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Filocalia
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Evagrio
el Monje
Evagrio, este hombre
sabio e insigne que floreció alrededor del año
380, fue promovido por el gran Basilio a la dignidad de
lector y, por el hermano de éste, Gregorio de Nisa,
fue ordenado diácono. Fue instruido en las Sagradas
Palabras por Gregorio el Teólogo: por éste fue
incluso nombrado archidiácono, cuando le fuera
encargada la iglesia de Constantinopla, según
Icéforo Calisto, libro 11, capítulo 42. A
continuación, abandonadas las cosas del mundo,
abrazó la vida monástica.
Siendo realmente
sutil al entender y habilísimo en exponer lo que
entendía, Evagrio ha dejado muchos y variados
escritos. De entre los mismos, han sido elegidos para este
libro, el presente discurso a los hesicastas y sus
capítulos sobre el discernimiento de las pasiones y
de los pensamientos, en cuanto que son textos muy oportunos
y de gran aplicación.
Las noticias a
propósito de Evagrio nos fueron proporcionadas
especialmente por Paladio en la Historia lausíaca
(texto griego e italiano en la edición, a cargo de
Ch. Mohrmann y C. J. Bartelink, Fundación L. Valla,
A. Mondadori 1974). Su nacimiento se sitúa alrededor
del año 345 en Íbora en el Ponto. Tal como nos
lo dice Nicodemo, fue promovido a lector y luego a
diácono.
Bastante tentado por
la vida mundana, en momento de serio peligro para su
castidad, mientras se encontraba en Constantinopla, a
continuación de un sueño premonitorio,
partió para Jerusalén. Allí
vivió por un breve período en la casa de
Melania la Anciana, ilustre dama romana, quien había
convocado a su alrededor, en el Monte de los Olivos una
comunidad monástica. Durante su estancia allí,
muchas dudas asaltaron a Evagrio, con respecto a su
decisión de abandonar el mundo pero, apoyado por
Melania y tomando como una nueva señal divina una
enfermedad que lo aquejara, partió hacia Egipto poco
después.
Se estableció
primeramente y por dos años, en el desierto de Nitria
y luego en las Celdas, donde vivió hasta su muerte
que sobrevino aproximadamente en el año
399.
Profundamente
convencido respecto del valor de la austera vida
monástica en el desierto, Evagrio la conoció -
y la vivió - acudiendo a las fuentes,
manteniéndose en frecuente contacto con Macario el
Grande, iniciador de la vida monástica en el desierto
de Scete, conociendo también al otro Padre Macario.
El ambiente en el cual Evagrio vivió hasta su muerte
su vida monástica contrastó, por cierto, con
la estructura intelectual de la cual estaba dotado y con su
gran cultura. No por ello dejó de sentir una profunda
admiración por la sabiduría práctica de
esos santos ancianos, frecuentemente provenientes de
familias campesinas pobres. Y más aún:
además de vivir esta vida del desierto, llegó
a ser un teórico de la misma.
Seguidor de
Orígenes, terminó, lamentablemente por
extremizar justamente las teorías más
discutibles de su maestro. Esto echó una sombra sobre
su figura, a tal punto, que muchos de sus escritos nos
fueron transmitidos al amparo de algún gran nombre de
ortodoxia más afirmada. El nombre de Evagrio fue
envuelto en la condena del origenismo y, por lo tanto,
condenado por el Concilio de Constantinopla III (680-681),
por el Concilio Niceno II (787) y por el Concilio de
Constantinopla IV (869-870).
De Evagrio se puede
encontrar traducido al francés el Tratado sobre la
plegaría en Y. Hausherr, Les leçons d'un
contemplatif : le traité de l'oraíson d'Evagre
le Pontique, Paris, Beauchesne, 1960, y el Tratado
práctico en la colección Sources
Chrétíennes 170-171. Tanto el Tratado sobre la
plegaria como el Tratado práctico, se pueden
encontrar traducidos
también al inglés, reunidos en un único
volumen, en las ediciones Cistercians Publications,
Massachusetts, Spencer, 1970.
A propósito del
discernimiento de las pasiones y de los
pensamientos
Entre los demonios
que se oponen a la práctica de las virtudes, los
primeros que adoptan una actitud de guerra son aquellos que
ostentan las pasiones por el buen comer, los que nos
insinúan el amor por el dinero, y los que nos
estimulan a buscar la gloria que proviene de los hombres.
Todos los demás vienen detrás de éstos
y reciben a los que han sido heridos por ellos.
Efectivamente, es
poco probable que se caiga en manos del espíritu de
la fornicación si no se cayó antes por gula. Y
no hay quien, habiendo sido turbado por la ira, no se haya
previamente encendido por los placeres de la buena mesa, por
las riquezas o por la gloria. Y no hay modo de huir del
demonio de la tristeza, si no se soporta la privación
de todas estas cosas. Así como nadie puede huir del
orgullo, primera camada del diablo; si no se ha erradicado
antes la raíz de todos los males, que es el amor por
el dinero, si es verdad, como dice Salomón, que la
indigencia hace al hombre humilde (Pr 10:4).
En breve: no sucede
que el hombre tropiece con el Demonio, si antes no ha sido
herido por esos tres males principales. Y también
delante del Salvador, el Diablo antepuso estos tres
pensamientos: primeramente exhortándolo a convertir
las piedras en panes, luego prometiéndole el mundo si
se postraba a sus pies, adorándolo, y como tercera
cosa, lo tienta con la posibilidad de que la gloria lo
cubriría si, cayendo de las almenas del templo, los
ángeles lo recogen y lo salvan, como Hijo de Dios que
es. Pero nuestro Señor, mostrándose superior a
todo esto, ordenó al Diablo que se alejara de
Él, enseñándonos así que no es
posible rechazar al Diablo si no se desprecian estos tres
pensamientos.
