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La
Filocalia
(�ndice)
Marcos,
el Asceta
1. La Ley
Espiritual
Puesto
que habéis expresado más de una vez el deseo
de saber cómo es la ley espiritual según el
Apóstol, y cuál es el conocimiento y la
actividad de aquellos que la quieren cumplir, os diremos lo
que está dentro de nuestras posibilidades.
Primero:
sabemos que Dios es el principio, el centro y el fin de todo
bien. Y el bien es imposible de ser obrado o creído,
fuera de Cristo Jesús o del Espíritu
Santo.
Cada
bien es un don del Señor, conforme a su voluntad. El
que crea en esto, no lo perderá.
La
fe firme es una torre fuerte. Y Cristo es todo para aquel
que cree.
Que
aquel que se halla al principio de todo bien, esté al
principio de cada uno de tus propósitos, de tal modo
que lo que debas hacer, se haga según
Dios.
El
que actúa con humildad y tiene una actividad
espiritual, cuando lee las Sagradas Escrituras, relaciona
todo consigo mismo y no con los demás.
Suplica
a Dios para que abra los ojos de tu corazón y puedas
ver cuánto se obtiene con la plegaria y con la
lectura entendida en base a la experiencia.
El
que tiene algún carisma espiritual y siente
compasión por los que no lo tienen, guarda este don
gracias a esta compasión. El que es vanidoso lo
perderá, debido a los golpes que los pensamientos de
vanidad imparten.
La
boca del que tiene sentimientos humildes, habla con la
verdad; el que contradice la verdad se asemeja a aquel
siervo que golpeó al Señor en la
mejilla.
No
seas discípulo de quien se alaba a si mismo, para que
no seas aprendiz de la soberbia en lugar de ser
humilde.
Que
no se ensalce tu corazón a raíz de las
reflexiones relativas a las Escrituras, a fin de que tu
intelecto no caiga en manos del espíritu de la
blasfemia.
No
trates de resolver un asunto difícil mediante la
controversia, sino mediante lo que te promete la ley
espiritual, es decir, por intermedio de la paciencia, la
oración y la esperanza, sin vacilaciones.
El
que reza con el cuerpo sin tener todavía el
conocimiento espiritual, es un ciego que grita: Hijo de
David, ten piedad de mi (Lc 18:38).
Aquel
que en un tiempo fue ciego, una vez que recuperó la
vista y reconoció al Señor, lo adoró
confesándolo "hijo de Dios," en lugar de "hijo de
David."
No
te ensalces cuando derrames lágrimas durante la
oración: es Cristo el que ha tocado tus ojos y
tú has vuelto a adquirir la vista
espiritual.
El
que, a imitación del ciego, se ha sacado su manto y
se ha acercado al Señor, se convierte en su seguidor
y en heraldo de los dones más perfectos.
La
malicia, ejercitada mediante los pensamientos, torna
insolente el corazón; cuando es eliminada, mediante
la continencia y la esperanza, lo torna
arrepentido.
Hay
una justa y benéfica contrición del
corazón que lo conduce a la compunción; existe
otra, sin embargo, desordenada y nociva, que lo lleva a
enojarse consigo mismo.
El
velar, el orar y el soportar todo lo que sucede, son una
aflicción que no perjudica al corazón, sino
que constituyen una ventaja, siempre y cuando, debido a la
avidez, no quebremos la cohesión que existe entre
estas cosas. El que persevera en ellas, será
socorrido incluso en las demás. El que las descuida y
las olvida, en el momento de su muerte tendrá
sufrimientos intolerables.
Un
corazón que ama los placeres se convierte, a la hora
de la muerte, en prisión y cadenas para el alma; el
que ama la fatiga es una puerta abierta.
Un
corazón duro es como una puerta de hierro que conduce
a la ciudad; pero se abre automáticamente para quien
se encuentra en la pena y en la aflicción, como
aquella puerta lo hizo con Pedro.
Muchas
son las maneras de la oración, cada una distinta de
la otra; pero ninguna podrá causar daño,
porque, si es oración, no es operación
diabólica.
Un
hombre que quería hacer el mal, primero rezó
mentalmente como de costumbre e, impedido de obrarlo por
voluntad divina, agradeció ampliamente al
Señor.
