo atiza y que obra
frutos admirables de santidad. Es la "herida de amor" que no
deja. descansar, el tormento. atroz del alma desterrada que
muere de impaciencia por que se rasgue el velo que le oculta
el rostro de su Dios.
La
MISERICORDIA es la intuición perspicaz y
entrañable de la indigencia humana, hecha necesidad
de remediarla; la. tierna compasión por la debilidad
ajena, nacida del sentimiento agudo de la propia y de la
actitud del Dios-Hombre para con los pecadores. Es la
indulgencia que comprende, perdona todo y rehabilita con
palabras y gestos de bondad...
La PUREZA es
la aversión por el mal y la fealdad; el temor filial
de ofender a Dios, el valeroso esfuerzo por expiar las
propias faltas, la vigilancia heroica por evitar nuevas, la
pasión de la gloria de Dios superior a toda otra
intención, la oración instante por que sea
lavada nuestra alma del polvo del camino.
La PAZ es,
dentro de sí y fuera, la tranquilidad del orden en el
respeto de la jerarquía de los valores, el
cumplimiento, en la propia vida, de las tres primeras
peticiones del Padre nuestro: que el Nombre de Dios sea
santificado, que su reino venga, que su voluntad se haga. Es
el advenimiento en nuestra alma del Reino de
Dios.
La
PERSECUCIÓN santificada es el dolor por la
incomprensión de los hombres, la más penosa de
todas, la de los buenos, de los que más amamos,
aceptada con un corazón generoso, con agradecimiento
no fingido para con los que así nos ayudan a
despegarnos de nosotros mismos.
Bien mirado es el
programa de la santidad auténtica, del que las
Bienaventuranzas emergen a manera de cumbres, no muchas
veces alcanzadas, pero a las que es preciso aspirar. La
gozosa serenidad de los santos ha admirado siempre a sus
contemporáneos, prueba de que su alegría era
de una esencia más fina que la de los cristianos
medios. La alegría corre parejas con el desasimiento
y sus quilates dependen del empeño
desplegado.
Si se llora en el
Desierto, que sea de gozo. Como ya nada le embaraza, el
Ermitaño que vive allende el espacio y el tiempo,
participa de la inmutabilidad de Dios en su felicidad
eterna. Está ya allí donde "no existirá
ni duelo, ni gritos, ni fatiga", pues Dios mismo
habrá enjugado todas las lágrimas de sus ojos
(Apoc 21,4).
Sin embargo, ese
ideal, aquí abajo, es raro que se realice en
plenitud. Tu alegría, de ordinario, se
refugiará en el centro del alma, dejando que pese
sobre tus espaldas, a veces abrumadoramente, la pesada
monotonía de los días. Sin duda no
habrá anacoreta que no haya gemido por la
atonía habitual de sus horizontes y la
prolongación de su destierro.
Más que
júbilo sentirás paz; más que empuje,
serenidad. La alegría de los niños es
expresiva y ruidosa, pero frágil e inconstante; no es
una conquista ni se enraíza en el sacrificio. La
serenidad del Ermitaño es el descanso de un
corazón desasido a punta de lanza, de una voluntad
que tras el esfuerzo canta la victoria de su imperio, de una
naturaleza calmada por el sufrimiento, de un espíritu
penetrado de la vanidad de las cosas, de un alma avasallada
enteramente por Dios y que ya nada espera sino de El. No es
el desencanto nacido de repetidos desengaños, antes,
por el contrario, el consentimiento de un alma arrebatada
por la gracia, después de haber bordeado los abismos,
hasta los dominios de la fe desde los cuales descubre cada
cosa en su verdad y ya no más en la ilusión de
las apariencias...
Te causará
admiración y envidia la tranquilidad dulce de los
viejos ascetas a los que ningún acontecimiento de
este mundo parecía conmover, como si hubieran
emigrado del planeta.
Ellos han vivido su
fe sin pedirle a la tierra lo que no puede dar. En ellos
florece en todo su esplendor la esperanza cristiana, con su
alegría discreta, presagio de la que esperan conforme
al dicho de Jesús: "Alegraos y regocijaos, porque es
grande vuestra recompensa en los cielos" (Mt
5,12).
Pero ¿acaso no
es grande ya en la tierra misma la recompensa del
Ermitaño, colmado de las preferencias divinas? Olvida
la pobreza y austeridad del marco y contempla a menudo las
grandes cosas obradas por la gracia en tu alma.
¿Estaría bien que te mostrases malhumorado en la
intimidad de un Dios que se encierra contigo en el secreto
de la celda interior para descubrirte sus
esplendores?
El canto del
Ermitaño, escúchalo:
-
"Yo me gozo
en Yavé, mi alma salta de júbilo en mi Dios
porque me ha vestido de vestiduras de salud, como esposo
que se cine la frente con diadema, como esposa que se
adorna con sus joyas..." (Is 61, 10).
La llama del
corazón canta en los ojos...
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