|
La
Filocalia
(�ndice)
Nilo,
el Asceta
La
patria del bienaventurado Nilo fue Constantinopla, y su
maestro el bienaventurado Crisóstomo. Floreció
alrededor del año 442. Poseedor de nobleza y de
riquezas, tuvo el título de gobernador de la ciudad
donde vivió. Sin embargo, en cierto momento, se
despidió de todos y escogió la vida
ascética, pasando a vivir en el monte Sinaí.
Rico poseedor de nuestra sabiduría y de la pagana,
nos dejó distintos escritos llenos de
sabiduría espiritual y de gracia indecible. De los
mismos hemos escogido como la abeja a la flor, el "Discurso
sobre la oración ," dividido en 153 capítulos,
y el escrito titulado "Asceticón," con los que
saludamos a los lectores ofreciéndoles estas
celdillas de abeja, las que destilan realmente miel,
ambrosía y néctar y prometen un copioso fruto,
de utilidad. El sapientísimo Focio se refiere al
monje Nilo, en el código 301, p. 266, con estas
palabras: "Y he leído también un escrito del
monje Nilo, dividido en 153 capítulos, en los cuales
este hombre divino nos describe el tipo de la
oración; e incluso muchos de sus escritos de gran
valor, que atestiguan ya sea su perfección como su
fuerza en los discursos. "
De
este autor sobre quien Nicodemo el Hagiorita nos refiere una
tradición legendaria, recogida por los Sinasarios
bizantinos - no se poseen datos fidedignos. Sólo se
sabe que el monje Nilo vivió seguramente en Ancira
(Ankara), que posiblemente fue discípulo de Juan
Crisóstomo, autor de un corpus de escritos
exegéticos y ascéticos y de muchas cartas. A
este corpus se agregaron escritos de otros autores, en
particular de Evagrio. El corpus de las obras de Nilo, a
pesar de la oscuridad que rodea al personaje después
de su muerte, ha tenido mucha importancia entre los monjes y
la espiritualidad oriental.
Discurso
sobre la oración
Al
tocarme con tu carta llena de amor a Dios, como es tu
costumbre, me has restablecido cuando estaba con fiebre
producida por la llama de las pasiones impuras. Has
consolado mi intelecto fatigado por las cosas más
turbias y has imitado felizmente al gran Guía y
Maestro. Y no hay por qué maravillarse ya que siempre
están contigo, como con el bendito Jacob, las ovejas
(señaladas). Pues, habiendo servido por Raquel y
habiendo recibido a Lía, también buscas a la
deseada, como el que ciertamente cumplió siete
años de servicio también para ésta. Sin
embargo, no podría decir que, luego de cansarme toda
la noche, no he pescado nada, ya que habiendo bajado las
redes, siguiendo tu palabra, he pescado una cantidad de
peces, que no diría son muy gruesos, pero que llegan
al número de ciento cincuenta y tres. Te los
envío dentro del canasto de la caridad, mediante un
número similar de capítulos, cumpliendo
así la orden.
Te
admiro en tu amor por los capítulos sobre la
oración y mucho envidio tu muy noble
propósito; ya que no amas simplemente estos escritos
hechos con tinta sobre el papel, sino aquellos que la
caridad y la ausencia de resentimiento hacen permanecer en
la mente. Pero puesto que todas las cosas vienen en pareja,
una frente a la otra (Si 42:24), según el
sapientísimo Jesús, acoge (el don)
además de la carta, y mantenlo en tu espíritu,
ya que la mente precede siempre a la carta, y de no existir
esto, tampoco existirá la tal carta. Por tanto,
también el modo de la oración tiene que ser
doble: uno es activo y el otro es contemplativo. Y
así sucede también respecto del número:
lo inmediato es la cantidad, pero el significado es la
calidad.
Hemos
dividido el discurso sobre la oración en ciento
cincuenta y tres capítulos y te hemos enviado el pez
evangélico, para que tú encuentres en
éste la dulzura del número simbólico y
la figura triangular y hexagonal que indica el adorable
conocimiento de la Trinidad junto a la descripción
del presente orden mundano.