Cuando
David quiso matar a Nabal del Carmelo, al recordar la divina
retribución, fue impedido de realizar su
propósito y agradeció ampliamente.
También sabemos lo que hizo cuando se olvidó
de Dios, y cómo no deseaba desistir de ello, hasta
que fue conducido al recuerdo de Dios nuevamente, por el
profeta Natán.
Cuando
llegue el momento en que recuerdes a Dios, abunda en
oraciones, para que cuando te olvides de Él, sea el
Señor el que te recuerde.
Lee
las Sagradas Escrituras y trata de comprender lo que en
ellas se encuentra escondido. Porque todo lo que en un
tiempo fuera escrito, ha sido escrito para enseñarnos
(Rm 15:4).
En
las Escrituras la fe ha sido denominada garantía de
las cosas esperadas (Hb 11:1), y aquellos que no reconocen
en ella a Cristo, son llamados réprobos.
Así
como las ideas se dan a conocer mediante las obras y las
palabras, así también la retribución
futura se manifiesta mediante las obras del
corazón.
Un
corazón piadoso obtendrá ciertamente la
piedad; en caso contrario habrá de esperar las
correspondientes consecuencias.
La
ley de la libertad enseña toda la verdad: muchos la
leen como si fuera la ciencia, pero pocos la comprenden, es
decir, en la medida en que obran de acuerdo con los
mandamientos.
No
busques su perfección en las virtudes humanas, porque
no se la encuentra en forma perfecta en ellas. Su
perfección está escondida en la cruz de
Cristo.
La
ley de la libertad es leída como una ciencia
verdadera y es comprendida poniendo en obra los mandamientos
pero encuentra su plenitud en la fuerza de la misericordia
de Cristo.
Cuando
a conciencia nos esforcemos por actuar de acuerdo con todos
los mandamientos de Dios, entonces conoceremos la ley
inmaculada del Señor; sabremos cómo
ésta es perseguida por nosotros mediante nuestras
buenas acciones, aunque no pueda cumplirse plenamente en los
hombres sin la misericordia de Dios.
Todos
aquellos que no se consideran deudores respecto de cada uno
de los mandamientos de Cristo, leen la ley de Dios solamente
con el cuerpo sin comprender lo que dicen ni lo que dan por
seguro (1 Tm 1:7). Es por esto que creen poder llevarla a
cabo mediante las obras.
Sucede,
a veces, que hay cosas que parecen buenas al ser llevadas a
cabo; y sin embargo, el motivo de quien las ejecuta no
tiende al bien. También hay otras que parecen malas,
mientras que el motivo de quien las hace tiende al bien.
Esto no sucede solamente respecto de las obras, sino
también respecto de las palabras, que pueden ser
dichas de la misma manera que mencionáramos
anteriormente. Otros cambian las cosas por inexperiencia o
por ignorancia, algunos por mala intención, otros en
cambio con fines piadosos.
El
que hace ostentación de alabanzas, escondiendo
calumnias y críticas, no es fácilmente
descubierto por los más simples. Así
también es quien se vanagloria, simulando ser
humilde. Todos éstos, después de haber
alterado en mucho la verdad con la mentira, finalmente son
alejados y confutados mediante las obras.
Existe
el que hace una obra que se manifiesta buena, a fin de ser
útil al prójimo; también existe aquel
que obtiene una ventaja espiritual, no
haciéndola.
Existe
el reproche hecho por maldad y por venganza. Existe otro
hecho por temor a Dios y a la verdad.
No
reproches a aquel que ha dejado el pecado y hace penitencia.
Y si argumentas que reprochas según Dios, manifiesta
primero, entonces, tus males personales.
Dios
da principio a toda virtud, así como el sol se
encuentra en el origen de la luz del día.
Cuando
lleves a cabo alguna acción virtuosa, recuerda a
aquel que dijo: Sin mí, nada podéis hacer (Jn
15:5).
Es
mediante las tribulaciones que los bienes son preparados
para los hombres; mientras que los males acuden mediante la
vanagloria y la voluptuosidad.
Huye
del pecado el que sufre injusticia a causa de los hombres, y
encuentra conveniente socorro en sus
tribulaciones.