Todos los
pensamientos demoníacos introducen en el alma
conceptos relativos a objetos sensibles, y el intelecto,
compenetrándose de ellos, imprime en sí mismo
las formas de esos objetos. El alma reconoce, entonces, al
demonio que se asocia al objeto mismo. Por ejemplo: si en mi
mente se presenta la fisonomía de quien me ha
agraviado u ofendido, es evidente que surgirán en
mí pensamientos de rencor. Si surgiera el recuerdo de
las riquezas o de la gloria, recordaré claramente por
el objeto, cuál es el motivo de mi angustia. Lo mismo
sucede con los otros pensamientos: por el objeto
descubrirás quién es el que viene a
insinuarlos. Sin embargo, no quiero decir que todo recuerdo
de tales objetos provenga de los demonios. Porque es el
intelecto mismo, accionado por el hombre, el que produce las
imágenes de los acontecimientos. Provienen de los
demonios aquellos recuerdos que suscitan la ira o la
concupiscencia contra natura.
Con motivo de la
turbación que causan estas potencias, el intelecto,
mediante el pensamiento, comete adulterios y se embarca en
guerras, porque no puede acoger la imagen de Dios, su
legislador. En efecto, esa luminosidad se manifiesta al
principio fundamental del alma en el tiempo de la plegaria,
en la medida en que ésta se despoje de los conceptos
relativos a los objetos.
El hombre no puede
rechazar los recuerdos pasionales si no presta
atención a la concupiscencia y a la cólera,
disipando a la primera con ayunos, velando y durmiendo en el
suelo, y calmando a la segunda con actos de
soportación, de paciencia, de perdón y de
misericordia. De las pasiones antedichas surgen casi todos
los pensamientos demoníacos que empujan al intelecto
a la ruina y a la perdición. Pero es imposible
superar estas pasiones si no se desprecian totalmente los
manjares, las riquezas y la gloria y aun el propio cuerpo,
con motivo de aquellos pensamientos que tan a menudo lo
flagelan. Es absolutamente necesario, pues, imitar a
aquellos que se encuentran en el mar, en peligro, y que
echan por la borda los aparejos a causa de la violencia de
los vientos y de las olas. Pero llegados a este punto,
debemos guardarnos de desprendernos de los aparejos para ser
mirados por los hombres, o habremos ya recibido nuestra
merced, ya que otro naufragio más terrible que el
primero nos afligirá, y entonces soplará el
viento contrario, el del demonio de la vanagloria. Por
tanto, también el Señor nuestro de los
Evangelios, impulsando a nuestro intelecto que es el
capitán del barco, nos dice: Mirad que no
hagáis vuestra justicia delante de los hombres, para
ser visto por ellos: de otra manera no tendréis
merced de vuestro Padre que está en los Cielos (Mt
6:1). Y dice además: Y cuando recéis, no
seáis como los hipócritas; porque ellos gustan
de orar en las sinagogas y en los cantones de las calles, de
pie para ser vistos por los hombres: por cierto os digo, que
ya tienen su pago (Mt 6:5-16).
Pero en este punto
debemos prestar atención al médico de las
almas y observar como él cura la cólera con la
limosna, y con la oración purifica el intelecto, y
aún mas, diseca con el ayuno la concupiscencia: de
este modo surge el nuevo Adán, quien se renueva a
imagen de Aquel que lo ha creado, en el cual no existe - con
motivo de la impasibilidad - ni macho ni
hembra, y - basados en la única fe
- ni griego ni judío, ni circunciso ni incircunciso,
ni bárbaro ni escita, ni esclavo ni liberto, sino que
todo está en Cristo.
Los
sueños
Debemos indagar
cómo los demonios informan y configuran el principio
fundamental de nuestra alma en las fantasías que nos
acechan en el sueño. Esto le sucede al intelecto ya
sea cuando ve con los ojos o cuando oye con los oídos
o con cualquier percepción. A veces nos llegan por
medio de la memoria, que informa al principio fundamental
del alma, moviendo lo que ha recibido mediante el cuerpo. Me
parece pues, que los demonios informan al principio
fundamental de nuestra alma, moviéndonos la memoria,
pues el órgano es, en ese momento, mantenido inactivo
por el sueño. Debemos saber cómo se produce
ese movimiento de la memoria. ¿Será, acaso, por
medio de las pasiones? Esto es evidente, pues el que es puro
y está libre de pasiones, no pasa por cosas
similares. Sin embargo, existe un movimiento de la memoria
producido simplemente por nosotros mismos, o bien por las
santas potencias, en el cual encontramos a los santos y
somos sus comensales. Pero deberemos prestar
atención: esas imágenes que el alma recibe
conjuntamente con el cuerpo, serán luego movidas por
la memoria sin el cuerpo. Esto está claro por el
hecho de que a menudo pasamos por esto durante el
sueño, mientras que el cuerpo está
inmóvil. Pues puede suceder que nos acordemos del
agua ya sea que tengamos sed o no, y así sucede que
nos acordamos del oro ya sea con codicia o sin ella. Y los
mismo sucede con el resto. Sin embargo, el hecho de que
encontremos dichas diferencias entre las variadas
fantasías, es un indicio de su
artificiosidad.
Y aún
más: debemos saber que los demonios se sirven
también de objetos externos para suscitar sus
fantasías. Por ejemplo: del sonido de las olas, para
alguien que se dedique a la navegación.
