CAPÍTULO
V
EL
MONTE CALVARIO
EL
AMOR DE LA CRUZ
- "
a
fin de vivir para Dios, estoy crucificado con
Cristo" (Gál
2,19)
|
La cruz campea sobre
el Eremitorio: es una advertencia. Todo aquí florece
a la sombra de la cruz y en ella vienes a cobijarte. Bueno
es en seguida llamar tu atención sobre ella. El mundo
del que sales no le pone mejor cara que en tiempo de San
Pablo: locura para unos, escándalo para otros
(Cor 1,23). Y aun los que la predican no lo hacen
sin mucha timidez.
La vida del
Ermitaño sólo a su luz cobra sentido. Cristo
te previene: "Si alguien quiere venir en pos de mí,
niéguese a sí mismo, tome su cruz diaria y
sígame" (Lc 9,23). Tendrás que sufrir cada
día, y sufrir de buena gana. Eres débil y
sensible como todo hombre, y esa perspectiva no es del todo
placentera. Aun para un alma generosa, el único
atractivo de la cruz es su relación con
Jesús.
El Hijo de Dios se
encarnó para sufrir. Su primer acto consciente en el
instante mismo de su concepción fue ofrecerse como
víctima para expiar nuestros pecados:
"Sacrificios y
ofrendas no quisiste pero me formaste un cuerpo. Holocaustos
y expiaciones por el pecado no te agradaron; entonces dije:
Mira que vengo
para hacer, ¡oh Dios!, tu
voluntad" (Heb 10,57).
Esa voluntad era que
padeciese y derramase toda su sangre por nosotros. Lo
dirá más tarde: (Mi vida) "nadie me la quita,
yo la doy por mi mismo... tal es la orden que recibí
de mi Padre" (Jn 10,18).. Jesús entra de lleno en los
designios paternos y, conformando perfectamente su voluntad
con la del Padre, escoge positivamente el sufrir: "En vez
del gozo que le fue propuesto, soportó la cruz" (Heb
12,2), es decir, toda una vida de trabajos y dolores, del
cuerpo, del corazón y del alma: todo en El ha quedado
traspasado del amargor de la Cruz.
Gracias a ese
tremendo sacrificio somos lo que somos sobrenaturalmente,
"santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo"
(Heb 10, 10), (cf. 1 Pe 2,21-25).
No hace falta
enseñarle al Ermitaño que no esta el
discípulo por encima del maestro, ni el siervo sobre
su señor" (Mt 10,24). Si corriese peligro de
olvidarlo, escuche a San Pedro: "Si haciendo el bien
tenéis que sufrir y lo lleváis con paciencia,
esto es grato a Dios. Pues para esto fuisteis llamados,
porque también Cristo sufrió por vosotros,
dejándoos ejemplo para que sigáis sus pasos,
El que no cometió ninguna culpa"
(1 Pe 2,20-21).
Así fuera inocente, debería configurarse con
su Maestro, aunque su sufrimiento no sirviese para nada ni a
nadie. Por su estructura, el cristiano es un crucificado, y
la razón es la que da San Pablo: "Con Cristo estoy
crucificado, pues ya no vivo yo, es Cristo quien vive en
mí" (Gál 2,19), y "Cristo quiere continuar su
Pasión en sus miembros" (Col 1 ,24).
Examínate: la
cruz está hondamente grabada en tu carne y en tu alma
por todos los sacramentos, desde el Bautismo en el que te
dijeron al signarte: "Recibe la señal de la Cruz en
la frente y el corazón" (Ritual). Era una
salvaguardia y un programa de vida. La Confirmación
ha añadido una precisión: la Cruz es tu
guión de combate: "Te señalo con el signo de
la Cruz y te confirmo con el crisma de la salud".
La
Eucaristía, la Penitencia, revitalizan esa
señal para recordarte que todo, en el orden de la
gracia, te ha venido por la Cruz; que, por tanto, es una
bendición, mas también una carga, y que se te
juzgará según ella.
