- Dom
Esteben Chevevière
- El
Eremitorio
- Espiritualidad
del Desierto
-
- CAPÍTULO
III
- EL
TEMPLO CRÍSTICO
- EN
ORACIÓN CON JESÚS
- "Retiróse
al monte para orar y pasó la noche orando
a Dios"
- (Lc
6,12)
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Jesús no es
solamente el Señor del Templo, es el Templo mismo:
"En El habita toda la plenitud de la divinidad
corporalmente" (Col 2,9).
Amas la "Casa de
Dios", el edificio ése de piedra que tantas cosas te
dice. Es el lugar de las audiencias y de los homenajes
públicos. Acostúmbrate a buscar a Dios en
Jesús, a orar "por El, en El, con El".
El Ermitaño
que vive en permanente contacto con Nuestro Señor
necesita una fe muy viva si no quiere deslizarse hacia la
descortesía o la atonía de los sentimientos.
Ámale con santa pasión, cree en su bondad, su
misericordia, su amistad, pues te la brinda. Advierte, sin
embargo, que esa amistad, del orden de la que la gracia
establece entre Dios y nuestra alma, nada tiene de
común con el compañerismo de los hombres. "Os
llamo amigos porque todo lo que oí de mi Padre os lo
di a conocer" (Jn 15, 15).
Los Apóstoles
lo vieron comiendo y bebiendo, cansado, durmiendo, llorando,
abrumado de angustia y mendigando confortación,
solazándose con los niños; nunca perdieron el
sentido de su sobrecogedora trascendencia, se le acercaban
con un respeto teñido de temor: "Apártate de
mí, que soy un hombre pecador, Señor" (Lc
5,8). "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo" (Mt
16, 16). San Juan, más familiar que los otros,
advierte oportunamente que lo que ha oído, visto,
contemplado, lo que han tocado sus manos, era el "Verbo de
la Vida" (1 Jn 1, 1).
Escucha cómo
Jesús, el "Templo santo del Señor", declara
serlo (Jn 2,19). Es "en El" en quien Dios recibe "todo honor
y toda gloria" (Canon). Cuando el Ermitaño
está lejos de la iglesia, puede siempre retirarse
para hallar a Dios en el Oratorio del Corazón de
Jesús, de quien el Templo de los judíos, no
menos que nuestras iglesias, son figuras. Orar en El
¡qué felicidad!.
La historia del
Templo, en la Biblia, prefigura a Cristo, "Casa del Padre",
residencia del Altísimo, donde Dios, en adelante, nos
acoge: "El Verbo se hizo carne y habitó entre
nosotros.
Esa carne se ha
hecho la morada de la Divinidad en la tierra. En esa
perspectiva, la obra toda de Salomón se esclarece y
adquiere proporciones infinitas. Jesús es la clave,
es el atrio al que tienen acceso los paganos para hallar a
Dios; Jesús, altar de su propio sacrificio, es el
altar de los holocaustos; El, el agua viva que purifica, es
el mar de bronce; es el "Santo" al que se llegan los
sacerdotes; El, la oración encarnada, la alabanza
perfecta, es el altar de los perfumes; El, el "pan de vida"
de la Eucaristía, es el pan de la proposición;
El, la luz del mundo, es el candelero; es el Santo de los
Santos, el mismo Dios Encarnado; El, autor de la Ley Antigua
y de la Nueva, es el Arca de las Tablas de la Ley; El, cuyo
sacerdocio anula y sustituye al de Aarón, es la Vara
de Aarón; El, cuya carne alimenta a sus fieles, es el
Maná.
Toda la Majestad de
Dios Trinidad descansa en El y se hace patente por la gloria
de una humanidad cuya esplendorosa santidad se impone, por
el ministerio de los ángeles que le sirven, por
milagros innumerables. En ese Templo es donde, en adelante,
Dios enseña. Jesús es el Verbo, la Palabra
auténtica: El que me ha enviado es veraz y lo que he
oído de El, eso es lo que yo digo al mundo" (Jn
8,26).
Por El, el
Señor perfecciona su Ley: "No he venido a abolir sino
a perfeccionar (la Ley y los Profetas)" (Mt 5,17). Por El se
revela a nosotros en toda su verdad: la unidad de su
Naturaleza y la Trinidad de sus Personas.
En ese Templo es
donde sube hacia Dios el único homenaje digno de El.
Jesús es el Adorador, el Orante, la Víctima
sin mancilla que será acepta y cuya inmolación
rescata al mundo, satisface a toda justicia.
