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Filocalia
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Antonio
el Grande
Antonio
el Grande, conocido también como "Antonio el
Ermitaño" o "San Antonio de Egipto," vivió
entre los años 250 y 356, aproximadamente. De familia
cristiana, más bien rico, habiendo quedado
huérfano de muy joven y con una hermana
pequeña a su cargo, un día fue fuertemente
golpeado por la palabra del Señor al joven rico: Si
quieres ser perfecto, ve, vende todo aquello que posees,
dalo a los pobres y tendrás un tesoro en los Cielos.
Luego, ven y sígueme (Mt 19:21). Sintiéndose
aludido, enseguida empezó a vender lo que
poseía y a darse a una vida de oración y
penitencia en su misma casa. Después de algún
tiempo, confió a su hermana a una comunidad de
vírgenes, y llevó una vida de oración y
penitencia en su misma casa. Después de algún
tiempo, confió a su hermana a una comunidad de
vírgenes, y llevo una vida solitaria no lejos de su
pueblo, poniéndose bajo la guía de un anciano
asceta de quien se alejara, luego, para retirarse en el
desierto, en una de las tumbas que se encontraban en aquella
región.
Su ejemplo fue
contagioso, y cuando se retiró al desierto de Pispir,
el lugar no tardó en ser invadido por cristianos. Lo
mismo sucedió cuando sucesivamente se retiró
cerca del litoral del Mar Rojo. La vida consagrada al
Señor, en soledad o en grupos, ya era una costumbre,
pero con Antonio, el fenómeno asumió
dimensiones siempre más amplias, tanto que podemos
llamar a Antonio - según una conocida
expresión de entonces, - "el padre de la vida
monástica."
También en
Occidente su influencia fue grandísima, sobre todo
gracias a la rápida difusión de la Vida,
escrita por Atanasio poco después de la muerte de
Antonio. Atanasio había conocido bien a Antonio en su
juventud. La biografía que escribió debe ser
considerada como un documento histórico de peso, si
bien, obviamente, al escribirla, el autor ha usado
procedimientos corrientes en la literatura de su tiempo,
como el de poner en boca del protagonista largos discursos
nunca pronunciados de esa forma y extensión, pero en
los cuales se quiere recopilar, en una síntesis
orgánica y vívida, las que fueron,
efectivamente, las ideas más trascendentes del
protagonista, por él expuestas - o, más
simplemente, por él vividas - en las más
variadas situaciones.
Se atribuyen a
Antonio siete cartas escritas a los monjes, además de
otras dirigidas a diversas personas. De la Vita Antonii
escrita por Atanasio existe una óptima
traducción italiana con un texto latino que la
antecede, en las ediciones Mondadori/ Fundación
Lorenzo Valla, 1974, a cargo de Christine Mohrmann. Se puede
también ver una reciente traducción francesa
de las Cartas de San Antonio en la colección
Spiritualité Orientale N. 19, Abbaye de
Bellefontaine.
Advertencia sobre la
índole humana y la Vida Buena
Sucede que a los
hombres se los llama, impropiamente, razonables. Sin
embargo, no son razonables aquellos que han estudiado los
discursos y los libros de los sabios de un tiempo; pero
aquellos que tienen un alma razonable, y que están en
condiciones de discernir entre lo que está bien y lo
que está mal, aquellos que huyen de todo lo que es
maldad y que daña el alma, mientras que se adhieren
solícitamente a poner en práctica todo lo que
es bueno y útil al alma, y hacen todo esto con mucha
gratitud respecto de Dios, solamente estos últimos
pueden ser llamados, en verdad, hombres razonables.
El hombre
verdaderamente razonable tiene un solo deseo: creer en Dios
y agradarle en todo. En función de esto -y solamente
de esto - formará su alma, de modo que sea del agrado
de Dios, dándole gracias por el modo admirable con
que su providencia gobierna todas las cosas, incluso los
eventos fortuitos de la vida. Está, pues, fuera de
lugar, agradecer a los médicos por la salud del
cuerpo aun cuando nos suministran fármacos amargos y
desagradables, y ser ingratos con respecto de Dios por las
cosas que nos parecen penosas, sin reconocer que todo sucede
de la forma debida, en nuestra ventaja, según su
Providencia.
Puesto que el
conocimiento y la fe en Dios son la salvación y la
perfección del alma.
Hemos recibido de
Dios la continencia, la paciencia, la temperancia, la
constancia, la soportación, y otras virtudes
similares a éstas, como excelentes y válidas
fuerzas. Éstas, con su resistencia y su
oposición, acuden en nuestra ayuda frente a
dificultades de esta tierra. Si las ejercitamos y las
mantenemos siempre prontas, nos ayudarán de tal modo
que nada de lo que nos suceda nos parecerá
áspero, doloroso o intolerable. Nos alcanzará
con pensar que todo pertenece a la realidad humana, y es
doblegado por las virtudes que están en nosotros. Por
cierto, que esto no lo pensarán los insensatos:
éstos no creen que todo evento es para bien, que
sucede como debe suceder para ventaja nuestra, a fin de que
las virtudes resplandezcan y que recibamos de Dios la
corona.
Considera
cómo la posesión de bienes y el uso de
riquezas son solamente una ilusión efímera y
reconoce que la vida virtuosa y grata a Dios es algo mejor
que la riqueza. Si haces de este pensamiento una
meditación convencida y lo guardas en tu memoria, no
gritarás ni gemirás de dolor, no
culparás a nadie, sino que por todo darás
gracias a Dios, viendo que los que son peores que tú,
confían en la elocuencia y en las riquezas. Porque la
concupiscencia, la gloria y la ignorancia son las peores
pasiones del alma.
El hombre razonable,
al meditar sobre cómo debe actuar, evalúa lo
que le conviene y lo beneficia, y ve cómo algunas
cosas son buenas para su alma y la mejoran, mientras que
otras le son extrañas. De este modo, él huye
de lo que perjudica a su alma como realidad extraña y
que es capaz de alejarlo de la inmortalidad.
Cuanto más
modesta es la vida de uno, tanto más éste es
feliz. No tiene que preocuparse por tantas cosas, tales como
siervos, campesinos, ganado. Si nos precipitamos en estos
quehaceres, tropezaremos con las penas que de ellos surgen y
nos lamentaremos de Dios: con nuestra voluntaria
concupiscencia, la muerte, como una planta, será
regada y permaneceremos perdidos en las tinieblas de la vida
pecaminosa, impotentes de conocernos a nosotros
mismos.
No debemos declarar
que es imposible para el hombre conducir una vida virtuosa.
Debemos más bien decir que ésta no es
fácil ni está al alcance de la mano de
cualquiera. Toman parte de una vida virtuosa todos aquellos
que, de entre los hombres, son píos y dotados de un
intelecto amante de Dios: porque el intelecto ordinario y
mundano es también voluble, produce pensamientos ya
sea buenos como malos, es mudable por naturaleza y sus
cambios tienden a la materia. Mientras, el intelecto ocupado
por el amor de Dios está al resguardo de la malicia
que el hombre voluntariamente se procura por su
descuido.
Los incultos y los
rústicos consideran cosa risible los razonamientos y
no quieren escuchar, pues su falta de formación
sería puesta en evidencia y querrían que todos
fueran como ellos. Es así que también en su
forma de vivir y en sus modales, tratan de que todos sean
peores que ellos pues piensan que podrán pasar por
irreprochables, gracias al pulular de los
mediocres.
El alma debilitada
va a la perdición, arrollada por la malicia que
acarrea consigo la disolución, la soberbia, la
insaciabilidad, la ira, la desconsideración, la
rabia, el homicidio, el gemido, la envidia, la avaricia, la
rapiña, los afanes, la mentira, la voluptuosidad, la
pereza. la tristeza, el miedo, la enfermedad, el odio, la
acusación, la impotencia, la aberración, la
ignorancia, el engaño, el olvido de Dios. En
éstas y otras cosas similares es castigada el alma
infeliz que se separa de Dios.
Aquellos que quieren
practicar la vida virtuosa, pía, gloriosa, no deben
hacer sus elecciones basándose en costumbres
artificiosas o en la práctica de una vida falsa. Por
el contrario, deben, tal como lo hacen los escultores y los
pintores, demostrar con sus propias obras si vida virtuosa y
conforme a Dios, y rechazar como trampas todos los malos
placeres.
Comparado con las
personas sensatas, el que es rico y noble pero falto de
disciplina espiritual y de toda virtud de vida, es un
infeliz. Pero el que es pobre y esclavo en cuanto a
condiciones de vida, pero adornado de disciplina y de
virtud, éste es feliz.
Como los extranjeros
que se pierden en las calles, también aquellos que
descuidan llevar una vida virtuosa, parecen desviados por
sus propias concupiscencias.
Son denominados
plasmadores de hombres aquellos que saben cultivar a los
incultos y les hacen amar los razonamientos y la
instrucción.
Del mismo modo,
debemos denominar plasmadores de hombres a aquellos que
convierten a los desenfrenados a la vida virtuosa y grata a
Dios: éstos replasman a los hombres. Pues humildad y
continencia significan felicidad y esperanza buena para las
almas de los hombres.
