- Dom
Esteben Chevevière
- El
Eremitorio
- Espiritualidad
del Desierto
-
- CAPÍTULO
V
- EL
TEMPLO ECLESIAL
- PRESENCIA
EN EL MUNDO
- "Como
piedras vivas dejaos edificar en edificio
espiritual..."
- (1 Pe
2,5)
|
El Ermitaño
es un solitario, no un aislado. El aislamiento se define
como la ausencia de relaciones vitales con los otros. Puede
haberlo en plena aglomeración. El aislamiento es
inhumano, es una suerte de eterna condenación. El
hombre no tolera ser tenido por inexistente, y él
mismo se rebaja al nivel de los brutos si excluye de su
mente y corazón a todos sus semejantes. Lazos de
gracia invisibles mantienen al Ermitaño en
comunión íntima con innumerables hermanos, y
aun delante de Dios responde de la humanidad
entera.
No
encontrarás a Dios fuera de la Iglesia cuyo miembro
viviente eres. Cobra viva conciencia de esa pertenencia que
justifica tu apartamiento al Desierto y lo vivifica.
¿Cómo pertenecer a Cristo sin ser miembro de su
Cuerpo? "En él habita toda la plenitud de la
divinidad corporalmente, y vosotros estáis llenos de
El, que es la Cabeza" (Col 2,9). El Templo de la
economía actual, helo aquí: La Iglesia unida a
Cristo, como en un cuerpo el tronco a la cabeza, recibiendo
de El toda su vida. Tú mismo eres, por tu parte,
miembro de ese organismo sobrenatural, y por él,
"miembro de Cristo mismo (Ef 5,30). Dios ha constituido a
Jesús "cabeza para la Iglesia, la cual es su Cuerpo"
(Ef 1,22-23).
Demórate en
contemplar la dilección de Jesús por la
Iglesia a la que ama como a su esposa: se entregó por
ella para santificaría. Quería hacerla parecer
delante de sí toda gloriosa sin mancha ni arruga o
cosa semejante, sino santa e inmaculada" (Ef
5,26-27).
La alimenta y la
cuida (ib. v. 29). Bajo esa personificación la
Iglesia es tu madre. El Ermitaño debe abrigar para
ella los sentimientos de un hijo. Piensa en lo que 1e debes:
todo, en el orden de la gracia, te ha venido por ella, y por
ella accedes al Salvador. Abriéndote su regazo en el
Bautismo te dice: "Entra en la Casa de Dios a fin de que
tengas parte con Cristo para la vida eterna"
(Ritual).
Desde entonces,
mediante los Sacramentos, te prodiga su vida, que es la de
Jesús. Fertiliza tu Desierto y provee a tus
necesidades. Por la Eucaristía que ella custodia y
dispensa, aplaca tu hambre y apaga tu sed.
Por la Penitencia
venda tus llagas y abastece tu alma. Su infalible autoridad
abaliza tu itinerario. No se te lanza a la ventura en la
incógnita de las estepas. La Iglesia lo ha dispuesto
todo para que no te extravíes, y tu alma se
expansione; tu estrecha unión con ella afianza tu
seguridad. Todos los días, por medio de las lecturas
del Oficio divino y de la Misa, que ella ha escogido para ti
en las Escrituras y los Padres, gracias a su larga
experiencia de los hombres y su instinto maternal, orienta
tus pensamientos y alimenta tu oración. Con
discreción y ternura te lleva de la mano a su Esposo,
que es también el tuyo.
La Iglesia no es una
alegoría. Bajo la conducta de su Jerarquía,
está formada de las miríadas de fieles con los
que te unen los lazos reales de la caridad: "siendo muchos,
somos un cuerpo en Cristo, pero miembros los unos de los
otros" (Rom 12,5).
Reflexiona en el
flujo y reflujo de beneficios y deberes recíprocos
que ello representa para cada uno. Tu soledad queda a salvo
íntegramente; esos intercambios vitales se hacen en
Dios y no precisan ninguna relación de conocimiento
directo con las personas. Sin embargo, el aislamiento te es
imposible porque comulgas en lo que cada cual lleva en
sí de más valioso y de más querido: la
caridad que es amor de Dios y del prójimo. Recibes de
todos y das a todos. Condivides las alegrías y las
penas de todos, así como ellos, sin conocerte,
simpatizan contigo: "los miembros se preocupan por igual
unos de otros. Si sufre un miembro, todos los demás
sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los
miembros participan de su gozo" (1 Cor 12,25-26). Todos
colaboramos a una obra de conjunto: la construcción y
ornamentación del Templo eclesial.
En tus momentos de
lasitud, cuando el silencio de tu celda te espanta de
repente con su inquietante severidad, cuando la
sensación de ser el prisionero del vacío te
invade, piensa en la Comunión de los Santos. No es un
mito. Por todas partes: en el mundo, en los claustros, en
los eremitorios, innumerables hermanos y hermanas, varios de
ellos auténticos santos, oran, sufren por tu
perseverancia y tu santificación, y se reconfortan
pensando que tú intercedes en favor suyo. Nunca te
has entrevistado con ellos y te son más
íntimos que tus mejores amigos. Tu Dios es el suyo,
su ideal el tuyo; la misma gracia os vivifica, el mismo
Espíritu os anima. Asistís a la misma Misa y
con los mismos sentimientos; recibís el mismo
sacramento de la Eucaristía. Rezáis el mismo
Padrenuestro, cantáis las mismas alabanzas.