Nadie, en adelante,
tiene acceso junto al Padre sino por El: "Nadie va al Padre
sino por mí" (Jn 14,6). La Epístola a los
Hebreos lo dice magníficamente: "Tenemos seguridad de
entrar en el Santuario, por la sangre de Jesús, por
el camino nuevo y viviente que El nos inauguró a
través del velo, esto es, de su carne (Heb
10,19-20).
Por apartada que
esté tu ermita, siempre, a cualquier hora, puedes
penetrar en ese santuario, ese "Tabernáculo del
Altísimo". Más afortunado que el Sumo
Sacerdote, tienes siempre abierto el Santo de los Santos, el
Corazón de Jesús. No rezarás bien sino
ahí. No menos que los Apóstoles, necesitas
aprender a orar; sólo Jesús puede
enseñártelo.
El Ermitaño
tiene una manera privilegiada de hacerlo que estriba en su
condición de "religioso": esta dedicado al culto de
Dios. Es el hombre de la Adoración y de la Alabanza.
Te imaginas saber adorar. Dios busca adoradores en
espíritu y verdad (Jn 4,23); no abundan. La
adoración auténtica es difícil al
hombre, y debería ser su respiración. Te falta
sin duda el sentido profundo de la trascendencia, de la
Majestad de Dios y el del abismo de tu nada. Es débil
la conciencia que tienes de tu universal dependencia para
con el Creador. Quizá incluso la Paternidad de Dios
no pasa de ser una fría noción en tu
espíritu.
Mira a Jesús
frente a su Padre: es el modelo perfecto del
Ermitaño. "Por la mañana, de noche aún,
se levantó, salió y se fue a un lugar
solitario, y allí oraba" (Mc 1,35). "Subió al
monte a solas para orar. Caída la tarde, estaba solo
allí" (Mt 14,23). "El se retiraba a lugares
solitarios para orar" (Lc 5, 16). "Retiróse al monte
para orar y pasó la noche orando a Dios" (Lc 6,12).
Con el Evangelio en las manos, trata respetuosamente de
percibir algún acento de esa oración que sube
del Desierto: tiene que ser la tuya.
Jesús
contempla las infinitas perfecciones de su Padre, a quien ve
cara a cara, y entrega su Corazón al fuego de la
caridad. Ahí tienes "la vida eterna" (Jn 17,3) que su
Humanidad ha comenzado a vivir aquí abajo en la
visión beatífica, y a la que el
Ermitaño, por profesión, se compromete a
aproximarse lo más posible.
Escucha lo que dice;
repítelo después de El para decirlo de veras:
"Padre, Yo te he glorificado en la tierra" (Jn 17,4). "Yo te
conocí (ib. v. 25). "Yo les he dado a conocer tu
nombre y se lo haré conocer" (v. 26). Las divinas
perfecciones que contempla no le dictan más que una
palabra por la que pasa todo el éxtasis de su alma,
ya que las veía todas deslumbradoras en la unidad e
infinitud de Dios: "Padre santo" (Jn 17,11). En ellas lee
toda la historia de su sublime vocación: su eterna
predestinación: "Tú me amaste antes de la
creación del mundo" (Jn 17,24); su unión
inefable con el Padre: "Salí del Padre" (Jn 16,28).
Ha sido enviado por El sin abandonarlo. Se estremece en sus
fibras más recónditas con pensar en su
permanencia en el seno del Padre (Jn 1, 18). "Padre,
Tú en mí, y Yo en ti" (Jn 17,21). "Estoy en el
Padre y el Padre está en mí" (Jn 14, 10). Sabe
que es amado infinitamente. ¿Acaso no ha oído
dos veces la voz del Padre que desde el cielo proclamaba su
tierno amor: "Este es mi Hijo muy amado, en El están
todas mis complacencias"? Se pone a pensar en el abismo
vertiginoso de las predilecciones divinas, y su
corazón vibra de gratitud. Sin una gracia especial no
hubiera podido considerar sin desfallecer, la liberalidad
divina:
- su pertenencia
al Verbo y su milagroso nacimiento: "Salí del
Padre y vine al Mundo" (Jn 16,28).
- su misión
de Jefe de la Humanidad: "Yo soy la vid; vosotros los
sarmientos" (Jn 15, 5), liberalidad que le daba a El, y a
El solo para comunicarla, la vida que recibiera "en
plenitud" (Jn 17,2).
- su realeza sobre
el universo: "Yo soy Rey" (Jn 18,37).
