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La
Filocalia
(�ndice)
Casiano
el Romano
Nuestro
santo padre Casiano el Romano vivió bajo el reinado
de Teodosio el Pequeño, alrededor del año 331.
Hemos puesto en el presente volumen, de entre todos los
discursos fruto de sus fatigas, aquel relativo a los ocho
pensamientos y los que nos hablan del discernimiento, ya que
de ellos emana abundante provecho y gracia. A ellos se
remite también el sapientísimo Focio, citando
literalmente el código 197, páginas 265-66.
"También el segundo discurso está dirigido al
mismo (es decir a Castor), y lleva como título
'Discurso a propósito de los ocho pensamientos',
girando alrededor de temas relativos a las pasiones de la
gula, de la fornicación, del amor al dinero, de la
ira, de la tristeza, de la pereza, de la vanagloria y de la
soberbia. Estos tratados son utilísimos a aquellos
que están dispuestos a participar en la batalla
ascética... Y además de éstos, fue
leído un tercer pequeño discurso... en el cual
se nos enseña lo que significa el discernimiento, de
cómo esta virtud es la más grande de todas,
dónde es generada, Y cómo, habitualmente, nos
llega desde lo más alto, etc..."
La
Iglesia recuerda a este santo el día 29 de febrero, y
lo celebra con testimonios de honor y alabanzas.
Nacido
en el año 360 en la ciudad de Dobrudja, en la
desembocadura del Danubio, según Genadio, De Viris
illustribus, PL, 58, LXI, 1094, quien lo define de
nacionalidad escita. De familia poderosa, terminó
siendo aún muy joven sus estudios clásicos.
Junto con su amigo Germán, al cual se sentía
muy unido, se embarcó en un viaje hacia Oriente,
interesándose sobre todo en el testimonio cristiano
que daban los monjes que poblaban esos lugares.
Se
detuvo en Palestina por unos dos años, en un
monasterio de Belén. No consta, sin embargo, que haya
conocido personalmente a Gerólamo. Aparentemente, lo
conoció y lo estimó sólo por sus
escritos. Después de dos años, Casiano y
Germán se dirigieron a los desiertos de Egipto, en
particular a Escete y a Nitria. Volvieron ocho años
después y nuevamente partieron por tres años
más.
En
el 399 se dirigieron a Constantinopla, debiendo huir de
Egipto a causa de su "origenismo." Casiano fue admirador y
partidario de Orígenes, particularmente en lo que se
refiere a su exégesis escriturística. Mantuvo,
sin embargo, una posición equilibrada y evitó
seguirlo en ciertos aspectos más dudosos y menos
ortodoxos. En Constantinopla, Casiano fue ordenado
diácono por Juan Crisóstomo, por el cual
conservó siempre una profunda
devoción.
Luego
que Juan Crisóstomo fuera expulsado, también
los dos amigos se tuvieron que ir, y se dirigieron a Roma,
al papa Inocencio I, para solicitar su ayuda en favor del
obispo perseguido. Desde ese momento se pierde el rastro de
Germán, a quien suponemos muerto en Roma.
Con
toda probabilidad, Casiano fue ordenado presbítero en
Roma. De allí se dirigió a Marsella, en el
año 415, donde fundó el monasterio de san
Víctor y un monasterio femenino, Murió
alrededor del año 435.
Por
medio de sus dos grandes obras, Instituciones
cenobíticas y Colaciones espirituales, Casiano
transmitió a Occidente un conocimiento bastante
exacto a propósito de la institución
monástica en Oriente y Occidente.
Durante
el tiempo transcurrido en Marsella, Casiano intervino en las
disputas doctrinales relativas a la gracia y, poco dotado
para este tipo de cosas, incurrió en formulaciones
erróneas o imprecisas, de carácter
semipelagiano.
Sin
embargo, aun en este delicado tema, su santidad y su
tendencia hacia la dulzura y la sumisión, no fueron
menos evidentes. Casiano, no bien advirtió su error,
se retiró y calló.
De
las Instituciones y de las Colaciones de Casiano, existen
varias traducciones en distintos idiomas. En cuanto a las
Instituciones, se puede ver la edición italiana a
cargo de P. M. Ernetti, Padva, 1957; la traducción
francesa con el texto latino se encuentra en la
colección Sources Chrétiennes 109. Las
Conferencias, en la edición italiana a cargo de O.
Lari, De. Paulinas, 1965; la traducción francesa con
texto latino está en Sources Chrétiennes
42-54-64.
Al Obispo
Castor: Los ocho pensamientos viciosos
Luego
de haber hecho un primer discurso concerniente a la
ordenación de los cenobitas, nuevamente nos llenamos
de coraje, debido a vuestras oraciones
y nos disponemos a escribir a propósito de los ocho
pensamientos viciosos, es decir, los pensamientos de gula,
fornicación, amor al dinero, ira, tristeza, pereza,
vanagloria y soberbia.
La
continencia del estómago
Como
primera cosa, hablaremos de la continencia del vientre, que
se opone a la gula. Diremos pues, cómo hacer los
ayunos y cuál deberá ser la calidad y la
cantidad de los alimentos. No hablaremos de nosotros mismos,
sino que mencionaremos lo que hemos recibido de nuestros
santos Padres Ellos no tenían una única regla
para el ayuno ni una única manera de comer los
alimentos; ni siquiera nos han transmitido la
indicación de una medida, ya que no todos tienen la
misma fuerza, ya sea por edad, por enfermedad, o por una
constitución física particularmente delicada.
Hay, sin embargo, un único objetivo: huir de la
saciedad y evitar llenar nuestro estómago.
Un
cierto ayuno diario ha sido considerado más ventajoso
y más adecuado para conducirnos a la pureza, que un
ayuno que se arrastra por tres, cuatro días o aun una
semana. Se dice que el ayuno que se prolonga sin medida es
seguido por un período de exceso en las comidas. De
tal modo, es posible que la abstinencia exagerada de
alimentos haga que el organismo pierda su vigor,
tornándolo perezoso en su servicio espiritual, o que
el cuerpo, sintiéndose pesado por el exceso de
comida, produzca en el alma pereza y
relajamiento.
Los
Padres no consideraron apto para todos el ingerir verduras o
legumbres, ni que todos pudieran hacer uso, como alimento
cotidiano, del pan duro. Se ha visto cómo uno que
come dos libras de pan sigue teniendo hambre, mientras que
otro, comiendo solamente una, o aun seis onzas, se siente
satisfecho. Tal como se ha dicho anteriormente, lo que nos
han transmitido como regla para observar la continencia es
solamente esto: que no nos dejemos engañar por la
saciedad del estómago, ni nos dejemos arrastrar por
el placer de la gula. En efecto, no solamente la variada
calidad de los alimentos, sino también las distintas
cantidades de los mismos, pueden encender en nosotros las
flechas inflamadas de la fornicación. Más
aún: no es solamente la ebriedad del vino la que
embriaga nuestra mente, sino que incluso la saciedad del
agua o el exceso de cualquier comida la tornan aturdida y
somnolienta. El motivo que produjo la destrucción de
los sodomitas, no fue la ebriedad producida por el vino o
por los variados alimentos, sino por la saciedad del pan,
tal como dice el profeta.
La
debilidad del cuerpo no nos impide alcanzar la pureza del
corazón, si no ofrecemos a nuestro cuerpo otra cosa
que lo que la debilidad nos pide, y no lo que exige el
placer. Debemos utilizar alimentos tanto cuanto es necesario
para mantenernos con vida, no lo que nos induce a servir a
los impulsos de la concupiscencia. Una toma moderada de
alimentos, según nuestro razonamiento, contribuye a
la salud del cuerpo y no quita nada a la santidad. La regla
de continencia y la norma exacta que nos transmitieron los
Padres, es la siguiente: el que tome un alimento cualquiera,
deberá detenerse cuando aún tiene apetito, sin
esperar la saciedad. Cuando el Apóstol nos dice que
no debemos preocuparnos de la carne para satisfacer nuestra
concupiscencia (Rm 13:14), no trata de prohibirnos lo
necesario para mantenernos con vida, sino que intenta
prohibir un tratamiento que nos induzca a la
voluptuosidad.