El
que cree en la retribución que recibirá de
Cristo, está pronto, en la medida de su fe, a
soportar toda injusticia.
El
que reza intensamente por los hombres que lo afligen con
injusticias, abate a los demonios; el que por otra parte, se
opone a los primeros, es herido por los segundos.
Es
mejor sufrir una ofensa de los hombres que de los demonios;
sin embargo el que es grato al Señor ha vencido a
ambos.
Todo
bien nos es enviado por el Señor conforme a su
distribución, aunque misteriosamente rehuye a los
ingratos, a los desconsiderados y a los ociosos.
Toda
malicia termina en un placer prohibido, mientras que toda
virtud en la consolación espiritual. Y la malicia,
cuando te agarra, te empuja hacia lo que le es propio; del
mismo modo, la virtud te conduce a lo que le es
natural.
El
insulto de los hombres procura aflicción al
corazón, pero es causa de pureza para quien lo
soporta.
La
ignorancia nos induce a oponernos a lo que nos es ventajoso,
y cuando se torna atrevida, acrecienta el mal que ya
existe.
Desde
el momento que no estás sufriendo ningún
daño, espera estrecheces; rechaza la avidez, ya que
sabes que algún día deberás rendir
cuenta.
Si
has pecado secretamente, no trates de esconderlo. Pues todo
está desnudo y patente a los ojos de Aquel a quien
hemos de dar cuenta (Hb 4:13).
En
tu ánimo, muéstrate al Señor. Porque el
hombre mira el rostro, pero Dios mira el
corazón.
No
pienses ni hagas nada si tu intención no es
según Dios. Porque el que viaja sin una meta,
malgastará su fatiga.
Para
el que peca sin haber hecho acto de contrición, es
más difícil alcanzar al arrepentimiento,
porque de la justicia de Dios, nada se escapa.
Un
acontecimiento doloroso aporta, a quien es sensato, el
recuerdo de Dios; análogamente, es motivo de
opresión para el que se olvida de Dios.
Que
cada pena no buscada sea para ti la maestra de un recuerdo;
así no te faltará un incentivo en tu
penitencia.
El
olvido no tiene en sí mismo ningún poder, pero
adquiere fuerza en la medida de nuestras
negligencias.
No
digas: "¿Cómo lo hago? pues el olvido acude a
mí aunque no lo quiera." Esto se produjo porque,
cuando te acordaste, has descuidado lo que no
debías.
Lo
que recuerdes que debes hacer bien, hazlo; así
también lo que te olvides, te será revelado.
No entregues tu razón a un olvido
irresponsable.
Las
Escrituras nos dicen: El Infierno y la perdición
están delante del Señor. Esto lo dicen a
propósito de la ignorancia y del olvido del
corazón.
El
Infierno es la ignorancia: ambas realidades son invisibles.
La perdición es el olvido, porque ambas realidades
consisten en haber perdido algo que ya
existía.
Ocúpate
de tus males y no de los del prójimo: así no
será saqueada tu oficina espiritual.
La
negligencia es la disipación de todo bien que tenemos
el poder de cumplir; pero la limosna y la oración
hacen un llamado a quien ha sido negligente.
Toda
aflicción según Dios es una real obra de
piedad. Porque el verdadero amor se encuentra en la
adversidad.
No
digas que adquirido una virtud. sin aflicción; no es
una virtud probada la que ha sido adquirida en el
solaz.
Considera
el resultado de todo sufrimiento no buscado y
encontrarás en él la destrucción del
pecado.
Muchos
consejos dados por el prójimo nos son de ayuda, pero
ninguno se adapta mejor que el propio
pensamiento.
Si
buscas la curación, ten en cuenta tu conciencia, haz
lo que te dice y obtendrás una ventaja.
Los
secretos de cada uno son conocidos por Dios y por la
conciencia. Por su intermedio que cada uno reciba su
corrección.
El
hombre persigue, según su propia voluntad lo que se
encuentra en sus posibilidades; pero es Dios el que produce
el resultado final, según su justicia.
Si
deseas recibir alabanzas de los hombres, sin ser condenado,
ama primero el reproche por los pecados
cometidos.
A
cambio de toda la vergüenza que uno acepta en nombre de
la verdad de Cristo, recibirá cien veces otro tanto
de gloria, por parte de la gente. Pero es mejor que cada
bien lo hagamos con miras a las cosas futuras.
