- Dom
Esteben Chevevière
- El
Eremitorio
- Espiritualidad
del Desierto
-
- CAPÍTULO
II
- EL
TEMPLO BÍBLICO
- LA
IGLESIA DEL EREMITORIO
- "¡Oh!
qué alegría la mía cuando
me dijeron: Vamos a la casa del
Señor"
- (Sal
121,1)
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Tú buscas a
Dios; El también te busca ti. El Eremitorio es su
Templo, en el que te esperaba, mejor, hacia el que te
atraía. No tiene, afortunadamente, la magnificencia
del edificio de Salomón. El Evangelio nos ha
enseñado que la mayor riqueza es la pobreza: es el
oro del Nuevo Testamento que decora el Sancta
Sanctorum donde reside Dios.
Hay aquí
más que la gloria luminosa que llenaba el
Tabernáculo de la reunión (Ex 40), o el
Santuario de Jerusalén.
Jesús-Eucaristía mora en él y con
Jesús la Trinidad toda. El Desierto es el Palacio del
Rey de Reyes.
¿Soñaste
jamás que habitarías bajo su techo y serias su
comensal? Pon tu atención en el honor debido a la
Santa Hostia, más que en el agrado o desagrado del
Ceremonial de la Comunidad que se encarga de
tributárselo. Los hombres son hombres en todas
partes. Jesús los amó y se rodeó de
Apóstoles cuya compañía nos hubiera
disgustado: Israel no perdonó nada para hacerse
odioso. El Señor amó su servicio en el Templo.
Lo interesante del Eremitorio no estriba en el encanto de su
paraje, sino en la presencia de un Sagrario. Estás
aquí en la cumbre del orbe, en el punto de
conjunción de la tierra y el cielo. Tu Desierto
está más poblado de lo que parece, ya que el
Cielo entero en él tiene su morada.
Nada debería
serte costoso a cambio del honor que se te hace: "Un
día en tus atrios vale más que mil fuera, y
prefiero estar a la puerta de la casa de mi Dios a morar en
la tienda del impío" (Sal 83,11). En esta
perspectiva, las contrariedades pierden mucho de su
virulencia. Para los judíos la dicha suprema era
visitar el Templo: "¡ Oh qué alegría la
mía cuando se me dijo: Vamos a la casa de
Yavé." En ella vives en permanencia, en ella
oficias.
Más
afortunado que los anacoretas de la Tebaida, el
Ermitaño de hoy hace de la Eucaristía el eje
de su vida. La iglesia es el centro del Eremitorio;
podríamos decir, su justificación. No
santificas tú el lugar, es la presencia de
Jesús. ¿ Hay alguien que piense en ello al
visitar tu soledad? El homenaje del turista da en falso. No
te hagas reo de tamaña equivocación.
Necesitas, para vivir aquí dignamente, mayor pureza
que el Sumo Sacerdote para acceder al Santo de los
Santos.
Pensar en la
Eucaristía tiene que serte familiar. La
reclusión en la celda no te aísla de la
iglesia. Los ojos del corazón horadan las paredes y
tu alma está imantada hacia el Sagrario. En el Templo
era donde Dios daba audiencia a su Pueblo. Mas aquella
entrevista no sufre parangón con tus encuentros con
Jesús Sacramentado. Puesto en oración ante el
altar no velas a un muerto, ni veneras una reliquia. A cada
segundo se te dice: "El Maestro está ahí y te
llama" (Jn 11,28).
El Maestro, el
Salvador, el Amigo, el Consolador, el Confidente, el Doctor,
Aquel -el Único- que te enseña y dirige con su
propia palabra: "Sólo tenéis un Maestro, el
Cristo" (Mt 23,10). Tú mismo lo confiesas:
"Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes
las palabras de vida eterna" (Jn 6, 68). Dios habita en tu
corazón y en tu celda. Así y todo, no puede
serte indiferente el acercarte a la Humanidad de
Jesús. El es el Evangelio siempre viviente. Ese mismo
cuya familiaridad envidias a los Apóstoles.
