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La
Filocalia
(�ndice)
Marcos,
el Asceta
2. A
propósito de aquéllos que se creen
justificados por sus obras
La
mala fe de los de afuera es inmediatamente demostrada por
parte de aquellos que tienen una fe firme y conocen la
verdad.
El
Señor, queriendo demostrar que cada mandamiento es
justo y que la adopción a los hijos ha sido donada a
los hombres por medio de su sangre, dice que cuando hayan
hecho todo lo que les han mandado, entonces dirán:
Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que
teníamos que hacer (Lc 17:10). Por esto el Reino de
los Cielos no es merced por las obras, sino gracia del
Soberano preparada para los siervos fieles.
El
siervo no pide la libertad como merced, pero se alegra
sabiéndose deudor y la recibe como gracia.
Cristo
ha muerto por nuestros pecados, según las Escrituras
(1 Co 15:3) y a quien lo sirve bien, le concede como gracia
la libertad. Se ha dicho: Bien, siervo bueno y. fiel; has
sido fiel en lo poco, te constituiré en lo mucho.
Entra en el gozo de tu Señor (Mt 25:21).
No
es siervo fiel el que se apoya sobre el simple conocimiento,
sino aquel que cree mediante la obediencia en lo que Cristo
ha mandado.
El
que honra a su patrón, hace lo que está
mandado. El que se equivoca o desobedece, soportará
las consecuencias como es debido.
Si
quieres aprender, ama la fatiga. Pues la ciencia pura hace
que el hombre se sienta henchido.
Las
tentaciones que nos acosan y que son inesperadas, nos
enseñan providencialmente a amar la fatiga y nos
conducen a la penitencia, aunque no lo queramos.
Las
tribulaciones que caen sobre los hombres son el producto de
nuestro mal. Pero si las combatimos mediante la
oración, encontraremos un agregado de cosas
buenas.
Algunos,
recibiendo alabanzas por su virtud, han encontrado placer en
ello, considerando como un consuelo esta voluptuosidad de la
vanagloria. Otros, reprochados por su pecado, se han sentido
angustiados y han considerado como algo malo esta pena
benéfica.
Los
que, con el pretexto de su lucha, se levantan contra el que
es más negligente, consideran estar justificados por
las obras de su cuerpo. Pero aquellos que, apoyándose
solamente en el conocimiento, desprecian a los ignorantes,
son incluso menos sensatos que los precedentes.
Sin
las obras que le corresponden, el conocimiento no
está aún asegurado, admitiendo que sea
verdadero. Porque, respecto a cualquier realidad, la
confirmación es dada por las obras.
A
menudo el conocimiento es oscurecido por la negligencia en
la práctica. Puesto que de aquellas cosas que han
sido realizadas de modo completamente desacertado,
perecerán poco a poco también los
recuerdos.
Por
ello, las Escrituras nos sugieren conocer a Dios
según la ciencia, para poder servirlo rectamente
mediante nuestras obras.
Cuando
exteriormente cumplimos los mandamientos, el Señor
nos envía capacidad de tanto en tanto, y obtenemos de
ello ventajas según el objetivo de nuestras
intenciones.
El
que quiere hacer algo y no puede hacerlo, es como aquel que
lo ha hecho por Dios, quien conoce los corazones. Y esto es
válido, ya sea para el bien, ya para el
mal.
El
intelecto, sin el cuerpo, cumple muy bien y muy mal. Pero el
cuerpo sin el intelecto, no puede cumplir con nada de esto.
La explicación se debe a que la ley de la libertad se
reconoce antes de la acción.
Algunos
que no cumplen los mandamientos creen de tener una fe que
procede con rectitud. Otros, que los cumplen, esperan al
Reino como una merced debida. Todos ellos se han desviado de
la verdad.
El
patrón no debe ninguna merced a sus esclavos;
éstos, a su vez, de no servir bien, no
obtendrán su libertad.
Si
Cristo ha muerto por nosotros (Rm 5:8), como dicen las
Escrituras, y nosotros no vivimos para nosotros mismos, sino
para aquel que ha muerto por nosotros y ha resucitado, es
evidente que estamos comprometidos a servirle hasta la
muerte. ¿Cómo considerar cosa debida la
adopción de hijos?
Cristo
es el Soberano por esencia y Soberano según la
economía. Porque nos hizo cuando no existíamos
y, muertos por el pecado, nos ha rescatado mediante su
propia sangre y ha donado su gracia a aquellos que lo creen
así.
Cuando
escuches de las Escrituras que Cristo recompensará a
cada uno según sus obras, no entiendas que se refiere
a obras dignas de la gehenna o del Reino. Debes entender que
Cristo dará a cada uno una retribución por las
obras relativas a la incredulidad o a la fe en Él; no
como un mediador de negocios, sino como el Dios que nos ha
creado y redimido.
Todos
aquellos que hemos sido hechos dignos de un lavado de
regeneración, no presentamos nuestras buenas obras
para lograr una retribución, sino para custodiar la
pureza que nos ha sido donada.
Toda
buena obra, que realizamos mediante nuestra naturaleza, nos
mantiene alejados de lo contrario, pero sin la gracia no se
puede alcanzar ninguna santificación.
El
continente se mantiene alejado de la gula. El que es pobre
voluntario, de la avaricia. El silencioso, del modo de
hablar. El casto, del amor al placer. El puro, de la
fornicación. El que se basta a sí mismo, del
amor por el dinero. El manso, del tumulto. El humilde, de la
vanagloria. El que se somete, de la contienda. El que
reprocha, de la hipocresía. Del mismo modo, el que
ora se mantiene alejado de la desesperación. El
pobre, del deseo de tener muchas posesiones. El confesor de
la fe, de abjurar; y el mártir, de la
idolatría. ¿Ves cómo toda virtud que se
practica hasta la muerte no es otra cosa que la
abstención del pecado? Pero abstenerse del pecado es
obra de la naturaleza, no un precio a pagar para recibir, en
compensación, el Reino.
El
hombre con dificultad custodia lo que es propio de su
naturaleza, pero Cristo, mediante la cruz, nos ha regalado
el adoptarnos como hijos.
Hay
un precepto particular y vino general. Con uno se manda dar
a quien nada posee en forma particular; con el otro, se
ordena que todos renuncien a sus propios bienes.