La vida seglar tiene
sus cruces; el Yermo posee las suyas, y el Desierto que te
guarece del siglo es la tierra preferida del sacrificio: es
la réplica del Edén. Donde un jardín de
delicias, la estepa; donde un árbol frondoso, la
Cruz; el hombre se perdió en el Paraíso
terrenal, se redime en el desierto. La Cruz es el verdadero
árbol de la vida.
Subiendo la
pendiente del Eremitorio asciendes a tu calvario. No
dramatices nada; no hay peor engaño que la
inflación verbal o sentimental que encubre a menudo
escuálidas realidades. No pocas generosidades no son
heroicas más que en imaginación, y fantasean
con un ideal inasequible, sueño más que vida.
La cruz del monje es muy sencilla y muy modesta, aun siendo
pesada. La gente la conceptúa irrisoria. Nunca la han
sopesado. Por otra parte, cada cual sólo siente el
peso de la suya, la única que le duele.
¿Qué te
tocará? Dios lo sabe. Sin remedio serás
acribillado por las mil y una contrariedades de la vida
regular. Es la más trivial de las cruces, pesada
porque no suscita en nadie interés ni
compasión: es el lote común. Confiar su pena a
otro, mendigar su conmiseración alivia no poco. No lo
busques. Tu actitud interior de aceptación y
oblación basta para conferir dignidad a esas
fruslerías. Perderías mucho
rebelándote, incluso desahogándote.
Todo lo que es
doloroso, física, moral, espiritualmente, cualquiera
que sea el instrumento, hombres, sucesos, cosas, incluso
siendo tú la causa, tiene valor de cruz para el
espíritu de fe. Basta que aceptes y ofrezcas las
consecuencias penosas de tus faltas o de tus fallos. La
Iglesia llama "feliz culpa" al calamitoso desliz de
Adán. La mejor penitencia es sobrellevar por amor los
'efectos molestos de tus desvaríos. Hazlo así,
siempre gozarás de paz.
Los renunciamientos
que imponen los votos acarrean infinidad de padecimientos:
incomodidades de la pobreza, aislamiento de las criaturas,
repugnancias de cuerpo y espíritu en la ascesis. Todo
ello, en la práctica, toma un aire, ora gracioso, ora
displicente. Poco se beneficia el amor propio. Sola la fe
transfigura tanta trivialidad y garantiza su
repercusión eterna.
Puede que el
Señor recargue tu cruz. ¡De tantas maneras sabe
poner a prueba el maravilloso instrumento que es la
sensibilidad! Como autor de ella la pulsa con arte divino.
El Ermitaño no debe molestarse por ello. ¿Acaso
no ha venido al Yermo para asemejarse a Cristo crucificado?
Siempre nos toma Dios en serio. A veces te vendrán
ganas de echárselo en cara. Sólo una mirada al
crucifijo puede sofocar tus críticas, sin por eso
volatilizar tus sufrimientos.
Si amas
intensamente, desearás estar tendido sobre la Cruz.
Tal deseo es una cima. No te aflija el verte lejos de ella.
Está ya bien el no rebelarte nunca, ni huir. El mismo
Jesús no subió al Calvario en marcha triunfal;
no lo pierdas de vista. San Pablo te dice: "Reflexionad en
el que soportó tal contradicción de parte de
los pecadores, para que no os canséis descorazonados"
(Heb 12,3). No te fíes del entusiasmo de imprenta. Es
fácil escribir sublimidades. La Sagrada Escritura es
más realista, está más al tanto del
pobre corazón humano. El Dios que la ha inspirado es
asimismo el que nos ha moldeado, y nuestras quejas,
transidas de amorosa conformidad, no pueden desagradarle
cuando se dirigen a El: "Venid a mí todos los
fatigados y agobiados, y Yo os aliviaré" (Mt 11 ,28).
Nuestros gemidos hallaron eco en el Corazón de donde
brotó tan rica palabra. Nunca nos hemos de quejar de
Dios a los hombres pero no le disgusta que le dirijamos a El
suaves reproches.