Es bueno, en verdad,
para los hombres, conducir de la debida manera las
costumbres y la conducta de su vida. Cumplido con esto, se
torna fácil conocer lo que concierne a Dios: aquel
que rinde culto a Dios con pleno corazón y fe, es
apoyado por Él para que pueda dominar su
cólera y su concupiscencia que son las causas de todo
mal.
Es llamado hombre
aquel que es razonable o el que soporta ser corregido. Pero
al incorregible se lo debe llamar salvaje, porque su estado
es propio de los salvajes. Y de éstos hay que
alejarse, porque al que convive con la malicia no le
será nunca posible llegar a estar entre los
inmortales.
Cuando la
racionalidad nos asiste verdaderamente, nos hace dignos de
ser llamados hombres. Si abandonados la racionalidad, nos
diferenciamos de los brutos sólo en cuanto a la
estructura de nuestros miembros y por nuestra voz. Que el
hombre bien dispuestos admita que es inmortal y, en
consecuencia, odiará toda baja concupiscencia que es
para los hombres la causa de su muerte.
Cada arte organiza
la materia de la cual dispone y demuestra así su
propio valor. Está el que trabaja la madera o el que
trabaja el bronce; otros, el oro o la plata. Y así
nosotros también, una vez que conocemos cómo
conducir una vida honesta y una conducta virtuosa y grata a
Dios, debemos demostrar que somos hombres verdaderamente
razonables en cuanto a nuestra alma y no solamente por la
estructura de nuestro cuerpo. El alma verdaderamente
razonable y amante de Dios reconoce enseguida todo lo que
hay en la vida.
Hace propicio a Dios
con amor y a Él da gracias con verdad, porque es
hacia Él que se proyecta todo su esfuerzo y toda su
capacidad reflexiva.
Los patrones dirigen
las embarcaciones de acuerdo con una ruta, a fin de no
estrellarse contra alguna roca sobre o bajo el agua. Del
mismo modo, quien ansía conducir una vida virtuosa,
debe escudriñar con cuidado lo que se debe hacer y
aquello de lo que debe huir. Y debe considerar la ventaja
que surge al seguir las veraces y divinas leyes, apartando
del alma, con un corte neto, los malos deseos.
Los patrones y los
aurigas cumplen con estudio y atención la tarea de la
que se ocupan. De la misma manera, es necesario que el que
practica la vida recta y virtuosa ponga todo estudio y
preocupación en vivir de un modo conveniente y grato
a Dios. El que realmente lo desea y entiende que puede
hacerlo, procede creyendo hacia la
incorruptibilidad.
Considera libres no
a aquellos que lo son en cuanto a su condición
externa, sino a aquellos cuyo modo de vivir y de actuar es
libre. Porque no conviene llamar realmente libres a los
príncipes que son malvados o desenfrenados:
éstos son esclavos de las pasiones de la materia. La
libertad y la felicidad del alma están constituidas
por la límpida pureza y el desprecio por las
realidades temporales.
Recuerda que debes
probarte continuamente: harás esto mediante la buena
conducta y las obras mismas. Del mismo modo, los enfermos
reconocen o descubren a los médicos como salvadores y
bienhechores, no por sus palabras, sino por sus
obras.
El alma razonable y
virtuosa se da a conocer en su modo de mirar, de caminar, de
hablar, de sonreír, de discutir, de conversar...
Ésta transforma y corrige todo de la manera
más digna. Y ello sucede porque el intelecto, ocupado
por el amor de Dios es un custodio sobrio, que obstaculiza
el acceso a los malos y turbios pensamientos.
Examina lo que te
concierne y considera que los jefes y los patrones tienen
poder solamente sobre tu cuerpo, pero no sobre tu alma: ten
siempre presente este pensamiento. Por este motivo, si ellos
cometen homicidios, acciones equivocadas o injustas y
dañinas para el alma, no debes obedecerles, ni
siquiera si someten tu cuerpo a los tormentos: Dios ha
creado el alma libre y dueña de sí misma para
actuar bien o mal.
El alma razonable se
aleja prestamente de los caminos por los cuales no le
conviene transitar: el de la altanería, el del
desenfado, el del engaño, el de la envidia, el de la
rapiña y así sucesivamente. Todas éstas
son obras de los demonios y de una determinación
malvada. Por el contrario, con celo y estudio perseverante,
todo es posible para el hombre que no permite que su
concupiscencia sea libre de lanzarse sobre los malos
placeres.
Los que conducen una
vida modesta y alejada del lujo, no caen en los peligros ni
necesitan custodios sino que, venciendo la concupiscencia en
todo, encuentran fácilmente el camino que conduce a
Dios.
A los hombres
razonables no les es necesario ocuparse de múltiples
discursos, sino sólo de aquellos verdaderamente
útiles y guiados por la voluntad de Dios. Es
así que los hombres se acercan de nuevo a la vida y a
la luz eterna.
El que busca la vida
virtuosa y ocupada por el amor de Dios debe abstenerse de
estimarse a sí mismo y a toda gloria vacía y
mentirosa, para aplicarse con buena disposición a
esta vida, y a una conveniente enmienda de su propio juicio:
el intelecto estable y amante de Dios es un medio de
ascensión hacia Dios y camino hacia
Él.
No trae ninguna
ventaja el aprendizaje de los tratados si el alma no conduce
una vida aceptable y grata a Dios: causa de todos los males
son la divagación, el engaño y la ignorancia
de Dios.
La meditación
sobre la vida perfecta y el cuidado del alma hace a los
hombres buenos y amantes de Dios. Puesto que el que busca a
Dios lo encuentra, vence en todo a la concupiscencia y no se
aparta nunca de la plegaria: tales hombres no temen a los
demonios.
Los que se dejan
desviar de las esperanzas de esta vida y conocen solamente
de palabra las acciones que conducen a una vida perfecta,
sufren algo parecido a la desgracia de aquellos que, aun
poseyendo los remedios y el instrumental de arte
médico, no saben usarlos ni se preocupan por
aprender.
En tal caso, no
debemos acusar por los pecados en los que caemos ni a
nuestra constitución ni a otra cosa, sino sólo
a nosotros mismos. Puesto que, si el alma elige
voluntariamente el descuido, es inevitablemente
vencida.
Al que no sabe
discernir entre el bien y el mal, no le es lícito
juzgar a los buenos y a los malos. Bueno es el hombre que
conoce a Dios, y si el hombre no es bueno, no sabe nada ni
nunca será conocido: pues el medio de conocer a Dios
es practicar el bien.
Los hombres buenos y
amantes de Dios reprochan de frente, a los hombres, si
éstos están presentes, por el mal practicado.
Pero no los insultan si están ausentes, ni siquiera
lo permiten a quien trate de decir algo.
Manténgase
alejada de las conversaciones toda grosería: porque
el pudor y moderación son adornos propios de los
hombres razonables más aun que de las
vírgenes. El intelecto ocupado por el amor a Dios es
la luz que ilumina el alma, como el sol ilumina el
cuerpo.
Frente a cualquier
pasión que pueda sorprenderte, recuerda que para
aquellos que tienen un recto sentir y quieren disponer de
sus propias cosas de la manera debida y segura, no es
considerada como deseable la posesión corruptible de
las riquezas, sino que es preferible atenerse a las glorias
que son rectas y veraces. Éstas los hacen felices,
mientras que las riquezas pueden ser sustraídas y
sujetas a rapiña por parte de los más fuertes;
la virtud del alma es la única posesión
segura, inviolable y capaz de salvar después de la
muerte a aquellos que la han adquirido. Si tenemos
sentimientos como éstos, las ilusiones de la riqueza
y de los otros placeres no podrán
arrastrarnos.
No conviene que los
hombres inestables e incultos pongan a prueba a los hombres
que viven razonablemente. Tales son los hombres aceptados
por Dios: los que callan mucho, o bien hablan poco y de
cosas necesarias y gratas a Dios.
El que persigue la
vida virtuosa y amante de Dios, cuida las virtudes del alma
y las considera como su propia posesión y su eterno
regocijo. Se sirve de las realidades temporales,
según le es permitido y como Dios da y quiere: las
usa con toda alegría y gratitud, aunque observando
absolutamente en todo su justa medida. Los manjares
suntuosos dan placer a los cuerpos en cuanto a realidades
materiales, mientras que el conocimiento de Dios, la
continencia, la bondad, la beneficencia, la piedad y la
humildad deifican el alma.
Los poderosos que
fuerzan con su mano a ejercer actos equivocados y
dañinos para el alma no tienen, sin embargo,
ningún dominio sobre el alma misma, que ha sido
creada como dueña de sí misma. Ellos atan el
cuerpo, pero no la voluntad: el hombre razonable es su
dueño, gracias a Dios, su Creador. De este modo,
éste es más fuerte que toda autoridad, que
todo sometimiento y que toda potencia.