Además,
para lograr una pureza perfecta del alma, no es suficiente
con abstenerse de alimentos, sino que otras virtudes son
necesarias. Mucho beneficia a la humildad la obediencia en
el trabajo y la fatiga del cuerpo, así como beneficia
el mantenerse lejos del amor por el dinero, lo que no
significa sólo no tener dinero, sino también
evitar desearlo ansiosamente: esto es lo que guía al
alma realmente a la pureza. El abstenerse de la
cólera, de la tristeza, de la vanagloria, de la
soberbia, son todas cosas que producen la pureza global del
alma. En cuanto a esa particular pureza del alma, fruto de
la templanza, la misma se obtiene con la continencia y con
el ayuno. Porque es imposible luchar en nuestra mente con el
espíritu de la fornicación, teniendo el
estómago lleno. Por lo tanto, nuestra primera lucha
será por lograr la continencia del estómago y
el doblegamiento de nuestro cuerpo, no solamente mediante
nuestro ayuno, sino también
velando con la fatiga, la lectura y con el recogimiento de
nuestro corazón, temerosos de la gehena y deseosos de
acceder al Reino de los Cielos.
El
espíritu de la fornicación
Nuestra
segunda lucha es contra el espíritu de la
fornicación y de la concupiscencia de la carne, que,
desde la más temprana edad del hombre, empiezan a
atormentarlo. Ésta es una gran lucha, ardua y doble,
porque mientras los otros vicios declaran una guerra. al
alma, solamente éste se presenta bajo una doble forma
que acecha al alma y al cuerpo: por tanto la batalla es
doble. El solo ayuno del cuerpo no es suficiente para
adquirir la perfecta templanza y la verdadera castidad, si
no hay también contrición del corazón,
una perseverante oración a Dios, una asidua
meditación de las Escrituras, una dura fatiga y
trabajo manual: estas cosas tienen el poder de contrarrestar
los impulsos inquietos del alma, apartándola de
turbias fantasías. Sin embargo, lo que más
beneficia es la humildad del alma, sin la cual no se puede
salir ni de la fornicación ni de las otras
pasiones.
Por
lo tanto, es fundamental ser vigilantes y apartar nuestro
corazón de los pensamientos sórdidos. Pues es
del corazón, según la Palabra del
Señor, de donde provienen los malos razonamientos,
los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, y cosas
de la calle. Y el ayuno nos ha sido prescrito, no solamente
para tratar duramente al cuerpo, sino para ayudar a la
sobriedad del intelecto, para que éste no se
oscurezca por el exceso de alimento y no pierda su fuerza en
la vigilancia de sus pensamientos. Debemos ser
solícitos, pues, no sólo en el ayuno corporal,
sino que debemos prestar atención a nuestros
pensamientos y ejercer la meditación espiritual: sin
todo esto, es imposible llegar a la cima de la verdadera
castidad y pureza. Es pues necesario -como dice el
Señor - que purifiquemos antes la parte interior del
vaso y del plato, para que se torne puro también su
exterior (Mt 23:26). Así es como, si nos preocupamos
-como dice el Apóstol - por luchar según las
reglas para recibir la corona, no presumamos de haber
vencido al espíritu impuro de la fornicación
con nuestra capacidad y ascesis: la ayuda de Dios nuestro
Señor es invalorable. El hombre no cesa de estar en
lucha con este espíritu, hasta que no cree en verdad
que no es por su prisa ni por su fatiga, sino por la
protección y la ayuda de Dios, que nos alejamos de
este vicio y accedemos a la cima de la castidad. Se trata,
de hecho de una cosa que supera a la naturaleza, y aquel que
pisotea los estímulos de la carne y sus
voluptuosidades, se sale de alguna manera de su
cuerpo.
Por
este motivo es imposible que el hombre vuele, por así
decirlo, con alas propias hacia ese excelso y celeste premio
de santidad, y se torne en imitador de los ángeles, a
menos que la gracia de Dios lo eleve de la tierra y del
fango. Los hombres, atados a la carne, con ninguna otra
virtud imitan mejor a los ángeles, seres
espirituales, que con la virtud de la templanza. Se debe a
ella que, mientras aún están y viven sobre la
Tierra, los hombres tienen su Ciudadanía en los
Cielos, como dice el Apóstol.
La
demostración de la perfecta posesión de esta
virtud ocurre cuando el alma, durante el sueño, no
atiende a alguna imagen de turbia fantasía. En
efecto, aunque este tipo de actitud no es considerada como
pecado, es síntoma de que el alma se encuentra
enferma y no se ha alejado de la pasión. Y por esto
debemos creer que las turbias fantasías que nos
aquejan durante el sueño, denotan el descuido
precedente y la enfermedad que está en nosotros;
porque la enfermedad escondida en las zonas
recónditas de nuestra alma, se torna manifiesta al
sobrevenir el flujo durante el relajamiento del
sueño. Y así es como el médico de
nuestras almas ha colocado el fármaco en las zonas
más recónditas de la misma: porque
conocía las causas de la dolencia.
Nos
dice: El que mira a una mujer para desearla, ya ha cometido
con ella adulterio en su corazón (Mt 5:28). Y con
esto no está corrigiendo los ojos curiosos y
malvados, sino más bien al alma que está
adentro y que usa malamente sus ojos, recibidos de Dios para
el bien. También por este motivo el sabio proverbio
no nos dice que pongamos toda nuestra vigilancia en
custodiar nuestros ojos, sino que dice: pon toda tu
vigilancia en custodiar tu corazón (Pr 4:23),
aplicando a éste el cuidado de la vigilancia, pues es
el corazón el que se servirá luego de los ojos
para lo que realmente desea.
Custodiaremos,
pues, así nuestro corazón, cuando, por
ejemplo, se forma en nuestra mente la imagen de una mujer,
producida por la astucia diabólica, aunque se trate
de nuestra madre, o de una hermana o de cualquier otra mujer
pía, ahuyentémosla de nuestro corazón
enseguida, para que no suceda que, si nos entretenemos mucho
en tal memoria, el Seductor que nos empuja hacia el mal, a
partir de estas imágenes, haga a posteriori resbalar
y precipitar nuestra mente en pensamientos turbios y
perniciosos. El mandamiento mismo que Dios había dado
al primer hombre ordenaba cuidarse de la cabeza de la
serpiente, es decir, de la primera aparición de los
pensamientos peligrosos, mediante los cuales trata de
meterse dentro de nuestras almas. Si acogemos su cabeza, es
decir, el primer estímulo del pensamiento,
terminaremos por aceptar el resto del cuerpo de la
serpiente, esto es, daremos nuestro consentimiento al
placer. Y después de esto, el llevará nuestra
mente a realizar la acción ilícita.
Nos
conviene, sin embargo, como está escrito, matar cada
mañana todos los pecadores de la tierra (Sal 100:8),
es decir, discernir con la luz del conocimiento y destruir
los pensamientos pecadores en la tierra de nuestro
corazón, como enseña el Señor, y cuando
los hijos de Babilonia, es decir, los malos pensamientos,
son aún niños, hay que abatirlos y deshacerlos
contra la piedra que es Cristo. Porque si, gracias a nuestra
indulgencia, se convierten en adultos, no podrán ser
vencidos sin grandes gemidos y fatiga.