Nuestra
irascibilidad, cuando se mueve contra natura, coopera en
mucho con los objetivos que los demonios se prefijan,
tornándose así utilísima para
cualquiera de sus engaños. Por tanto, éstos no
se hacen rogar para accionarla, de día o de noche. Y
cuando la ven contenida por la humildad, en seguida la
liberan con buenos pretexto, y así, tornándose
violenta, ésta sirve a sus pensamientos bestiales. Es
necesario, pues, no excitarla con ningún objeto, ni
justo ni injusto, evitando poner en mano de quien nos
sugestiona, un arma funesta, como sé que muchos
hacen, aferrándose más de lo necesario a
fútiles pretextos. Por cierto, dime, ¿por que
eres tan combativo? ¿No has despreciado ya manjares,
riquezas y gloria?
¿Por qué
crías a un perro, si has manifestado no poseer nada?
Si éste ladra y se echa sobre la gente, es claro que
es porque uno tiene algo y quiere defenderlo. Y estoy bien
seguro de que un hombre así está alejado de la
oración pura, porque sé que la irascibilidad
destruye esta oración. Y me asombra que olvides
también a los santos, mientras David grita: Cesa en
tu ira y deja la cólera (Sal 36:8). Y el
Eclesiastés recomienda: Aleja la cólera de tu
corazón, y quita la maldad de tu carne (Qo 11:10),
mientras el Apóstol nos ordena elevar, en todo tiempo
y lugar, manos puras sin iras ni disputas (1 Tm 2:8).
¿Y por qué no aprendemos de la antigua y
misteriosa costumbre de echar fuera de casa a los perros en
tiempo de oración? Ella nos demuestra,
alegóricamente, cómo no debe existir
cólera en el que reza.
Y también se
ha dicho: Hay cólera de dragones en su vino (Dt
32:33), ¡y sin embargo, los nacireos se
abstenían de tomar vino!
En cuanto al deber
de no preocuparse por los trajes o manjares, considero
superfluo escribir con respecto a esto, ya que el Salvador
mismo lo prohíbe en los Evangelios: no os
preocupéis por vuestra vida, por lo que
comeréis, por lo que tomaréis o por lo que
vestiréis. Esto concierne a los gentiles y a los
incrédulos, a los que rechazan la providencia del
Soberano, y reniegan del Creador, pero es cosa totalmente
ajena a aquellos cristianos que han creído que dos
pajarillos que se venden por un cuarto están bajo el
gobierno de los santos ángeles.
Pero los demonios
tienen también esta otra costumbre: después de
acosarnos con pensamientos impuros, nos infunden alguna
preocupación a fin de que Jesús se retire,
debido al caudal de ideas que acuden a nuestra mente, y su
Palabra se torne infructuosa, sofocada por pensamientos de
preocupación.
Pero una vez que los
hayamos depuesto y habiendo depositado toda nuestra
confianza en el Señor, conformándonos con las
cosas que tenemos, y pobres en cuanto a nuestro estilo de
vida y por la ropa que nos cubre, despojaremos cada
día a los padres de la vanagloria. Si alguno se
sintiere indecoroso por tener un traje pobre, que dirija su
mirada a san Pablo, quien esperó la corona de la
justicia en el frío y en la desnudez (2 Co 11:27).
Puesto que el Apóstol ha llamado a este mundo
"teatro" y "estadio," vemos cómo es posible que uno,
acompañado por pensamientos de preocupación,
corra hacia el premio de la suprema llamada de Dios (Flp
3:14) o luche contra los principados las potencias, los
dominadores cósmicos de las tinieblas de este siglo
(Ef 6:12). Aun entrenado en la observación de las
realidades sensibles, no se cómo esto es posible.
Está claro que el que viste la túnica, se
encontrará impedido de avanzar y arrastrado
aquí y allá, como el intelecto lo es por los
pensamientos cargados de preocupaciones, si creemos en la
palabra que dice que el intelecto debe estar constantemente
atento a su tesoro. Se ha dicho, en efecto: Donde
está tu tesoro, allí estará tu
corazón (Mt 6:21).
En cuanto a los
pensamientos, algunos de ellos separan y otros, son
separados. Es decir: los malos separan a los buenos y, a su
vez, los malos son separados por los buenos. Por lo tanto,
el Espíritu Santo atiende al primer pensamiento que
nos acude y en base a éste, nos juzga o nos recibe.
Quiero decir esto: tengo un pensamiento de hospitalidad y
seguramente lo tengo hacia el Señor, pero como se
acerca el Tentador, mi pensamiento es separado, porque
éste me sugiere brindar hospitalidad por amor a la
gloria. Y más aún: tengo un pensamiento de
hospitalidad, pero para ser visto por los hombres. Y sin
embargo, este mal pensamiento puede ser rescindido al acudir
un pensamiento mejor, el de pensar que es mejor dirigir la
virtud hacia el Señor e inducirnos a no hacer estas
cosas por los hombres.
Después de
mucha observación, hemos conocido cuál es la
diferencia entre los pensamientos provenientes de los
ángeles, los provenientes de los hombres, y los que
provienen de los demonios. Los primeros, los
angélicos, observan las varias naturalezas de las
cosas y descubren las razones espirituales. Por ejemplo, la
razón por la cual el oro fuera creado, esto es, para
ser distribuido en las zonas inferiores de la tierra
mezclado con la arena, y ser encontrado con mucho trabajo y
fatiga. Y luego vemos cómo, una vez encontrado, es
lavado con agua, pasado por el fuego, entregado a las manos
de los artesanos, los cuales harán el candelabro de
la tienda, el altar, los incensarios y las copas, en las
cuales ahora no bebe más - por gracia de nuestro
Señor - el rey de Babilonia. Por estos misterios arde
el corazón de Cleofás. Pero el pensamiento que
nos surge por obra de los demonios, no sabe ni comprende
todo esto, sino que nos sugiere, descaradamente, el
afán por la posesión del oro sensible,
indicándonos todo el placer y la gloria que nos
colmarán al tenerlo.