Los que consideran
como una desgracia la pérdida de las riquezas, de los
hijos, de los siervos o de cualquier otro bien, sepan que,
primero, hay que sentirse contentos con lo que Dios nos da,
y luego, cuando hay que devolverlo, esto debe ser hecho con
prontitud y generosidad. Y no debemos enojarnos por esta
privación o, mejor dicho, por esta
restitución, puesto que hemos hecho uso de cosas que
no son nuestras y que debemos restituir.
Es obra de hombre de
bien no malvender nuestro libre juicio para atender la
adquisición de riquezas, aun si, por casualidad, nos
encontráramos con una gran cantidad de las mismas.
Las realidades de esta vida son similares a un sueño
y la riqueza no ofrece más que apariencias inciertas
y efímeras.
Quienes son
verdaderamente hombres, tienen un celo tal de vivir
según el amor de Dios y la virtud, que su conducta
virtuosa resplandece sobre los otros hombres Así como
sucede cuando se coloca un detalle púrpura sobre las
partes blancas de los vestidos para adornarlos y se destaca,
poniéndose en evidencia, es así como los
hombres deben practicar con máxima y evidente solidez
las virtudes del alma.
Los hombres
deberán examinar la fuerza que poseen y de
cuánta virtud interior disponen. Y así se
prepararán y resistirán a las pasiones que los
asaltan, de acuerdo con la fuerza que tienen y conforme con
la naturaleza recibida como don de Dios. Por ejemplo contra
la belleza y cualquier concupiscencia perjudicial para el
alma, existe la continencia; frente a las fatigas y a la
indigencia, está la constancia; frente a los insultos
y el furor, está la paciencia; y así en
adelante.
Es imposible para el
hombre volverse bueno y sabio en un instante: esto se logra
con un fatigoso ejercicio, un modo de vida oportuno,
experiencia, tiempo, práctica y un gran deseo de
obrar el bien. El hombre bueno y amante de Dios, el hombre
que verdaderamente conoce a Dios, no cesa de hacer lo que
agrada a Dios, sin poner límites. Pero de tales
hombres hay pocos.
No deben las
personas poco dotadas, desesperando de sí mismas,
descuidar la vida virtuosa y dedicada a Dios,
despreciándola como inaccesible e inalcanzable para
ellas. Por el contrario, ellas deberán ejercitar su
fuerza y preocuparse por sí mismas. Puesto que,
aunque no pudiesen alcanzar el máximo de la virtud y
de la salvación, con el ejercicio y el deseo de
lograrlo se volverán mejores, o por lo menos, no
peores; y éste es un beneficio no pequeño para
el alma.
El hombre, por su
parte racional, está unido a la inefable y divina
potencia, mientras que su parte corporal está
emparentada con los animales. Y son pocos los hombres
perfectos y razonables que se preocupan de tener un
pensamiento acorde con su parentesco con el Dios Salvador
que se manifieste mediante las obras y la vida virtuosa. Los
más, sin embargo, dentro de la necedad de su alma
abandonan ese divino e inmortal parentesco, para acercarse
al de la muerte, infeliz y efímera, propia del
cuerpo. Como los brutos, tienen sentimientos carnales y son
afectos a la voluptuosidad; de tal modo se alejan de Dios y
arrastran el alma desde el Cielo hasta el Infierno, debido a
su propio deseo.
El hombre razonable,
que reflexiona sobre su comunión y su relación
con Dios, no amará nunca nada de lo terrenal o
mezquino: tiene su intelecto vuelto hacia las cosas celestes
y eternas. Éste conoce cuál es la voluntad de
Dios: salvar al hombre. Y tal deseo es para los hombres
causa de toda cosa buena y fuente de bondades
eternas.
Cuando encuentres a
alguien que contienda y contradiga la verdad y la evidencia,
cesa toda discusión y retírate, pues sus
capacidades racionales se han endurecido como piedra.
Incluso los mejores vinos, de hecho, se estropean por el
agua de calidad inferior. Del mismo modo, los malos
discursos corrompen al que lleva una vida y un pensamiento
virtuoso.
Si nos proponemos
con solicitud y diligencia, huir de la muerte corporal,
tanto más debemos ser solícitos y escapar de
la muerte del alma; pues el que quiere ser salvado, no tiene
otro impedimento más que la negligencia y el descuido
de la propia alma.
El que se fatiga en
comprender las cosas útiles y los buenos discurso, es
considerado desventurado. Pero en cuanto a los que,
comprendiendo la verdad, impudentemente discuten, tienen
muerta la razón y su manera de ser es similar a la de
las fieras. No conocen a Dios, y su alma no es
iluminada.
Dios, con su
palabra, ha creado las especies animales para usos variados.
Algunas son de uso comestible, otras para prestar servicios.
Luego ha creado al hombre, cual espectador de éstas y
de sus trabajos, en condición de conductor. Por lo
tanto, los hombres deben proponerse no morir como ciegos,
sin haber comprendido a Dios y a sus obras, como sucede con
las bestias que no razonan. Es necesario que el hombre sepa
que Dios todo lo puede. No hay nada que pueda oponerse a
quien todo lo puede. Él ha hecho de esto, que no es
todo, lo que Él quiere, y obra con su palabra para la
salvación de los hombres.
Las cosas que
están en el Cielo son inmortales, a raíz del
bien que en ellas existe. Pero las de la Tierra se han
vuelto corruptibles, debido a la voluntaria malicia que
está intrínseca en ellas. Tal malicia proviene
de los insensatos, de su descuido, y de su ignorancia de
Dios.
La muerte, para los
hombres que la comprenden, es sinónimo de
inmortalidad. Pero para los rústicos, que no la
comprenden, significa muerte. Pero no es esta muerte que
debemos temer, sino la perdición del alma, que
consiste en la ignorancia de Dios. Esto sí, es
verdaderamente terrible para el alma.
La malicia es una
pasión proveniente de la materia; por lo tanto, no
hay cuerpo privado de malicia. Pero el alma racional,
comprende esto, sacude el peso de la materia, que es la
malicia, y, librada de ese peso, conoce al Dios de todas las
cosas y se mueve con respecto al cuerpo, como si enfrentara
a un enemigo y adversario, no concediéndole ninguna
ventaja. De esta manera, el alma es coronada por Dios, por
haber vencido las pasiones de la malicia y de la
materia.
La malicia, una vez
conocida por el alma, es odiada como una bestia
fétida; pero si es ignorada, es amada por aquel que
no la conoce, y ella, de este modo, lo retiene prisionero,
reduciendo a la esclavitud a su amante. Y éste,
sintiéndose infeliz y miserable, no ve ni entiende lo
que le es útil; por el contrario, cree que
está bien acompañado por la malicia y se
complace de ello.
El alma pura es
buena y es, por lo tanto, iluminada y esclarecida por Dios.
Es entonces que el intelecto comprende el bien y produce
razonamientos llenos de amor a Dios. Pero cuando el alma es
enlodada por la malicia, Dios se aleja de ella o, mejor
dicho, el alma misma se aparta de Dios, y entonces demonios
salvajes penetran en el pensamiento y sugieren al alma actos
despreciables, tales como: adulterios, homicidios,
rapiñas, sacrilegios y cosas similares, cosas todas
que son obra de los demonios.
Los que conocen a
Dios están llenos de buenos pensamientos y, en su
afán por las cosas celestes, desdeñan las
realidades de esta vida. Éstos no son queridos por
muchos, ni sus ideas son del agrado de muchos. Tanto es
así, que no sólo son odiados, sino
también objeto de burla. Sin embargo, aceptan sufrir
lo que sea, dentro de la indigencia en que se encuentran,
sabiendo que, si bien esto parece un mal para la
mayoría, para ellos es un bien. El que comprende las
cosas celestes, cree en Dios y reconoce que toda criatura
proviene de su voluntad. El que no comprende, ni siquiera
cree que el mundo es obra de Dios y que fue hecho para la
salvación del hombre.
Los que están
llenos de malicia y aturdidos por la ignorancia, no conocen
a Dios, pues su alma no está en estado de sobriedad.
Dios es inteligible pero no visible, y se manifiesta en las
cosas visibles, como el alma en el cuerpo. Como es imposible
que el cuerpo subsista sin el alma, así
también, todo lo que se ve y existe, no puede
subsistir sin Dios.
¿Para
qué fue creado el hombre? Para que, considerando a
las criaturas de Dios, contemple y glorifique a quien todo
esto creó para el hombre. El intelecto que acoge el
amor de Dios, es un bien invisible donado por Dios a quien
es digno por su vida buena.
Es libre el que no
es esclavo de los placeres. Por el contrario, gracias a su
prudencia y temperancia, domina su cuerpo y se conforma, con
mucha gratitud, con lo que le es dado por Dios, aunque fuera
muy poco. Cuando hay sintonía entre el intelecto
amante de Dios y el alma, todo el cuerpo está en paz,
aun sin quererlo. Porque si lo quiere el alma, todo impulso
corporal puede ser controlado.
Los que no
están conformes con los bienes que actualmente
poseen, sino que aspiran a tener más, se someten
voluntariamente a las pasiones que desordenan el alma,
agregando pensamientos y fantasías nefastos. Estos
bienes acarrean males y son un verdadero impedimento,
así como lo son las túnicas demasiado largas
que impiden correr. Así también los afanes
desmedidos por conseguir una riqueza excesiva, no permiten a
las almas ni luchar, ni salvarse.