El
número 100 por sí mismo es cuadrangular y el
53 triangular y esférico, ya que el 28 es por
sí mismo triangular y el 25 es esférico, pues
5 da 25. Por lo tanto, no sólo tienes una figura
cuadrangular, es decir, el cuaternario de las virtudes, sino
que también tienes el sabio conocimiento de este
siglo en el número 25, a causa del decurso circular
del tiempo. Pues el tiempo decurre de semana en semana, de
mes a mes, y se desarrolla de un año al otro,
estación sobre estación, como lo vemos, por
medio del movimiento de Sol y de la Luna, de la primavera y
del verano, etc. El triángulo puede significar el
conocimiento de la Santísima Trinidad. En otras
palabras, si tomas al número 153 como si fuera
triangular, a causa de la cantidad de los números
(como resulta), verás en él la
práctica, la física y la teología. Y
aún más, la fe, la esperanza, la caridad: el
oro, el incienso y las piedras preciosas. Esto en cuanto al
número.
Pero
frente a la pobreza de los capítulos, como el que
sabe saciarse y permanecer en la necesidad, no te llenes de
soberbia. Recuerda a Aquel que no despreció las dos
monedas dé la viuda, sino que las aceptó
más que la riqueza de muchos otros.
Por
tanto, sabiendo custodiar el fruto de la benevolencia y de
la caridad por tus sinceros hermanos, reza por el enfermo
para que se mejore y para que en futuro camine llevando su
cama, por gracia de Cristo. Amén
Si
uno quiere preparar un perfume con un buen aroma,
pondrá por partes iguales, según la ley,
incienso puro, canela, ónix y mirra. Éstos
corresponden a las cuatro virtudes. En efecto, si
éstas están puestas en cantidades iguales y
por partes iguales, el intelecto no será entregado al
enemigo.
El
alma purificada por el cumplimiento de los mandamientos hace
que la condición del intelecto se mantenga firme y
capaz de recibir el estado deseado.
La
oración es la unión del intelecto con Dios;
¿en qué estado necesita pues el intelecto
encontrarse para poder tenderse hacia el Señor, sin
darse vuelta. y conversar con Él sin ningún
intermediario?
Si
Moisés, tratando de acercarse a los arbustos que
ardían, no pudo hacerlo hasta tanto no se hubo
quitado el calzado de los pies, tú que quieres ver a
Aquel que supera todo sentido y todo pensamiento, y
conversar con Él, ¿como no te
desprenderás de todo pensamiento pasional?
Ruega.
antes que nada, para que puedas obtener lágrimas,
para que puedas ablandar con tu luto la dureza que se halla
en tu alma; y luego de haber confesado contra ti mismo tus
iniquidades al Señor, ruega por la obtención
de su perdón.
Usa
las lágrimas para que todos tus pedidos sean
escuchados. Porque el Soberano se alegra si ruegas con
lágrimas.
Si
derramas fuentes de lágrimas cuando rezas, no te
exaltes en ti mismo, como si fueras superior a los otros. Tu
oración obtuvo ayuda para que tú puedas
confesar voluntariamente tus pecados y hacer que el Soberano
se tornara benévolo con tus lágrimas. No
dirijas a tu pasión el antídoto de las
pasiones, de modo que Aquel que te diera la gracia, no se
enoje aún más.
Muchos,
llorando sus pecados, han olvidado el motivo de sus
lágrimas y, habiendo enloquecido, se
desbandaron.
Resiste
pacientemente y reza intensamente. Rechaza los ataques de
los cuidados y los pensamientos que te turban y te agitan
para quitarte la fuerza.
Cuando
los demonios te ven lleno de ardor por la verdadera
oración, insinúan pensamientos de ciertos
objetos, como si fueran necesarios, y en breve exaltan su
recuerdo, moviendo al intelecto en su búsqueda. Al no
encontrarlos, se desanima y se entristece mucho. Cuando el
intelecto se halla en oración, lo llaman los objetos
de su búsqueda y de sus recuerdos, para que, inducido
a conocerlos, pierda la oración fructuosa.