Y
además de lo dicho por las Sagradas Escrituras, es
bueno recordar lo dicho por los santos Padres. Nos dice san
Basilio, obispo de Cesarea de Capadocia: "Aunque no conozca
mujer, no soy virgen. A tal punto sabía que el don de
la virginidad no se consigue mediante la simple
abstención corporal de la mujer, sino por la santidad
y pureza del alma que suele actuar en el temor de Dios. Y
los santos Padres dicen también que no podemos
adquirir perfectamente la virtud de la castidad, si antes no
poseemos en nuestro corazón la verdadera humildad, ni
nos hacemos dignos del verdadero conocimiento hasta tanto la
pasión de la fornicación no sea arrinconada en
un lugar recóndito de nuestra alma.
Para
demostrar la obra de la templanza, recordaremos alguna
expresión alusiva dicha por el Apóstol, y con
esto terminaremos nuestro discurso: Buscad la paz con todo,
sin la cual nadie verá al Señor (Hb 12:14). Y
es claro que habla de esto cuando agrega: Ningún
fornicador o contaminado como Esaú (Hb 12:16), etc.
Justamente porque la obra de la santificación es
celestial y angélica, combate a los pesados ataques
de los adversarios. Y por esto debemos ejercitarnos no
solamente en la continencia del cuerpo, si no también
en la contrición de nuestro corazón y en
continuas postraciones con gemidos: de este modo apagaremos,
con el rocío de la presencia del Espíritu
Santo, las brasas de nuestra carne, que el rey de Babilonia
enciende cada día, excitando nuestra
concupiscencia.
Además
de todo esto, el arma más poderosa que nos ha sido
dada para la batalla es la vigilia según Dios.
Así como la custodia durante el
día prepara la santidad de la noche. así la
vigilia nocturna según Dios, predispone el alma a la
pureza durante el día.
El amor por
el dinero
La
tercera batalla es contra el espíritu del amor por el
dinero, espíritu que es extraño a la
naturaleza, y que en el monje tiene su origen en la falta de
fe. Es así como los impulsos de las otras pasiones,
es decir, de la ira y de la concupiscencia, parecen partir
del cuerpo mismo, y de alguna manera, su principio
está en la naturaleza misma: por este motivo son
vencidos después de mucho tiempo. Sin embargo, el mal
del amor por el dinero viene desde lo externo, y puede ser
eliminado fácilmente si estamos atentos y
solícitos. Pero si se lo descuida, se convierte en
una pasión más letal que las otras, y
difícil de sacar. Es, como dice el Apóstol, la
raíz de todos los males.
Observemos
cómo las actitudes naturales del cuerpo se pueden
notar no solamente en los niños que aun no tienen
conocimiento del bien y del mal, sino también en los
niños más pequeños, aun lactantes, en
los cuales no hay trazas de voluptuosidad y que, sin
embargo, muestran en su carne, sus actitudes naturales. Del
mismo modo, podemos ver en los niños la
reacción de la ira, cuando los vemos excitados contra
el que los ha entristecido. Y todo esto no lo digo por
acusar a la naturaleza de ser causa de pecado -nunca se sabe
- sino que lo digo para demostrar cómo la ira y la
concupiscencia, que el Creador había unido al hombre
para bien, parecen de alguna manera -a causa de la
negligencia - ir contra la naturaleza, a partir de lo que es
simplemente parte de la naturaleza del cuerpo. El movimiento
del cuerpo fue dado por el Creador al hombre no para la
fornicación, sino para la generación de sus
hijos y la supervivencia de la especie. Y la reacción
de la ira fue sembrada en nosotros para nuestra
salvación, para que la accionáramos contra el
mal, no para convertirnos en simples bestias contra el que
pertenece a nuestra misma estirpe.
No
es la naturaleza la pecadora, aunque hagamos un mal uso de
nuestras potencias; tampoco deberemos acusar a quien nos ha
plasmado; como tampoco al que nos ha dado el hierro para sus
usos necesarios y ventajosos, si el que luego lo toma se
sirve de él para matar. Hemos dicho todo esto para
demostrar cómo el origen de la pasión por el
amor al dinero no deriva de un movimiento natural, sino de
una voluntad pésima y corrupta.
Este
mal, cuando encuentra el alma tibia e incrédula,
encontrándose ésta al principio de su
alejamiento del mundo, le sugiere pretextos aparentemente
razonables para retener alguna cosa más de lo que
posee. Le hace imaginar al monje una larga vejez y
enfermedades físicas, haciéndole calcular que
lo que el convento podrá ofrecerle no será
suficiente como para proporcionarle algún consuelo,
no solamente a quien esté enfermo, sino a quien
esté sano, e incluso que no le será posible
obtener ninguno de esos cuidados que es justo administrar a
los enfermos, sino que resultará en un abandono
total, por lo que si no se ha puesto de lado algún
dinerillo, allí se morirá como un
miserable.
Finalmente,
sugiere que ni siquiera es posible permanecer por largo
tiempo en el monasterio, debido a la pesadez de los trabajos
y a la severidad del superior. Cuando el mal haya seducido
con estos pensamientos la mente, para hacerle retener por lo
menos un dinerillo, convencerá al monje de la
necesidad de aprender, a escondidas del abad, un trabajo
manual con el cual aumentar el dinero por el que se
preocupa. Y finalmente, con oscuras esperanzas,
desvía al desventurado, haciéndolo pensar en
una ganancia proveniente de su trabajo, y en el alivio y en
la seguridad que de ello se desprende. Y así, luego
de haberse entregado por entero al pensamiento de la
ganancia, no medita en nada de lo equivocado: ni en la
locura de la ira, cuando sufre por algún perjuicio,
ni en la tiniebla de la tristeza en la que cae si pierde la
posibilidad de obtener alguna ganancia. Así como para
otros el estómago es dios, así el oro es el
dios para éste. Por tanto, el bienaventurado
Apóstol, conociendo todo esto, ha denominado a esta
pasión no solamente la raíz de todos los
males, sino también "idolatría." Consideremos
pues a cuánta malicia este mal induce al hombre, que
logra arrastrarlo incluso hasta la idolatría. De
hecho, el que ama el dinero, ha apartado su intelecto del
amor a Dios, y lo deposita en los ídolos del hombre
esculpidos en oro.
Ante
todos estos pensamientos, el cristiano se halla obnubilado,
empeora cada vez más, y se aparta de la obediencia:
además se irrita, se indigna contra todo aquello que
cree no merecer, murmura por el trabajo que debe hacer,
contradice, y puesto que ya no observa ningún sentido
de respeto, se dirige como un caballo salvaje hacia el
precipicio. No se conforma siquiera con el alimento
cotidiano que recibe; por el contrario, asegura que no puede
soportar más. Afirma que Dios no se encuentra
solamente allí, que su salvación no
está radicada allí, y que si no abandona el
monasterio, se pierde. Y así, teniendo como
colaborador de estos pensamientos corruptos al dinero que ha
apartado, y gracias a éste, sintiéndose
liviano como si tuviera alas, empieza a considerar salir del
monasterio, para terminar sintiendo soberbia y aspereza
hacia todo lo que ha profesado, como un forastero, un
extranjero; y si ve en el monasterio algo que necesita ser
corregido, lo descuida, lo desprecia, y critica todo lo que
se hace. Luego, busca cualquier pretexto para encolerizarse
o entristecerse, a fin de no parecer una persona ligera, que
se va del monasterio por cualquier motivo. Y si, con
insinuaciones y palabras vanas, puede engañar a
alguien y hacerlo salir del monasterio, no se detiene ni
siquiera frente a esto, pues quiere asociarlo en su
caída.