En cuanto al
pensamiento que proviene del hombre, el mismo no busca la
posesión del oro, ni se preocupa por entender su
significado simbólico, sino que nos introduce en la
mente su forma desnuda, sin pasión ni codicia por
poseerlo. Lo que decimos del oro, es válido
también para las otras cosas, cuando este pensamiento
es místicamente ejercido según esa
regla.
Hay un demonio,
denominado vagabundo, que se presenta a los hermanos sobre
todo durante el transcurrir del día. Éste
pasea nuestro intelecto de ciudad en ciudad, de pueblo en
pueblo y de casa en casa. El intelecto entabla, al
principio, simples diálogos. Luego se entretiene por
más tiempo con algún conocido y corrompe el
estado interior de los que encuentra, y luego, poco a poco,
se va olvidando de su conocimiento de Dios, de las virtudes
y de su propia profesión. Es pues necesario que el
solitario observe de donde viene este demonio y a
dónde éste quiere llegar. No es por casualidad
que este demonio da todas estas vueltas. Lo hace para
corromper el estado interior del solitario. De este modo el
intelecto, enardecido por estas cosas, ebrio por todos los
encuentros, inmediatamente se tropieza con el demonio de la
fornicación, o de la ira, o de la tristeza.
Sentimientos que masivamente destruyen el resplandor del
estado interior.
Pero nosotros, si
realmente nos proponernos reconocer la astucia de este
demonio, no debemos apresurarnos a gritar en contra de
él, ni a meditar sobre lo sucedido, contando como
éste realiza estos encuentros en nuestros
pensamientos y de que manera va empujando el intelecto hacia
la muerte. No soportando ser observado en su actuar, el
demonio huirá de nosotros y nada podremos saber de lo
que queríamos aprender. Más bien deberemos
permitir que por uno o dos días, actúe a
fondo, así podremos aprender bien sus maquinaciones,
y lo haremos fluir enfrentándolo con nuestras
palabras. Y sucede que cuando nos sentimos tentados, el
intelecto está turbio y le resulta difícil ver
lo que está sucediendo. Debemos pues, actuar cuando
el demonio se ha ido de la siguiente manera: siéntate
y trae a tu memoria lo sucedido, por dónde ha
empezado todo, dónde has ido, y en qué lugar
te sentiste atraído por el espíritu de la
fornicación, de la tristeza o de la ira, y nuevamente
recapitula lo sucedido. Examina todo muy bien y
confíalo a tu memoria, así podrás
enfrentar al demonio cuando se acerque. Observa atentamente
el escondrijo donde él pretende llevarte y no lo
sigas. Y si incluso quieres enfurecerlo, enfréntalo
una y otra vez, hablándole directamente. Se
sentirá muy molesto ya que no tolera ser avergonzado.
Como demostración de que has sabido hablarle como es
debido, verás que ese pensamiento que te acechaba te
abandonó por completo. Es imposible que permanezca si
es abiertamente enfrentado. Una vez que has vencido al
demonio, seguirá una profunda somnolencia, una
especie de estado de muerte, con una gran pesadez en los
párpados, continuados bostezos, un gran peso en las
espaldas. Pero el Espíritu Santo hará que todo
esto se desvanezca luego de una intensa plegaria.
El odio contra los
demonios nos ayuda mucho a conseguir la salvación y
es conveniente para la práctica de la virtud. Pero
nosotros no estamos en condiciones de cultivarlo por
nosotros mismos como un brote cualquiera, ya que los
espíritus amantes del placer lo destruyen y lo
conducen a ese amor habitual Este amor -o más bien,
esta gangrena difícil de curar - es curada por el
médico de las almas abandonándonos a una
prueba. Efectivamente, permite que padezcamos de día
o de noche, una situación horrorosa para el alma, de
tal modo que ella retorna a su odio original, aprendiendo a
decir lo que David dijo al Señor: De un odio perfecto
los odié; se han convertido en enemigos para
mí (Sal 138:22). Pues el que no peca con sus actos ni
con sus pensamientos, odia con un odio perfecto, lo cual es
índice de una máxima primitiva
impasibilidad.
¿Y qué
decir de ese demonio que deja al alma insensible? Siento
temor de escribir al respecto. ¿No es increíble
cómo el alma, cuando se encuentra con este demonio,
sale de su estado interior, se despoja del temor de Dios y
de toda piedad, no considera más al pecado como un
pecado, ni actúa con responsabilidad, recordando al
castigo y al juicio eterno como una cosa de nada y
verdaderamente se mofa del terremoto del fuego (Jb 41:20).
Reconoce a Dios, por cierto, pero no reconoce su
mandamiento.