Lucha
por mantener sordo y mudo tu intelecto en el tiempo de la
oración, y así podrás rezar.
Cuando
tienes una prueba o una contradicción provoca tu
ánimo en contra de quien tienes frente a ti, o a
irrumpir en un grito desconsiderado, recuerda la
oración y el juicio sobre la misma, y pronto se
tranquilizará dentro de ti el movimiento
desordenado.
Cuanto
hayas hecho por vengarte de un hermano que te ha ofendido,
toco te servirá como un tropiezo en tiempo de
oración.
La
oración es un brote de humildad y de ausencia de
cólera.
La
oración es un fruto de alegría y de
gratitud.
La
oración es una defensa contra la tristeza y el
desánimo.
Vé,
mira lo que posees y dáselo a los pobres (Mt 19:21),
toma la cruz y reniega de ti mismo, para poder rezar sin
distracciones.
Si
quieres rezar dignamente, reniega de ti mismo en todo
momento, y si tuvieras que sufrir todo tipo de males,
acéptalos con sabiduría por amor a la
oración.
De
toda dificultad, que sabrás soportar sabiamente,
encontrarás el fruto en tiempo de la
oración.
Si
deseas rezar como se debe, no entristezcas a nadie. De otro
modo, correrás en vano.
Deposita
tu ofrenda, nos dice, delante del altar, y antes ve a
reconciliarte con tu hermano, y entonces verás y
rezarás sin turbarte. Pues el resentimiento enceguece
la suprema potencia del alma de quien ora, y oscurece sus
oraciones.
Aquellos
que acumulan tristezas y resentimientos cuando rezan se
asemejan a las personas que acarrean agua en un balde
perforado.
Si
estás acostumbrado a "soportar," rezarás
siempre con alegría.
Cuando
rezas como conviene, sucederán cosas tales por las
que creerás que es injusto enojarse. Pero no es
absolutamente justa la ira contra el prójimo, ya que
si lo buscas, encontrarás que es posible que el
problema se arregle sin ira. Busca todo medio a tu alcance a
fin de que la ira no irrumpa.
Trata
de que, mientras crees que curas a otro, no seas tú
mismo un incurable poniendo un obstáculo a tu
oración.
Si
evitas la cólera, te mostrarás cauto y sabio,
y te encontrarás entre el número de los que
rezan.
El
que está armado en contra de la ira, no
soportará la concupiscencia. Ésta da materia a
la ira, la que turba el ojo espiritual, corrompiendo el
estado de la oración.
No
reces sólo en las formas exteriores. Deberás
dirigir tu intelecto al conocimiento de tu oración
espiritual, con gran temor
A
veces, no bien te pongas a rezar, lo harás bien.
Otras, aun empeñándote mucho, no
alcanzarás tu objetivo. Esto es a fin de que te
empeñes aun más y, luego de haber obtenido el
resultado, lo mantengas seguro.
Cuando
se acerca un ángel, de inmediato se alejan aquellos
que nos molestan, encontrando el intelecto gran alivio en el
que reza correctamente. Pero a veces, cuando enfrentamos el
habitual combate, el intelecto lucha a puñetazos, sin
lograr levantar la cabeza. En este caso, se han impreso en
el mismo distintas pasiones. Pero de todos modos, si
insistes en tu búsqueda, encontrarás; y al que
golpea se le abrirá.
No
reces para que tu voluntad sea cumplida, ya que posiblemente
no concuerde del todo con la voluntad de Dios. Debes rezar
tal como te fuera enseñado, diciendo: Hágase
tu voluntad (Mt 9:10) en mí. Y en toda
situación pide siempre la misma cosa, que se haga su
voluntad. Porque Él quiere el bien y lo que beneficia
a tu alma. Tú, sin embargo, no deseas esto para
nada.
A
menudo, rezando, pedí que me sucediera lo que me
pareció bien, insistiendo en mi pedido tontamente,
ejerciendo violencia sobre la voluntad de Dios, y no
permitiendo que Él me administrara lo que
sabía era bueno para mí. Y a veces,
después de haber obtenido lo que yo deseaba, tuve que
sobrellevar lo recibido con mucha pena, pues no pedí
que se hiciera la voluntad de Dios. En efecto, lo que me
sucedió, no fue como yo lo hube pensado.