Tiene conciencia
hasta de ser el Dueño y dispensador de los tesoros de
la divinidad: "Padre..., todo lo tuyo es mío" (Jn 17,
10), incluso del Espíritu Santo que él nos
enviará (Jn 16,7). Se ve dando remate a su
misión, llevándose consigo al cielo todo su
Cuerpo Místico, y cifrando toda su gloria en ese
último cumplimiento de la voluntad del Padre: "Quiero
que los que me has dado estén también donde Yo
esté, para que contemplen mi gloria" (Jn 17,24). En
la soledad y el silencio del monte Jesús se repite a
si mismo con una emoción que la sencillez de los
términos apenas permite vislumbrar: "El Padre ama al
Hijo" (Jn 5,20). Y ante ese Amor que le colma, Jesús
adora: "El Padre es mayor que Yo" (Jn 14,28).
El Padre es el
Señor de Cielos y tierra (Lc 10,21). Frente a esa
Majestad Jesús se abaja, San Pablo dirá se
anonada" (Flp 2,7). Se entrega por entero a su voluntad
santa por onerosa que sea. Tal había sido su primer
acto consciente en el instante de la Encarnación: "He
aquí que vengo para hacer tu voluntad" (Heb 10,7).
Sabe que le llevará a la muerte; esa muerte El la
ama, la quiere porque "por esa voluntad somos santificados
mediante la ofrenda de (su) cuerpo" (Heb 10, 10).
Hasta donde puede
bajar baja, tomando la "condición de siervo" (Flp
2,7), y se "humilla aún más obedeciendo hasta
la muerte y muerte de cruz (y. 8). Ciertamente para
salvarnos, pero sobre todo por espíritu de
religión, porque su anonadamiento como criatura y
criatura perfecta proclama que sólo el ser de Dios es
grande y necesario.
En ese Templo
Jesús es el Sacerdote y la Víctima que en cada
minuto de su existencia ha renovado su oblación: "Mi
alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado" (Jn
4,34), impaciente por ser inmolado en aras de la soberana
Majestad de Dios: "He de recibir un Bautismo; ¡y
cómo me angustio hasta que sea consumado!" (Lc
12-50). Sabe que por esa puerta oscura entrará en su
gloria, y su amor se exalta al pensar en el Padre que le
acogerá para coronarlo: "¡Oh Padre, Yo voy a
ti"; "Ahora voy a ti" (Jn 17, 11-13).
Tal era la
oración de Jesús en el Desierto, dechado de la
tuya. Oración pura, breve en sus fórmulas,
pero indefinidamente prolongadas por el eco que despiertan
en el alma.
El Ermitaño
sólo tiene una oración que responda
exactamente a las aspiraciones de su corazón: las
tres primeras peticiones del Padre nuestro, sin que le sea
menester precisar más de lo que ha querido hacerlo
Jesús, para sí como para nosotros.
Mantén virgen tu imaginación de la
multiplicidad de las preocupaciones apostólicas. El
film que vas rodando en tu cabeza y posterga a Dios al
trasfondo, en manera alguna valoriza tu intervención.
Como Santa Teresita de Lisieux, haz el bien "sin mirar
atrás".
Todo va incluido en
el advenimiento del reino de Dios, en el cumplimiento
universal de su voluntad, en la glorificación de su
nombre por todos; la conversión de un pueblo, de un
alma, igual que el éxito en un examen.
A la oración
de Jesús no le quites sus dimensiones a escala
mundial. La extensión de su objeto en nada disminuye
su eficacia. La verdadera caridad repudia el
particularismo.
Imita a
Jesús; canta las alabanzas de Dios, entrégate
a todos sus quereres, déjale reinar sobre tu
inteligencia por la fe, sobre tu corazón por la
caridad, sobre tus deseos por la esperanza, en unión
con Cristo.
Hazlo a
través de El. El es el único mediador. Nada es
acepto a Dios, ni oración, ni sacrificio, sino
pasando por las manos de Jesucristo: "Cuanto pidiereis al
Padre, os lo concederá en mi nombre. Hasta ahora nada
habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis
y vuestra alegría será perfecta" (Jn
16,23-24). Sólo El merece ser escuchado, en
razón de la perfección de su amor filial (Heb
5,7). Lo serás tú en la medida de tu
unión con El.
El Ermitaño
que ora con Jesús, con su oración, dilata el
corazón a la medida del Salvador. No puede apetecer
Maestro más soberano de Oración. Ponte, como
El, en presencia de Dios trascendente: no existe otro
método para adquirir la humildad. Esa
contemplación te sumerge en la verdad y te hace
cobrar conciencia de tu nada hasta llorar, y de la grandeza
de Dios hasta saltar de gozo
En el Templo
admirable que es el Corazón de Jesús,
escucharás un eterno Tedeum: su eco debe llenar el
tuyo: "Santo, Santo, es el Señor, Dios de los
Ejércitos; llenos están los cielos y la tierra
de su gloria..."
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