CAPÍTULO
VI
EL
TEMPLO INTERIOR
LA
INMANENCIA DE DIOS
- "Glorificad a Dios en vuestro cuerpo" (I Cor
6,20)
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Nunca leerá
el Ermitaño sin un alborozado estremecimiento las
siguientes afirmaciones de San Pablo: "¿No
sabéis que sois templo de Dios y que el
Espíritu de Dios habita en vosotros? El templo de
Dios es sagrado, y ese templo sois vosotros" (1 Cor
3,16-17). ¿ No sabéis que vuestro cuerpo es
templo del Espíritu Santo que habita en vosotros y le
habéis recibido de Dios?... Glorificad, pues, a Dios
en vuestros cuerpos" (ib. 6,19-20).
No busques a Dios ni
en un lugar ni en el espacio. Cierra los ojos del cuerpo,
ata tu Imaginación y baja dentro de ti mismo: estas
en el Santo de los Santos donde habita la Santísima
Trinidad.
En el instante de tu
Bautismo has quedado hecho templo de Dios: "Yo te bautizo en
el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo".
En el acto, "el amor de Dios fue derramado en tu
corazón por el Espíritu Santo que te fue dado"
(cf. Rom 5, 5), y se realizó la promesa de
Jesús: "Si alguien me ama, esto es, si tiene la
caridad, si se halla en estado de gracia, mi Padre le
amará y vendremos a él y haremos en él
nuestra mansión" (Jn 14,23).
Sabes lo que
significa esa presencia: algo totalmente distinto de la del
Creador en su criatura. Por ella contraes una amistad divina
que te introduce en la intimidad de la Trinidad.
Huésped de tu alma. El Ermitaño ve en esa
inhabitación de Dios la razón
específica personal de su retirada al Desierto. Viene
a vivir, con exclusión de toda otra ocupación,
esa sublime verdad. Desde ese ángulo sobre todo, su
vocación es escatológica: comienza en la
tierra en las sombras de la fe y la luz del amor lo que
hará en la eternidad, donde sólo habrá
un templo: Dios mismo. ¿ Acaso no está
más él en Dios que Dios en él por su
accesión gratuita al misterio tan secreto de las
relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo?
El hombre es
contemplativo por destinación y por estructura: "La
vida eterna está en que te conozcan a ti, el
único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo" (Jn
17,3), mas con un conocimiento que participa del de Dios
mismo, viéndole cara a cara en el fervor del amor
beatífico. Conocerle es el objeto supremo de nuestra
inteligencia. Amarle es el todo de nuestra voluntad,
ávida de bien. Nuestra condición terrestre
interpone entre Dios y nosotros toda una gama de verdades
parciales y de bienes fragmentarios que deberían
ayudarnos a remontar el vuelo hasta su fuente, pero que con
harta frecuencia nos apartan de ella en razón de la
sobreestima que les damos.
¿No es
extraño que el hombre, organizado para alcanzar su
pleno desarrollo en la contemplación, que le dilata a
la medida de Dios, prefiera la acción, que le
repliega sobre sí mismo en su voluntad de vencer? Es
más fácil actuar que hacer oración. En
ésta la iniciativa pertenece a Dios, en
aquélla a nosotros, y no nos gusta enajenar nuestra
libertad aunque sea en provecho del Señor. Para la fe
es una especie de enigma que la mayoría tengan
aversión a la contemplación, que viene a ser
para ellos como el lujo de los cristianos
ociosos.
Esa incuria por la
presencia de Dios en el alma es una afrenta y el pecado una
suerte de sacrilegio: "Si alguno destruye el templo de Dios,
Dios lo destruirá a él" (1 Cor
3,16).
El Ermitaño
lo ha dejado todo para afincarse en esa "Presencia".
Cerradas todas las avenidas del lado de la tierra, se siente
con ánimos de ser "conciudadano de los santos" (Ef
2,19). Su cualidad de cristiano y la vocación formal
que le llama a la soledad fundamentan su pretensión.
Si comprende bien el sentido de su vocación, entonces
todo él, cuerpo y alma, es un templo. La disciplina
de sus sentidos y la "esclavitud de su carne"
cobrarán un significado más profundo: no
serán tan solo un esfuerzo laborioso por mantener el
señorío. El cuerpo, por su parte, es una
piedra escogida que hay que labrar y pulir para la iglesia
que se construye (Dedicación). Lejos de execrarlo, el
Ermitaño lo rodea de respeto con miras al papel que
le asigna la Liturgia. Esta tiene para con el cuerpo un
ritual minucioso que regula y ennoblece las actitudes y
funciones de cada miembro en la participación que le
brinda en la oración y el sacrificio.