Golpeas tu pecho
porque ves al alma moverse hacia el pecado, pero ella no
percibe nada. Tratas de convencerla con las Escrituras, mas
ella no te escucha porque está obtusa. La enfrentas
con la vergüenza de los hombres, pero no te atiende ni
te entiende, como si fuera un cerdo que ha cerrado los ojos
y se dirige hacia su recinto. A éste demonio nos
llevan los persistentes pensamientos de vanagloria. Y se ha
dicho de él que si aquellos días no hubieran
sido abreviados, ninguna carne se hubiera salvado (Mt
24:22). Esto sucede a aquellos que raramente frecuentan a
sus hermanos. El motivo es evidente: este demonio, frente a
las desgracias de los demás, es decir las de aquellos
que han sido acometidos por las enfermedades o que tienen la
desgracia de estar presos o encuentran una muerte
imprevista, huye en seguida, porque no bien el alma se ha
conmovido y se llena de compasión, se disipa el
endurecimiento producido por el demonio. Pero esta
posibilidad no la tenemos a causa de la soledad en que
vivimos o de la rara presencia, cercana a nosotros, de
personas que sufren. Es justamente para que podamos huir de
este demonio que el Señor nos recomienda, en los
Evangelios, que visitemos a los enfermos y a los que
están en la cárcel. Estaba enfermo y me
visitasteis (Mt 25:36), nos dice. Pero debemos tener
presente esto: si algún solitario, habiéndose
tropezado con este demonio, no ha aceptado todavía
pensamientos impuros, ni ha abandonado su casa
entregándose a la acedía, éste ha
recibido la tolerancia y la templanza, que han bajado de los
Cielos y lo han bendecido por tal impasibilidad. En cuando a
aquellos que han hecho suya la profesión de ejercitar
la piedad, y eligen vivir junto a los
mundanos, deben cuidarse de este demonio. Yo, en efecto, me
avergüenzo delante de todos ustedes y no quiero seguir
diciendo o escribiendo a su respecto.
El demonio de la
tristeza
Todos los demonios
enseñan al alma el amor por el placer: sólo el
demonio de la tristeza se abstiene de ello. Por el
contrario, destruye todos los pensamientos insinuados por
los otros demonios, impidiendo al alma sentir cualquier
placer, insensibilizándola con su tristeza. Es cierto
lo que se ha dicho: que los huesos del hombre triste se
tornan áridos (Pr 17:22). Y sin embargo, si se lucha
un poco, este demonio sirve para fortalecer al solitario. Lo
convence de no acercarse a ninguna de las cosas de este
mundo ni a ningún placer. Si persiste en su lucha,
genera en él pensamientos que lo inducen a alejar su
alma de este tormento o lo fuerzan a huir de ese lugar. Tal
es lo que ha pensado y sufrido el santo Job, atormentado por
este demonio: Ojalá pudiera echar mano a mí
mismo u otro, a mi pedido, así lo hiciera (Jb 30:24).
Símbolo de este demonio es la víbora, animal
venenoso. La naturaleza le ha concedido, benevolentemente,
el que pueda destruir los venenos de los otros animales,
pero si la tomamos en estado puro, destruye la vida misma.
Es a este demonio que san Pablo ha entregado el hombre de
Corinto, que había pecado. Pero luego se apresura a
escribir a los Corintios: Os ruego que confirméis
vuestro amor por él, para que no sea consumido por la
excesiva tristeza (Cf. 2Co 2:8-7).
Y sin embargo, este
espíritu que aflige a los hombres es capaz de ser
portador de un arrepentimiento bueno. Y así
también san Juan Bautista ha denominado "raza de
víboras" a aquellos que han sido heridos por este
espíritu, y que se refugiaban en Dios, diciendo:
¿Quién os ha enseñado ha huir de la ira
que vendrá? Dad, pues, frutos dignos de
arrepentimiento y no penséis decir dentro de
vosotros: a Abraham tenemos por padre (Mt 3:7-9). Todo el
que ha imitado a Abraham y se ha alejado de su tierra y de
su parentela, se ha vuelto más fuerte que este
demonio.
Si alguno es
dominado por la cólera, está dominado por los
demonios. Y si alguien le sirve, éste es
extraño a la vida monástica, un extranjero en
las vías de nuestro Salvador, dado que el mismo
Señor nos dice que Él muestra el camino a los
humildes. Por tanto, cuando el intelecto de los solitarios
se refugia en la llanura de la mansedumbre,
difícilmente puede ser poseído, ya que no hay
otra virtud que los demonios teman más que la misma.
Ésta es la virtud que había adquirido el gran
Moisés, quien fuera conocido como el más manso
de los hombres. Y el santo David ha declarado que esta
virtud es digna del recuerdo de Dios: Acuérdate de
David y de toda su mansedumbre (Sal 131:1).
Y también el
Salvador mismo nos ha ordenado ser imitadores de su
mansedumbre: Aprended de mí que soy manso y humilde
de corazón y hallaréis descanso para vuestras
almas (Mt 11:29).
Si alguno ha
renunciado a manjares y bebidas, pero excita su
cólera con malos pensamientos, ¡se asemeja a una
nave que navega con un demonio como
piloto! Con todas nuestras fuerzas debemos cuidar de nuestro
perro y enseñarle a destruir sólo los lobos,
sin devorar las ovejas, dando prueba de mansedumbre hacia
todos los hombres.
La
vanagloria
De todos los
pensamientos, el de la vanagloria es el que está
compuesto por más elementos. En efecto, abraza a casi
toda la tierra y abre las puertas a todos los demonios, tal
como lo haría algún malvado traidor en una
ciudad. Por tanto, humilla el intelecto del solitario,
llenándolo de discursos y objetos y corrompiendo las
plegarias con las cuales él trata de curar todas las
heridas de su alma.
Todos los demonios
una vez vencidos, hacen crecer este pensamiento y por su
intermedio, encuentran un nuevo acceso a las almas. Y es
así como hacen que la última situación
de las almas sea peor que la precedente. De aquí nace
también el pensamiento de la soberbia. Esto es lo que
ha hecho derrumbar de los cielos sobre la tierra el sello de
la semejanza la corona de la belleza (Ez 28:12).