Tenéis la misma Madre, María. Aspiráis
al mismo cielo; en la tierra consentís en los mismos
renunciamientos por vivir de las mismas realidades
sobrenaturales. Tenéis las mismas luchas. Y vuestros
méritos a una van a parar al mismo tesoro de la
Iglesia para ser repartidos entre todos. Si la amistad es
una puesta en común de las riquezas de
espíritu y corazón, cuentas con una infinidad
de amigos en todos los medios y por toda la
tierra.
No puedes, cada
mañana, seguir atentamente las oraciones del Canon de
la Misa, ni comulgar, sin sentirte unido de corazón
con cada miembro de la Iglesia de la tierra, del cielo y del
Purgatorio, sin cobrar conciencia de la responsabilidad que
te alcanza, como a todos, de los infieles y los pecadores.
Millones de almas dicen contigo cada día: "Padre
nuestro", y son hermanas de la tuya. "A solas con Dios", se
ha de entender tan sólo de una abstención de
contacto directo con los hombres, para reservarle a Dios
todas las disponibilidades. Pero sería una
monstruosidad anticristiana y la negación misma del
monacato, perfección de esa vida cristiana, el
desolidarizarse del Cuerpo Místico y de sus miembros,
actuales o llamados a serlo.
Conllevas una parte
de responsabilidad en el crecimiento y expansión de
ese Cuerpo Místico de Cristo, que no logrará
su plena y definitiva madurez sino al fin del mundo:
Trabajamos todos "en la edificación del Cuerpo de
Cristo hasta que lleguemos todos a la realización del
hombre perfecto, a la madurez que corresponde a la plenitud
de Cristo..." (Ef 4,13). Eso nos dice San Pablo. San Pedro,
fijándose en el símil del Templo, subraya que
somos <'piedras vivientes" y que "debemos ser elementos
de edificación de un edificio espiritual" (1 Pe 2,5).
Sin dejar de ser solitario, te incumbe un papel social al
que no puedes faltar sin traicionar los intereses de la
Comunidad y sin frustrar a la Iglesia. Cada órgano
tiene su función. Los ministerios son diversos: todos
son grandes delante de Dios.
El Ermitaño
no es llamado ni al gobierno, ni a la predicación, ni
a las obras. De incógnito absoluto, debe orar, sufrir
por sus hermanos y asegurar en su nombre el Oficio de la
Alabanza y de la Adoración. A fin de estar día
y noche en presencia de la Augusta Majestad de Dios, su
pureza y el fervor de su caridad deben hacer de él un
embajador grato a Dios. Ese hecho le impone una
obligación especial de santidad.
La belleza y la
fuerza espiritual de toda la Iglesia, está hecha de
la perfección de cada uno. San Pablo insiste en el
deber de crecimiento individual del que depende el del
Cuerpo entero (Col 2; Ef 4). En este sentido Isabel Leseur
tenía razón: "toda alma que se eleva, eleva al
mundo". No te es lícito vegetar en una torre de
marfil. Estás exonerado de todo cuidado humano;
tienes que sobresalir en los deberes de tu profesión.
Tu función eclesial es la del corazón, sede
del amor que lo anima y al que propulsa a su vez hasta las
extremidades de los demás miembros. No
defraudes.
Para el
Ermitaño desconectado de todo ¡ qué
dinamismo en esa doctrina del Cuerpo Místico! No
necesitas, para vivirla, ni diarios ni revistas. La
curiosidad por las vicisitudes de la vida del mundo te
expone más a perder de vista su estructura y
funcionamiento espiritual que a reanimar tu fe. ¿Acaso
sena normal que el desamparo de los hombres produjera en un
contemplativo mayor impacto que las solicitudes del amor de
Dios? Tu misión es ofrecer los hombres a Dios; otros
se encargan de dar Dios a los hombres. Permanece vuelto al
Señor en la actitud de la antigua Orante.
Aplícate
personalmente este texto de San Pedro: "Como piedras vivas
sed edificados en edificio espiritual para un sacerdocio
santo, que ofrezca sacrificios espirituales, agradables a
Dios por Jesucristo" (1 Pe 2,45). La Iglesia toda, unida con
su Cabeza, constituye ese "sacerdocio regio", cuya
función es "anunciar la gloria de Dios" (v. 9). Cada
cual debe contribuir a esa acción sacerdotal;
más que otros tú, que has sido elegido para
desempeñar oficialmente el ministerio de la
oración y del sacrificio que incumbe a la Iglesia.
Esos "sacrificios espirituales" son, ante todo, la
Adoración, la Alabanza, la Acción de gracias.