¿Qué
otro bien si no Dios? Dejémosle a Él todo lo
que nos concierne y eso estará bien para nosotros.
Pues aquel que es absolutamente bueno es el que nos provee
de buenos regalos.
No
te sientas dolorido si no recibes enseguida de Dios lo que
le pides. Él te quiere hacer un bien aun más
grande, mientras perseveras en permanecer junto a Él
en la oración. Pues, ¿que hay de más alto
que conversar con Dios y estar distraído (de todo) al
estar en su compañía?
La
oración sin distracción es la más alta
inteligencia del intelecto.
La
oración es la ascensión del intelecto hacia
Dios.
Si
deseas orar, renuncia a todo para obtener todo.
Reza
antes que nada para ser purificado de las pasiones; en
segundo lugar, para ser liberado de la ignorancia y del
olvido; en tercer lugar, de toda tentación y abandono
(por parte de Dios).
En
tu oración busca solamente la justicia y el Reino, es
decir la virtud y el conocimiento. Todas las otras cosas te
serán dadas por añadidura.
Es
justo rezar no sólo por tu propia
purificación, sino por aquella de todos tus
símiles, a fin de imitar a los
ángeles.
Observa
si en tu oración estás verdaderamente frente a
Dios o te dejas vencer por las humanas alabanzas y te
sientes inducido a perseguirlas, cubriéndote como con
un velo que es la prolongación de tu
oración.
Ya
sea en la oración con los hermanos como en la que
hacemos en soledad, lucha por orar, no con la costumbre,
sino con el sentido.
El
sentido que tiene una oración es el de la
meditación con temor, acompañado de
compunción y dolor del alma en la confesión de
los pecados, con secretos gemidos.
Si
tu mente se deja sorprender todavía justamente en el
tiempo de la oración, no sabe aún que el
cristiano reza, pero se mantiene mundano y que su
intención es la de embellecer la parte exterior de su
tienda.
Rezando,
vela con fuerza sobre tu memoria, a fin de que no te sugiera
sus recuerdos; por el contrario muévete a ti mismo
hacia el conocimiento del servicio divino. Pues el intelecto
está demasiado dispuesto a dejarse depredar por la
memoria en tiempo de oración.
Mientras
rezas, la memoria suscita en ti fantasías de cosas
pasadas o preocupaciones nuevas o las facciones de quien te
ha entristecido.
El
Demonio es muy envidioso del hombre que reza y usa todo
medio a su alcance para destruir si su objetivo. Por lo
tanto no cesa de mover pensamientos de cosas mediante la
memoria, y, de levantar, mediante la carne, todas las
pasiones, para poder impedir su nobilísima carrera y
exilio en Dios.
Cuando,
a pesar de sus esfuerzos, el Demonio no puede impedir la
oración del justo, disminuye un poco su marcha, y
luego se venga de él, una vez que aquel hubo rezado.
En efecto, o lo enciende con ira, borrándole el
estado excelente en que la oración lo dejara o lo
excita mediante un placer irracional, y le ultraja el
intelecto.
Luego
de que hayas rezado como es debido, espera lo que no te es
debido, y resiste valerosamente custodiando tu fruto. Pues
desde un principio has sido destinado a esto: trabajar y
custodiar. Que no suceda pues que después de haber
trabajado dejes sin custodia tu trabajo, pues de nada te
habrá servido orar.
Todo
combate mantenido entre nosotros y los demonios impuros no
se debe a otra cosa que a la oración espiritual. Para
éstos la oración les es sumamente enemiga y
odiosa; para nosotros, saludable y
dulcísima.
Qué
quieren los Demonios que obre en nosotros? Gula,
fornicación, avaricia ira, rencor y todas las otras
pasiones, de modo que la mente obnubilada por éstas,
no pueda rezar como se debe. Ya que, cuando dominan las
pasiones de la parte irracional, no le permiten moverse
racionalmente.
