- Dom
Esteben Chevevière
- El
Eremitorio
- Espiritualidad
del Desierto
-
- CAPÍTULO
IV
- EL
TEMPLO MARIAL
- PURA
CAPACIDAD DE DIOS
- "El
Espíritu Santo vendrá sobre ti y
el poder del Altísimo te pondrá
bajo su sombra..."
- (Lc
1,35)
-
- "¿Quién
es esta que sube, del desierto apoyada sobre su
Amado?"
- (Can
8,5)
|
No es un espejismo:
Maria es ciertamente la Reina del Desierto. A ella, antes
que a nadie le fue dicho por Dios que la atraería a
la soledad para hablarle al corazón, y eso de modo
único, ya que la "Palabra" increada descendió
a ella para habitarla. (Lc 1,38). En la soledad, en el
silencio es donde concibió en total secreto. Y vuelve
al mundo, sin ser jamás del mundo, para darle a su
Amado y hacerse cargo de nosotros.
El Ermitaño
no acertará a encontrar a Jesús sino por
María. Ella es el oasis del desierto que alumbra la
Fuente de las aguas refrescantes. Es asimismo el
"Tabernáculo del Dios Altísimo". Una de las
mayores gracias que puedan serte otorgadas, es la de
descubrir ese Templo Marial, y penetrar en él para
abordar a Jesús. Está siempre "viviente en
María", y al igual que los Magos no hallarás
al uno sin la otra (Mt 2,11).
Recuerda que
María no es sólo la Madre de Dios, es
también la tuya; y en el orden de la gracia se lo
debes todo. Ella ha dado a Jesús al mundo, ella te lo
da a ti. Ella le ha hecho nacer en tu alma en el Bautismo.
Ella le hace crecer y te moldea a su imagen. Nada te llega
de Dios sin que pase por ella. Más afortunado que
todos los exploradores, te adentras en el Desierto bajo la
guarda de una madre que te traza la pista y cuya mano te
protege y provee a todas tus necesidades, la más
imperiosa de las cuales es la necesidad de Dios: "Fuera de
ti nada deseo sobre la tierra" (Sal 72,25). Ella te conduce
a El.
Jesús es la
Luz, María es el candelero; Jesús es el
Maná, Maria la Urna que lo contiene; Jesús es
el incienso, Maria el altar de oro que lo sustenta;
Jesús es el carbón incandescente, María
el incensario donde arde; Jesús es el Pan de vida,
Maria la mesa en que se nos sirve; Jesús es el Dios
adorable, Maria el Santo de los Santos donde recibe nuestra
adoraciones.
Todo ello fue
verdadero físicamente durante los nueve meses en que
el Verbo Encarnado vivió en el seno de su Madre. Y no
lo es menos, espiritualmente, por lazos de gracia que unen a
Cristo y a la Virgen, y por su vocación de Madre de
los hombres. Es el Templo de la Trinidad: "Dios está
en ella..." (Sal 45,6).
Es la "ciudad de
Dios" cuyas "puertas ama Dios más que las tiendas de
Jacob" (Sal 86,2), la que ha elegido, de la que dice: "Esta
será por siempre mi mansión, aquí
habitaré porque lo he querido" (Sal 131,14), el monte
que "eligió Dios para morada suya, en el que siempre
habitará Yavé" (Sal 67,17).
Contempla con
cariño de qué manera y hasta qué grado
de perfección es María el Templo de Dios.
Tú mismo lo eres: ¿ No sabéis que sois
templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en
vosotros?" (1 Cor 3,16) -"Efectivamente, nosotros somos
templo de Dios vivo" (2 Cor 6,16).
No lo has sido
siempre; Ella, en cambio, lo fue ya desde su
concepción. El Espíritu Santo habita en ti a
titulo de la gracia santificante que le atrae a tu alma
junto con las otras Personas divinas. Reside en María
como en su Templo propio. Madre del Verbo Encarnado, el
Espíritu de su Hijo le es dado con un carácter
de pertenencia que hace de Ella su Santuario normal y
privilegiado.
Es el Trono de la
Sabiduría (Sedes sapientiae) no sólo en
el sentido de que la Sabiduría increada se haya
encarnado en su seno; lo sigue siendo después del.
nacimiento de Jesús. Al tomarla por Madre, el Verbo
ha contraído con Ella una unión que ha sido
comparada con el matrimonio. Ha establecido entre ambos a
dos una pertenencia recíproca, una solidaridad por la
que ponen en común la Obra íntegra de la
Redención. Con miras a ese "matrimonio divino", a esa
colaboración, es por lo que la ha enriquecido con
tantos privilegios que hacen de Ella, en cuerpo y alma, el
Templo más puro y el más hermoso que
jamás existió: puro por su Concepción
Inmaculada; hermoso, por su plenitud de gracia.