Hay
una acción de la gracia de la cual el simple no se
percata. Hay una operación de la malicia que es
similar a la verdad. Está bien no detenerse demasiado
en estas cosas, para no errar; sin embargo no debemos
condenarlas, por la verdad que pueden contener. Deberemos
presentar todo a Dios por medio de la esperanza, ya que
Él sabe de la utilidad de ambas cosas.
El
que quiere cruzar el mar espiritual es paciente, humilde,
vigilante y continente, Sin estas cosas, aunque se esfuerce
por entrar, no podrá atravesar ese mar.
La
hesichía es la rescisión de los males. Si
luego agregamos las cuatro virtudes, conjuntamente con la
oración, no hay ayuda más rápida que
ésta para alcanzar la impasibilidad.
No
es posible asociar el intelecto a la hesikia sin el cuerpo;
tampoco se puede eliminar la pared divisoria que se halla
entre ellos sin hesikia y oración.
El
deseo de la carne está contra el Espíritu y el
del Espíritu está contra la carne (Ga 5:17).
Pero aquellos que caminan según el Espíritu no
llevarán a cabo la concupiscencia de la
carne.
No
hay oración perfecta si no se invoca con el
intelecto. Dios atiende el pensamiento que grita sin
distracción.
El
intelecto que ora sin distracción refrena su
corazón. Un corazón contrito y humillado, Dios
no lo desprecia (Sal 50:17).
A la
oración también se la denomina virtud, aunque
sea la madre de todas las virtudes. Las genera, en efecto,
uniéndose a Cristo.
Si
algo hacemos sin oración y sin buena esperanza,
resultará de ello algo nocivo e
imperfecto.
Cuando
oyes que los últimos serán los primeros y los
primeros, últimos (Mt 20:16), entiende esto como
referido a aquellos que son partícipes de las
virtudes y a los que son partícipes del amor. El amor
está en el último lugar entre las virtudes,
pero se convierte en el primero por su valor y deja como
últimas aquellas virtudes que lo han
precedido.
Si
en la oración eres perezoso o atormentado por los
variados modos del mal, recuerda el final que te
tocará vivir y los duros castigos. Mas bien deberemos
apegarnos a Dios con la oración y la esperanza, antes
que tener recuerdos exteriores, aunque éstos puedan
ser útiles.
Ninguna
de las virtudes, por sí sola, puede abrirnos las
puertas de nuestra naturaleza. Todas ellas deberán
vincularse entre sí.
Ninguna
persona continente se nutre de razonamientos, ya que, aunque
son útiles, no son más útiles que la
esperanza.
Es
un pecado de muerte todo pecado del cual no nos
arrepentimos. Y aunque un santo rogara por otro que
cometió un pecado de este tipo, no sería
escuchado.
El
que hace penitencia con rectitud no calcula compensar con su
fatiga los pecados anteriormente cometidos; pero con lo que
hace, se torna propicio a Dios.
Todo
aquello que nuestra naturaleza puede tener como bueno,
deberemos cumplirlo cada día como una deuda. De otro
modo, ¿qué podremos dar a Dios a cambio por los
males pasados?
Aunque
podamos ejercitar al máximo nuestra virtud, si
actuamos con negligencia, obtendremos reproches antes que
recompensas.
El
que está espiritualmente atribulado y se apoya en la
carne, es parecido a aquel que está atribulado en su
cuerpo pero disipado espiritualmente.
La
tribulación voluntaria de una de estas partes es
buena para la otra: la de la mente para la carnal; y la de
la carne para la mental. Su combinación origina una
gran fatiga.
Es
de gran virtud soportar lo que nos sucede y amar al
prójimo que nos odia, según la palabra del
Señor.
La
prueba de un amor no hipócrita es el perdón de
nuestras faltas. Es así como el Señor ha amado
al mundo.
No
es posible perdonar, desde nuestro corazón,
algún error sin verdadero conocimiento. Éste
demuestra a cada uno como cosa propia lo que le ha
sucedido.
No
perderás nunca lo que dejas para el Señor. A
su debido tiempo se te devolverá
multiplicado.
Cuando
el intelecto olvida los objetivos de una vida pía, la
obra exterior de la virtud se torna
inútil.
En
cualquier hombre es cosa deplorable la
desconsideración; tanto más en quien ha
elegido un régimen de vida más
riguroso.
Ponte
a filosofar en torno a los hechos que giran alrededor del
querer del hombre y la retribución de Dios. El
discurso no es más sabio ni más útil
que el obrar.
Las
fatigas resultantes de llevar una vida pía son
aliviadas por el socorro. A éste se lo puede
reconocer por medio de la ley divina y de la
conciencia.
Uno
ha asumido un modo de sentir y lo ha mantenido sin someterlo
a ningún examen. Otro lo ha asumido y lo ha sometido
al discernimiento con verdad. ¿Es necesario indagar
quién de los dos ha actuado con mayor piedad?
Luchar
contra las propias penas constituye el verdadero
conocimiento, así como no acusar a los hombres por
las propias desventuras.
El
que hace el bien buscando una retribución, no sirve a
Dios, sino a la propia voluntad.
No
es posible al que hubo pecado huir del castigo, a menos que
cumpla una penitencia que tenga relación con la culpa
cometida.
Algunos
dicen: "No podemos hacer el bien si no recibimos eficazmente
la gracia del Espíritu."
Se
da siempre que los que con la intención se mantienen
apegados a los placeres rechazan, como si hubieran sido
privados de ayuda, lo que hubieran podido hacer por
sí solos.
A
los que fueron bautizados en Cristo les fue misteriosamente
donada la gracia, la cual actúa en la medida en que
cumplimos con los mandamientos. La gracia nos ayuda sin
cesar aunque en forma escondida, pero nos corresponde a
nosotros hacer el bien según nuestra posibilidad
Como
primera cosa, ella despierta la conciencia de un modo digno
de Dios. Es por esto que muchos malhechores, una vez hecha
penitencia, son gratos a Dios.
A la
gracia se la encuentra escondida en una enseñanza del
prójimo. A veces acompaña nuestra mente
durante la lectura y, mediante un proceso natural, adiestra
al intelecto en la propia verdad. Si no escondemos, el
talento de este proceso parcial, entraremos eficazmente en
el gozo del Señor.