Cuando
un hombre hace el bien a otro con palabras o con obras, que
ambos comprendan que esto se produce por gracia de Dios. El
que no comprenda esto, será dominado por el que lo
comprende.
El
que alaba al prójimo por un motivo hipócrita,
lo ofenderá en la primera ocasión, y él
mismo se sentirá avergonzado.
El
que ignora la insidia de los enemigos, es fácilmente
muerto por ellos, y el que desconoce las causas de las
pasiones, cae fácilmente.
La
negligencia proviene del amor por el placer y en la
negligencia se origina el ocio. Dios ha donado a todos el
conocimiento de lo que les conviene.
El
hombre aconseja a su prójimo como sabe hacerlo, Dios
obra en quien lo escucha, según su fe.
He
visto personas rústicas que fueron humildes en su
conducta. Y sin embargo, se volvieron más sabias que
los sabios.
Un
hombre rústico, habiendo oído que aquellos
habían sido alabados, no imitó su humildad,
sino que vanagloriándose de su rusticidad,
agregó a ésta su soberbia.
El
que desprecia la inteligencia y se vanagloria de la falta de
doctrina, no es tosco solamente en su palabra, sin
también en su conocimiento.
Una
cosa es la sapiencia de la palabra y otra cosa es la
sabiduría; del mismo modo, una cosa es la rusticidad
de la palabra y otra cosa la fatuidad.
La
inexperiencia al hablar no causará ningún
daño al que es piadoso, así como el humilde no
se perjudicará a causa de la sapiencia de sus
palabras.
No
digas: "No sé lo que tengo que hacer y no soy
culpable si no lo hago." Si tu haces lo que sabes que tienes
que hacer, todo el resto te será revelado en
consecuencia, como si se tratara de habitaciones, una a
continuación de la otra. No necesitas saber lo que
viene después, si antes no has puesto en marcha lo
que le precede. Porque la ciencia se hincha a causa del
ocio, mientras que el amor edifica a causa de la
soportación de todo.
Lee
a través de las obras las palabras de las Sagradas
Escrituras y no elabores discursos aburridos
hinchándote solamente con conceptos.
El
que ha abandonado la práctica y se apoya solamente en
la ciencia, tiene en sus manos un bastón de
caña en lugar de una espada con dos filos. Esto
durante la guerra le perforará la mano -como dicen
las Escrituras - lo penetrará y le inyectará
el veneno natural delante de los enemigos.
Todo
pensamiento tiene para Dios un peso y una medida. Es
ciertamente posible pensar una misma cosa, ya sea de un modo
pasional como de una manera simple.
El
que ha acatado un mandamiento, que se disponga a recibir la
prueba que a causa de ello le vendrá. Pues el amor
por Cristo es puesto a prueba mediante las
adversidades.
Nos
seas nunca despreciativo, descuidando el curso de tus
pensamientos. Porque Dios no pasa por encima de
ningún pensamiento.
Cuando
ves un pensamiento que te habla de la gloria humana, debes
saber con certeza que te depara vergüenza.
El
enemigo conoce la justicia de la ley espiritual y busca
solamente el consenso de la mente. Así, o bien
someterá a las fatigas de la penitencia a quien tiene
en su poder, o bien, si éste no hace penitencia, le
impondrá sufrimientos forzados. A veces, induce a
rebelarse contra las calamidades de tal forma, que le
multiplica los dolores, y en el momento de la muerte lo
muestra como infiel a causa de su capacidad de
suportación.
Muchos
se han opuesto a los eventos de tantos modos; pero sin la
oración y la penitencia, nadie ha podido huir de la
desgracia.
Los
males se apoyan uno al otro. Del mismo modo, los bienes se
incrementan mutuamente y empujan a quienes los poseen hacia
cuanto de bueno hay más adelante.
El
Diablo nos induce a no llevar la cuenta de los
pequeños pecados; en efecto, no tiene otro modo para
llevarnos a males mayores.
Las
alabanzas de los hombres son la raíz de la turbia
concupiscencia, mientras que el reproche del mal es la
raíz de la sabiduría; no solamente cuando se
lo escucha, sino cuando se lo acepta.