Si nos sentimos
forzados a hacer algo, y lo hacemos contra nuestra voluntad,
encontramos en ello una prisión y un castigo. Ama,
pues, las condiciones actuales en que vives, porque si
tú las conllevas sin gratitud, te castigas a ti mismo
sin darte cuenta. Hay un solo camino para lograr esto: el
desprecio por las realidades de esta vida.
Así como
obtuvimos de Dios la vista para reconocer las cosas que se
pueden ver, para entender lo que es blanco y cual es la
tinta de los colores oscuros, así también Dios
nos ha dado la racionalidad para discernir lo que es bueno
para el alma. La concupiscencia, una vez que ha sido
separada del pensamiento, genera la voluptuosidad y no
permite la salvación del alma o su unión con
Dios.
No constituye un
pecado lo que se produce según natura; pero lo que
implica una elección voluntaria es malo No es pecado
comer, pero lo es comer sin agradecer, sin decoro ni
continencia, cuando no se ayuda al cuerpo a permanecer vivo
sin incurrir en mal pensamiento alguno. Del mismo modo, no
es pecado mirar puramente, pero que lo es cuando se mira con
envidia, con soberbia y avidez. También es pecado
escuchar sin calma, con cólera, y no moderar la
lengua -reservada para dar gracias y para orar -
usándola, por el contrario, para la calumnia.
También es pecado que las manos no trabajen para dar
una limosna, sino para matar y robar, Como éstos, hay
otros ejemplos: cada miembro peca cuando hace el mal en
lugar del bien, contra la voluntad de Dios, actuando
según su propia determinación.
Sin dudas de que
cada acción es observada por Dios, observa como
tú, que eres hombre y barro, puedes al mismo tiempo,
observar hacia diversos puntos y comprender.
¡Cuánto más Dios, quien lo ve todo,
incluso un grano de mostaza, quien da vida a todo y a todos
nutre como quiere!
Cuando cierras la
puerta de tu casa y estás solo, debes saber que esta
contigo el ángel que Dios ha reservado para cada
hombre, y que los griegos llaman "numen tutelar."
Éste, insomne y no sujeto a engaño,
está siempre contigo. Todo lo ve, y las tinieblas no
son un obstáculo para él. Debes saber que
también está con él Dios, que
está en todo lugar. No hay, de hecho, lugar o materia
donde Dios no se encuentre, porque Él es superior a
todos y a todos encierra en su mano.
Si los soldados
juran su fe al César, porque él es quien los
provee de alimentos, ¿ con cuánto mayor celo no
deberíamos nosotros rendir incesantemente gracias a
Dios, con voces que nunca se acallen y rendirnos gratos a
Aquel que ha creado para el hombre todas las
cosas?
Los buenos
sentimientos con respecto de Dios y la vida buena, son un
fruto del hombre que es grato a Dios. Pero los frutos de la
tierra no maduran en una hora; es necesario que haya tiempo,
lluvias y cuidados. Del mismo modo, los frutos de los
hombres resplandecen con la práctica, el ejercicio,
el tiempo, la constancia, la continencia y la
soportación. Y si, por causa de alguna de estas
cosas, alguien te considera piadoso, no te creas a ti mismo
mientras habites tu cuerpo, y ninguna de tus cosas te
parezca que es del gusto de Dios: debes saber que no es
fácil para el hombre custodiar hasta el final su
impecabilidad.
Para los hombres,
nada es tan precioso como la palabra: la palabra es tan
poderosa que, justamente con la palabra, servirnos a Dios y
le agradecernos. Pero si usamos palabras no buenas o
injuriosas, condenamos nuestra alma. El hombre obtuso culpa
a su propia naturaleza o a otra cosa, atribuyéndole
el motivo de su pecado, ¡mientras hace uso voluntario
de palabras o acciones indebidas!
Si nos preocupamos
por cuidar los males de nuestro cuerpo, a fin de no ser
criticados por otros, tanto más necesario es estar
alertas y curar las pasiones del alma - que serán
juzgadas ante la presencia de Dios - para no ser encontrados
faltos de honor o aun ridículos. Teniendo la libertad
de elegir - si así lo deseamos - no llevar a cabo
malas las acciones a las que nos empuja la concupiscencia,
podemos y tenemos la facultad de vivir de modo grato a Dios,
y nadie nunca podrá, si no lo querernos, obligarnos a
realizar algo malo. Y efectivamente es luchando como seremos
dignos de Dios, y tendremos un modo de vida similar al de
los ángeles en los Cielos.
Eres esclavo de las
pasiones si lo quieres y, si lo deseas eres libre y no te
someterás a ellas. Pues Dios te ha creado con esa
libertad. Quien vence las pasiones de la carne es coronado
con la inmortalidad. Si no existieran las pasiones, tampoco
existirían las virtudes, y ni siquiera las coronas
con las cuales Dios gratifica a los hombres dignos de
ellas.
Los que no ven lo
que les sienta y quieren indicar a otros lo que es bueno,
tienen el alma ciega y su capacidad de discernimiento se ha
atrofiado. Por lo tanto, no hay que prestarles
atención, para no tropezar también nosotros,
como los ciegos, con los mismos males.
No debemos montar en
cólera con los que pecan, aunque su actuar es
condenable y digno de castigo. Debemos convertir a quien ha
caído, por motivo de justicia, y castigarlo
también, si fuera oportuno, ya sea personalmente o
por medio de otros. Pero no debemos encolerizarnos ni
enfurecernos, porque la cólera actúa sobre la
justicia solo de forma pasional, no con discernimiento. Del
mismo modo, no debemos tolerar siquiera al que hace
misericordia sin motivo alguno. Debemos castigar a los
malvados, por el bien y la justicia, y no por nuestra
pasión de cólera.
Sólo nuestra
posesión del alma es segura e inviolable. Consiste en
vivir virtuosamente, agradando a Dios, con el conocimiento y
con la práctica de las cosas buenas. La riqueza es
ciertamente una guía ciega y una consejera insensata.
El que la usa mala y voluptuosamente, envía a la
perdición a su alma que se ha vuelto
obtusa.
Es necesaria que los
hombres no tengan nada superfluo o, si lo poseen, sepan con
certeza que todo lo que hay en esta vida es, por naturaleza,
corruptible, que nos es quitado con facilidad, y que se
puede perder y romper. Por lo tanto, no se deben descuidar
las consecuencias que ello acarrea.
Debes saber que los
dolores del cuerpo son propios del cuerpo por naturaleza,
pues éste es corruptible y material. Es preciso que
el alma cultivada produzca respecto de tales pasiones,
constancia y tolerancia, con gratitud, y que no se lamente a
Dios por el cuerpo que le concedió.
Los que compiten en
las Olimpíadas no ganan con la primera, segunda o
tercera victoria, sin cuando han ganado a todos aquellos que
participan en la carrera. De tal modo, es necesario que
quien quiera recibir la corona de Dios ejercite su alma en
la moderación, no solamente en lo que respecta a las
cosas del cuerpo, sino también con respecto a las
ganancias, a las rapiñas, a la envidia, a las
voluptuosidades, a las glorias vanas, a las palabras
injuriosas, a los homicidios, y así
sucesivamente.
No busquemos una
vida buena y dedicada al amor a Dios por la alabanza humana.
Debemos elegir la vida virtuosa, persiguiendo la
salvación de nuestra alma. Es necesario que veamos,
cada día, a la muerte frente a nosotros y que
consideremos cuán inciertas son las cosas
humanas.
Está en
nuestro poder vivir con moderación, mientras que no
está en nuestro poder enriquecernos. ¿Y entonces
qué hacer? ¿Debemos arrastrar la condena sobre
nuestra alma, a cambio de la efímera ilusión
de las riquezas, que no nos es permitido adquirir? ¿0
aunque fuera por el deseo de poseerlas? ¡Corremos como
verdaderos insensatos, ignorando que la primera de las
virtudes es la humildad, así como las primeras de
todas las pasiones son la gula y la concupiscencia por las
cosas de la vida!
El que ha sido
dotado de sensatez debe recordar incesantemente que,
aceptando en esta vida pequeñas fatigas de breve
duración, podrá gozar después de la
muerte de eterna felicidad y delicias. Por tanto, el que
lucha contra las pasiones y quiere recibir la corona de
Dios, si cae, no pierda el ánimo, que no permanezca
en su caída, desesperando de sí mismo; debe
levantarse y combatir de nuevo y así alcanzará
la corona. Hasta el último suspiro deberá
levantarse cuando cae: las fatigas del alma son las armas de
las virtudes y se tornan medios de salvación para
ella.
Las contingencias de
la vida hacen que los hombres y los luchadores dignos
reciban la corona de Dios. Es, pues, necesario que en su
existencia ellos hagan morir sus miembros a las realidades
de esta vida: el que está muerto, no se preocupa
más por las cosas de esta vida.