Persigamos
las virtudes teniendo presente las razones de las cosas
creadas, y, éstas, teniendo presente el Logos que las
ha creado. Porque Él suele manifestarse en el estado
de oración.
El
estado de oración es un hábito impasible que
secuestra al intelecto enamorado de la sabiduría
hacia las alturas intelectuales, con amor
excelso.
El
que quiere rezar verdaderamente, no sólo debe dominar
la ira y la concupiscencia sino que debe salirse de todo
pensamiento pasional.
El
que ama a Dios conversa siempre con Él como con un
padre, rechazando todo pensamiento pasional.
No
es cierto que reza aquel que ha alcanzado la impasibilidad.
Pues puede detenerse en simples pensamientos y distraerse en
sus investigaciones, y estar lejos de Dios.
No
es cierto que la mente ha ocupado ya el lugar de la
oración, cuando no se embarca en simples pensamientos
a propósito de objetos. Puede siempre detenerse en la
contemplación de dichos objetos y meditar en sus
razones, las cuales, aunque son simples expresiones, ya que
son consideraciones a propósito de los objetos, dejan
una impronta y una forma en la mente y la conducen lejos de
Dios.
Si
el intelecto no llega más allá de la
contemplación de la naturaleza corpórea, no ha
visto perfectamente aún el lugar de Dios. Puede, de
hecho, detenerse frente al conocimiento de lo ininteligible,
y participar en su multiplicidad.
Si
quieres orar, necesitas a Dios, quien dona la plegaria a
quien ora (1 S 2:9). Entonces invócalo, diciendo:
Santificado sea tu nombre, venga tu Reino (Mt 6:9), esto es,
el Espíritu Santo y tu Unigénito Hijo.
Así fue enseñado, diciendo que debemos adorar
al Padre en Espíritu y Verdad (Jn 4:24).
Aquel
que ruega en Espíritu y Verdad no celebra más
al Creador con motivo de sus criaturas, sino que lo alaba
por Él mismo.
Si
eres teólogo, orarás verdaderamente. Y si oras
verdaderamente, eres un teólogo.
Cuando
tu intelecto, teniendo un gran deseo de Dios, poco a poco
sale -por así decirlo - de la carne y echa todos los
pensamientos de la sensibilidad, del recuerdo y del
temperamento, y al mismo tiempo, se ha llenado de temor y de
alegría, entonces puedes pensar que te has acercado a
los confines de la oración.
El
Espíritu Santo, que se compadece de nuestra
debilidad, viene a visitarnos incluso cuando no hemos sido
purificados, y si encuentra un intelecto que le ruega,
aunque fuera con el deseo de la verdad, baja sobre él
y hace desaparecer la falange de razonamientos y de
pensamientos que lo asedian, empujándolo hacia el
amor de la oración espiritual.
Mientras
los otros obran en el intelecto razonamientos o pensamientos
o reflexiones, mediante la alteración del cuerpo, el
Señor hace todo lo Contrario: viniendo directamente
del intelecto pone allí el conocimiento de lo que
quiere y, por medio del intelecto, calma la falta de
templanza del cuerpo.
Nadie
que habiendo amado la verdadera oración se enoja o
siente rencor está exento de reproche. Pues es
parecido a aquel que quiere tener la vista aguda y confunde
los propios ojos.
Si
sientes el deseo de rezar, no hagas ninguna cosa contraria a
la oración; así Dios se acercará y
caminará junto a ti.
No
des forma a la divinidad en ti mismo cuando oras, ni
permitas que tu mente reciba la impresión de una
forma cualesquiera. Acércate inmaterialmente a lo
inmaterial, y comprenderás.
Guárdate
de los lazos de los adversarios, ya que sucede que cuando
tú rezas con pureza y sin turbación se
presenta ante ti una forma desconocida y extraña,
para inducirte a la presunción de localizar en ella a
la divinidad, y te convence de que la divinidad es eso que
te ha sido revelado imprevistamente. Sin embargo, la
divinidad no tiene forma.