Así,
el que ama el dinero, encendido por el fuego de sus propias
riquezas, no podrá nunca tener paz en el monasterio,
ni vivir aceptando una regla. Y cuando el Demonio, como un
lobo, lo secuestra y lo aparta del rebaño, lo deja
para que sea devorado. Entonces, lo empuja a hacer en su
celda aquellos trabajos que en el convento descuidaba y no
hacía en las horas establecidas. Y no le permite
observar ni las oraciones habituales, ni la costumbre del
ayuno, ni el canon de la vigilia, pues, luego de haberlo
unido indisolublemente al amor por el dinero, lo convence
para que ponga todo su empeño en el trabajo
manual.
Tres
son las formas bajo las cuales se presenta esta enfermedad,
y todas están igualmente prohibidas por las Sagradas
Escrituras y por las doctrinas de los Padres. Una de ellas
induce a que estos míseros posean y acumulen lo que
ni siquiera tenían cuando vivían en el mundo.
La otra hace que aquel que, de una vez por todas,
había abandonado las riquezas, se arrepienta, y le
sugiere tratar de recuperar lo que había ofrecido a
Dios; la tercera, luego ole haber atado al cristiano con la
falta de fe y la tibieza, no le permite deshacerse del todo
de las cosas del mundo: le insinúa el temor al hambre
y la falta de fe en la Providencia, haciéndole
transgredir las promesas hechas cuando hubo dejado su vida
anterior.
De
las tres formas de este mal encontramos ejemplos, como se ha
dicho, ya condenados en las Sagradas Escrituras.
Guejazí, por ejemplo, queriendo adquirir para
sí mismo riquezas que antes no poseía,
perdió la gracia profética que el maestro
quería dejarle en herencia. Más bien, en lugar
de heredar bendiciones, heredo una lepra perpetua, a causa
de las maldiciones del profeta.
Y
Judas, queriendo obtener el dinero que en un primer momento
rechazó para seguir a Cristo, no sólo se
alejó del coro de los Apóstoles por haber
traicionado al Señor, si no que destruyó su
vida física con una muerte violenta. Ananías y
Safira, por haber conservado algo de lo que ya
poseían, fueron castigados con la muerte, mediante
sentencia apostólica . Y el gran Moisés, el
del Deuteronomio, místicamente exhorta a aquellos que
prometen dejar el mundo y que, debido al temor infundido por
la falta de fe, permanecen apegados a las cosas terrenas: Si
alguno se encuentra temeroso y tiene miedo en su
corazón, que vuelva a su casa, para que no induzca al
temor el corazón de sus hermanos (Dt
20:8).
¿Hay
algo más seguro y claro que este testimonio? ¿No
aprenderemos, pues, de estas cosas, nosotros que hemos
dejado el mundo, renunciando perfectamente a todo y saliendo
victoriosos de la batalla, antes que atender a un principio
ya blando y débil que termina por apartar a los otros
de la perfección evangélica e inducirlos al
miedo? Hay algunos que interpretan mal lo que las Escrituras
dicen bien: Hay mayor felicidad en dar que en recibir (Hch
20:35), y se esfuerzan por alterar el sentido de lo que se
dice, engañándose a sí mismos, y
siguiendo su propia pasión por el dinero. Hacen lo
mismo con las enseñanzas del Señor: Si quieres
ser perfecto, ve y vende lo que posees, dáselo a los
pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven
y sígueme (Mt 19:21): en realidad, consideran que
mejor que ser pobre es disponer de la propia riqueza y
acudir a la propia abundancia para dar a los pobres.
Deberán éstos saber que no se han apartado
aún del mundo ni han entrado en la perfección
monástica, mientras se avergüencen de aceptar en
nombre de Cristo la pobreza del Apóstol, sirviendo a
sí mismos y a los necesitados con el trabajo de sus
propias manos, para llevar a cabo con hechos la
profesión monástica y ser glorificados con el
Apóstol. Luego de haber dispersado su antigua
riqueza, que combatan junto con Pablo la buena batalla, en
el hambre y en la sed, en el frío y en la desnudez El
Apóstol mismo, si hubiera sabido que conservar su
antigua riqueza es más necesario para la
perfección, no hubiera despreciado su propia
dignidad, dado que afirma que, es por nacimiento de distinta
condición y de ciudadanía romana. Y aquella
gente de Jerusalén, que vendía sus propias
casas y sus propios campos y ponía lo recaudado a los
pies de los apóstoles, no lo hubiera hecho si
considerase que era más feliz al nutrirse con sus
propias riquezas antes que con su propia fatiga o con las
ofertas de los gentiles. Y el mismo Apóstol nos habla
muy claramente a propósito de aquellos cuando,
escribiendo a los romanos, dice: Ahora voy a
Jerusalén para el servicio de los santos, por que
Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una colecta en favor
de los pobres de entre los santos de Jerusalén (Rm
15:25-26).
Y
él mismo, tantas veces sometido a cadenas y
prisiones, a la molestia de los viajes y por esto impedido,
como es obvio, de proveerse con sus propias manos, nos
enseña cómo, ante estas necesidades, fue
socorrido por los hermanos venidos desde Macedonia, y nos
dice: Y de hecho los hermanos provenientes de Macedonia
proveyeron a mis necesidades (2 Co 11:9). Y a los filipenses
escribe: Lo sabéis también vosotros, oh
filipenses, que... al salir de Macedonia, ninguna iglesia
tuvo que ver conmigo en materia de dar y tener, a no ser por
vosotros solamente. Porque también en
Tesalónica y una o dos veces más, me
habéis mandado de lo que tenía necesidad (Flp
4:15 y ss). Por lo tanto, a juicio de quien ama el dinero,
¡aquellos serán más amados por el
Apóstol, pues le han provisto en sus necesidades con
sus propios haberes! Esperemos que nadie llegará a
tal extremo de locura como para osar afirmar
esto.
Si
queremos, pues, obedecer el mandamiento evangélico y
a toda aquella Iglesia que desde el principio ha tenido su
fundamento en los Apóstoles, no atendamos a nuestras
ideas personales ni entendamos malamente lo que ha sido bien
dicho. Más bien rechacemos nuestro sentimiento tibio
e incrédulo y recibamos los Evangelios rigurosamente.
Porque así podremos seguir los pasos de los santos
Padres y no faltar a la disciplina del convento. Sólo
así podremos renunciar verdaderamente a este mundo.
Es bueno llegados a este punto, recordar las palabras de un
santo. Se trata de lo que san Basilio, obispo de Cesarea de
Capadocia, dijo a un senador que había renunciado al
mundo, pero con tibieza, y que retenía aún
algo de sus propias riquezas. "Has destruido al senador y no
has sido el cristiano."
Es
necesario que pongamos todo nuestro celo en eliminar de
nuestra alma la raíz de todos los males que es el
amor por el dinero, porque sabemos con toda certeza que, si
permanece la raíz, las ramas brotarán sin
dificultad.
No
es fácil practicar esta virtud si no permanecemos en
el convento; efectivamente, allí nada nos preocupa
con relación a las exigencias más absolutas.
Si tenemos bien presente las condenas de Ananías y de
Safira, temblaremos al pensar que retendremos algo de lo que
un tiempo poseíamos. Del mismo modo, temerosos frente
al ejemplo de Guejazí, quien contrajo una lepra
perpetua por su amor al dinero, guardémonos de
acumular riquezas que ni siquiera en el mundo
poseíamos. Y si pensamos en Judas, quien termina
ahorcado, temblemos ante la idea de retomar lo que con
nuestra renuncia habíamos despreciado.
Y
continuamente deberemos tener ante nuestros ojos el incierto
momento de la muerte, para que el Señor nuestro no se
nos acerque cuando no lo esperamos y encuentre nuestra
conciencia manchada por el amor al dinero. Él nos
dirá, entonces, lo que en el
Evangelio dijo al rico: ¡Necio!, esta noche misma te
será pedida tu alma; lo que has preparado, ¿para
quién será? (Lc 12:20).