No es propio del
alma razonable y luchadora, el turbarse e intimidarse al
presentarse las pasiones, no queriendo ser objeto de burla
por ser pusilánime. Efectivamente, el alma que se
deja turbar por las apariencias de esta vida se aparta de lo
que la beneficia. Porque las virtudes del alma preceden a
los bienes eternos, mientras que las malicias voluntarias de
los hombres se convierten en causa de castigos.
El hombre razonable
es combatido por los sentidos de la razón, que tiene
en sí mismo como pasiones del alma. Hay cinco
sentidos en el cuerpo: la vista, el olfato, el oído,
el gusto y el tacto. Mediante estos cinco sentidos, el alma
infeliz, cayendo en sus cuatro pasiones, es hecha
prisionera. Estas cuatro pasiones son: la vanagloria, el
gozo, la cólera y el miedo. Cuando el hombre,
mediante la prudencia y la reflexión, con una lucha
intensa, domina las pasiones, no es más combatido:
encuentra la paz del alma y recibe de Dios la corona del
vencedor.
Entre aquellos que
se cobijan entre los albergues, algunos encuentran una cama;
otros, aunque no encuentran un lecho y duermen sobre el
piso, ¡roncan como si durmieran en una cama! Luego, al
llegar el alba, dejan el albergue y se van, llevando consigo
solamente lo propio. Del mismo modo, todos aquellos que
están en esta vida, tanto los que viven modestamente,
como los que gozan de riquezas y de gloria, se irán
como de un albergue. Y no se llevarán ninguna de las
delicias de esta vida ni de sus riquezas, llevarán
solamente sus obras, buenas o malas, que hayan llevado a
cabo a lo largo de su vida.
Si tú gozas
de autoridad, no cedas fácilmente a la
tentación de amenazar de muerte a alguien, sabedor de
que tú, por naturaleza, también estás
destinado a morir, y que el alma desviste al cuerpo como de
una última túnica. Con clara conciencia de
esto, ejercita la humildad y, actuando bien, sé
siempre del agrado de Dios. Pues el que no tiene
compasión, no posee ninguna virtud.
Es imposible, no hay
ninguna salida para rehuir de la muerte. Sabiendo esto, los
hombres verdaderamente razonables, ejercitados en las
virtudes, con un pensamiento amante de Dios, aceptan la
muerte sin gemidos, sin temor ni luto; piensan que ella es
inevitable y que nos libera de los males de esta
vida.
A los que olvidan el
modo de vivir buenamente, agradando a Dios, a los que no
tienen en cuenta las doctrinas rectas y plenas del amor de
Dios, a éstos no debemos odiarlos, sino que debemos
tener piedad de ellos, como de alguien que está
privado de la capacidad de discernimiento, como si estuviera
ciego en su corazón y en su intelecto. Éstos
aceptan el mal como si fuera el bien y se precipitan hacia
la perdición por ignorancia. ¡No conocen a Dios
estos infelicísimos, estos hombres con el alma
insensata!
Evita hablar con
muchos de la piedad y de la vida honesta. No lo digo por
celos, sino porque considero que parecerías
ridículo a los insensatos: porque cada uno se alegra
por lo que le es afín, aunque este tipo de discurso
tiene poca audiencia y más bien rara. Es mejor no
hablar sino de lo que Dios quiere para la salvación
del alma.
El alma sufre junto
al cuerpo, pero el cuerpo no sufre junto al alma Si, por
ejemplo, el cuerpo es sometido a cortes, también el
alma sufre; cuando es vigoroso y sano, las pasiones del alma
también gozan. Pero si el alma reflexiona, no por
ello reflexiona el cuerpo, que queda relegado a sí
mismo, porque el reflexionar es una pasión del alma,
así como también lo es la ignorancia, el
orgullo, la incredulidad, la concupiscencia, el odio, la
envidia, la cólera, el descuido, la vanagloria, la
negación y la percepción del bien. Este tipo
de cosas es tarea del alma.
Sé pío
cuando reflexionas en las cosas de Dios. Sin envidia,
sé bueno, demuestra buen talante, sé humilde
liberal según tus posibilidades, sociable, opuesto a
los altercados. He aquí como podemos agradar a Dios
mediante tales cosas, no juzgando a nadie, no diciendo de
terceros: tal es un malvado y ha pecado. Debemos, más
bien, buscar nuestros propios males y observar por nosotros
mismos nuestro modo de vida, a fin de comprender si es grato
a Dios. Qué nos importa si otro es malo?
El que es
verdaderamente un hombre, se esfuerza por ser pío.
Pero lo es el que no tiene concupiscencia por lo que le es
ajeno, y es ajeno al hombre todo lo que ha sido creado.
Así él, en cuanto imagen de Dios,
despreciará todo.
Pero el hombre es
imagen de Dios cuando vive con rectitud, en modo grato a
Dios; no es posible serlo, si no nos separamos de las
realidades de esta vida. El que tiene un intelecto amante de
Dios, conoce todo el provecho y toda la piedad que Él
mismo infunde en el alma. El hombre que ama a Dios no acusa
a nadie por lo que él mismo peca, y esto es indicio
de un alma que se salva.
¡Cuántos
buscan con la violencia los bienes efímeros y son
agredidos por el apetito de cometer obras perversas,
ignorando la muerte y la ruina de su propia alma, y no
atendiendo, los infelices, lo que es mejor para ellos, sin
pensar en lo que sufren los hombres después de la
muerte, por obra de la malicia!
La malicia es una
pasión de la materia. Dios no es responsable de la
malicia. Él ha dado a los hombres conocimiento,
ciencia, discernimiento entre el bien y el mal, y libertad.
Pero lo que genera las pasiones de la malicia son la
negligencia y el descuido de los hombres. Dios no es para
nada responsable de todo ello. Los demonios se volvieron
pérfidos por una elección del pensamiento, y
así sucede esto con la mayoría de los
hombres.
El hombre que
convive con la piedad no permite que la malicia se
insinúe en su alma; y cuando no hay malicia, el alma
se encuentra al abrigo de todo peligro y de todo
daño. Las personas de esta índole no
están dominadas ni por un infausto demonio ni por el
destino, porque Dios las libera de los males y viven
protegidas contra todo daño, tal como le sucede a los
dioses. Y si alguien alaba a un hombre como éste,
él se ríe de quien lo hace; si se lo critica,
no se excusa con quien lo insulta, ya que no se excita por
lo que de él se habla.
El mal acecha a la
naturaleza como la herrumbre al cobre y la suciedad al
cuerpo. Y sin embargo, el herrero no ha inventado la
herrumbre, ni nadie ha creado la suciedad; así,
tampoco Dios ha hecho la malicia. Él ha dado al
hombre el conocimiento y el discernimiento para que huya del
mal sabiendo que de él solamente obtiene daño
y castigo. Ten cuidado pues de que no suceda que, viendo a
alguien con poder y riquezas, tú, iluso por el
demonio, lo llames beato. Que acuda enseguida la muerte ante
tus ojos, y entonces la concupiscencia no te
arrastrará a favor de lo que hay de malo en esta
vida.
Nuestro Dios ha
concedido la inmortalidad a aquellos que están en los
Cielos mientras que para aquellos que están en la
Tierra ha creado la transformación. Le ha dado la
vida y el movimiento a todo, y, todo ha sido creado para
beneficio del hombre. No te dejes arrastrar, pues, por la
ilusión que despliega el demonio a propósito
de las vanidades de esta vida. Cuando él
insinúe en tu alma un ardiente y pérfido
deseo, piensa de inmediato en los bienes celestes y
convéncete a ti mismo, diciéndote: "Si me lo
propongo, tengo la posibilidad de vencer también esta
lucha desencadenada por la pasión, pero no
ganaré si quiero alcanzar el fin de mi deseo." No
dejes de combatir esta lucha que puede salvar tu
alma.
La vida es la
unión y la conjunción del intelecto, del alma
y del cuerpo. La muerte, por otro lado, no es la
destrucción de las fuerzas conjuntas, sino la
disolución de su recíproca relación.
Para Dios todas las cosas pueden ser salvadas, aun
después de esta disolución.
El intelecto no es
el alma, sino un don de Dios que salva el alma. El intelecto
grato a Dios previene el alma y le da consejo para que
desprecie lo que es efímero, material, corruptible, y
ame los bienes eternos, incorruptibles, inmateriales, y para
que el hombre camine en su cuerpo penetrando y contemplando
lo que está en los Cielos, lo que concierne a Dios y
a todas las cosas, mediante su intelecto. Y el intelecto
amante de Dios es bienhechor del alma humana y de su
salvación.
El alma, no bien se
encuentra en su cuerpo, es prestamente oscurecida y enviada
a la perdición por la tristeza y la voluptuosidad. La
tristeza y la voluptuosidad son como humores del cuerpo.
Pero el intelecto amante de Dios se les opone, entristece el
cuerpo y salva el alma, como el médico que corta y
quema las heridas infectas.
Todas las almas que
no fueron guiadas por la racionalidad y gobernadas por el
intelecto para que éste aparte, detenga y gobierne
las pasiones, es decir, la tristeza y la voluptuosidad;
todas estas almas, perecen como los animales sin
razón, porque su racionalidad es arrastrada por las
pasiones, como un auriga cuyos caballos se le han
desbocado.