Nada
gana el que renuncia al mundo y luego permanece apegado a
los placeres, Lo que antes hacía mediante las
riquezas, lo hace ahora, sin poseer nada.
Del
mismo modo, el que se contiene pero posee riquezas, es
espiritualmente hermano del precedente; es hijo de una misma
madre con motivo del placer espiritual pero de un padre
distinto, debido al cambio de pasiones.
Existe
el que cercena una pasión para seguir una
voluptuosidad más grande; y es loado por el que
ignora su motivo. Y quizás ni siquiera él se
da cuenta de que hace cosas de las que no obtiene
ningún provecho.
Causas
de todo mal son la vanagloria y la voluptuosidad: el que no
las odia, no elimina la pasión.
Se
dice que la raíz de todos los males es la
pasión por el dinero, pero es claro que ésta
se forma con las dos causas precedentes.
El
intelecto es enceguecido por estas tres pasiones: la
avaricia, la vanagloria, el placer.
Estas
son, según las Escrituras, tres hijas de la
sanguijuela, amadas con un amor muy grande por la madre
fatuidad.
Conocimiento
y fe, las compañeras de nuestra naturaleza, no han
sido ofuscadas por otra cosa que por aquellas.
Furor
e ira, guerras y homicidios, y toda la serie de otros males,
han prevalecido terriblemente entre los hombres por fuerza
de aquellas.
Debemos
rechazar el amor por el dinero, odiar la vanagloria y la
voluptuosidad; son las madres de los males y madrastras de
las virtudes.
Con
motivo de éstas nos ha sido ordenado no amar el mundo
y lo que está en el mundo. No para que odiemos sin
discernimiento, a las criaturas de Dios, sino para que
eliminemos las causas de aquellas tres pasiones.
Se
ha dicho que ninguno, embarcado en el servicio militar, se
inmiscuye en los negocios de la vida civil (2 Tm 2:4). El
que, efectivamente, quiere vencer las pasiones sin vencer
estos tropiezos, es como aquel que trata de apagar un
incendio con paja.
El
que se irrita con el prójimo por motivos de dinero,
gloria o voluptuosidad, no ha entendido aún que Dios
gobierna a las cosas con justicia.
Cuando
escuchas al Señor que dice: Si alguno no renuncia a
todo lo que posee no es digno de mí, no debes
entender esto como referido solamente a las riquezas, sino
también a todas las acciones viciosas.
El
que no conoce la verdad, no puede tampoco creer en verdad.
En efecto, según el orden natural, el conocimiento
precede a la fe.
Así
como a cada una de las cosas visibles Dios ha asignado lo
que le es inherente por naturaleza, así
también lo ha hecho con los pensamientos de los
hombres, lo queramos o no.
Si
alguno, pecando manifiestamente y no haciendo penitencia, no
ha padecido nada hasta el día de su muerte, puedes
creer que su juicio será sin piedad.
El
que reza sabiamente, soporta lo que le sucede; el que guarda
rencor, no ha rezado aún con pureza.
Si
recibes un daño o un ultraje, o eres perseguido por
alguien, no pienses en el presente, sino que debes esperar
lo que vendrá. Y te darás cuenta de que todo
ha sido para ti motivo de muchos bienes, no sólo en
el presente siglo, sino también en el
futuro.
Así
como a los inapetentes hace bien el amargo ajenjo,
así a los que tienen mal carácter conviene
padecer males. Estas medicinas mejoran la salud de los unos
y convierten a los otros.
Si
no quieres padecer males, no debes tampoco querer hacerlo,
porque infaliblemente una cosa sigue a la otra. Porque lo
que cada uno siembra, también lo cosechará (Ga
6:7).
Cuando
sembramos voluntariamente el mal y contra nuestra voluntad
lo cosechamos, debemos admirar la justicia de
Dios.
Puesto
que existe un determinado lapso entre la siembra y la
cosecha, debido a esto, dudamos de la
retribución.
Si
has pecado, no acuses a la acción sino al
pensamiento; porque si el intelecto no se hubiera
adelantado, el cuerpo no lo hubiera seguido.
Actúa
peor el que ocasiona el mal a escondidas que aquellos que lo
ejercitan abiertamente. Por esto, el primero será
castigado más severamente.