Quien
busca los resultados del Espíritu antes de haber
cumplido los mandamientos, es similar a un esclavo comprado
a un precio determinado, quien, en el momento de ser
comprado, trata de hacer registrar junto a su precio
también su libertad.
El
que ha descubierto que los eventos exteriores se producen
por la justicia de Dios, éste, en la búsqueda
del Señor, ha encontrado el conocimiento junto con la
justicia .
Si
tú entiendes, según lo que dicen las
Escrituras, que en toda la Tierra están los juicios
de Dios, cada acontecimiento será para ti maestro del
conocimiento de Dios.
Lo
que sucede es cuanto debe suceder según lo que
está en el corazón Pero solamente Dios sabe
cuánto estos acontecimientos nos
benefician.
Cuando
sufres algo deshonroso por parte de los hombres, piensa en
seguida en la gloria con la que Dios te colmará.
Así te librarás de la tristeza y de la
turbación, aun estando en el deshonor. Y en la
gloria, cuando venga, serás fiel y libre de
condena.
Cuando
seas alabado por la gente, según la complacencia de
Dios, no mezcles nada ostentoso con la distribución
del Señor. Esto es para que tú no tropieces
nuevamente, en la situación contraria, al cambiar las
cosas.
La
semilla no puede crecer sin tierra ni agua. Así el
hombre no obtendrá nada sin fatigas voluntarias ni
ayuda divina.
Sin
la nube es imposible que caiga la lluvia. Así, sin
una buena conciencia, no es posible ser gratos a
Dios.
No
te niegues a aprender aunque fueras sumamente inteligente.
Porque la divina distribución nos brinda más
ventajas que nuestra inteligencia.
Cuando
a causa de algún placer, el corazón es
removido de su lugar natural, se torna difícil
detenerlo, casi como si fuera un piedra pesada que rueda
cuesta abajo.
Como
un cordero inexperto que corre por los prados y termina en
un lugar rodeado por precipicios, así es el alma que
poco a poco se deja arrastrar por los
pensamientos.
Una
vez que el intelecto se ha hecho fuerte en el Señor,
arranca el alma de las pasiones concebidas hace bastante
tiempo. Nuestro corazón es así atormentado
como por torturadores, encontrándose tironeado por
partes opuestas ya sea por el intelecto como por la
pasión.
Así
como aquellos que navegan en el mar, con la esperanza de una
ganancia, soportan voluntariamente el ardor del sol,
aquellos que odian el mal aman los reproches. Puesto que,
así como el primero - el ardor del sol - se opone a
los vientos, el segundo - el reproche - se opone a las
pasiones.
La
huida en tiempo de invierno o en el día sábado
causa dolor a la carne y contaminación al alma. Tal
es el surgir de las pasiones en un cuerpo senil y en un alma
consagrada.
Ninguno
es tan bueno ni tan piadoso como el Señor. Pero el
que no hace penitencia, no es perdonado por Él
tampoco.
Muchos
de entre nosotros se afligen por los pecados, pero reciben
bien aquello que los causa.
La
marmota que se arrastra bajo tierra, siendo ciega, no puede
ver las estrellas. Del mismo modo, el que no tiene fe
respecto a las cosas temporales, no puede creer lo que
concierne a las eternas.
El
verdadero conocimiento es donado por Dios a los hombres como
una gracia anterior a todas las gracias. A los que tienen
una parte en ella les enseña a creer en Aquel que les
ha otorgado el don.
Cuando
el alma en pecado no acepta los sufrimientos que la afligen,
los ángeles dicen de ella: Hemos curado a Babilonia,
pero no se ha sanado (Jn 28:9).
El
intelecto que se ha olvidado del verdadero conocimiento,
¡lucha a favor de los enemigos casi como si fueran
éstos la ayuda de los hombres!
Así
como el fuego no puede durar en el agua, tampoco un mal
pensamiento sobrevive en un corazón que ama a Dios.
Porque quien quiera que ame a Dios, ama también el
penar. Y la pena voluntaria es por naturaleza enemiga del
placer.
La
pasión que ha encontrado alimento por medio de la
voluntad, se sublevará luego violentamente contra el
hombre que es partícipe, aunque éste no lo
quiera.
Amamos
las causas de los pensamientos involuntarios, y es por esto
que éstos sobrevienen. En cuanto a los voluntarios,
es evidente que amamos sus acciones
La
presunción y la arrogancia son causas de
maledicencia. El amor por el dinero y la vanagloria, de
dureza de corazón y de hipocresía.
Cuando
el Diablo ve que el intelecto reza desde el corazón,
hace que nos acosen grandes y malignas tentaciones. No trata
de destruir pequeñas virtudes con grandes
ataques.
Un
pensamiento que se detiene en nosotros, manifiesta la
disposición pasional del hombre. Cuando es destruido
en seguida, es índice de lucha de
oposición.
Tres
son los lugares espirituales en los cuales el intelecto
entra y se transforma: según natura, más
allá de la natura y contra natura. Cuando se halla
según natura, se encuentra a sí mismo culpable
de malos pensamientos. Entonces confiesa a Dios sus pecados
admitiendo las causas de las pasiones. Pero cuando se
encuentra en lugar contra natura, se olvida de la justicia
de Dios y combate a los hombres como si éstos le
causaran daño. Cuando es conducido al lugar
más allá de la natura, encuentra los frutos
del Espíritu Santo, de los cuales nos hablara el
Apóstol: amor, alegría, paz. Y ve que si da
preferencia a los deseos del cuerpo, no puede permanecer ese
lugar. Y el que abandona ese lugar cae en el pecado y en las
terribles calamidades que le siguen, aun que no
inmediatamente, sino a su debido tiempo, como se da en la
justicia divina.
Para
cada uno el conocimiento puede ser verdadero en la medida
que su humildad, su mansedumbre y su amor lo confirman como
tal.
Todo
aquel que fue bautizado según su fe, ha recibido
místicamente toda la gracia. Pero es mediante el
cumplimiento de los mandamientos que logra una certeza
plena.