Rehúyela pues, no tardes, porque puede suceder que
entreguemos a otros nuestra vida, y nuestra riqueza a quien
no tiene misericordia. Este demonio es ahuyentado por la
oración continua y por el no hacer ni decir nada de
lo que se lleva a cabo por la maldita vanagloria.
Ni bien el intelecto
de los solitarios alcanza una cierta impasibilidad, he
aquí que adquiere el caballo de la vanagloria y en
seguida corre por las ciudades, llenándose sin medida
de alabanzas a su gloria. Pero, si por una
disposición de la providencia, se encuentra con el
espíritu de la fornicación, quedando
así encerrado en un chiquero, esto le
enseñará a no dejar más el lecho antes
de haber obtenido una perfecta salud, y a no imitar a los
enfermos indisciplinados quienes, arrastrando los rastros de
su enfermedad, se entregan abusivamente a los viajes y a los
baños, teniendo así recaídas. Por
tanto, permanezcamos sentados, cuidemos de nosotros mismos,
de tal modo que, avanzando en nuestra virtud, no permitamos
que el mal resurja, y que, al retomar el conocimiento, nos
aturda una multitud de meditaciones. Y luego nuevamente, al
levantarnos, veremos cuánto más clara es la
luz de nuestro Señor.
No puedo escribir
sobre todas las astucias de los demonios; siento pudor al
repasar todas sus maquinaciones, temiendo por los lectores
más simples. Escucha, sin embargo, las astucias del
demonio de la fornicación.
Cuando alguien logra
tornarse impasible respecto a su concupiscencia, y sus malos
pensamientos tienden a enfriarse, es entonces que este
demonio introduce imágenes de hombres y mujeres que
juguetean entre ellos, convirtiéndolo en solitario
espectador de cosas y actitudes procaces. Pero no es
ésta una tentación que dure por mucho tiempo.
La oración continua y un régimen austero, la
vigilia y el ejercicio de meditaciones espirituales, disipan
la tentación como a una nube sin agua. Por momentos
este malvado hace de la carne su presa, forzándola a
sentir un ardor irracional, y se aferra a miles de otras
cosas, a las cuales no es necesario referirse
públicamente ni poner por escrito.
Contra pensamientos
de este tipo somos ayudados por el hervir de la
cólera que se mueve contra el demonio. Éste
teme muchísimo esta cólera, que se agita
contra los pensamientos y destruye sus razonamientos. Y
éste es el pensamiento de la Palabra: Irritáos
y no pequéis (Sal 4:4). Esta cólera es una
medicina útil ofrecida al alma durante las
tentaciones. A veces sucede que el demonio de la ira imita
al otro demonio, y esboza la forma de algún hijo, o
amigo, o pariente, en el momento de ser ultrajado por gente
indigna, excitando así la cólera del
solitario, para que diga o haga algo malo contra las
imágenes que se mueven en su pensamiento. Es
necesario atender por un instante a estas imágenes,
cuidándonos de arrancar pronto nuestra mente de
ellas, a fin de no detenerla mucho tiempo, para que no se
inflame secretamente en tiempo de la oración. En
estas tentaciones caen fundamentalmente los coléricos
y los que se dejan arrastrar fácilmente por sus
impulsos. Éstos están alejados de la plegaria
pura y del conocimiento de nuestro Salvador,
Jesucristo.
El Señor ha
confiado los conceptos de este siglo al hombre, como las
ovejas a un buen pastor. Escrito está: A cada hombre
ha puesto un concepto en su corazón, y ha unido a
él, a modo de ayuda, la concupiscencia y la ira. Por
medio de la ira debe poner en fuga a los pensamientos de los
lobos y, mediante la concupiscencia, debe amar a las ovejas,
aun cuando se encuentre acorralado por las lluvias y los
vientos. A todo esto el Señor ha agregado
también la ley, para que alimente a las ovejas; y un
lugar verde, agua que reconforta, y el salterio, la
cítara, la vara y el bastón. Y así de
este rebaño el pastor obtendrá su
nutrición, se vestirá y recogerá el
heno de los montes. Se ha dicho: ¿Cuál es el
pastor que apacienta el ganado y no se nutre de su leche? (1
Co 9:7).
Deberá el
solitario custodiar de día y de noche su
rebaño para que no sea devorado por las fieras o
caiga en manos de los ladrones. Pero si en un lugar
selvático algo parecido sucediera, en seguida
deberá éste arrancar la presa de la boca del
león o del oso. Por ejemplo, el concepto de hermano
es devorado por nosotros si lo alimentamos con vil
concupiscencia; el del dinero y el del oro, si lo albergamos
unido a la avidez; y así en todo lo que se refiere a
los pensamientos relativos a los santos carismas, si los
alimentamos en nuestra mente junto a la vanagloria. Del
mismo modo sucede respecto a todos los otros conceptos, si
se tornan presa de las pasiones. Y no alcanza con velar
durante el día, debemos estar vigilantes
también de noche. Puede suceder que perdamos lo que
es nuestro, aun con fantasías turbias o malvadas.
Vean lo que dice San Jacob: No te he traído ovejas
devoradas por las fieras: he resarcido los hurtos del
día y de la noche, Y fui devorado por el calor del
día y por el hielo de la noche. El sueño se
alejó de mis ojos (Gn 31:39 y ss).