El
que urde engaños y ocasiona el mal a escondidas, es,
según las Escrituras, una serpiente achatada en el
camino, que muerde el talón de los
caballos.
El
que alaba por algunas cosas al prójimo y al mismo
tiempo le reprocha otras, está dominado por la
vanagloria y la envidia. Alabándolo, trata de
esconder la envidia y reprochándolo se presenta como
una persona más honorable que el otro.
Como
no es posible que convivan ovejas y lobos, también es
imposible obtener la misericordia engañando al
prójimo.
El
que mezcla con el precepto su propia voluntad, es un
adúltero, tal como fuera revelado por la Escritura,
y, faltándole sentido común, está
expuesto a dolores y deshonor.
Así
como el agua y el fuego no pueden estar juntos, así
se oponen la humildad y la necesidad de
justificarse.
El
que busca la remisión de sus pecados, ama la
humildad. El que condena al otro, pone un sello sobre sus
propios males.
No
permitas que permanezca en ti ningún pecado no
borrado, aunque fuera muy pequeño, para que a
continuación no te arrastre hacia algún mal
peor.
|Si
quieres salvarte, ama la palabra sincera. No rechaces nunca
un reproche sin haberlo considerado.
La
palabra de la verdad ha transformado una estirpe de
víboras y les ha enseñado a huir de la ira que
viene .
El
que recibe palabras de la verdad, recibe al Verbo de Dios
(la Palabra). En efecto, se dice: El que os recibe, me
recibe a mí (Mt 10:40).
El
pecador es como aquel paralítico bajado desde el
techo, quien, reprochado por unos creyentes en Dios, recibe
el perdón por intermedio de su fe.
Es
preferible rezar pía e intensamente por el
prójimo antes que reprocharle cada pecado
cometido.
El
que con rectitud hace penitencia, es objeto de mofa por los
tontos. Pero esto es para él un signo de la
aprobación de Dios.
Los
atletas se privan de todo (1 Co 9:25): no cesarán de
hacerlo hasta que Dios no haya destruido la descendencia de
Babilonia.
Se
calcula que son doce las pasiones deshonrosas: si te
hubieses apegado a una de ellas con tu voluntad, solo
ésa ocupará el lugar vacío que dejaron
las otras once.
El
pecado es un fuego que arde. Cuanto más lejos dejes
el combustible, más rápidamente ese fuego se
irá apagando. Análogamente, cuanto más
combustibles agregues, tanto más se
difundirá.
Si
te has agrandado debido a las alabanzas, te llegará
el deshonor. Porque se ha dicho: El que se ensalce
será humillado (Lc 14:11).
Cuando
hayamos rechazado toda malicia voluntaria de nuestra mente,
deberemos combatir contra las pasiones
preconcebidas.
Tal
preconcepción consiste en el recuerdo involuntario de
los males pasados: al que lucha le es impedido alcanzar la
pasión; en el vencedor esto es rechazado cuando todo
se encuentra aún en estado de
estímulo.
El
estímulo es el movimiento sin imágenes del
corazón. Tal como si fuera un lugar fortificado en un
pasaje excavado en la montaña, es tomado en acecho
antes por aquellos que tienen experiencia que por los
enemigos.
Donde
el pensamiento está acompañado por las
imágenes, allí hubo consentimiento, porque el
estímulo no culpable es un movimiento sin
imágenes. Existe aquel que logra salir de él
como un tizón extraído del fuego aunque no se
extraigan otros para no reavivarlo,
No
digas: "Me sucede tal cosa aunque no lo quiero." Porque en
todo caso, aunque no desees esta cosa en sí misma,
sin embargo, amas sus causas.
El
que ama las alabanzas, se encuentra en la pasión. Y
el que se entrega a las quejas por una tribulación
que lo aqueja, ama la voluptuosidad.
El
pensamiento de quien ama la voluptuosidad es inestable como
si se encontrara ubicado en una balanza. Ya se lamenta y
llora por sus pecados, ya combate y contradice al
prójimo, defendiendo su voluptuosidad.
El
que a todo atribuye un valor y retiene lo que es positivo,
huirá de todo mal.
El
hombre que sabe soportar abunda en sagacidad, así
como aquel que presta atención a las palabras de
sabiduría.