Constituye una
gravísima enfermedad del alma, su destrucción
y su perdición, el no conocer a Dios, quien ha hecho
todas las cosas para el hombre y le ha donado intelecto y
razón mediante los cuales el hombre,
elevándose, se une a Dios, comprendiendo y
glorificándolo.
El alma está
en el cuerpo, y en el alma está el intelecto, y en el
intelecto, la razón. Comprendido y glorificado
mediante estas realidades, Dios convierte al alma en
inmortal, concediéndole incorruptibilidad y delicias
eternas; porque Dios ha concedido el ser a cuantos nacen,
solamente por bondad.
Dios, bueno y sin
celos, luego de haber creado al hombre libre, le ha dado el
poder, si lo quiere, de agradarle. Y place a Dios que en el
hombre no haya malicia. Si entre los hombres se alaban las
buenas obras y las virtudes del alma santa y amante de Dios,
y se condenan las acciones viles y malvadas,
¿cómo no va a querer esto Dios, que quiere la
salvación del hombre?
Lo que es bueno para
el hombre, lo recibe de Dios, en cuanto bueno. Justamente
por ello él ha sido creado por Dios. Pero el mal es
sacado por el hombre de sí mismo, empujado por la
fuerza de la malicia, de la concupiscencia y de la obtusidad
que están en él.
El alma
desconsiderada, aun siendo inmortal y dueña del
cuerpo, lo sirve mediante la voluptuosidad, y no piensa que
las delicias del cuerpo son dañinas para el alma.
Ésta, habiéndose vuelto estúpida y
fatua, sólo se ocupa de regocijar el
cuerpo.
Dios es bueno, el
hombre es pérfido. Nada hay de malo en el Cielo ni
nada hay de bueno en la Tierra. Pero el hombre razonable
elige lo mejor, conoce al Dios de todas las cosas, le da
gracias y le canta alabanzas; se horroriza de su cuerpo
antes que de la muerte, y no permite que las sensaciones
malvadas consuman su obra, arruinándolo.
El hombre malvado
ama la sensualidad y desprecia la justicia; no piensa en la
incertidumbre, en la inestabilidad ni en la breve
duración de la vida; tampoco reflexiona sobre la
inexorabilidad de la muerte, que ninguna donación de
dinero podría evitar. Y si un viejo es vil e
insensato, se encuentra inepto para cualquier uso, como un
leño putrefacto.
Cuando hemos
experimentado la tristeza, entonces somos sensibles a los
placeres y a la alegría. Por cierto, no bebe con
gusto el que antes no ha experimentado sed; ni come de buen
agrado quien no ha sentido hambre; ni duerme con ganas quien
no ha sentido un gran sueño, ni es sensible al
júbilo el que antes no se ha visto entristecido. Del
mismo modo, no podremos disfrutar de los bienes eternos, si
no despreciamos lo que es efímero.
La razón
está al servicio del intelecto: lo que el intelecto
desea, la razón lo expresa.
El intelecto ve
también todo lo que está en el Cielo, y nada
lo nubla si no es el mero pecado. Para el que es puro, nada
es incomprensible, así como nada para la razón
es inexpresable.
A causa de su
cuerpo, el hombre es mortal, pero por su intelecto y por su
razón, es inmortal. Callando, comprendes; si has
comprendido, hablas. En el silencio, el intelecto genera la
palabra. Las palabras de agradecimiento ofrecidas a Dios, se
convierten en salvación para el hombre.
El que dice cosas
irrazonables, no tiene intelecto. Porque habla entender
nada. ¡Atiende más bien a lo que debes hacer por
la salvación de tu alma!
La razón
unida al intelecto y útil para el alma es un don de
Dios. Una razón llena de tonterías busca las
medidas del Cielo y de la Tierra y sus distancias, el
tamaño de Sol y de las estrellas, siendo todo ello
una invención del hombre que persigue vanidades. En
vano busca, en su desenfado, cosas inconducentes, como el
que quiere recoger agua con un cedazo. No está al
alcance de los hombres el conseguir tales cosas.
Nadie, al mirar al
Cielo, puede comprender lo que hay allí, no siendo el
hombre que se preocupa por conducir una vida virtuosa y
comprende y glorifica a Aquel que todo lo ha hecho por la
salvación y la vida del hombre. Un hombre así,
un hombre noble, sabe con certeza que nada existe sin Dios.
Dios, como ser infinito, está por doquier y en todas
las cosas.
Así como el
hombre sale del vientre materno, así el alma sale del
cuerpo, desnuda. Ésta, pura y luminosa;
aquélla con las manchas propias de sus fallas; esta
otra, negra por sus muchas caídas. Por tanto, el alma
razonable y amante de Dios, reflexionando y considerando las
penas que le llegarán después de la muerte,
regula su vida en la piedad, para que no sea condenada ni
caiga en esas penas. Aquellos que no creen, los que viven
despreciablemente y pecan, menospreciado las cosas del
más allá, ¡son hombres con un alma
insensata!
Así como una
vez salido del vientre materno, te olvidas de lo que
allí habita, así, una vez salido del cuerpo,
no recuerdas lo que está en el cuerpo.
Así como una
vez salido del vientre materno, tu cuerpo se fortalece y
crece, así, una vez que has salido del cuerpo puro y
sin mancha, serás más fuerte, incorruptible, y
vivirás en el Cielo.
Así como, una
vez que el cuerpo ha sido formado en el vientre, es
necesario que nazca a la vida, del mismo modo una vez que el
alma ha cumplido la norma establecida por Dios, es necesario
que salga del cuerpo.
Así como
tratas a tu alma mientras se encuentra en tu cuerpo, del
mimo modo ella te tratará, una vez que ha salido de
tu cuerpo. En efecto, el que aquí se ha servido de su
cuerpo para estar bien y entregarse a la lujuria, se ha
tratado mal a sí mismo para los momentos que siguen a
su muerte. Puesto que, como un insensato, ha condenado su
propia alma.
Así como el
cuerpo que ha salido del vientre materno incompleto no puede
crecer, del mismo modo, el alma que ha salido del cuerpo sin
haber llevado a cabo el conocimiento de Dios mediante una
vida buena, no puede ser salvada o unirse a Dios.
El cuerpo unido al
alma sale de la oscuridad del vientre a la luz. Pero el alma
unida al cuerpo permanece atada a las tinieblas del cuerpo.
Es conveniente, pues, odiar y castigar al cuerpo en su
calidad de enemigo y adversario del alma. El exceso de
comida y la gula excitan en los hombres las pasiones de la
malicia. Mientras que la continencia del vientre humilla las
pasiones y salva el alma.
En el cuerpo, la
vista es dada a los ojos; en el alma, es dada por el
intelecto. Y así como el cuerpo privado de ojos
está ciego y no ve el sol, la tierra toda, el mar
centellante, y ni siquiera puede gozar de la luz, del mismo
modo el alma que no tiene un intelecto bueno y un honesto
modo de vida, está ciega y no contempla a Dios,
creador y benefactor de todos, no lo glorifica ni puede
acceder al gozo de su incorruptibilidad y de los bienes
eternos.
La ignorancia de
Dios significa insensibilidad y fatuidad. El mal es generado
por la ignorancia, mientras que el bien surge en los hombres
por el conocimiento de Dios y salva el alma. En
consecuencia, si no estás dispuesto a llevar a cabo
tus deseos, si eres sobrio y conoces a Dios, mantén
tu intelecto dirigido hacia las virtudes. Pero si
estás dispuesto a cumplir con tus intenciones
maliciosas, que están dirigidas a la voluptuosidad -
ebrio, debido a la ignorancia de Dios - , estás
destinado a la perdición de los brutos, sin
considerar los males que te aquejarán después
de la muerte.
Se denomina
providencia a lo que sucede por decreto divino, como por
ejemplo, el surgir del sol o el atardecer de cada día
y el fructificar de la tierra. Del mismo modo, se denomina
ley lo que sucede por decreto humano. Todo ha sido hecho
para el hombre.
Todo lo que Dios
hace, lo hace para el hombre, porque Él es bueno.
Todo lo que el hombre hace, lo hace para sí mismo, ya
sea el bien como el mal. Para que tú no te asombres
al comprobar la prosperidad de los malvados, debes saber
que, así como los gobiernos mantienen a los verdugos,
a quienes, aunque no alaban sus pésimas intenciones,
ordenan ajusticiar a aquellos que son dignos de castigo, del
mismo modo Dios permite que los malvados opriman a los vivos
y así castiguen a los despiadados por su intermedio.
Pero, al final, éstos también serán
enviados a juicio, por haber maltratado a los hombres, no en
calidad de ministros de Dios, sino para servir a sus propios
instintos.
Los que rinden culto
a los ídolos, si conocieran y vieran con el
corazón a qué están prestando culto, no
errarían, alejados de la verdadera piedad,
¡infelices! Mas bien, viendo el decoro, el orden y la
providencia que Dios pone en todas las cosas,
conocerían mejor a Aquel que ha hecho estas cosas
para el hombre.