El
mandamiento de Cristo cumplido con conciencia da
consolación en función de la multitud de
dolores del corazón. Pero cada una de estas cosas se
realiza a su debido tiempo.
Sé
perseverante en la súplica por cada cosa, pues nada
puede ser cumplido sin la ayuda de Dios.
Nada
es más poderoso que la oración para obrar. Ni
nada es más útil para lograr la
satisfacción de Dios.
La
oración encierra en sí misma toda la
actuación de los mandamientos. Nada es más
alto que el amor de Dios.
La
oración libre de divagaciones es una señal del
amor de Dios para el que persevera en ella. Pero ser
negligentes y descuidados en la oración es
índice de amor al placer.
El
que vela, tiene paciencia y reza sin sentirse oprimido,
participa visiblemente del Espíritu Santo. Pero
incluso el que es oprimido por estas cosas y las soporta con
voluntad recibe una pronta ayuda.
Existe
un mandamiento que se manifiesta mejor que otro. Por lo
tanto, hay una fe que es más firme que
otra.
Hay
una fe que proviene del escuchar, como dice el
Apóstol ; y existe una fe que es la esencia de las
cosas esperadas.
Es
cosa buena hacer el bien con las palabras al que busca el
saber. Es mejor sin embargo, ayudar con la oración y
la virtud. El que se ofrece a Dios mediante estas cosas,
ayuda también al prójimo con el remedio
adecuado.
Si
con pocas palabras quieres hacer el bien a quien ama
aprender, indícale la oración, la recta fe y
soportar cuanto le sucediere. Puesto que todos los otros
bienes se encuentran por intermedio de
éstos.
A
causa de aquello por lo cual se pone nuestra confianza en
Dios, se cesa de enfrentar al prójimo.
Si
todo lo involuntario se origina en lo voluntario, como dicen
las Escrituras, nadie es tan enemigo del hombre como lo es
él de sí mismo.
La
ignorancia es el principio de todos los males, y
después de ésta sobreviene la
incredulidad.
Huye
de la tentación mediante la resistencia y la
súplica. Si tratas de oponerte sin estos medios, la
tentación te aquejará aún
más.
El
que es manso según Dios, es más sabio que los
sabios; y el humilde de corazón más poderoso
que los poderosos. Porque éstos llevan el yugo de
Cristo según su conocimiento.
Cualquier
cosa que digamos o hagamos sin oración, será
luego peligrosa o dañina, y nos acusará sin
que nos percatemos mediante los hechos.
Uno
solo es justo en sus obras, las palabras y el pensamiento,
mientras que muchos son los justos mediante la fe, la gracia
y la penitencia.
Así
como es inusitado para el que hace penitencia tener otro
sentir de sí mismo, así es imposible tener
sentimientos humildes para el que peca
voluntariamente.
La
humildad no es una condena por parte de la conciencia, sino
un reconocimiento de la gracia de Dios y de su
compasión.
Lo
que constituye la casa material con respecto del área
común a todos, así es el intelecto razonable
respecto a la gracia divina: cuanto más material se
echa hacia afuera, más entra en su lugar, mientras
que cuanto más material se coloca dentro, tanto
más se retira.
El
material de una casa está constituido por objetos y
alimentos. El material del intelecto, por la vanagloria y la
voluptuosidad.
El
espacio en el corazón es la esperanza de Dios. La
falta de espacio es representada por la preocupación
por el cuerpo.
La
gracia del Espíritu Santo es única e
inmutable, pero actúa en cada uno como
quiere.
Tal
como la lluvia caída sobre la tierra ofrece a cada
planta la calidad de nutrición que le conviene, dulce
para las dulces, acre para las más ásperas,
así la gracia en el corazón de los fieles es
colocada en forma inmutable, pero gratifica con
energías convenientes a las virtudes.
Para
el que tiene hambre de Cristo, la gracia se convierte en
alimento; para el que tiene sed, en una dulcísima
bebida; para el que tiene frío, en un vestido; para
el que se cansa, en reposo; para el que ora, en certeza
plena; para el que está de luto, en
consolación.
Cuando
lees en las Escrituras que el Espíritu Santo se
posó en cada uno de los Apóstoles, o que
cayó sobre el profeta, o bien que actúa, que
se entristece, que se apaga, que es inducido a indignarse; o
aun: que algunos tienen una primicia mientras que otros
están llenos del Espíritu Santo, no pienses
que en el Espíritu hay una escisión, un cambio
o una mutación; debes creer, como hemos dicho
más arriba, que es inmutable, invariable y
omnipotente. Por lo tanto en sus operaciones sigue siendo lo
que es y a cada uno le reserva lo que le conviene en modo
digno de Dios. Tal como un sol, se difunde sobre los
bautizados, pero cada uno de nosotros es iluminado en la
medida en que ha odiado las pasiones que lo obnubilaban y
las ha apartado. Cuando aparece alguien que las alma, de la
misma manera es oscurecido.
El
que odia las pasiones destruye sus causas. Pero el que
insiste en permanecer en las causas, es combatido por las
pasiones.
Cuando
somos acometidos por los malos pensamientos, la culpa es de
nosotros mismos y no de un pecado de nuestros
progenitores.
Las
raíces de los pensamientos son las malicias
evidentes. ¡Pensar que nosotros las justificamos en
toda circunstancia con manos, pies y boca!
No
es posible que tengamos un comercio mental con una
pasión si no alimentamos las causas.
¿Quién
de nosotros desprecia la vergüenza y luego mantiene un
comercio con la vanagloria? O, ¿quién, si arna
el desprecio, se turba por el deshonor? ¿Y
quién, teniendo el corazón arrepentido y
humillado, recibe bien dispuesto la voluptuosidad de la
carne? O, ¿quién, si cree en Cristo, se preocupa
o pelea por las cosas temporales?
El
que es tratado con desprecio y no reacciona ni con la
palabra ni con el pensamiento, adquiere un conocimiento
verdadero y manifiesta una fe firme en el
Señor.
Los
hijos del hombre son falsos en sus balanzas para hacer una
injusticia (Sal 61:10), mientras que Dios reserva para cada
uno lo que te es de justicia.
Ni
el que hace una injusticia tiene más ni el que la
recibe tiene de menos: ¡Se va el hombre como una imagen
y se turba inútilmente! (Sal 38:6 y ss).