Jamás tendrás ya luces sobre el sentido de las
Escrituras sino mediante la Eucaristía: es la Verdad
misma de Dios en la "Letra", en la "Carne" bajo las
apariencias del "Pan". Como otrora, Cristo está
ahí enseñando el camino de Dios. Ese "Camino"
es El mismo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie
va al Padre sino por mí" (Jn 14,6). Y el Padre ha
querido autenticar esa afirmación: "Este es mí
Hijo muy amado. Oídle" (Lc 9,35).
¿No te sientes
feliz de exponer tus miserias delante de Aquel que aliviaba
a los desgraciados durante su vida terrestre, y al que
tienes a dos pasos de ti, para ti? ¿Será menor
tu fe que la de aquella mujer que codiciaba tocar la orla
del manto de Jesús, siendo así que te
alimentas de El cada mañana?
El Ermitaño
es el hombre de la adoración y de la alabanza. Al
confiarte el ministerio de su propia oración, la
Iglesia quiere que lo ejerzas delante del Santísimo
Sacramento. Ciertos textos sólo ahí adquieren
toda su sonoridad: "Tú eres el Rey de la Gloria,
¡oh! Cristo; Tú, el Hijo eterno del Padre" (Te
Deum).
Aunque todas las
cosas están en El y El lo llena todo, Dios quiso ser
adorado especialmente en el Templo. Su presencia en la
Hostia consagrada justifica la voluntad de la Iglesia. Nos
enseña que ninguna oración es acepta a Dios si
no le viene presentada por Jesucristo, el perfecto adorador
del Padre, el único que es escuchado, pues
según dice San Pablo: "único es el mediador
entre Dios y nosotros los hombres, el Cristo Jesús,
hombre también El" (1 Tim 2,5).
A la vera de su
sagrario pedirás a Dios con mayor instancia se digne
oír las súplicas de la Iglesia ya que le son
transmitidas "por Jesucristo Nuestro
Señor".
Nuestra Liturgia es
una prefiguración de aquella otra, grandiosa, del
cielo que nos describe el Apocalipsis (c. 4). El monje que
tiende a vivir ya los tiempos futuros debe saborear esa
anticipación. Cuanto es mas sobria y despojada de los
esplendores terrestres, tanto más invita con
instancia a dejar atrás este mundo y adentrarse
más en el misterio de la eterna adoración. El
Ermitaño ama la desnudez y el silencio de su iglesia.
"Silentium tibi laus". En ningún otro sitio se
apodera de él con tanta fuerza la sensación de
haber dejado el mundo.
Efectivamente,
ahí es donde, jurídicamente, has consumado la
ruptura. Al pie de ese Altar hiciste Profesión,
subiste las gradas para recibir de Jesús el beso de
paz, y la Comunión de su Cuerpo te dio la prenda de
tu perseverancia. ¿ Será posible que nunca
pienses en ello al ir a la iglesia, o que ese recuerdo no
despierte en ti más emoción que el de un
contrato en un despacho de notario? En ese lugar y en ese
instante fue cuando y donde se realizó la promesa:
"Así la traeré y la llevaré al
desierto... te desposare conmigo para siempre... en
misericordias y piedades... seré tu esposo en
fidelidad y tú reconocerás a Yavé" (Os
2,16-22). Que el aire protocolario de un Ritual no te oculte
la viviente realidad. Después de la iglesia de tu
bautismo, ninguna debe serte tan querida como la de tu
Profesión, la que será, sin duda
también, la iglesia en que tus restos mortales
-restos de una víctima- recibirán la
última aspersión de agua bendita.
Defiéndete
enérgicamente contra la anquilosis de la rutina. Cada
mañana asistes al acontecimiento mas sublime de la
jornada del mundo, la Santa Misa. Si eres sacerdote la
celebras. El Sacrificio de la Cruz se perpetúa ante
tus ojos, y si bien Cristo aquí está glorioso,
nada te cuesta evocar la Cena y el Calvario: "Cuantas veces
coméis este pan y bebéis de este cáliz,
anunciáis la muerte del Señor" (1 Cor
11,26).
¿Nada dice esto
a tu corazón, siquiera a tu fe? Todo lo que eres en
el orden sobrenatural, todo lo que tienes, todo lo que la
eternidad te promete, tiene aquí su origen y su
garantía: "Hemos sido reconciliados con Dios por la
muerte de su Hijo" (Rom 5,10).