Si posteriormente el
gran cansancio generara en nosotros pereza, subiremos un
poco más por la piedra del conocimiento y tomaremos
el salterio, haciendo vibrar sus cuerdas mediante el
conocimiento de las virtudes. Y nuevamente llevaremos
nuestros rebaños por el monte Sinaí, para que
el Dios de nuestros Padres se dirija a nosotros de entre los
arbustos y nos regale con esas palabras que obran
señales y prodigios.
La naturaleza
racional, condenada a muerte por la malicia, ha sido
resucitada por Cristo mediante la contemplación de
todos los siglos. Y el Padre resucita el alma que ha muerto
de muerte de Cristo, mediante su conocimiento. Y es esto lo
que dice Pablo: Si estamos muertos con Cristo, creamos que
también viviremos con Él.
Cuando el intelecto
se ha despojado del hombre viejo, se reviste de lo que
proviene de la gracia, y es entonces que en el tiempo de la
oración verá su propia estructura,
símil de algún modo, al zafiro o a la
superficie celeste. Cosas éstas que las Escrituras
indican como el lugar de Dios, visto por los ancianos en el
monte Sinaí.
De entre los
demonios impuros, algunos tientan al hombre en cuanto
hombre, otros lo aturden como a un animal que ha perdido la
razón. Los primeros, al acercarse, insinúan en
nosotros pensamientos de vanagloria, de soberbia, de envidia
o de acusación: cosas éstas que no perturban a
ningún ser irracional. Los otros, sin embargo, se
acercan excitando la cólera o la concupiscencia
contra natura. Y es que estas pasiones las tenemos en
común con los seres irracionales aunque estén
escondidas por la naturaleza racional.
Es por este motivo
que el Espíritu Santo, cuando se refiere a los
pensamientos que acuden a los hombres, dice: Yo he dicho:
dioses sois, e hijos todos del Altísimo pero como
hombres moriréis, y caeréis como cae cualquier
príncipe (Sal 81:6). ¿Y qué dice a
aquellos que se mueven en modo irracional? Nos dice: No
seáis como el caballo y como el mulo que no tienen
entendimiento: que han de ser domados con freno y riendas
para que obedezcan (Sal 31:9). Y si el alma que peca,
morirá (Ez 18:4), es evidente que los hombres mueren
como hombres y por los hombres son sepultados. Pero los
animales sin razón, si mueren o caen, son devorados
por las aves de rapiña o por los cuervos. De esto se
ha dicho que las crías de los unos invocan al
Señor, y las de los otros, se bañan en sangre.
El que tenga oídos para oír, que oiga (Mt
11:15).
Cuando algún
enemigo se acerque a ti, te hiera y tu quieras dirigir tu
espada a su corazón, tal como está escrito,
haz como te decimos. Analiza en ti mismo el pensamiento que
te ha sido puesto. Mira qué cosa es, de qué
elementos se compone y lo que precisamente aflige más
a tu mente. Te quiero decir esto: ¿te ha traído
el enemigo el amor por el dinero? Tú haces una
distinción entre el intelecto que ha recibido el
pensamiento del oro, el pensamiento mismo del oro y el oro
en sí mismo y la pasión que nos lleva a amar
el dinero. Pregúntate a continuación: De entre
todo esto, ¿qué cosa es pecado?
¿Quizás el intelecto? ¿Y cómo,
entonces, es la imagen de Dios? Y entonces,
¿cómo se vincula al concepto del oro? Nadie que
tenga intelecto podría jamás afirmarlo.
¿Es quizás pecado el oro en sí mismo?
¿Por qué entonces fue creado? Concluiremos pues
que la causa del pecado es la cuarta.
No es un objeto que
tenga una existencia en sí mismo, ni el concepto de
un objeto, sino que es un placer enemigo del hombre,
generado por nuestra propia y libre voluntad, y que fuerza
al intelecto a servirse malamente de las criaturas de Dios.
Y es a la ley de Dios a quien le fuera confiado rescindir
este placer.
Mientras indagas de
este modo, el pensamiento será destruido,
disolviéndose en su propia contemplación. El
demonio se alejará de ti, cuando tu mente sea llevada
a lo alto por tal conocimiento. Si, por lo contrario, no
quieres servirte de tu espada, sino que quieres echar mano
de tu honda, saca una piedra de tu bolso de pastor y
considera lo siguiente: ¿Cómo es que los
ángeles y los demonios se acercan a nuestro mundo y
nosotros no nos acercamos a sus mundos? Nosotros no podemos,
por cierto, acercar más a los ángeles a Dios,
si nos proponemos hacer de los demonios seres aun más
impuros. Y más aún: ¿como es que Lucifer,
que surge por la mañana, fue tirado a la tierra, y
considera al mar como una ampolla y a lo más profundo
de los abismos como un prisionero de guerra? Y todo lo hace
hervir como en una olía encendida e hirviente (Jb
41:22 y ss) porque a todos quiere turbar con su malicia y a
todos dominar. La consideración de todas estas
realidades hiere verdaderamente al demonio y pone en fuga a
todo su ejército. Pero esto lo pueden hacer todos
aquellos que se han purificado y ven las razones de las
realidades creadas. Los que están impuros no conocen
la contemplación de tales razones y, aunque
repitieran una fórmula aprendida por otros, no
serán escuchados, con motivo de todo el polvo y el
tumulto causado por las pasiones durante la batalla. Es
absolutamente necesario, pues, que toda la turba de
filisteos permanezca inmóvil, para que sólo
Goliat enfrente a nuestro David.
De la misma manera
nos serviremos de esta distinción entre las partes en
guerra y la imagen que se nos presenta contra todos los
pensamientos impuros.