Cuando
ves que alguno sufre mucho deshonor, debes saber que se ha
llenado de pensamientos de vanagloria y corta con disgusto
la mies nacida de las semillas de su
corazón.
El
que aprovecha más de lo debido de los placeres del
cuerpo, pagará cien veces más con sus penas
por sus excesos.
El
que da órdenes debe decir a su subordinado lo que
debe hacer. Si éste no lo escuchara, debe
preanunciarle los males que lo afligirán.
El
que sufre un desprecio por parte de alguien, y no trata de
devolvérselo, da fe por esto a Cristo, recibiendo
cien veces más en este siglo y en herencia la vida
eterna.
El
recuerdo de Dios es una fatiga del corazón ejercida
por la piedad. El que se olvida de Dios conduce una vida de
placeres y se torna insensible.
No
digas: "El que es impasible no puede ser afligido." Pues,
aunque no sufre por sí mismo, sufre por el
prójimo.
Una
vez que el enemigo se adueña de muchos pecados
olvidados, obliga al deudor a traerlos a la memoria. Se
aprovecha así de la ley del pecado.
Si
quieres recordar continuamente a Dios, no rechaces como algo
injusto lo que te sucede; deberás soportarlo como
algo que te aqueja justamente. La paciencia por intermedio
de todo evento suscita el recuerdo. Pero el rechazo degrada
el sentir espiritual del corazón y, mediante el
relajamiento, produce el olvido.
Si
quieres que tus pecados sean perdonados por el Señor,
no proclames a los hombres ninguna virtud que tú
posees; porque lo que nosotros hacemos por las virtudes es
lo que Dios hace por los pecados.
Cuando
hayas escondido una virtud, no te exaltes como si tú
hubieses hecho justicia. Porque la justicia no es solamente
esconder el bien, sino también no pensar en nada de
lo que es prohibido.
No
te alegres cuando haces bien a alguien, sino cuando soportas
sin rencor la contradicción que a ello le sigue.
Porque así como la noche viene después del
día, así los males siguen a las buenas
acciones.
La
vanagloria, la concupiscencia y la voluptuosidad no permiten
que una buena acción permanezca inmaculada, a menos
que éstas no caigan antes, gracias al temor a
Dios.
En
los dolores que no hemos buscado se esconde la misericordia
de Dios, que atrae al que la soporta hacia la penitencia y
lo libera del castigo eterno.
Algunos,
obrando según los mandamientos, esperan poder
ponerlos sobre uno de los platillos de la balanza para que
hagan de contrapeso con los pecados; otros, con su obrar,
hacen propicio a Aquel que ha muerto por nuestros pecados.
¿Cabe preguntarse quién de ellos tenga un recto
sentir?
El
temor a la gehenna y el ansia del Reino nos procuran
soportar las cosas penosas; esto se produce no por nosotros
mismos, sino por parte de aquel que conoce nuestros
pensamientos.
El
que tiene fe en las realidades futuras se mantiene alejado
de los placeres sin que nadie le dé órdenes.
El que es incrédulo, se torna voluptuoso e
insensible.
No
digas: "¿Cómo puede llevar una vida voluptuosa
el necesitado, si no le surgen ocasiones?" Porque es posible
vivir una vida tal, aun más míseramente, por
medio de los pensamientos.
Una
cosa es el conocimiento de las cosas y otra es el
conocimiento de la verdad. Así como el Sol es
distinto de la Luna, así el segundo conocimiento es
más ventajoso que el primero.
El
conocimiento de las cosas se produce en proporción al
cumplimiento de los mandamientos, mientras que el
conocimiento de la verdad, en la medida de la esperanza en
Cristo.
Si
quieres salvarte y llegar al conocimiento de la verdad,
trata siempre de alcanzar el más allá de las
realidades sensibles y de unirte a Dios mediante la
esperanza solamente. De este modo, si te hallaras
involuntariamente desviado, encontrando en tu camino
principados y potestades que te hacen la guerra con sus
estímulos, los vencerás con la oración,
permaneciendo lleno de esperanza, y tendrás contigo
la gracia de Dios que te arranca a la ira futura.
El
que comprende lo que dice místicamente san Pablo
refiriéndose a que nuestra lucha es contra los
espíritus de la maldad, podrá comprender
también la parábola que el Señor
contaba para mostrar cómo debemos siempre orar sin
cansarnos.
La
ley ordena trabajar durante seis días y mantenernos
libres durante el séptimo. Es por lo tanto una obra
del alma la beneficencia mediante las riquezas o las
acciones. Su ocio y su reposo consisten en vender todo y
darlo a los pobres, según la Palabra del
Señor, y una vez encontrado el reposo mediante la
pobreza voluntaria, en el darse al ocio de la esperanza
espiritual. San Pablo, solícitamente, también
nos exhorta a entrar a este reposo, diciendo:
Esforcémonos por entrar en ese descanso (Hb
4:11).
Esto
lo hemos dicho sin excluir lo que sucederá en el
futuro y sin querer establecer que se convertirá en
la recompensa completa. Queremos solamente decir que antes
deberemos tener en el corazón la gracia operante del
Espíritu Santo y así, en proporción a
ésta, entrar en el Reino de los Cielos. Incluso el
Señor, manifestando esto, nos decía que el
Reino de los Cielos está dentro de ti. Y
también el Apóstol decía: La fe es la
garantía de las cosas esperadas (Hb 11:1), y
también: Corred de tal modo de poder alcanzar (1 Co
9:24) y más aún: Examinaos para ver si
estáis en la fe. ¿O no reconocéis que
Jesucristo vive en vosotros? ¿Sois quizás
rebeldes?
El
que ha conocido la verdad no se opone a los eventos
dolorosos. Sabe que éstos guían al hombre al
temor de Dios.
Los
pecados cometidos hace tiempo, recordados en detalle,
perjudican al hombre lleno de buenas esperanzas. Si emergen
con tristeza, lo distraen de la esperanza, si son
representados sin tristeza, acumulan en el alma su antigua
fealdad.