El hombre puede
matar, puesto que es malo e injusto. Dios, sin embargo, no
cesa de donar la vida, incluso a los indignos. Él
está, de hecho, limpio de celos y es bueno por
naturaleza, por esto ha querido que el mundo fuera hecho, y
fue hecho. Y fue hecho para el hombre y para su
salvación.
Es hombre el que ha
comprendido que el cuerpo es corruptible y efímero.
Éste también entiende lo que es el alma, como
ésta es divina, inmortal, inspiración de Dios,
y como está ligada al cuerpo para probarlo y para su
deificación. Quien ha comprendido lo que es el alma,
vive de modo recto y grato a Dios, no obedece al cuerpo,
sino que, mirando a Dios con el intelecto, contempla y
comprende los bienes eternos donados por Dios al
alma.
Puesto que Dios es
siempre bueno y sin celos, ha dado al hombre la libertad de
elegir entre el bien o el mal, donándole el
conocimiento a fin de que, contemplando al mundo y lo que
éste contiene, conozca a Aquel que todo lo ha hecho
para el hombre. Pero puede darse que los impíos
quieran no entender. También es posible que no crean,
que se equivoquen, o comprendan lo contrario de la verdad.
Hasta este punto el hombre es libre de elegir frente al bien
y frente al mal.
Es por orden de Dios
que, al crecer la carne, el alma se llena de intelecto: esto
sucede para que el hombre elija, entre el bien y el mal, lo
que le place más. Pero el alma que no elige el bien
no tiene intelecto. Porque todos los cuerpos tienen,
sí, un alma, pero no se dice que toda alma tenga
intelecto. Por cierto, el intelecto amante de Dios,
pertenece a los prudentes, a los santos, a los justos, a los
puros, a los buenos, a los misericordiosos y a los
píos. Y la presencia del intelecto constituye para el
hombre una ayuda en su relación con Dios.
Una sola cosa no es
posible para el hombre: el ser inmortal. Le es posible
unirse a Dios si comprende que puede hacerlo. Es así
como, queriendo, comprendiendo, creyendo y amando, por la
fuerza de un vivir honesto, el hombre llega a convivir con
Dios.
El ojo contempla lo
que le presenta. Sin embargo, el intelecto penetra lo
invisible. El intelecto amante de Dios es la luz del alma.
El que posea un intelecto amante de Dios, tiene el
corazón iluminado y con su intelecto, ve a
Dios.
Ningún hombre
bueno es vil, pero el que no es bueno es del todo malo y
amante del cuerpo. La primera virtud del hombre es el
desprecio de la carne. La separación de las cosas
efímeras y corruptibles - separación
voluntaria, no debida a la indigencia - nos convierte en
herederos de los bienes eternos e incorruptibles.
El que está
dotado de intelecto, se conoce a sí mismo, conoce lo
que es, sabe que es un hombre corruptible. El que se conoce
a sí mismo, conoce todo, sabe que cada cosa es una
criatura de Dios y que ha sido creada para la
salvación del hombre. El hombre tiene el poder de
comprender y creer rectamente. Un hombre así sabe con
certeza que el que desprecia las realidades de esta vida
encontrará menos afanes y que, después de la
muerte, recibe de Dios delicias y reposo eternos.
Así como el
cuerpo sin alma está muerto, así
también el alma, sin la actividad del intelecto, se
encuentra ociosa y no puede recibir a Dios en
herencia.
Dios escucha
sólo al hombre. Sólo al hombre, Dios se
muestra. Dios es amante de hombre, donde él
está, también está Dios. Sólo el
hombre es un digno adorador de Dios. Por el hombre, Dios se
transfigura.
Dios ha hecho todo
el cielo para el hombre y lo ha adornado de estrellas. Para
el hombre ha hecho la Tierra. Los hombres la trabajan para
sí mismos Los que no se perciben de tal providencia
de Dios, tienen un alma insensata.
El bien es invisible
como las realidades celestes. El mal es visible como las
realidades terrestres. Entre uno y otro, el hombre que tiene
intelecto, elige lo que es mejor. Porque sólo para el
hombre son inteligibles Dios y sus criaturas.
El intelecto
está en el alma, así como la naturaleza en el
cuerpo. Y el intelecto es la divinización del alma,
mientras que la naturaleza es la difusión del cuerpo,
La naturaleza está en todo cuerpo, pero no en toda
alma se halla el intelecto. Por tanto, no toda alma
está salvada.
El alma está
en el mundo por cuanto allí fue generada; el
intelecto está en el más allá, pues
allí fue ingenerado. El alma que comprende al mundo y
quiere ser salvada, observa de continuo una ley inviolable,
admitiendo para sí misma que la lucha y las pruebas
las va a tener que enfrentar aquí y ahora ¡no
siendo posible comprar al juez! ya que ésta puede
perecer o salvarse nada más que por un pequeño
y vil placer.
Dios ha creado la
generación y la muerte sobre la Tierra. En el Cielo,
providencia y decreto. Pero todo fue hecho para el hombre y
su salvación. Dios, quien no necesita de
ningún bien, ha creado para el hombre el Cielo y la
Tierra y los elementos, deseando darle por medio de
éstos, el goce de todos los bienes.
Las realidades
mortales están sujetas a las inmortales. Pero las
inmortales sirven a las mortales, es decir, los elementos al
hombre, gracias al amor por el hombre y a la bondad innata
de Dios creador.
El que se
empobreció y no puede causar ningún
daño, no puede ser tenido en cuenta por sus actos
entre los píos hombres. El que puede perjudicar y no
se sirve de su poder para el mal, sino que es considerado
con los más míseros por piedad hacia Dios,
éste será recompensado con bienes aquí
y más allá de su muerte.
Por amor al hombre
del Dios que nos ha creado, son numerosas las vías
hacia la salvación que convierten a las almas y las
conducen al Cielo. Las almas de los hombres reciben,
efectivamente, recompensas por las virtudes y castigos por
las transgresiones.
El Hijo está
en el Padre, y el Espíritu Santo en el Hijo, y el
Padre está en ambos. El hombre conoce, por fe, todas
las realidades invisibles e inteligibles. La fe es el
voluntario consentimiento del alma.
Aquellos que por
alguna necesidad o contingencia se ven obligados a nadar en
grandes ríos, si están sobrios se salvan: si
sucediera que las corrientes son violentas y fueran
arrastrados, si se aferran a algún arbusto que crece
en la orilla, aún se pueden salvar. Pero todos
aquellos que se encuentran en estado de embriaguez, aunque
en innumerables ocasiones se hayan ejercitado perfectamente
en la natación, al ser vencidos por el vino, son
sumergidos por la corriente y salen del mundo de los vivos.
Del mismo modo el alma, al incurrir en los remolinos y en
las agitadas corrientes de la vida, si no se ha tornado
sobria respecto a la malicia de la materia y, por lo tanto,
si no se conoce a sí misma, no sabe cómo ella,
divina e inmortal, ha sido ligada a la materia del cuerpo,
que es efímera, expuesta a múltiples
sufrimientos y mortal.
Así, el alma
es arrastrada por la perdición de los placeres
carnales y, despreciándose, ebria de ignorancia,
incapaz de ayudarse, perece y se encuentra fuera del
número de aquellos que se salvan. Muchas veces el
cuerpo, como un río, nos arrastra hacia placeres
inconvenientes.
El alma razonable,
manteniéndose inmóvil en su buena
determinación, guía sus potencias irascibles y
concupiscibles, sus pasiones irracionales, como a caballos:
venciéndolas, acorralándolas y
superándolas, ella es coronada y hecha digna de la
victoria de los Cielos, recibiendo del Dios que la ha creado
este premio por su victoria y sus fatigas.
El alma
verdaderamente razonable, viendo la suerte de los malos y el
bienestar de los impíos, no se turba al imaginar su
goces en esta vida, como hacen los insensatos. Porque bien
sabe ésta cómo la suerte es inestable, la
riqueza, incierta, la vida, efímera, y sabe
cómo la justicia no se deja corromper por donativos.
Y un alma tal, tiene fe de no ser descuidada por Dios, y de
que el alimento necesario le será
administrado.
La vida del cuerpo y
su goce entre grandes riquezas, teniendo poder mundano, es
la muerte del alma mientras que la fatiga, la
resignación y la indigencia vivida agradeciendo,
así como la muerte del cuerpo, son vida y felicidad
eterna para el alma.
El alma razonable
que desprecia la creación material y la vida
efímera, elige el regocijo celeste y la vida eterna,
recibiéndola de Dios, mediante un vivir
honesto.
El que tiene el
traje enlodado, ensucia la túnica de los que se le
acercan. Del mismo modo, los que tienen mala voluntad y una
conducta no recta, frecuentando y diciendo cosas inoportunas
a otros de mentalidad más simple, ensucian su alma
como con fango mediante el oído.
La concupiscencia es
el principio del pecado, mediante la cual el alma razonable
se pierde. Mientras que el amor es para el alma principio de
la salvación y del Reino de los Cielos.
El cobre, si es
descuidado y no es tratado con la debida atención,
por no haber sido utilizado por largo tiempo, es corrompido
por la herrumbre que lo recubre y pierde su belleza.