En ese Templo ha
depositado Dios los tesoros que nos destina, confiando a la
solicitud maternal de María la distribución
universal de los mismos.
Por Ella, la vida de
Jesús fluye hasta nosotros. En tu harto peligroso
peregrinar por el Desierto necesitas más que nadie
ayuda. Tienes hambre y sed de lo divino. La Iglesia le hace
decir a la Virgen: "¡ Oh vosotros los sedientos.! venid
a las aguas; aun los que no tenéis dinero, comprad y
comed" (Is 5, 1). Respira el perfume de incienso que sube de
ese santuario. Alma contemplativa como la que más,
María jamás perdía la presencia de
Dios. No se derramaba en palabras. Exponía su alma
virgen a la cálida luz del amor divino para ser
penetrada por sus rayos. Como un espejo cuya limpidez
ninguna sombra empañaba, recibía la imagen de
Dios y la reflejaba en adoración y alabanza.
Devolvía en gloria lo que se le daba en gracia:
"Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se
alegra en Dios mi Salvador" (Lc 1,46-47).
Si pudieras ser como
Ella "pura capacidad de Dios!" ¿Por qué
retirarte al Desierto, por qué haber quemado las
naves, desconectado todas las antenas, alzado paredes en
torno a tu soledad, sino a fin de conservar o recuperar la
virginidad de tu alma? Recién bautizado, cuando lo
creado no había hecho aún irrupción, un
himno único, del fondo de tu alma se elevaba: la
alabanza y el amor que se tributan las Tres Divinas
Personas. Ese canto, en forma permanente, era el que
escuchaba María, y su eco en la gracia que la
llenaba; y el don rebotaba en gloria: "Santo es su nombre"
(Lc 1,49).
Sólo puedes
tener un deseo: dar oídos a ese perenne "Gloria" que
resuena en el hondón de tu alma. No puede escucharse
sino en pureza, silencio y paz.
Tal vez piensas que
amar a Dios es darle algo... Ábrele paso franco, no
pide otra cosa, pues amar a Dios es ofrecerse a las
liberalidades de su amor, es dejarle que nos ame. No digas:
"Dios mío, os amo", Di: "Dios mío, amadme".
Para El amar es dar, y lo que da es su caridad, que nos
permite corresponderle.
La Virgen
María se alegra en su Magnificat porque "el
Señor ha mirado la pequeñez de su sierva" (Lc
1, 48), "haciéndole grandes cosas
Deja que en ti cante
el hombre nuevo con su primacía recobrada en el
Desierto. Cuanto más sencillo sea el marco de tu
existencia y mas comunes tus ocupaciones, más
fácil te será vivir a la escucha de
Dios.
Piensa en Nazaret:
la Madre de Dios, la Reina del cielo y de la tierra es nada
más que el ama de casa de una familia pobre, y su
horizonte diario no rebasa los términos de una aldea.
Así y todo, es más que el Templo de
Jerusalén, Ella, la Esposa mística del Dios
que en él se adora. ¡Ah, sí pudieras
sustraerte al ambiente de ruindad, y no vivir más que
de las realidades invisibles! Hazte indiferente a lo
contingente y tendrás a mano una zona
desértica favorable a la libertad de tu
alma.
Maria no desea nada
sino ser en plenitud "la sierva del Señor" (Lc 1
,38), en el mismo sentido en que San Pablo gustará de
llamarse "esclavo" (1 Cor, 7, 22; Rom 6,22).
Advierte una notable
semejanza de disposiciones íntimas entre la Madre y
el Hijo. Jesús viene también para servir al
Padre (Heb 10,7), y se hace "esclavo" de sus voluntades (Flp
2,7). La humildad y la sumisión confiada nacen
infalible y solamente del sentido de Dios y del
espíritu de adoración. En el Desierto, el
hombre se siente pequeño y destituido, a merced del
Creador a quien todos los elementos obedecen. Cual un
mendigo, se calla, postra su miseria y junta las manos en
señal de imploración: "A ti alzo mis ojos, a
ti que habitas en los cielos; como los de esclavo atentos a
las manos de su señor" (Sal 122, 1-2).