Cuando
el intelecto, mediante el rechazo de sí mismo, posee
una esperanza imposible de desmoronarse, es acometido por el
Enemigo quien, con el pretexto de la confesión,
representa en su imaginación los males pasados,
devolviendo la vida a las pasiones que por la gracia de
Dios, habían sido olvidadas, y dañando
secretamente al hombre. Esto se produce a tal punto que,
aunque iluminado y con odio a las pasiones, se
sentirá confundido por lo hecho y en tinieblas; y si
aún se encontrara en la niebla y en el amor por el
placer, con seguridad se detendrá a meditar sobre
estas cosas y mantendrá una relación pasional
respecto de los estímulos que lo motivan. De este
modo pensará que este recuerdo es una pasión
precedentemente concebida y no una
confesión.
Si
quieres presentar a Dios una confesión irreprensible,
no recuerdes detalladamente tus errores y soporta con
generosidad las consecuencias.
Las
penas sobrevienen de los pecados pasados y traen consigo lo
que está inherente a toda culpa.
El
que tiene ciencia y conoce la verdad, hará una
confesión a Dios no tanto con el recuerdo de las
acciones sino anteponiendo la lucha contra las
consecuencias.
Si
rechazas la fatiga y el deshonor, no prometas hacer una
penitencia mediante las otras virtudes. Porque la vanagloria
y la insensibilidad siempre sirven al pecado, también
con las cosas buenas.
Así
como las fatigas y los deshonores suelen generar las
virtudes, así la voluptuosidad y la vanagloria
generan los vicios.
Cada
voluptuosidad del cuerpo deriva de un relajamiento
precedente. Y es la falta de fe la que genera el
relajamiento
El
que está bajo el pecado no puede por sí solo
vencer el sentir carnal, ya que en él el
estímulo es incesante y se ha instalado en sus
miembros.
Cuando
uno se halla rodeado por las pasiones, es necesario rezar y
someterse. A duras penas es posible mediante una ayuda
luchar contra las pasiones precedentemente
concebidas.
El
que con sumisión y oración lucha contra la
voluntad, es un atleta que tiene un buen método y da
una prueba evidente de conducir la lucha espiritual mediante
la abstención de las realidades sensibles.
El
que no une a Dios su propia voluntad, tropieza en sus obras
y cae en poder de los adversarios.
Cuando
ves a dos malvados que sienten amor el uno por el otro,
debes saber que cada uno coopera con el otro para cumplir su
propia voluntad.
El
orgulloso y el vanaglorioso se entienden de buena gana.
Mientras uno alaba al vanaglorioso que aparenta someterse
servilmente, el otro magnifica al orgulloso que se alaba de
continuo.
El
discípulo que ama a Dios trata de obtener una ventaja
de estas dos cosas: si recibe un testimonio por sus buenas
obras, se torna aún más animoso; si es
amonestado por las cosas malas, es inducido a hacer
penitencia. Pero para progresar es necesario también
tener la vida; y para tener la vida debemos levantar nuestra
oración a Dios.
Es
bueno atenerse al mandamiento capital y no preocuparse de
los detalles, ni rezar por los detalles, sino que debemos
solamente buscar el Reino y la Palabra de Dios. Si nos
preocuparnos de las necesidades en particular, deberemos
rezar por cada una de ellas. El que hace algo o se preocupa
de algo sin oración, no lleva las cosas a buen fin.
Esto es lo que ha dicho el Señor: Sin mí nada
podéis hacer (Jn 15:5).
Si
uno desprecia el precepto de la oración, se
sucederán para él desobediencias peores, que
se lo pasarán la una a la otra como un
prisionero.
El
que recibe bien los sufrimientos presentes a la espera de
los bienes futuros, ha encontrado el conocimiento de la
verdad, y le será fácil hacer frente a la ira
y a la tristeza.
Quien
por amor a la verdad elige ser maltratado y deshonrado,
camina por la vía apostólica, ya que toma la
cruz y es atado por una cadena. El que sin estas cosas trata
de prestar atención a su corazón, se
desvía mentalmente y cae en las tentaciones y en los
lazos del Diablo.
No
es posible que venza el que lucha contra los malos
pensamientos pero no contra sus causas, ni el que lucha
contra las causas, pero no contra los pensamientos que
éstas producen. Cuando rechazamos solamente una de
estas cosas, después de un corto tiempo nos
encontramos sometidos a ambas.
El
que contiende con los hombres por temor de recibir dolores y
ofensas, sufrirá aún más estando
aquí por las desgracias que lo aquejarán, o
será castigado sin piedad en el siglo
futuro.
El
que quiere mantener alejada cualquier desgracia
deberá orar respecto de todas las cosas que mantienen
relación con Dios, debiendo también tener fija
en Él la esperanza y, en cuanto le sea posible, no
prestar atención a las realidades
sensibles.
Cuando
el Diablo ve que un hombre se preocupa sin necesidad de lo
que concierne a su cuerpo, antes que nada lo priva del
conocimiento (espiritual). Y luego corta la cabeza de su
esperanza en Dios.
Si
logras alcanzar el fortín de la oración pura,
no aceptes en ese momento el conocimiento de las cosas que
el Enemigo te presenta, para que no te suceda que puedas
perder lo mejor. Es preferible enviarle flechazos desde lo
alto con los dardos de la oración, mientras se
encuentra acorralado, que parlamentar con él, que nos
presenta el mal y trama para apartarnos de la súplica
que está en su contra.
El
conocimiento de las cosas, en el tiempo de la
tentación y de la pereza, es útil al hombre;
pero en el tiempo de la oración es generalmente
perjudicial.
Si
te sucedido que, habiendo enseñado en el
Señor, te desobedecieren, aflígete
espiritualmente, pero no te turbes exteriormente. De
afligirte, no serás condenado como quien desobedece,
pero si te turbas serás tentado en la misma
materia.
Cuando
expones un discurso, no escondas lo que conviene a los
presentes; habla con claridad de las cosas bellas y en forma
enigmática de las cosas duras.
No
subrayes las culpas de quien es un subalterno tuyo. Esto es
tarea más bien de autoridad que de
consejo.
Lo
que se dice en plural es apropiado para todos, ya que para
cada uno se tornara relevante en su conciencia la parte que
le toca.
El
que habla con rectitud debe, también él,
recibir como de Dios las palabras que dice. La verdad no es
de quien habla sino de Dios, que es quien
actúa.