La
ira
Nuestra
cuarta lucha es contra el espíritu de la ira. Es
necesario que, junto con Dios, eliminemos desde lo
más profundo de nuestra alma este veneno
mortífero. Porque mientras se encuentre instalado en
nuestro corazón y enceguezca los ojos de éste
con tenebrosas tinieblas, no podremos ni adquirir el
discernimiento necesario, ni alcanzar el conocimiento
espiritual, ni poseer una buena voluntad total, ni
convertirnos en partícipes de la verdadera vida. Y
nuestro intelecto no será capaz de recibir la
contemplación de la luz divina y veraz. Pues
está escrito: Mi ojo fue alterado por el furor (Sal
6:7). Ni tampoco participaremos de la divina
sabiduría, aunque todos nos consideren como sumamente
sabios por nuestras ideas, pues se ha dicho: El enojo reside
en el corazón de los necios (Qo 7:9). Y no podremos
siquiera adquirir los saludables consejos del
discernimiento, aunque fuésemos considerados por
todos personas prudentes, ya que se ha escrito: La ira
pierde también a los prudentes (Pr 15:1). Y ni
siquiera tendremos la fuerza de prestar atención y
tratar de dejarnos gobernar por la justicia con
corazón sobrio, pues: La ira del hombre no obra la
justicia de Dios (St 1:20). Finalmente, no podremos tener
aquel comportamiento y aquel decoro que todos alaban, pues
está escrito: El hombre colérico está
privado de decoro (Pr 11:25).
El
que quiera acceder a la perfección y desee combatir
según las reglas en la lucha espiritual, no
deberá ceder ante la cólera y el furor.
Deberá escuchar lo que le ordena el vaso de
elección: Toda acritud, ira, cólera, gritos,
maledicencia y cualquier clase de maldad desaparezca de
entre vosotros (Ef 4:31). Y si dice "toda," significa que no
se nos deja ningún pretexto para enfurecemos, como si
hubiera alguna necesidad o razón para hacerlo. El que
quiera corregir a algún hermano caído en una
trasgresión, o quiera castigarlo, que tenga cuidado
respecto a sí mismo, liberándose de toda
turbación, para que no suceda que, al querer curar a
otro, atraiga sobre sí la enfermedad y recaiga sobre
él aquel dicho evangélico que dice:
Médico, cúrate a ti in mismo (Lc 4:23). Y
también: ¿Por qué miras la paja en el ojo
de tu hermano y no observas la viga que se encuentra en tu
ojo? (Mt 7:3) Efectivamente, la reacción de la ira,
al hervir dentro del alma, enceguece los ojos de la misma,
no permitiéndole ver el sol de la justicia. Si nos
ponemos sobre los ojos láminas, ya sean de oro o de
plomo, éstas impedirán nuestra visión
y, por cierto, el valor de las laminas de oro no disminuye
nuestra ceguera. Y así es que, si por una causa
cualquiera - razonable o irrazonable - la ira se enciende,
nuestra visión es oscurecida.
De
la ira nos servimos según natura solamente cuando la
dirigimos en contra de los pensamientos pasionales y
voluptuosos. Así nos enseña el profeta cuando
dice: Temblad y no pequéis (Sal 4:4), es decir:
Incurrid en la ira contra vuestras pasiones y contra los
malos pensamientos, y no pequéis tratando de llevar a
cabo lo que éstos os sugieren. Esto está
sustentado por lo que se agrega: De lo que
acostumbráis decir en vuestros corazones,
arrepentíos en vuestros lechos (Sal 4:4). Esto es,
cuando acuden a vuestro corazón los malos
pensamientos, deberéis echarlos con ira y, luego de
haberlo hecho, al encontraros en el lecho donde vuestra alma
reposa, arrepentíos para convertiros. Incluso el
bienaventurado Pablo habla así, sirviéndose
del testimonio del profeta y agrega: No se ponga el sol
mientras estéis airados, ni deis ocasión al
Diablo (Ef 4:26 y ss). Esto significa que el sol de
justicia, Cristo, no se oculte de vuestros corazones, por
haberlo indignado debido al consentimiento dado a los
pensamientos malvados; no suceda que, habiéndose
alejado de Cristo, el Diablo ocupe su lugar en nosotros.
Respecto de este sol, Dios nos habla mediante el profeta,
diciéndonos: Para vosotros, los que teméis mi
nombre, brillará el sol de justicia con la salud en
sus rayos (Ml 4:2). Si tomamos esto al pie de la letra,
significa que no podemos permitirnos conservar la ira ni
siquiera hasta el momento en que el sol se pone. ¿Que
decir entonces? Algunos, por la aspereza y la locura que
implica este estado pasional, conservan la ira no
sólo hasta el momento en que se pone el sol, sino que
la mantienen por varios días, aun callando y no
expresándola en palabras, y alimentan en su perjuicio
el veneno del rencor con su propio silencio. Ignoran que
debemos abstenernos no solamente de manifestar nuestra ira
mediante nuestros actos, sino evitar que se manifieste en
nuestro pensamiento, evitando que el intelecto, oscurecido
por las tinieblas del rencor, se aparte de la luz del
conocimiento y del discernimiento, y se vea privado del
Espíritu Santo.
Y
por este motivo, el Señor recomienda en los
Evangelios dejar la ofrenda sobre el altar y reconciliarnos
con nuestro hermano, pues no es posible que nuestra ofrenda
le sea grata si se encuentran escondidos en nosotros la
cólera y el rencor. E incluso el Apóstol,
cuando nos pide rezar incesantemente y levantar en todo
lugar nuestras manos en alabanza, sin ira ni discusiones,
nos enseña justamente esto: o que no recemos nunca,
sintiéndonos culpables respecto del mandamiento
apostólico, o bien que seamos observantes en obedecer
el mandamiento, debiendo hacerlo sin ira y sin rencores, Y
sin embargo, puede suceder que, después de haber
entristecido o turbado a nuestros hermanos, no demos ninguna
importancia a la cosa y digamos que no fue por culpa nuestra
si éstos se han entristecido, pero el médico
de las almas, queriendo desterrar del corazón
cualquier pretexto para el alma, no solamente nos ordena
dejar la ofrenda y reconciliarnos con el hermano, si nos
sucediera que nos hemos enojado con él -aun en el
caso en que nuestro hermano tuviera algún motivo de
tristeza respecto a nosotros, justa o injustamente -, aun
así es nuestro deber cuidar de él,
pidiéndole disculpas. Y sólo entonces
brindaremos nuestra ofrenda.
Pero,
¿por qué insistimos tanto con los preceptos
evangélicos? También de la Ley antigua nos
llegan enseñanzas. Ésta, que parece tener
más condescendencia que rigor, nos dice: No odies a
tu hermano en tu corazón (Lv 19:17); y aun: Los
caminos de quien guarda rencor conducen a la muerte (Pr
12:28).
En
este caso, no solamente prohíbe el pecado en los
actos, sino que censura también en los pensamientos.
Es conveniente, pues, para quien sigue las leyes divinas,
luchar con todas sus fuerzas contra el espíritu de la
ira y contra el mal escondido en nosotros, y no buscar el
desierto y la soledad porque guardamos cólera contra
los hombres, como si allí no hubiera nadie que nos
empujara hacia la ira, y como si en la soledad fuera
más fácil realizar la virtud de la paciencia.