Sin
el recuerdo de Dios, no habrá verdadero conocimiento.
Ya que sin el primero, el segundo es un bastardo.
Al
que es duro, pero no de corazón, le va bien un buen
discurso relativo a un conocimiento más fino. Puesto
que, sin temor, no acepta las fatigas de la
penitencia.
El
hombre humilde acepta un discurso de fe. Éste no
tienta la longanimidad de Dios y no se hiere con continuas
transgresiones.
No
avergüences a un hombre poderoso por su vanagloria.
Debes mostrarle la ignominia futura que caerá sobre
él. De este modo, el que es sensato aceptará
de buen grado el reproche.
El
que odia el reproche se encuentra voluntariamente en la
pasión. El que lo ama, es claro que es desviado por
las pasiones precedentemente concebidas.
No
hay que querer conocer las malas acciones de los otros. Con
una voluntad así, se subrayan los contornos de tales
acciones.
Si
has recibido como dulces sonidos ciertos malos discursos,
enójate contigo mismo y no con quien ha hablado.
Porque para el que tiene un mal oído, es malo
también el embajador.
Si
uno se encuentra con hombres que hacen discursos vanos, que
se considere a sí mismo responsable de dichas
palabras. Si no fuera por un motivo reciente, habrá
ciertamente alguna vieja deuda.
Si
vieras que alguno te alaba con hipocresía, espera de
él reproches, a su debido tiempo.
Establece
desde ahora una relación entre los sufrimientos
presentes y los beneficios futuros. Así no
descansarás más en tu lucha por
descuido.
Cuando
llamas "bueno" a algún hombre, por alguna
condición física que posee, prescindiendo de
Dios, ese hombre te resultará malo en el
futuro.
Todo
bien viene de Dios, según su voluntad. Aquellos que
traen dichos dones son sus ministros.
Acepta
con pensamiento equilibrado el confluir del bien y de los
males. Es así como Dios transforma la no equidad de
las cosas.
La
desigualdad de nuestros pensamientos produce los cambios de
nuestras condiciones personales. Dios ha asignado las
acciones involuntarias a las voluntarias, como una
consecuencia natural.
Las
realidades sensibles son producidas por las inteligibles y
proporcionan lo necesario por decreto de Dios.
De
un corazón dominado por la voluptuosidad nacen
pensamientos y palabras pestilentes, ya que por el humo
conocemos el combustible que lo provoca.
Ten
firmeza en tu mente y no te cansarás entre las
tentaciones. Si te abandonas, soporta las
consecuencias.
Ruega
para que no caiga sobre ti la tentación. Pero si te
afligiera, acéptala no como algo extraño, sino
como algo tuyo.
Aparta
tu pensamiento de toda concupiscencia y podrás ver
las insidias del Diablo.
El
que afirma que conoce todas las insidias del Diablo, cae
dentro de ellas sin darse cuenta.
Cuando
el intelecto sale de las preocupaciones del cuerpo, ve, en
la medida que sale, las astucias de los enemigos.
El
que se deja arrastrar por los pensamientos, está
enceguecido. Ve la obra del pecado, pero no está en
condiciones de ver sus causas.
Está
el que visiblemente cumple un precepto, si bien, sirviendo a
una pasión, borra la buena acción mediante
malos pensamientos.
Si
has sido sometido por un principio del mal, no digas: "No me
vencerá." En la medida que has sido hecho su esclavo,
en esa medida has sido ya vencido.
Todo
lo que sucede empieza con una pequeña medida y,
alimentado poco a poco, contribuye a su
crecimiento.
Los
artificios de la malicia son una red tortuosa. El que se
enreda un poco en ella, si es negligente, es encerrado por
completo.
No
quieras escuchar las desgracias acaecidas a los enemigos,
porque el que escucha tales palabras, corta los frutos de su
propia inclinación.
No
pienses que una tribulación cualquiera cae sobre los
hombres a causa del pecado. Hay quien es del agrado del
Señor y sin embargo es tentado. Está escrito
que los perversos y los malos serán perseguidos. Del
mismo modo está escrito: Todos los que quieran vivir
piadosamente en Cristo Jesús, sufrirían
persecuciones. (2 Tm 3:12).