A
aquellos de los cuales no has tenido una
manifestación de obediencia, no los enfrentes cuando
se oponen a la verdad, para no suscitar odio, como dicen las
Escrituras.
El
que cede ante quien es subalterno cuando éste
contradice inoportunamente, lo induce a error en la cosa que
están tratando y lo hace transgredir los votos de
obediencia.
El
que amonesta o corrige con temor de Dios al pecador, le
procura la virtud que se opone a su error. El que lo hace
recordándole las ofensas y dirigiéndose a
él en modo malévolo, cae -según la ley
spiritual - en la misma pasión.
El
que ha aprendido bien la ley, teme al legislador. Y quien le
teme se aparta de cualquier mal.
No
tengas un doble discurso, hablando respecto dé
algunas disposiciones y otras manteniéndolas en la
conciencia solamente. Este actuar es puesto por las
Escrituras bajo una maldición.
Existe,
como dice el Apóstol, el que dice la verdad y es
odiado por los tontos. Y está el que es un
hipócrita, y por esto es amado. Sin embargo, ni la
merced de uno ni la del otro tardará: porque a su
debido tiempo el Señor dará a cada uno lo que
le es debido.
El
que quiera eliminar las angustias futuras debe soportar de
buen grado las del tiempo presente. De esta manera, con el
intercambio de una cosa por la otra como en un comercio, por
medio de pequeños dolores, logrará escapar a
los grandes castigos.
Sé
garante de que tu hablar se mantenga alejado de la auto
alabanza y tu pensamiento de la presunción, para no
ser abandonado por Dios y hacer el mal. No depende solamente
del hombre hacer el bien, sino también de Dios, que
vela sobre todas las cosas.
El
Dios que vigila sobre todo, así como atribuye a
nuestras obras los resultados justos, hace otro tanto por
los pensamientos y las reflexiones voluntarias.
Los
pensamientos involuntarios surgen de un pecado precedente.
mientras que los voluntarios derivan de nuestra libre
voluntad. Por lo tanto, estos últimos se vuelven
responsables de los precedentes.
A
los malos pensamientos que no son deliberados, sigue la
tristeza, por lo tanto son destruidos rápidamente; a
los que son deliberados, la alegría, y por esto es
difícil desligarse de ellos.
El
que ama el placer se entristece por los reproches y los
sufrimientos. El que ama a Dios, se entristece por las
alabanzas y las ganancias.
El
que no conoce los juicios de Dios cruza espiritualmente por
una calle que corre entre precipicios y es fácilmente
derribado por cualquier viento. Si es alabado, se
enorgullece; si se le hace un reproche, se amarga. Si come
abundantemente, se torna insensible; si sufre, se lamenta.
Si comprende, hace ostentación; si no comprende,
finge. Si es rico, es arrogante; si es pobre, es
hipócrita. Si se ha saciado, es desvergonzado; si
ayuna, es vanaglorioso. Enfrenta a los que le reprochan y
mira como insensatos a los que lo perdonan.
Si,
conforme a la gracia de Cristo, no se adquiere un debido
conocimiento de la verdad y temor a Dios, se arriesga a ser
gravemente herido no solamente por las pasiones, sino
también por los sucesos.
Cuando
quieres encontrar la solución de un asunto
intrincado, busca lo que, respecto de ello, es grato a Dios
y encontrarás así la solución
útil.
Toda
la Creación se pone al servicio de lo que es grato a
Dios. Por otro lado, todo lo que le rehuye, recibe
también la resistencia de la
Creación.
El
que enfrenta las cosas tristes que le suceden, lucha, sin
saber contra los mandamientos de Dios. El que las recibe con
verdadera ciencia, éste según las Escrituras
espera con paciencia al Señor.
Cuando
sobreviene una tentación, no busques el porqué
o de quién viene. Trata de rechazarla con
rendición de gracias, sin tristeza y sin
rencores.
El
mal de otros no nos agrega ningún pecado, siempre que
no lo recibamos con reflexiones equivocadas.
Ya
que no es fácil encontrar a alguien que sea grato a
Dios sin tentaciones, debemos darle gracias por todo lo que
sucede.
Si
Pedro no hubiere faltado a la pesca nocturna, no hubiera
conseguido la del día siguiente. Si Pablo no hubiese
quedado ciego en su cuerpo, no hubiera vuelto a adquirir la
vista espiritual. Y si Esteban no hubiera sido calumniado
como blasfemo, no hubiera visto a Dios mientras los cielos
se abrían.
Así
como el actuar según Dios es denominado "virtud,"
así la tribulación que nos acomete
imprevistamente es denominada "tentación."
Dios
tentó a Abraham, afligiéndolo para bien, y no
para saber cómo era, pues ya lo conocía, ya
que Él conoce toda cosa antes de ser generada. Pero
quería, de este modo, ofrecerle la ocasión de
la perfecta fe.
Toda
tribulación revela cuál es la
inclinación de la voluntad, si ésta se vuelve
hacia la izquierda o la derecha. Por ello la
tribulación accidental se llama tentación.
Ésta hace que el que la experimenta siga las
indicaciones de sus voluntades escondidas.
El
temor de Dios nos obliga a combatir el vicio. Pero mientras
nosotros luchamos es la gracia de Dios la que lo
combate.
Sabiduría
no es solamente el conocimiento de la verdad mediante el
natural sucederse de las cosas. También lo es
soportar como propia la maldad de quien nos ha hecho
daño. Los que se han estacionado en la primera forma
de sabiduría, se tornan soberbios, mientras que los
que han alcanzado la segunda, han adquirido la
humildad.
Si
no quieres sufrir la operación de los malos
pensamientos, acepta el desprecio del alma y la
tribulación de la carne. No parcialmente, sino en
todo tiempo, lugar y hecho.
El
que se deja voluntariamente instruir por las tribulaciones,
no será dominado por pensamientos involuntarios. Pero
el que no acepta las primeras, es tomado prisionero, aunque
no lo quiera, por los segundos.