También el alma ociosa, descuidando el vivir honesto
y la conversión a Dios, se aleja con sus malas
acciones de la protección divina y, como el cobre por
la herrumbre, así es consumada por la malicia que
sigue al descuido - a causa de la materia del cuerpo - y se
encuentra privada de belleza e inútil para la
salvación.
Dios es bueno,
exento de pasiones o cambios. Si se considera como razonable
y verdadero que Dios no está sujeto a cambios, no se
entiende cómo Él se puede alegrar con los
buenos, despreciando a los malos, encolerizarse con los
pecadores, y luego, si se le rinde culto, tornarse propicio.
Hay que decir, sin embargo, que Dios ni se alegra ni se
enfurece, porque alegría y tristeza son pasiones; ni
tampoco se le puede rendir culto con dones, porque esto
significaría que Él puede ser conquistado por
el placer. No es lícito juzgar bien o mal al Divino
en base a las realidades humanas. Dios es solamente bueno,
hace solamente el bien, no daña nunca, porque tal es
su naturaleza. Si nosotros somos buenos a semejanza suya,
nos unimos a Él. Si por no tomarlo como modelo, nos
tornamos malos, nos separamos de Dios.
Viviendo
virtuosamente, nos unimos a Dios. Si nos adherimos al mal,
Él se convierte en nuestro enemigo, pero no se
encoleriza vanamente. Más bien, los pecados no
permiten que Dios resplandezca en nosotros, sino que nos
unen a los demonios por punición. Si con plegarias y
obras de bien logramos desprendernos de los pecados, esto no
significa que con nuestro culto inducimos a Dios a cambiar.
En realidad, al sanar nuestra malicia con nuestras buenas
acciones, y al convertirnos al Divino, nuevamente gozamos de
la divina bondad; por eso, si decimos que Dios se retrae de
los malos es como decir ¡que el sol se esconde a
quién le falta la vista!
El alma piadosa
conoce al Dios del Universo. "La piedad" no es otra cosa que
el hacer la voluntad de Dios y así conocerlo,
construyéndonos, sin envidia, moderados, humildes,
generosos según nuestras posibilidades, sociables, y
extraños a las disputas y todo lo que es grato a la
divina voluntad.
El conocimiento de
Dios y el temor a Él nos curan de las pasiones de la
materia. Así, cuando la ignorancia de Dios se une al
alma, las pasiones, que fueron descuidadas, pudren el alma:
ella es corrompida por la malicia, como una vieja herida.
Pero Dios no es responsable de esto, porque Él ha
enviado a los hombres ciencia y conocimiento.
Dios ha colmado al
hombre de ciencia y conocimiento, se apresura a purificar
las pasiones y la malicia voluntaria y quiere transferir lo
que es mortal a la inmortalidad, solamente a causa de su
bondad.
El intelecto que
está en el alma pura y amante de Dios, en realidad ve
al Dios increado, invisible e inexpresable, el único
puro para los puros de corazón.
Corona de la
incorrupción, virtud y salvación del hombre es
el llevar las desventuras de buen ánimo y dando
gracias. Además, el dominar la ira, la lengua, el
vientre, los placeres, constituye una enorme ayuda para el
alma.
La providencia
divina es aquella que tiene al mundo en sus manos. No existe
ningún lugar abandonado por la providencia. Es
providencia la palabra perfecta de Dios, la que da forma a
la materia que constituye al mundo, y es creadora. y
artífice de todas las cosas que son hechas. No es
posible que la materia se organice sin el poder descendiente
de la Palabra, que es imagen, intelecto, sabiduría y
providencia de Dios.
La concupiscencia
derivada del pensamiento, es la raíz de las pasiones
congénitas de las tinieblas. Y el alma que se
encuentra en el pensamiento de concupiscencia se ignora a
sí misma, ignora ser inspiración de Dios y es
llevada así al pecado, sin pensar ¡la insensata!
en los males que encontrará después de la
muerte.
La impiedad y el
amor por la gloria son la suma e incurable enfermedad del
alma, son la perdición. Efectivamente, la
concupiscencia del mal es la privación del bien. Y el
bien es hacer, sin avaricia, todo el bien que es grato al
Dios del universo.
Sólo el
hombre es capaz de recibir a Dios. Solamente a este ser vivo
habla Dios. De noche, por medio de los sueños; de
día, por medio de la mente. Y por intermedio de todo,
predice y preanuncia los bienes futuros a los hombres dignos
de Él.
Nada es
difícil para quien cree y quiere comprender a Dios. Y
si luego quieres también contemplarlo, observa el
orden y la providencia que hay en todas las cosas que por su
Palabra fueron hechas y creadas. Y todo es para el
hombre.
Se llama santo a
aquel que es puro de la malicia y de los pecados. Es por lo
tanto un grandísimo logro del alma, y que agrada a
Dios, que en el hombre no haya malicia.
El "nombre" es el
modo de indicar a uno con respecto a muchos. Es por lo tanto
insensato considerar que Dios - uno y solo - tenga otro
nombre. "Dios," pues, indica a aquel que existe sin
principio, aquel que todo lo ha hecho por el
hombre.
Si tienes conciencia
de haber actuado malvadamente, elimina las malas acciones de
tu alma, aguardando los bienes que vendrán: Dios es
ciertamente justo y amigo del hombre.
El hombre conoce a
Dios y es por Él conocido si se preocupa de no
separarse nunca de Dios. No se separa de Dios el hombre
bueno que en todo y por todo domina al placer: no por el
hecho de que dispone de poco placer, sino por su propia
voluntad y continencia.
Beneficia al que te
perjudica, y tendrás a Dios por amigo. No calumnies
en nada a tu enemigo. Ejercita el amor, la
moderación, la tolerancia, la continencia, etc. Todo
esto es conocimiento de Dios: siguiendo a Dios mediante la
humildad y las virtudes similares. Sin embargo éstas
no son obras para cualquiera, sino para almas dotadas de
intelecto.
Por cansa de
aquellos que con desprecio se atreven a decir que las
plantas y las hierbas tienen alma, he escrito este
capítulo, para conocimiento de los más
simples. Las plantas tienen la vida natural, pero no tienen
alma. El hombre es definido como un animal razonable, porque
tiene un intelecto y es capaz de hacer ciencia. Los otros
animales, ya sea los que están sobre la tierra como
los que están en el aire tienen voz, porque tienen
espíritu y alma. Y todo lo que crece y disminuye es
un ser viviente, porque vive y crece. Sin embargo, no tiene
alma. Hay cuatro especies distintas de seres vivientes. Los
unos son inmortales y están dotados de un alma como
los ángeles.
Otros tienen
intelecto, espíritu y alma, como los
hombres.
Otros tienen
espíritu y alma, como los animales. Otros tienen
solamente vida, como las planta. Y en las plantas la vida
subsiste sin alma, espíritu, intelecto, inmortalidad,
Pero ni siquiera el resto puede existir sin vida. Cada alma,
es decir cada alma humana, es siempre móvil, y va de
un lado a otro.
Cuando percibes
fantasías respecto a algún placer,
cuídate a ti mismo y no permitas que te arrastren,
sino que, poniéndote por arriba, recuerda la muerte y
piensa cómo es mejor tener la conciencia de haber
logrado vencer este engaño del placer.
Así como en
el engendramiento hay pasión, porque lo que accede a
la vida tiene corrupción, así en la
pasión hay malicia. Por tanto no digas: Dios pudo
eliminar la malicia.
Los que así
hablan son obtusos y tontos. No convenía ciertamente
que Dios quitara la materia: y estas pasiones vienen de la
materia. Pero Dios ha eliminado la malicia de los hombres
ventajosamente al darles intelecto, ciencia, conocimiento y
discernimiento del bien a fin de huir de la malicia,
sabiendo cómo la misma nos perjudica. El hombre
insensato sigue la malicia y se vanagloria. Luego, como
atrapado en una red, se debate, capturado allí
dentro.
Y ni siquiera puede
levantar la cabeza para ver y conocer a Dios, que todo lo ha
hecho para la salvación y la divinización del
hombre.
Las realidades
mortales son enemigas de sí mismas, porque conocen
por anticipado este fin de la vida que es la muerte. La
inmortalidad, por el hecho de que es un bien, es un legado
del alma santa, mientras que la mortalidad, por el hecho de
que es un mal, acompaña al alma mísera e
insensata.
Cuando, dando
gracias, vas a descansar, si piensas en los beneficios y en
la gran providencia de Dios por ti, colmado por un
pensamiento benéfico, te alegras más que
nunca, y el sueno de tu cuerpo se convierte en sobriedad del
alma.
Al cerrarse tus
ojos, verás la visión de Dios y tu silencio,
impregnándose de bondad, continuamente proclama
glorias al Dios del universo, con toda el alma y toda tu
fuerza. Porque una vez que la malicia ha sido alejada del
hombre, el rendimiento de gracias, aunque fuera eso
sólo, agrada a Dios más que todo precioso
sacrificio.
A Él la
gloria en los siglos de los siglos Amén.
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