Esto significaría que queremos alejarnos de los
hermanos por soberbia, rehusando acusarnos a nosotros
mismos, y no queriendo atribuir a nuestro propio descuido
las causas de nuestra turbación. Lo que es importante
para nuestra paz y corrección, no se logra por medio
de la paciencia de nuestro prójimo respecto de
nosotros, sino por nuestra tolerancia respecto de nuestro
prójimo. Cuando, al huir de la lucha de la paciencia,
buscamos el desierto y la soledad, todas aquellas pasiones
que aún no han sanado y que llevamos con nosotros,
las encontraremos luego escondidas antes que eliminadas. El
desierto y la soledad son, para aquellos que no se han
liberado de las pasiones, una forma no solamente de
conservarlas, sino también de esconderlas, no
pudiendo descubrir de cuál pasión estarnos
aquejados. Y lo que es peor, nos sugieren fantasías
respecto de supuestas virtudes y nos convencen de haber
alcanzado la perfección de la paciencia y de la
humildad, ¡hasta que alguien llega a sacudir nuestra
cólera, sometiéndonos a prueba! Y cuando
sobreviene una ocasión cualquiera que sacuda y
atormente al que se encuentra en esta situación, de
inmediato las pasiones escondidas, las que no notamos
anteriormente, como caballos desenfrenados, se lanzan, al
galope, y nutridas por la hesichía y el ocio,
arrastran aún más salvaje y violentamente a su
caballero.
Las
pasiones, cuando no son sometidas a prueba por parte de los
hombres, se tornan aún más salvajes en
nosotros. Y así, luego de haber descuidado el
ejercicio y a causa de la soledad, perdemos incluso esa
sombra de tolerancia y de paciencia que aparentábamos
tener cuando estábamos entre nuestros hermanos. Como
las bestias venenosas que habitan el desierto o sus propias
madrigueras, y manifiestan su furor cuando aferran a quien
se acerca, así los hombres pasionales, que se hallan
en un estado de hesichía no por actitud virtuosa sino
a la fuerza, es decir, debido a su soledad, vomitan su
veneno cuando alcanzan a alguien que se les acerca y los
provoca. Por este motivo es necesario que aquellos que
buscan la perfecta humildad, pongan buen cuidado en no
irritarse no sólo contra los hombres, sino tampoco
contra las bestias ni los objetos inanimados. Recuerdo que
cuando vivía en el desierto, me encolerizaba contra
el báculo y me desahogaba contra él, ¡ya
porque era grueso o porque era delgado! Otras veces, me
enfurecía contra un árbol cuando, queriendo
cortarlo, no lo lograba en seguida. O bien contra el
pedernal, cuando, al tratar de prender el fuego, la chispa
no saltaba de inmediato. La ira se encontraba en mí
en un estado tal de excitación, ¡que llegaba a
desahogada contra los objetos insensibles!
Si
queremos alcanzar la beatitud proclamada por el
Señor, debemos prohibirnos la ira no solamente en
nuestros actos, como se ha dicho, sino también en
nuestro pensamiento. Pues no es suficiente con dominar la
lengua en un momento de cólera y controlar la salida
de nuestra boca de palabras enfurecidas, sino que deberemos
purificar nuestro corazón del rencor, evitando tener
en nuestra mente malos pensamientos contra nuestro hermano.
La doctrina evangélica nos recomienda eliminar de
raíz los pecados, antes que cortar solamente sus
frutos. Porque Si se elimina del corazón la
raíz de la cólera, el pecado no se
convertirá en odio ni envidia. El que odia a su
hermano ha sido declarado homicida, tal como está
escrito. Lo mata con el estado de odio que lleva en su alma;
los hombres no ven la sangre del hermano derramada mediante
una puñalada, pero Dios lo ve muerto en la mente y
por la íntima disposición al odio del otro; y
Él atribuirá a cada uno las coronas o los
castigos, no solamente por las acciones, sino también
por los pensamientos y determinaciones, tal como lo dice por
medio de su profeta: Vengo a recoger sus obras y sus
pensamientos. También el Apóstol dice: los
pensamientos que mutuamente disculpan o acusan. El
día en que Dios juzgue las cosas secretas de los
hombres... (Rm 2:15 y ss).
Pero
el Señor mismo nos enseña en los Evangelios
cómo apartar toda ira: Todo aquel que se encolerice
contra su hermano, será reo ante el tribunal (Mt
5:22). Éste es el texto de los manuscritos más
rigurosos; la palabra, "en vano" ha sido agregada luego para
indicar cuál es la voluntad de las Escrituras. El
Señor nos exige que eliminemos la raíz e
incluso la chispa de la ira, sin guardar en nosotros
ningún pretexto para sentirla, y que no caigamos en
la locura del furor irrazonable, aunque en un principio nos
hayamos conmovido con razón. La mejor cura para este
mal es la siguiente: que crearnos que no nos es permitido
indignarnos ni por lo que es justo ni por lo que es injusto.
Puesto que el espíritu de la ira obnubila la mente,
no podremos encontrar ni la luz de discernimiento, ni la
solidez de una voluntad firme, y el gobierno de la justicia;
ni siquiera será posible que nuestra alma se
convierta en el templo del Espíritu Santo, si nos
domina el espíritu de la ira que nubla nuestra
mente.
Concluyendo,
debemos tener siempre presente la hora incierta de nuestra
muerte, cuidándonos de caer en la ira. Y debemos
saber que, si estamos dominados por
ésta y por el odio, de nada nos servirá la
templanza, el desapego de toda realidad material, los ayunos
y las vigilias, sino que, por el contrario, nos
encontraremos sometidos a juicio.
La
tristeza
Nuestra
quinta batalla es contra el espíritu de la tristeza
que oscurece el alma y no le permite ninguna
contemplación espiritual, impidiéndole toda
obra buena. Cuando nuestro espíritu malvado aferra el
alma y la obnubila, no le permite cumplir sus oraciones con
buena disposición de ánimo ni perseverar en el
provecho que traen las sagradas lecturas, no permite que el
hombre sea humilde y tierno hacia sus hermanos, en pocas
palabras, le genera odio por cualquier tipo de actividad y
por la promesa misma de la vida. Quiero decir esto: la
tristeza, confundiendo todas las saludables decisiones del
alma, aflojando su vigor y su constancia, la vuelve
estúpida y la paraliza, sostenida por el pensamiento
de la desesperación. Por tanto, si estamos dispuestos
a combatir la batalla espiritual y, junto a Dios, vencer a
los espíritus de la malicia, deberemos custodiar
nuestro corazón con toda posible vigilancia contra el
espíritu de la tristeza. Así como la polilla
roe el traje, y el gusano la madera, así la tristeza
carcome el alma del hombre. Ésta induce a retirarse
de toda buena conversación y no nos permite aceptar
una buena palabra de consejo, ni siquiera de amigos
sinceros, ni a su vez darles una respuesta buena o
pacífica; por el contrario, envuelve toda el alma
colmándola de amargura y de tedio.
También
le sugiere rehuir de los hombres, como si éstos
fueran culpables de su turbación. No le permite
reconocer que su mal lo lleva dentro y que no le viene del
exterior; se manifiesta cuando, estimulada por las
tentaciones, es llevada a la superficie. Nunca un hombre
causará daño a otro si no lleva en sí
mismo las causas de las pasiones. Por este motivo, Dios,
creador de todas las cosas y médico de las almas,
Él, que es el único que conoce con
precisión las heridas del alma, no nos manda
abandonar nuestras relaciones con los hombres, sino que
eliminemos en nosotros mismos las causas de la malicia y
reconozcamos que la salud del alma no se practica por la
separación nuestra de los hombres, sino cuando
vivimos y nos ejercitamos junto a los virtuosos.
Cuando
abandonamos a los hermanos con un pretexto cualquiera -
¡razonable, por supuesto! - no hemos eliminado las
ocasiones que producen la tristeza, las hemos solamente
cambiado por otras, porque el mal que se ha instalado dentro
de nosotros las renueva sirviéndose incluso de
objetos diversos. Por tanto, toda nuestra guerra
deberá ser llevada a cabo contra nuestras pasiones
íntimas. Una vez que, con la gracia y la ayuda de
Dios, las hayamos echado de nuestro corazón podremos
vivir fácilmente, no digo con los hombres, sino
también con las bestias salvajes, según lo
dicho por el bienaventurado Job: Estarán en paz
contigo las bestias salvajes (Jb 5:23).