El Ermitaño,
a despecho de las apariencias, es la antítesis de un
independiente. Libertado de todo y de si mismo, se entrega
al beneplácito de Dios. Si eres íntimo de la
Santísima Virgen, ésa será la
más profunda lección que aprenderás de
ella. Habla poco, mas lo que dice cambia el rumbo del mundo
y puede transformar tu existencia. Toda tu sabiduría
delante de Dios se encierra en estas tres palabras
caídas de labios de María: "Ecce",
"Fiat", "Magnificat". Tu éxito en el
Eremitorio está pendiente de la impronta que dejen en
ti...
"Heme aquí"'
es la ofrenda generosa del abandono, la entrega
incondicional de si, en la total ignorancia de un porvenir
que sólo Dios conoce y se reserva de labrar.
Necesitas una fe sólida, maciza en la Paternidad de
Dios. Tienes suficiente conocimiento de sus vías para
saber cuán misteriosas, "insondables e
incomprensibles" son (Rom 11 ,33), y hasta qué punto
"los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos, ni
sus caminos nuestros caminos" (Is 55, 8) No ignoras con
qué condición va el discípulo en
seguimiento del Maestro: "Si alguno quiere venir en pos de
mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz
cada día y sígame" (Lc 9,23).
Aquel que no
perdonó a su Hijo Único (Rom 8, 32), no
será blando para el hijo adoptivo: "Mi Padre es el
viñador... Todo sarmiento que da fruto, lo poda para
que dé mas... (Jn 15,2).
Con todo, no dudas
de su Corazón. Pero en ti, el hombre animal tiene
miedo: se sabe condenado por tu ingreso en el Desierto. Tu
santa despreocupación le espanta al arrebatarle toda
oportunidad de salvación. La sentencia de muerte
está dada contra el "hombre viejo", y Dios la
ejecutará sin duda a proporción de tu
generosidad en el abandono. Ora por obtenerla.
Es una cumbre.
Sábete que no la alcanzarás en un día:
Afírmate en la segunda petición del Padre
nuestro: "Hágase tu voluntad". La tuya se
resistirá cada día menos, amansada por el
amor.
Entrénate al
"Fiat" en los quereres positivos del Señor. En
ellos sabes dónde hacer pie, y tu esfuerzo
está circunscrito con precisión. Se te ahorra
la incertidumbre, y tu responsabilidad no recae sino en tu
correspondencia. En la Anunciación, la
Santísima Virgen asumía un formidable capital
de sacrificios. Mas la contrapartida fue maravillosa: en
Ella el Verbo se hizo carne. Por un modesto asentimiento, se
convertía en Madre de Dios, Madre de los hombres y
Corredentora del género humano.
Toda la fecundidad
de nuestra vida depende de esas aquiescencias y de esas
renuncias: "Si el grano de trigo no es enterrado y muere,
queda solo; sí muere, da fruto en abundancia" (Jn
12,24).
La resistencia a los
quereres de Dios no viene ordinariamente de falta de luz,
sino de un entibiamiento de la caridad. Dios y su voluntad
es todo uno. Si le amaras no andarías en
titubeos.
Nadie tiene el
derecho de menospreciar tus combates ni tus sufrimientos.
Jesús no subestima tu abnegación, y los que se
ríen de tus luchas dan pruebas de que no están
muy hechos a desistir de sí mismos. Se siembra en
lágrimas, pero se cosecha cantando (Sal
125,5).
El MAGNIFICAT
hinche el corazón que ama hasta el don de sí.
La Virgen de los Dolores es también la de los Gozos.
En el Eremitorio debe reinar un ambiente de paz gozosa. El
Ermitaño que no niega nada a Dios, posee la ciencia
de los santos. Puede ignorarlo todo acerca del saber, y no
estar al tanto de las batallas de ideas. Ha recibido el
"Espíritu de Sabiduría" que le guía (Ef
1,17). Como María, él es su trono, y. como
Ella, piensa que "lo necio de Dios es más sabio que
los hombres, y lo flaco de Dios más fuerte que los
hombres" (1 Cor 1,25).
La devoción a
la Adorable Voluntad de Dios te salva del pecado, de todo
mal espiritual. ¿Qué complacencia tomaría
Dios en ti si anduvieses en continua divergencia con El?
Juguete de la turbación ¿cómo
serías el espejo que refleja su fiel imagen?
¿Qué sería el Desierto del
Ermitaño si no pudiera decir con total sinceridad y
verdad: "Yo soy para mi Amado y mi Amado para mí?"
(Can 6,3).
Pídele que te
vacíe de ti mismo y ensanche tu capacidad de lo
divino. La Virgen María te enseñará
como ingeniártelas. Escúchala: "Yo soy la
madre del amor... Venid a mí... El que me escucha,
jamás será confundido y los que me sirven no
pecarán" (Ecl 24, 30-31: Vulgata).
|