Cuando
se te hace daño, y tus entrañas y tu
corazón se endurecen, no te entristezcas, ya que la
cosa fue provocada por voluntad divina. Más bien,
destruye con alegría todos los pensamientos que te
alientan en contra, sabiendo que cuando éstos son
destruidos estando aún en el estadio de
estímulo, también el mal, luego que ha sido
puesto en acción, es habitualmente destruido. Sin
embargo, si los pensamientos Continúan,
también éste aumenta.
Sin
la contrición del corazón, es del todo
imposible alejarse del mal. Y lo que hace que el
corazón se arrepienta es la triple continencia: en el
sueño, en la comida y en el relajamiento del cuerpo.
La superabundancia de estas cosas introduce el amor al
placer y esto acarrea los malos pensamientos, por eso se
opone, ya a la oración ya al servicio
conveniente.
Si
te sucediera que debes dar órdenes a hermanos,
mantente en la posición en la que has sido puesto y
no calles lo que conviene. Si obedecen, recibirás la
merced por sus virtudes. Si no obedecen, los
perdonarás en todo caso; así recibirás
la recompensa correspondiente de Aquel que ha dicho:
Perdonad y seréis perdonados.
Todo
acontecimiento se parece a una reunión festiva: el
que sabe traficar gana mucho en ello, pero el que no sabe
hacerlo, es perjudicado.
Si
alguien no te obedece después de que le has hablado
por lo menos una vez, no lo fuerces enfrentándolo.
Toma para ti la ganancia de su falta. Más que la
corrección de éste, te beneficiará la
paciencia.
Cuando
el mal hecho a uno repercute sobre muchos, no deberemos ser
magnánimos ni buscar nuestra propia ventaja, sino la
de muchos, para que éstos se salven (1 Co 10:33).
Más beneficia la virtud de muchos que la de uno
solo.
Si
alguno cae en un pecado cualquiera, y no se entristece en la
medida debida a la entidad de su caída, tropieza
nuevamente en la misma red.
Así
como una leona no se acerca amistosamente a una vaquillona,
de igual modo la impudicia no es una disposición
favorable para recibir la tristeza según
Dios.
Como
la oveja no se acerca al lobo para engendrar hijos,
así la fatiga del corazón no se acerca a la
saciedad para la concepción de la virtud.
Nadie
puede sentir fatiga y tristeza según Dios, si antes
no ama lo que las produce.
El
temor de Dios y el reproche reciben la tristeza. La
continencia y el desvelo tienen relación con la
fatiga.
El
que no se deja amansar por los mandamientos y amonestaciones
de las Escrituras, será puesto en evidencia con la
fusta del caballo y la vara del asno. Si rechazara
también éstos, con la mordida y las riendas le
cerrarán las mandíbulas.
El
que se deja vencer fácilmente por las pequeñas
cosas, será siervo también de las grandes. El
que las desprecia, resistirá en el Señor a las
grandes.
No
trates de hacer el bien con reproches a quien se vanagloria
por sus virtudes. Ya que éste no puede ser al mismo
tiempo amante de la ostentación y amante de la
verdad.
Toda
palabra de Cristo manifiesta la misericordia, la justicia y
la sabiduría de Dios, e instituye la potencia,
mediante el oído, en aquellos que escuchan de buen
grado. Por tanto los que -siendo injustos y sin misericordia
- escucharon con fastidio, no pudieron comprender la
sabiduría de Dios, crucificando al que la
enseñaba. Nosotros nos escrutarnos a nosotros mismos
para ver si lo escuchamos de buena gana. Él ha dicho:
El que ama observará mis mandamientos y será
amado por mi Padre, y yo lo amaré y me
manifestaré. ¿Ves cómo Él ha
escondido la manifestación de sí mismo en los
mandamientos? De todos los mandamientos, el más
comprensivo es el amor hacia Dios y al prójimo, y
consiste en la abstención de las cosas materiales y
en la observación de la hesichía de los
pensamientos.
Sabiendo
esto, el Señor nos manda: No os preocupéis por
el mañana (Mt 6:34). Justamente, el que no se haya
liberado de las cosas materiales y de la preocupación
que la pérdida de las mismas conlleva,
¿cómo se liberará de los malos
pensamientos? Y el que se encuentre cercado por los
pensamientos, ¿cómo verá al pecado
realmente existente que se encuentra en ellos? Esto es
tiniebla y niebla para el alma y tiene principio en las
reflexiones y las malas acciones. El Diablo tienta mediante
un estímulo al cual el hombre todavía puede
resistir, dando así inicio a todo el proceso; el
hombre, por amor al placer y por vanagloria, entra de buena
gana en tratativas. Su discernimiento le haría
rechazar el estímulo, pero en la práctica le
toma gusto y acepta.
Pero
el que no haya, por lo menos, visto este proceso general del
pecado, rezando a este propósito, ¿será
purificado? ¿Y si no fuera purificado, como
accederá al lugar de la pureza natural? Y si no
accede, ¿como verá la morada más interior
de Cristo? ¡Ya que somos morada de Dios, según
la palabra profético, evangélica y
apostólica!
Deberemos
pues, conformándonos con lo que nos fuera dicho,
buscar la morada y golpear a la puerta, con perseverancia,
mediante la oración. De tal modo que, ya sea
aquí o en el final de nuestras vidas, el Amo nos abra
y no suceda que si hemos sido negligentes Él nos
diga: No sé donde estáis. No sólo
debemos pedir y recibir, sino custodiar lo que nos ha sido
dado, pues hay algunos que han recibido pero luego han
perdido. Por tanto, un simple conocimiento, o aun una
experiencia accidental de las realidades que se han dicho,
pueden tenerlos también aquellos que han empezado
tarde a aprender, y los jóvenes. Pero en cuanto a la
práctica constante y paciente, eso es sólo de
aquellos que son píos y experimentados entre los
ancianos, a los cuales ha sucedido a menudo perderla por
falta de atención, luego de buscarla mediante fatigas
voluntarias y de encontrarla. También nosotros no
cesarnos de hacerlo así, hasta tanto no la poseamos
sin que nos pueda ser quitada.
Entre
los muchos preceptos de la ley espiritual, hemos conocido
estos pocos. Son preceptos que incluso el gran Salmista
continuamente sugiere a quien asiduamente trata de hacer y
de aprender en el Señor Jesús. A Él la
gloria, el poder y la adoración, ahora y por los
siglos. Amén.
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