Antes
que nada, deberemos luchar contra el espíritu de la
tristeza que empuja el alma a la desesperación, a fin
de echarlo de nuestro corazón. Porque es éste
el espíritu que no ha permitido a Caín
arrepentirse después del asesinato de su hermano, ni
a Judas después de la traición al
Señor. Practicaremos solamente esa tristeza que es
necesaria para la conversión de nuestros pecados,
unida a una buena esperanza. Y de ésta el
Apóstol nos dice: La tristeza según Dios
produce una conversión saludable de la que no nos
arrepentiremos (2 Co 7:10). Porque la tristeza según
Dios al nutrir al alma con la esperanza de la
conversión, se halla mezclada con la alegría.
Por tanto, el hombre se torna dispuesto y obediente en cada
obra buena; se torna afable, humilde, manso, paciente, capaz
de soportar toda buena fatiga y toda aflicción, todo
lo que es según Dios. Y por esto se reconocen en el
hombre los frutos del Espíritu Santo, es decir, la
alegría, el amor, la paz, la paciencia, la bondad, la
fe, la continencias. De la tristeza contraria reconoceremos
los frutos de un espíritu malo que son: el tedio, la
intolerancia, la cólera, el odio, la
contradicción, la desesperación, la pereza en
la oración.
De
una tristeza tal, deberemos huir como de
la fornicación, del amor al dinero, de la
cólera y otras pasiones. Esa tristeza se cura con la
oración, la esperanza en Dios, la meditación
de las divinas palabras y viviendo con hombres
píos.
La
acidia
Nuestra
sexta lucha es contra el espíritu de la acidia, que
está unido al espíritu de la tristeza y con
él colabora, siendo éste un terrible y pesado
demonio, siempre pronto a ofrecer una batalla a los monjes.
Cae sobre el monje en la hora sexta produciéndole
desasosiego y escalofríos, causándole odios
hacia el lugar donde se encuentra y contra los hermanos que
viven con él, así como respecto de su trabajo
y de la lectura misma de las divinas Escrituras. Le
insinúa también el pensamiento de cambiar de
lugar y la idea de que, si no cambia y no se muda, todo
será fatiga y tiempo perdido. Además de esto,
le dará hambre alrededor de la hora sexta, un hambre
tal como no le sucede después de tres días de
ayuno, de un largo viaje o de una gran fatiga. Luego
hará que surjan pensamientos varios, tales como que
no podrá nunca liberarse de tal mal o de tal peso, si
no sale frecuentemente visitando a tal hermano, para obtener
una ventaja, se entiende, o visitando a los
enfermos.
Cuando
el monje no se encuentra atado por estos pensamientos, lo
sumerge entonces en un sueño profundo,
tornándose el sentimiento aun más violento y
fuerte en contra de él, y no podrá ser
ahuyentado si no es por medio de la oración,
evadiendo el ocio, con la meditación de las divinas
palabras y con la resistencia a las tentaciones. Porque si
este espíritu no encuentra al monje defendido por
estas armas, lo golpea con sus flechas y lo torna inestable,
lo agita, lo torna indolente y ocioso, induciéndolo a
recorrer varios monasterios, no preocupándose, no
buscando otra cosa más que lugares donde se coma y se
beba bien. Porque la mente del acidioso no piensa más
que en esto o en la excitación que proviene de estas
cosas. Y llegado a este punto, el demonio lo envuelve en
asuntos mundanos, y poco a poco lo engancha mediante estas
peligrosas ocupaciones, hasta que el monje rechaza del todo
su profesión monástica.
El
divino Apóstol, sabiendo cuán pesado es este
mal, y queriendo, cual médico sabio, erradicarlo
completamente de nuestras almas, nos muestra sobre todo las
causas que lo originaron y nos habla así: Os rogamos
hermanos, en el nombre del Señor nuestro Jesucristo,
manteneros alejados de todo hermano que no cambie por la
disciplina y siguiendo la tradición que habéis
recibido de nosotros. Vosotros sabéis cómo
imitarnos, puesto que no nos hemos portado desordenadamente
entre vosotros: no hemos comido gratuitamente el pan de
nadie, sino que hemos trabajado día y noche con
fatiga y afán para no ser una carga para vosotros; no
porque tuviésemos potestades para no trabajar, sino
con el fin de darles un modelo a imitar. Cuando estuvimos
entre ustedes les pedimos esto: si alguno no quiere
trabajar, que tampoco coma. Sentimos que algunos de entre
vosotros caminan indisciplinadamente, sin hacer nada, pero
inmiscuyéndose en todo. A éstos nos dirigimos
y les recomendamos en Cristo Jesús que coman de su
pan, trabajando con tranquilidad (2 Ts 3:6-12).
Sabemos
con cuanta sabiduría el Apóstol nos muestra
las causas del tedio. Llama "sin disciplina" a los que no
trabajan; pone en evidencia con esta sola palabra una gran
malicia, porque el que lo hace no teme a Dios, no considera
a su hermano al hablar y es presto al insulto: es decir, no
sabe estar en paz y es esclavo del tedio. El Apóstol
nos ordena mantenernos alejados de tales personas, es decir,
separarnos como de un mal contagioso. Y no según la
tradición que han recibido de nosotros (2 Ts 3,6), y
con esta expresión indica cómo aquellos son
soberbios, discruptores y malos difusores de las tradiciones
apostólicas. Aun dice: No hemos comido gratuitamente
pan de nadie, sino que hemos trabajado día y noche
con fatiga y afán (2Ts 3:8).
El
Doctor de las gentes, el heraldo del Evangelio, aquel que ha
sido raptado hasta el tercer cielo, aquel que dice
cómo el Señor ha establecido que aquellos que
anuncian el Evangelio viven del Evangelio, trabaja de
día y de noche para no ser una carga para nadie (2Ts
3:8). ¿Qué haremos nosotros, que frente al
trabajo nos mostramos tediosos y buscamos el reposo del
cuerpo? Nosotros, a quienes no nos ha sido confiado el
anuncio del Evangelio ni la preocupación de las
iglesias, sino apenas el cuidado de nuestra alma. Y el
Apóstol agrega: mostrando claramente el daño
causado por el ocio: ...sin hacer nada pero
inmiscuyéndose el todo (2Ts 3:11). Del ocio viene la
curiosidad, de la curiosidad, la falta de disciplina y de
ésta toda malicia. Pero el Apóstol nuevamente
prevé una cura para éstos y agrega: A
éstos recomendamos que coman de su pan trabajando con
tranquilidad (2Ts 3:12). Y de modo aún más
impresionante, agrega: El que no quiera trabajar, que
tampoco coma (2Ts 3:10).
Los
santos Padres que viven en Egipto, adiestrados por estos
preceptos apostólicos, no permiten a los cristianos
permanecer ociosos en ningún momento, sobre todo si
se trata de jóvenes. Porque saben que
sometiéndose al trabajo alejan el tedio, obtienen su
propia comida y ayudan a los necesitados.
Éstos
no trabajan sólo para obtener su propia comida, sino
para proveer a los extranjeros, a los pobres y a los presos
con su propio trabajo; a causa de su propia fe, las buenas
obras que hacen se convierten en un sacrificio santo, grato
a Dios.
También
dicen esto los Padres: "El que trabaja, no tiene a menudo
más que un solo demonio a quien combatir y por el
cual está oprimido, mientras que el ocioso
está atormentado por miríadas de malos
espíritus.