Le viene su dignidad
sobre todo del alma que lo anima, y que en gracia a su
unión sustancial se lo asocia en el honor de ser
morada del Altísimo. Esta teología del cuerpo
rectamente entendida no autoriza ya más respecto del
mismo el trato sórdido que le infligían los
ermitaños primitivos. El Bautismo lo ha lavado en la
lustración purificadora; el sacerdote lo ha signado
con la Cruz, ungido con el Santo Crisma; la Comunión
eucarística lo transforma en copón viviente.
Después de la muerte, la Iglesia lo inciensa y lo
lleva en triunfo. ¿No era el templo del Espíritu
Santo?
Esmérate por
que él también venga a ser lo que es. Gracias
a él y al funcionamiento satisfactorio de sus
órganos es como tu alma podrá gozar
conscientemente de la presencia de Dios en ella.
Guárdate de que una severidad indiscreta te
incapacite para sostener un coloquio prolongado con el
Huésped interior. Si María hubiera padecido
jaqueca, la entrevista de Betania perdiera de su
colorido.
No puedes, sin
alegrarte, pensar en lo que pasa en el fondo de ti mismo...
En el instante en que tomas alimento, recreo o sueño,
el Padre, en tu alma, engendra a su divino Hijo. Su Palabra
es de una actualidad incesante: "Yo, hoy, te he engendrado"
(Sal 2,7).
Trata de percibir
con la fe algo de esos intercambios de amor y alabanza entre
las divinas Personas, que son la vida de la Trinidad, su
gloria que irradia en tu alma. El "Gloria Patri..."
que jalona tu salmodia es sólo un eco, si bien el
más fiel, de la alabanza que se tributan mutuamente
"los TRES".
La gloria del Padre
es su Hijo que refleja a la perfección todos sus
atributos. Es su Palabra interior su canto. Le ensalza como
la fuente de todos los bienes divinos, el
"Principio".
La gloria del Hijo
es el Padre que testifica, al engendrarlo perfecto como El,
su trascendente hermosura.
La gloria del
Espíritu Santo es el gozo mutuo del Padre y del Hijo,
su beso sustancial.
Pídele una y
otra vez que te haga menos insensible a ese grandioso himno
al que se refieren todos los actos de religión, es
decir, todos los actos de tu vida de Ermitaño,
orientada a la glorificación de Dios.
Al repetir, en
unión de la Trinidad, ese inefable "Gloria", comulgas
a su beatitud. Tal es la suprema consolación del
Desierto, la única que pueda legítimamente
codiciar el Ermitaño. Por una gota de esa
alegría los santos lo abandonaron todo. En tu retiro,
esfuérzate por que tu corazón sintonice con el
de Dios, y tu gozo se sitúe en lo que constituye la
felicidad de cada una de las Personas divinas.
El gozo del Padre es
su Hijo, su expresión perfecta, es la palabra que lo
engendra: "Tú eres mi Hijo" (Sal 2,7), es ese Verbo
semejante en todo al Padre, imagen viviente suya, hacia el
que le impele toda su ternura y que le devuelve amor por
amor en igualdad perfecta.
La alegría
del Hijo es su Padre, de quien recibe todo cuanto es en
sí mismo, ese Padre que de un solo acto agota en
favor suyo toda su fecundidad, al comunicarle la naturaleza
divina con sus perfecciones: su felicidad. consiste en estar
"en el seno del Padre" (Jn 1, 18) y en amarle con ese matiz
de infinita gratitud.
La alegría
del Espíritu Santo es la alegría misma del
Padre y del Hijo, fundiéndose en esta tercera
Persona. Amor sustancial de las dos primeras Personas, es
llamado el Corazón de Dios. Es un canto, una fiesta
divina, es el eco sublime del Amor. Es en Dios el foco de la
alegría y de la dicha.
No hay
alegría humana que se pueda comparar con esa
felicidad divina. El Ermitaño sabe que es un bien no
ajeno a su vocación, ni menos una tesis que descifrar
en los libros, un espectáculo lejano cuya inasequible
esplendidez tornaría su Tebaida aún mas
antipática.
Es en ti, templo de
la divinidad, donde palpita ese corazón de Dios, es
en el centro de tu alma donde se explaya esa maravillosa
vida trinitaria. Haz tuyo este dicho de un teólogo:
"En este momento actual que se me va en naderías,
Dios todo entero se ocupa (en mí) en dar nacimiento a
su Hijo coeterno" (Régnon).
Eres hijo adoptivo y
como tal habitas en el seno de la familia divina, presentado
e introducido por Jesús: "Padre, quiero que los que
me has dado estén también donde Yo
esté" (Jn 17,24).