Lleva tus cruces sin
fanfarronería. Ni la gracia que te sostiene, ni el
brío de tu correspondencia les quitarán su
cariz penoso. La naturaleza seguirá gimoteando,
experimentará el mismo horror por lo que la desgarra
y quebranta, la misma gana de ahuyentar lo que la molesta.
La Cruz no sería más la Cruz si dejase de
afligir. Sola la parte espiritual de tu alma podrá
regocijarse, si bien esa alegría no la encontrara en
sí misma: es un don de Dios.
El Eremita debe orar
mucho. Recela de tu debilidad; no eres más valiente
que los Apóstoles que protestaban cuando Jesús
les profetizó: "Os vais a escandalizar por causa de
mí esta misma noche" (Mt 26,31). Y así fue. Tu
única seguridad es que Jesús haya orado por ti
para que tu fe no desfallezca (Lc 22,32).
Sé humilde,
no te adelantes a la gracia; lleva lo mejor que puedas las
cruces de Providencia, antes de pedirlas más pesadas.
El peligro lejano no asusta. ¡A cuántos paraliza
su proximidad!
Esto no obstante,
pide el amor de la Cruz. La resignación es el grado
ínfimo de la adhesión a la Voluntad de Dios.
Le falta calor y empuje; deja como un resabio de pesar. La
fe en la sabiduría, poder, bondad de Dios no
actúa con toda su fuerza en el alma. Una cosa es
aceptar lo que Dios dispone; otra, acogerlo, quererlo
positivamente con El, en la visión clara del bien de
la Cruz.
No eres tú
quién para darte a ti mismo esa iluminación
dinámica: Meditando detenidamente en la Pasión
te preparas, la oración asidua y la generosidad en
los sacrificios corrientes inclinan al Señor a
otorgarte esa gracia. Sin embargo, arrastrarás sin
duda mucho tiempo la humillación de una inconfesable
aversión por la Cruz.
Siquiera, no te
fugues a la primera alerta, ni pongas el grito en el cielo
por un arañazo. Compara tu cruz con la suma de
sufrimientos que la lucha por la vida inflige a la gente del
mundo. Tu pusilanimidad te sonrojará. A Jesús
y a nadie más es a quien debes confesar tu escaso
valor, a menos que ya no puedas más. Es el
único que puede prestarte ayuda eficaz. La
confidencia no imprescindible de nuestras contrariedades
está a menudo agusanada de amor propio. Se busca un
derivativo humano, o se mendiga una aprobación de
nuestra impaciencia, tal vez su tanto de admiración
por nuestro tesón. Aprende a no airear las pruebas
corrientes. Si Cristo es de veras tu amigo, El te basta. El
es quien te pone a prueba, ¿crees que le gustará
que le controlen los hombres?
Te codearás
con almas silenciosas y serenas, de esas que, zarandeadas
por el sufrir, nunca hablan de sí mismas;
están henchidas de compasiva comprensión por
las lágrimas de los demás. Los grandes
anacoretas de antaño dan esa
impresión.
El Desierto
enseña a llevar la cruz a solas, en seguimiento de
Jesús y como El. Creyó el Cireneo que le
ayudaba, cuando era Jesús quien le inyectaba su
fuerza. San Benito te advertía: "Sin el auxilio de
nadie.., con el solo vigor de sus manos y brazos". Resulta
austero, mas es preciso acomodarse a ello. Dios retira su
mano en la medida en que nos apoyamos en la del
hombre.
En la Cruz
Jesús no quiso la menor ayuda, el menor alivio, ni el
de su Madre. No posees, bien es verdad, su fuerza divina,
pero El está ahí para sostenerte. Tu cruz es
una astilla de la suya y la lleva El más que
tu.
La cruz es el pan de
cada día del Ermitaño. Sin apariencia ni
belleza, escribía Guigo el Cartujo, así debe
ser adorada la verdad". Pero la lleva tan sonriente que
parece no tener ninguna. Sus lágrimas son para el
Señor, que es quien las hace correr: "Tienes cuenta
de mi vida errante, pon mis lágrimas en tu redoma"
(Sal 55,9).
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