- Dom
Esteben Chevevière
- El
Eremitorio
- Espiritualidad
del Desierto
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- EPÍLOGO
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- LA
CELDA
- "Me
ha llevado a la sala del festín y la
bandera que sobre sí alzó es el
AMOR"
- (Can
2,4)
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De todas estas
riquezas, las primeras semanas de celda no te
descubrirán gran cosa, tal vez nada.
Confórmate humildemente con aburrirte y dar vueltas.
Tienes el corazón en carne viva por todo cuanto
acabas de dejar, y en las paredes enjalbegadas nada se
dibuja sino sólo un Crucifijo y una Virgen. Hay
aún demasiado tumulto en tu imaginación y tu
sensibilidad como para que te cautive lo Invisible.
Habías soñado con esta casita que tu
fantasía te pintaba hermana de la del autor de la
imitación de Cristo. En ella estás... y te dan
escalofríos. Te entran ganas de fugarte.
Ten paciencia. Ora.
Organízate "incontinenti" un ciclo de
ocupaciones, lecturas, algún trabajito sobre la
Biblia o cualquier otro tema espiritual de tu gusto. Poco a
poco descubrirás y saborearás la
mística de la celda. Los que la han cantado en
términos emotivos que han atravesado los siglos no
eran novicios, puedes creerlo, y lo mismo que tú, han
probado, de buenas a primeras, su austeridad.
La celda del
Ermitaño es una vivienda única en su
género. No es el despacho de un eclesiástico,
ni la habitación de un jesuita o de un mendicante. El
solitario duerme, trabaja, come y se solaza en su celda.
Pero su carácter distintivo está en que ella
es todo su universo. Salvo sus visitas a la iglesia, no debe
buscar nada fuera. Todo se le da ahí, en su
minúsculo coto.
Todos los tesoros
del Desierto, del Monte y del Templo, de tal forma
están ligados a ella que el Ermitaño que la
abandone sin un motivo de peso controlado por la obediencia,
los pierde al momento. Fuera, nada encuentra, a él no
le aprovecha. El Ermitaño está sometido a la
celda para la subsistencia del alma.
Es un refugio contra
las miasmas del mundo; un lugar santo en que el Señor
se hace el encontradizo, sostiene entrevistas secretas con
el alma que, por su amor, en ella se recoge, dando de mano a
todo lo demás. Es aquella "bodega" (Can 2,4) donde el
Amado introduce a su amada para embriagaría con su
presencia y sus dones.
Entregarse en ella a
futilidades sería profanarla. En la celda da Dios
audiencia al alma solitaria. Llegado a los confines de la
vida terrestre, desprendido de las contingencias que hacen
gemir a tantas almas sedientas de Dios, pegadas como
están a las duras condiciones de la existencia, el
Ermitaño da comienzo a su eternidad en el gozo del
Señor.
Si eres generoso
veras surgir de la sombra, poco a poco, ese mundo divino en
medio del cual vivías sin tener conciencia de
él, porque el relumbrón y el alboroto del otro
impedía que se manifestara. A tu vez,
experimentarás, embelesado, que nunca está uno
menos solo que cuando está solo.
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