En
tiempos de tribulaciones, cuídate de los asaltos de
la voluptuosidad, ya que ésta es aceptada de buen
grado porque endulza la tribulación.
Hay
quien denomina sensatos a los que tienen discernimiento en
las realidades sensibles. Sin embargo, son sensatos aquellos
que tienen dominio de su propia voluntad.
Antes
que tus males hayan sido destruidos, no obedezcas a tu
corazón. Está buscando agregar material de
acuerdo a lo que tiene en depósito.
Hay
serpientes que se esconden en los valles boscosos y otras
que se introducen en las casas. De la misma manera, hay
pasiones que toman forma en la mente mientras que otras
obran en la práctica; aunque puede suceder que se
transformen, pasando de un tipo a otro.
Cuando
veas que tu interior está muy agitado e induce al
intelecto, que está sometido a la hesikia, hacia la
pasión, debes saber que el intelecto ha sido la
guía, el detonador de la acción, y ha colocado
este torbellino en el corazón.
La
nube no se forma si no es por el soplo del viento. Del mismo
modo, la pasión no nace si no es por la fuerza del
pensamiento.
Si
no obedecemos la voluntad de la carne, como dice la
Escritura, evitaremos fácilmente las malas tendencias
anteriormente descritas.
Las
imágenes ya fijadas en el intelecto son
particularmente graves y vigorosas; pero su causa y
fundamento son las operaciones de nuestra
razón.
Hay
una malicia que domina el corazón por haber sido
concebida mucho tiempo antes; y hay una malicia que combate
a la mente con motivo de las acciones cotidianas.
Dios
nos evalúa de acuerdo con nuestras acciones y
nuestras intenciones. Se ha dicho: Te dé el
Señor según tu corazón (Sal
19:4).
El
que no persevera en escrutar su conciencia, tampoco acepta
las fatigas de su cuerpo por amor a la vida
pía.
La
conciencia es un libro natural. El que en ella lee
activamente, recibe la experiencia de la ayuda
divina.
El
que no asume las penas voluntarias que provienen del amor
por la verdad, es duramente amaestrado por lo que sucede
contra su voluntad.
El
que ha conocido la voluntad de Dios, según el poder
que le haya sido concedido, la cumple; gracias a las
pequeñas penas, huirá de las
grandes.
El
que pretenda vencer las tentaciones sin la oración y
la lucha, no las rechazará sino que quedará
más atrapado por ellas.
El
Señor está escondido en sus mandamientos y es
encontrado por aquellos que lo buscan en la medida que los
cumplen.
No
digas: "He cumplido los mandamientos pero no he encontrado
al Señor." Puesto que, como dice la Escritura
frecuentemente has encontrado conocimiento junto con la
justicia. Y aquellos que lo buscan con rectitud,
encontrarán la paz (Pr 16:5c).
La
paz es la remoción de las pasiones. No podrá
ser encontrada sin la obra del Espíritu
Santo.
Una
cosa es cumplir un mandamiento y otra cosa es la virtud,
aunque es factible que se intercambien las ocasiones de
hacer el bien.
Denominamos
cumplir un mandamiento el cumplir lo que ha sido mandado; es
virtud lo que ha sido hecho acorde con la verdad.
Una
sola es la riqueza sensible, aunque es múltiple si se
consideran las distintas posesiones. Del mismo modo, una
sola es la virtud, aunque consta de distintas
actividades.
El
que se hace el sabio y habla sin poder demostrar sus obras,
se enriquece con la iniquidad, y sus fatigas, como dicen las
Escrituras, entran en las casas de los otros.
Todo
obedece al oro, se dice; pero las realidades espirituales
son determinadas por la gracia de Dios.
Se
encuentra la buena conciencia mediante la oración; y
la oración pura, mediante la conciencia. Según
natura una cosa necesita de la otra.
Jacob
confeccionó para José una túnica de
múltiples colores. También el Señor
concede al humilde el conocimiento de la verdad, por medio
de la gracia, tal como está escrito: El Señor
enseñará sus caminos a los humildes (CfSal
24:9).
Obra
el bien según tus posibilidades, y cuando te surja la
ocasión de dar más, no des menos. Porque se ha
dicho que el que retrocede no es apto para el Reino de los
Cielos.
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