Y ¿dónde
está Jesús? "En el seno del Padre". La fe y la
caridad, participación del conocimiento que Dios
tiene de si mismo y del amor que se da a si mismo, te
sumergen en la corriente vital de la circumincesión.
¿No es ése el sentido de la oración de
Jesús: "Que ellos sean uno como nosotros somos uno,
Yo en ellos y Tú en mi"? (cf. Jn 17,20).
En el Eremitorio
ésa será tu vida interior: asociarte con toda
la continuidad posible al canto de gloria y de amor de las
Tres divinas Personas, en comunión con Jesús,
el cual asume tus actos personales y los eleva, valorizados
al infinito, hasta Dios. Según el atractivo del
momento únete al Padre para celebrar la gloria del
Hijo, al Hijo para. exaltar la gloria del Padre, al
Espíritu Santo para saborear la alegría de la
Trinidad entera.
Todo ello
sólo es posible vivirlo en la fe, en la desnudez del
espíritu y el silencio. Ninguna criatura, ninguna
imagen te servirá, toda vez que lo creado te revela
la naturaleza de Dios, pero nada te dice de su vida. Es
menester, para llegar ahí, desbordar las cosas
terrenas y olvidarlas. El día que del fondo de tus
entrañas ascienda un deseo verdadero que te arranque
el ansia del salmista: "Como suspira la cierva por las aguas
vivas, así te anhela a ti mi alma, ¡oh Dios! ",
sabrás que Dios llama a tu puerta y quiere cenar
contigo (Ap 3,20). Es el Espíritu del Hijo, que Dios
ha derramado en tu corazón, el que dama: "Abba,
Padre", el que con gemidos inenarrables pide por ti "lo que
corresponde a las miras de Dios" (Rom 8,26-27), es, a saber,
tu perfecta unión con El.
Ese es el
último "porqué", el último
"cómo" del desasimiento del Ermitaño, por
qué sigue a la letra el consejo del Señor, "se
retira a su celda, cierra tras de si la puerta y ora al
Padre, que está ahí en lo secreto (Mt 6,6). Lo
hace materialmente, y más aun espiritualmente con el
recogimiento intensivo de la celda interior que favorece el
Eremitorio.
No pases
ningún escrúpulo por no dedicar sino poco
tiempo a las "devociones", por no sobrecargarte de
intenciones particulares; la oración oficial de la
Iglesia provee a todo, y el honor que rinde a los Santos en
sus Oficios, la eficacia apostólica de sus
súplicas, aventajan infinito tus homenajes e
intercesiones privadas. La Epístola a los Hebreos
dice que Jesús, en el cielo, "está siempre
viviente para interceder por nosotros" (Heb 7,25). Lo hace
sin requerimientos formulados, con la sola presencia de la
marca gloriosa de las cicatrices de la Pasión,
memorial de su amor y obediencia. Tu ser entero, por su
consagración y el fervor de tu caridad, pide por
sí solo que el nombre de Dios sea santificado, que su
reino venga, que su voluntad se haga.
El Ermitaño
puede, con pleno derecho, considerarse como agregado ya a la
grandiosa liturgia de la Eternidad que nos describe el
Apocalipsis. Tiene su puesto entre las "minadas de
minadas", y los "millares de millares" de Ángeles y
Santos reunidos en torno al solio de Dios, y dice con
potente voz: "Al que está sentado en el Trono y al
Cordero la bendición, el honor, la gloría y la
dominación por los siglos de los siglos" (Ap
5,11-14).
Si la liturgia
monástica que celebras está simplificada hasta
el límite, si se te proporcionan largas horas de
soledad y de santo ocio, es para permitir que tu alma,
liberada de toda traba, anticipe, en cuanto sea posible, lo
que será nuestra vida eterna. No por eso
confíes en que ya no sabrás de la pesadez y el
hastío de las oraciones desoladas. Toda la fiesta es
para la fe y el amor. La alegría es la de Dios, no la
tuya, en lo que podría tener de sensible.
Por miserable que
seas, la adoración, en la cual tu egoísmo no
puede tener la menor cabida, será siempre para ti una
salida dichosa de tu "yo" obsesivo. La felicidad de Dios
será tu felicidad: ese es el supremo
desinterés de la caridad verdadera.
Que en el Templo de
tu alma resuenen sin cesar las bellísimas
aclamaciones de Gloria: "Gloria a Dios en lo más alto
de los cielos. Te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te
glorificamos y te damos gracias por tu gloria
inmensa..."
Puesto que en el
Desierto ninguna voz se eleva fuera de la tuya, habrá
al menos un sitio en la tierra donde Dios es adorado
puramente...
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