Los peregrinos de
Jerusalén soñaban con ver degollar animales y
levantarse el humo de los holocaustos del Templo.
¿Qué era esa figura al lado de su sublime
cumplimiento?
El Ermitaño
no debe pasar tedio en la Misa, ni apartar de ella su
atención hacia otras devociones. No es un
espectáculo, ni siquiera en primer lugar una
oración. Es una "acción" sacrificial, en la
cual todos, celebrante y asistentes, están
implicados. La Iglesia te asigna una función activa
que debes asumir. Además de la enseñanza
diaria que te dispensa en una selección de lecturas
bíblicas, te pide que te unas al sacerdote cuando
habla en tu nombre: "Te ofrecemos..., te pedimos..., te
presentamos..., te rogamos..., veneramos (Comunicantes)...
Esta es la ofrenda que te presentamos nosotros, tus siervos,
y, con nosotros, toda tu familia.., te ofrecemos, o te
ofrecen ellos mismos (los que nos rodean) este sacrificio de
alabanza, para ellos y para todos los suyos
(Memento)...
¿Crees te
será lícito, sin bochorno, desinteresarte del
misterio, en el instante mismo en que te lava de tus
pecados, y tributa a Dios, en tu nombre, una gloria de valor
infinito? ¿ Qué valen tus pobres oraciones
solitarias o tus lecturas edificantes al lado de la gran
oración del Esposo y la Esposa aunados en la
adoración?
Saca de ahí
tus fuerzas, que tu vida de Ermitaño es un
sacrificio. No es hacer literatura pía decir que el
religioso es una víctima. El simple cristiano lo es
por razón misma de su inserción en Cristo
crucificado. Hemos venido a hacernos "un mismo ser con
Cristo por una muerte semejante a la suya" (Rom
6,5).
¿No te tienta
el convertir en una misa ese sacrificio obligado? ¡ Es
tan fácil en el marco de tu soledad! Ofrecido como
víctima, lo eres por tu Profesión: "Suscipe
me
", "Recíbeme, tómame..." (Sal 118,
116) en cuerpo y alma, entendimiento y voluntad. Consagrado
lo estás, en el sentido de que la eficacia de la
gracia te configura con Jesucristo hasta el punto de vivir
El en ti (Gál 2,20). Debes comulgar a su
espíritu, a sus sentimientos, a sus intenciones (Flp
2,5). Así serás una Acción de gracias,
un Tedeum viviente. Recuerda que a cada minuto, aquí
o allí, la gotita de agua que te representa cae al
cáliz para hacerse sangre de Cristo.
La Misa te
traerá el pensamiento de la muchedumbre de tus
hermanos en Cristo, de los cuales el anacoreta cristiano no
puede desolidarizarse.
Ni siquiera en el
Eremitorio eres un aislado: la Iglesia que convoca a los
solitarios, es para ellos el signo visible de los lazos de
gracia que los unen. Literalmente es un hogar de Amor al que
todos vienen a caldear su caridad. Cuando veas a tus
hermanos postrados en torno al Sagrario, evoca el hermoso
ofertorio de la Dedicación que expresa tan bien tu
donación y la suya: "Señor, Dios mío,
en la rectitud de mi corazón te he hecho todas mis
ofrendas voluntarias... y veo ahora con alegría a
todo tu pueblo, aquí presente, ofrecerte
voluntariamente sus dones" (1 Par 29,17).
Dichoso tú si
la obediencia te confía la guarda del
Tabernáculo y el cuidado de la Casa del Señor.
No tengas por perdido el tiempo que la iglesia roba a la
celda; busca tan sólo convertirlo en un servicio del
corazón: "¡ Oh qué alegría la
mía cuando me han dicho: Vamos a la Casa de
Yavé!" (Sal 121,12).
Cuando sales de tu
celda al tañido de la campana, detente unos segundos
a contemplar el bello conjunto de la modesta iglesia con el
Eremitorio acurrucado en su derredor. ¡ Visión
de paz! Como los peregrinos del Templo musita alegre: "Por
amor de mis hermanos y amigos te deseo la paz. Por amor de
la Casa de Yavé, nuestro Dios, te deseo todo bien"
(Sal 121,8-9).
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