En la soledad, el silencio, el reposo del alma, estás
en situación privilegiada para ofrendar a Dios, en
unión con Nuestro Señor, "un sacrificio de
alabanza en todo tiempo", esto es, según la hermosa
expresión del Apóstol, "el fruto de los labios
que confiesan su Nombre" (Heb 13,15).
Hazte cargo de la
amplitud y potencia que da a la oración del
Ermitaño esa encomienda oficial de la Iglesia. Si
ella es el Cuerpo de Cristo; si es su Esposa muy amada, y
esposa intachable, ¡ con qué complacencia no la
han de escuchar, sea que implore, sea que exhale, a
través de los himnos de que eres el cantor, su propio
amor! A ella se dirige el Esposo: "Dame a oír tu voz,
que tu voz es suave (Can 2, 14), "hazme oír tu voz"
(Can 8,13).
Da preferencia a la
oración litúrgica, cuando es su hora, sobre
las oraciones privadas. Por tus labios el mundo entero ora.
Suples a la inhibición de los que no oran y, por ti,
la voz del amor cubre la del pecado. No se trata de una
"socialización" arbitraria del Eremitismo.
Dejarías de ser cristiano desolidarizándote de
la Humanidad. Tu clausura, como la del P. Foucauld, es "una
barrera contra el mundo, no contra el amor". Toda la
Humanidad, de hecho o de derecho, pertenece al Cuerpo
Místico de Cristo, y todo cuanto haces de bueno o de
malo, en el secreto de tu celda, repercute en el organismo
entero. Depende de ti que el valor secundario de cada misa,
en cuanto ofrenda de los méritos de los fieles, sea
más o menos considerable.
Ama, si cabe decir,
a ultranza. La caridad es como la sangre de ese Cuerpo: "un
poquito de ese puro amor más provecho hace a la
Iglesia que todas esas otras obras juntas" (San Juan de la
Cruz, Cant 29).
Si algún vago
sentimiento de tu inutilidad amenaza hacerte vacilar, vuelve
a leer las recias palabras de Pío XI a los Cartujos:
"Contribuyen mucho más al Incremento de la Iglesia y
a la salvación del género humano los que
asiduamente cumplen con su oficio de orar y mortificarse,
que los que con sus sudores y fatigas cultivan el campo del
Señor; pues si aquéllos no atrajesen del cielo
la abundancia de las divinas gracias para regar el campo,
más escasos serían ciertamente los frutos de
la labor de los operarios evangélicos... Porque, en
verdad, si en algún tiempo ha sido conveniente que
hubiese en la Iglesia de Dios tales anacoretas, mayor motivo
hay para que existan y prosperen en los tiempos actuales"
(Umbratilem).
Impalpable, la
presencia del Ermitaño en el mundo es como la de los
bienaventurados del cielo: actúa eficazmente sobre
las necesidades reales de los hombres, las del orden de la
eternidad, que son las más importantes de todas:
"¿ de qué le sirve al hombre ganar el mundo
entero sí arruina su propia vida?" (Mc 8,36). El
Ermitaño que alcanza al pobre la luz que le haga amar
sobrenaturalmente su indigencia, hace infinitamente
más por él que el que le construye una
casa.
En el Templo de la
Iglesia estás junto al altar, tienes a mano el agua
que salta hasta la vida eterna.
El manjar de la
Tebaida es la Eucaristía. No crecerás sin
comer. San Pablo dice que el cuerpo todo en tero y cada
miembro recibe de la cabeza su alimento para realizar su
crecimiento en Dios en la caridad. Ese alimento es el Cuerpo
y la Sangre de Jesús: "Siendo uno solo el pan, todos
formamos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese pan
único" (1 Cor 10,17).
La Comunión
será la gran fuerza y el más dulce consuelo de
tu soledad: te da a Dios en persona. Asimismo, estrecha los
lazos que te unen, por la Iglesia, a todas las almas. La
Hostia formada de minadas de partículas de harina te
recuerda los incontables hermanos que comparten tu "comida",
y la muchedumbre de los invitados desdeñosos a
quienes debes suplir, en espera de que les obtengas el
sentarse a la misma mesa. Dirige con frecuencia tu
corazón hacia el Copón y pide a Jesús
que venga a ti. La comunión espiritual es
quizá la más fecunda toma de contacto con Dios
a lo largo de la jornada. Al mismo tiempo ratifica tu
pertenencia a la Iglesia y tu universal caridad.
Tu sacrificio
está al servicio de la Comunidad cristiana; no es una
ascesis raquítica cuyos frutos se limitan a ti. Pues
entonces no serías ya una verdadera "hostia viva,
santa, agradable a Dios" (Rom 12,1).
El Dogma de la
Comunión de los Santos comprendido y vivido por ti te
preservará del entumecimiento. Has de pensar que
detrás de tus paredes no te es lícito
organizar una existencia "farniente". La llamada de
las almas te acosa. Responde con San Pablo: "Completo en mi
carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su
Cuerpo que es la Iglesia" (Col 1,24).
|