Pero
es bueno agregar también una palabra del padre
Moisés, hombre de probadísima virtud entre los
Padres. Me refiero a una palabra que recibí de
él. En un breve período transcurrido por
mí en el desierto, fui atormentado por el tedio, por
lo que acudí a su consejo contándole lo que me
había ocurrido.
Habiéndome
el tedio reducido a los extremos, logré superarlo
acudiendo a san Pablo. El padre Moisés me
contestó así: "Ten coraje. No te has liberado,
sino que te le has entregado totalmente como esclavo. Debes
saber que, puesto que has desertado,
te hará una guerra aún más grave, si de
ahora en adelante no te dedicas a combatirlo con celo por
medio de la paciencia, de la oración y del trabajo
manual."
La
vanagloria
Nuestra
séptima lucha es contra el espíritu de la
vanagloria. Ésta es una pasión multiforme, muy
sutil, y no la reconoce ni siquiera aquel que por ella ha
sido tentado. En efecto, los asaltos de las otras pasiones
son mucho más manifiestos, por lo que la lucha contra
ellos es más fácil pues el alma reconoce al
adversario y lo rechaza enseguida mediante la resistencia y
la oración. Pero la malicia de la vanagloria,
justamente por ser multiforme es difícil de ser
distinguida. En cualquier ocupación, usando la voz y
la palabra o aun callando, en el trabajo o en la vigilia, en
los ayunos o en la oración, en la lectura, en la
hesichía, en la paciencia; en todo esto trata de
abatir con sus flechas al soldado de Cristo. A quien la
vanagloria no logra seducir con el lujo de los vestidos,
trata de tentarlo por medio de una prenda vil. Y al que no
puede agrandar con honores, lo induce a la tontería,
haciéndole soportar cualquier cosa que parezca un
deshonor. Al que no puede ser persuadido a vanagloriarse con
la sabiduría de los discursos, lo atrapa con el lazo
de la hesichía, como si se hubiera dedicado al
recogimiento. Al que no puede convencer con la suntuosidad
de los alimentos, lo debilita con el ayuno para que obtenga
alabanzas.
En
una palabra, cualquier trabajo, cualquier ocupación
brinda a este pésimo demonio una ocasión para
promover batalla. ¡Y además de esto, sugiere
también fantasías de ordenaciones clericales!
Recuerdo a un cierto anciano, cuando vivía en Escete,
quien al dirigirse a visitar a un hermano en su celda,
acercándose a su puerta, sintió que
éste estaba hablando. El anciano, pensando que estaba
meditando las Sagradas Escrituras, se detuvo a escuchar. Y
oyó que aquel, tornándose insensato por la
vanagloria, ¡se imaginaba haber sido ordenado
diácono, y que estaba despidiendo a los
catecúmenos! Oyendo esto, el anciano empujó la
puerta y entró. El hermano se adelantó y se
arrodilló según la usanza, tratando de saber
si el anciano había estado un buen tiempo
detrás de la puerta. Pero el anciano le
contestó sonriendo: Llegué cuanto tú
estabas despidiendo a los catecúmenos." Ante estas
palabras, el hermano cayó a los pies del anciano,
suplicándole que rogara por él, a fin de ser
liberado de este engaño.
He
recordado este hecho para demostrar a qué grado de
insensatez este demonio conduce al hombre. El que quiera
combatirlo con perfección, y llevar firmemente la
corona de la justicia, usará de todo su celo para
vencer a este demonio polimorfo. Y que tenga siempre bien
presente lo dicho por David: El Señor ha dispersado
los huesos de aquellos que gustan a los hombres (Sal 52:5).
Y que no haga nada mirando a su alrededor, con el fin de
obtener las alabanzas de los hombres. Que busque solamente
la merced que viene de Dios; que siempre rechace aquellos
pensamientos de autoelogio que
provienen de su corazón, que se anule frente a Dios,
y podrá así, con su ayuda, liberarse del
espíritu de la vanagloria.
La
soberbia
La
octava lucha es contra el espíritu de la soberbia. Es
un espíritu terrible el más salvaje de todos
los precedentes. Combate sobre todo a los perfectos, y trata
de derrocar, sobre todo, a aquello, que han alcanzado el
ápice de la virtud. Como un morbo contagioso y
pernicioso, no destruye solamente una parte del cuerpo, sino
el cuerpo entero; así, la soberbia no destruye
solamente una parte del alma sino el alma entera. Cada una
de las otras pasiones, aun turbando el alma, combate a la
sola virtud que se le opone, y solamente ésta se
esfuerza en vencerla. Por tal motivo, oscurece solamente en
parte al alma y la turba. Pero la pasión de la
soberbia oscurece el alma toda y la arrastra a una
caída extrema.
Para
entender mejor cuanto se ha dicho, observemos lo siguiente:
la gula se esfuerza por corromper la continencia; la
fornicación tiende a corromper la templanza; el amor
por el dinero está en contra de la pobreza; la
cólera, contra la humildad; así, cada uno de
los distintos vicios trata de corromper la virtud opuesta.
Pero el vicio de la soberbia, cuando domina al alma
mísera, como un tirano feroz que ha ocupado una
grande y excelsa ciudad, la abate completamente desde sus
cimientos.
Testimonio
de todo esto es aquel mismo ángel que cayó del
cielo por causa de su soberbia: creado por Dios y adornado
de toda virtud y sabiduría, no quiso atribuir todos
sus dones a la gracia del Soberano, sino a su propia
naturaleza. Y hasta llegó a concebir la idea de ser
igual a Dios. Y el Profeta, confrontando este pensamiento,
le dijo: Has dicho en tu corazón: Me sentaré
sobre la excelsa montaña, pondré mi trono
entre las nubes y seré parecido al Altísimo.
¡Pero eres hombre y no Dios! E incluso otro profeta
dijo: "¿De qué te alabas en tu malicia, oh
poderoso? (Sal 51:1), y continúa el salmo. Conociendo
esto, temamos y pongamos toda vigilancia en custodiar
nuestro corazón del letal espíritu de la
soberbia, recordándonos siempre a nosotros mismos,
cuando ejercemos alguna virtud, lo dicho por el
Apóstol: No yo, sino la gracia de Dios que
está conmigo (1 Col 15:10); y lo que dice el
Señor: Sin mí no podréis hacer nada (Jn
15:5), y cuanto ha sido dicho por el Profeta: Si el
Señor no constituye la casa, vano es el trabajo de
los constructores (Sal 126:1); y aun esta palabra: No de
quien quiere ni de quien corre, sino de Dios que hace
misericordia (Rm 9:16). Puesto que si alguno fuera ardiente
en su celo, solícito en su determinación, aun
así, revestido de carne y sangre como lo es, no
podrá alcanzar la perfección si no es por la
misericordia de Cristo y de su gracia. Dice Santiago: Todo
regalo bueno... viene de lo alto (St 1:17). Y el
apóstol Pablo: ¿Qué tienes que no lo
hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué
te alabas como si no lo hubieras recibido? (1Col 4:7),
exaltándote como por cosas de tu
pertenencia.
De
que la salvación nos provenga de la gracia y de la
misericordia de Dios, es veraz testimonio aquel
ladrón, que adquirió el Reino de los Cielos no
ciertamente como recompensa por sus virtudes, sino por la
gracia y la misericordia de Dios.
Nuestros
Padres, que bien conocen todo esto, nos han trasmitido con
unívoca sentencia que no se puede alcanzar de otro
modo la perfección de la virtud si no es mediante la
humildad, y ésta es habitualmente generada por la fe,
por el temor de Dios y la perfecta pobreza: cosas gracias a
las cuales se origina el amor perfecto. Por la gracia y por
el amor de nuestro Señor Jesucristo a los hombre, a
Él la gloria de los siglos. Amén.
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