Cuando suceda que
algún pensamiento impuro huya con toda rapidez,
¿deberemos buscar la causa a fin de entender
cómo ello se ha producido? En general, esto sucede ya
sea porque el objeto en cuestión falta, o porque se
trata de un elemento difícil de obtener, o porque
estamos entrando en la región de la impasibilidad.
Por estos motivos el enemigo no puede vencernos. Si por
ejemplo, a algún solitario se le ocurre que le sea
confiada la guía espiritual de la ciudad, es
difícil que se detenga a fantasear a propósito
de ello, por los motivos que mencionáramos
anteriormente. Pero si sucediera que alguno se convierte en
guía espiritual de una ciudad cualquiera, y su
pensamiento no sufre alteraciones, esto significa que ha
alcanzado la beatitud de la impasibilidad.
No es necesario
saber de estas cosas para tener prontitud y fuerza; para que
podamos ver si hemos cruzado el Jordán y estamos
cerca de las palmeras o bien si estamos todavía en el
desierto y bajo los golpes de los extranjeros.
Pues veo, por
ejemplo, cómo el demonio del amor al dinero es
versátil y extraordinario en su capacidad de
engaño. A menudo, angustiado por nuestra total
renuncia, finge ser ecónomo y amante de los pobres,
recibe libremente huéspedes que aún no se han
acercado, da limosnas a los que carecen de alguna cosa,
visita las prisiones de la ciudad, rescata a los que han
sido vendidos, nos sugiere unirnos a mujeres ricas...
Quizás nos aconseje acercarnos a otros, ¡a
aquellos que poseen una bolsa bien abastecida! De este modo,
se va desviando el alma; poco a poco, la rodea de
pensamientos provenientes del amor al dinero y la entrega al
demonio de la vanagloria. Y esto introduce una multitud de
pensamientos que glorifican al Señor por nuestros
negocios, y manipula a algunos que, poco a poco, hablan de
sacerdocio en lugar nuestro. Hace pronósticos sobre
la muerte del sacerdote a cargo, y predice que no
podrá salvarse, debido a todo lo mal que ha
actuado.
Y así este
mísero intelecto, atrapado por tales pensamientos,
entra (mentalmente) en lucha con aquellos que se le oponen,
pronto a ofrecer dones a aquellos que lo aceptan y aprueban
sus buenos sentimientos. ¡Incluso imagina entregar a
aquellos que se le sublevan, en manos de los magistrados y
echarlos de la ciudad! Finalmente, puesto que lleva dentro
de sí estos pensamientos y les da vueltas, hace que
en seguida se presente el demonio de la soberbia, quien,
destellando ininterrumpidamente relámpagos y dragones
alados en la celda, termina por ocasionar la
locura.
Pero nosotros, para
conjurar la desgracia que tales pensamientos puedan
producir, ¡queremos vivir dando gracias en nuestra
pobreza! De hecho, nada hemos traído a este mundo ni
nada, por cierto, podremos llevar con nosotros. Siempre que
tengamos con qué comer y con qué cubrirnos,
conformémonos con ello (1 Tm 6:7 y ss). Y recordemos
a Pablo, que declara: El amor por el dinero es la
raíz de todos los males (1 Tm 6:10).
Todos los
pensamientos impuros, cuando por causa de nuestras pasiones
se entretienen en nosotros, conducen el intelecto a la ruina
y a la perdición. En efecto, así como la idea
del pan ronda constantemente al hambriento a causa de su
hambre, y el pensamiento del agua al sediento a causa de su
sed, del mismo modo, también los pensamientos a
propósito de las riquezas, y las reflexiones sobre
los turbios pensamientos producidos en nosotros por los
alimentos, se detienen dentro nuestro debido a las pasiones.
Esto se manifiesta también con los pensamientos de
vanagloria y con todos los otros. Y no le será
posible al intelecto, sofocado por tales ideas, presentarse
ante Dios, ni ceñir en su cabeza la corona de la
justicia. Justamente por haber sido arrastrado por tales
pensamientos, aquel intelecto tres veces infeliz del cual
nos hablan los Evangelios, rechazó la
increíble belleza del conocimiento de Dios. Incluso
aquel que, atado de pies y manos, fue echado a las tinieblas
exteriores, tenía el traje tejido por estos
pensamientos y, debido a ello, el que lo había
invitado lo declaró indigno de tales nupcias. El
traje de bodas es, pues, la impasibilidad del alma razonable
que ha renegado de las concupiscencias mundanas. La causa
por la cual los conceptos de los objetos sensibles, cuando
se detienen en nosotros, corrompen el conocimiento, fue ya
mencionada en los "Capítulos a propósito de la
oración."
Tres son los jefes
de los demonios que se oponen a la práctica [de
las virtudes]. Éstos son seguidos por todo el
campamento de filisteos. Ellos son los primeros que avanzan
en las batallas e inducen al alma a ser malvada por medio de
pensamientos impuros. Los unos difunden los deseos de la
gula, otros nos insinúan el amor por el dinero, y
otros nos excitan para que busquemos la gloria que viene de
los hombres. Si deseas, pues la oración pura,
rehúye la cólera; si amas la templanza, domina
tu vientre y no le brindes pan hasta la saciedad, y en
cuanto al agua, mantenla corta.
Sé vigilante
en la oración y aleja de ti el rencor. No menoscabes
las palabras del Espíritu Santo y golpea con las
manos de la virtud las puertas de las Escrituras. Así
surgirá en ti la impasibilidad del corazón y,
en la oración, verás a tu intelecto
resplandecer como un astro.
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