Cuando
el Demonio envidioso no puede mover la memoria durante la
oración, ejerce violencia sobre el equilibrio del
Cuerpo para producir una fantasía extraña al
intelecto y, por medio de ella, le da forma. Quien tenga la
costumbre de detenerse en sus pensamientos, se doblara con
facilidad; y el que aspire al conocimiento inmaterial e
invisible, se dejará engañar, tomando humo por
luz.
Permanece
firme en tu lugar de custodia, custodiando tu intelecto de
los pensamientos en el tiempo de la oración, para que
se atenga a lo que le fue pedido y se mantenga fijo en la
tranquilidad que le es propia. Así, Aquel que se
compadece de los ignorantes, te visitará
también, y recibirás el don
gloriosísimo de la oración.
No
podrás orar con pureza si te encuentras inmiscuido en
asuntos de cosas materiales, y agitado por continuas
preocupaciones. Pues la oración es la remoción
de los pensamientos.
El
que se encuentra atado no puede correr. El intelecto esclavo
de la pasión ni siquiera puede ver el lugar de la
oración espiritual. En efecto. es arrastrado y
llevado lejos por el pensamiento pasional y no tendrá
estabilidad sin sacudidas.
Si
luego el intelecto ora con pureza y sin pasión, los
demonios no o lo cercarán desde la izquierda, sino
desde la derecha. Así, se le insinuarán con un
apariencia la ilusoria de Dios en cualquier figura grata a
los sentidos, de modo que éste cree haber alcanzarlo
perfectamente el objetivo de su oración. Y todo ello,
tal como lo dijera un hombre de ciencia espiritual, es obra
de la pasión de la vanagloria, así como del
Demonio, que toca el punto interesado del
cerebro.
Yo
creo que el Demonio, tocando el punto que mencionamos,
maneja la luz que rodea al intelecto, y así la
pasión de la vanagloria es puesta en movimiento hacia
un pensamiento que induce al intelecto a localizar con
ligereza el divino y esencial conocimiento. Un intelecto
tal, que no es más molestado por las pasiones
carnales e. Impuras, sino que realmente se encuentra en un
estado de pureza, cree que no se ejerce en él ninguna
otra energía contraria, por lo que supone que esta
manifestación -producida en él por el Demonio
- es divina. El demonio usa su enorme habilidad por medio
del cerebro, distorsionando la luz que esta unida al
intelecto y dirigiéndola tal como hemos
dicho.
El
ángel de Dios, acercándose, hace que cese en
nosotros con una sola palabra, toda obra del Adversario, y
reconduce la luz del intelecto a obrar sin
desviaciones.
Lo
que se dice en el Apocalipsis, respecto del ángel que
trae el incienso para ponerlo en las oraciones de los
santos, creo que se refiere a esta gracia obrada por medio
del ángel. En efecto, produce el conocimiento de la
verdadera oración, de modo que el intelecto se
mantiene firme, lejos de toda sacudida, pereza o
descuido.
Se
dice que las copas portadoras de incienso son las oraciones
de los santos, que eran llevadas por los veinticuatro
ancianos. Pero deberemos entender que la copa significa
nuestra amistad con Dios, es decir, la caridad espiritual y,
perfecta en la que la oración es accionada en lo
íntimo, en Espíritu y Verdad.
Cuando
te parezca que no necesitas de lágrimas por tus
pecados, en tu oración, considera cuán lejos
estás de Dios, cuando deberías haber estado
siempre con Él, y llorarás más
abundantemente.
Realmente,
reconociendo tus límites, lo harás todo
más fácilmente llamándote infeliz, como
Isaías, porque siendo impuro y encontrándote
en medio de un pueblo parecido a ti en su impureza - es
decir de adversarios - te atreverás a presentarte
ante el Señor de los Ejércitos.
Si
rezas verdaderamente, encontrarás plena certeza y los
ángeles te acompañaran como a Daniel, y te
iluminarán a propósito de la razón de
ser.
Debes
saber que los ángeles nos guían en nuestra
oración y nos asisten, alegrándose con
nosotros y rezando por nosotros. Pero si somos negligentes y
acogemos pensamientos extraños, los irritamos mucho;
justamente porque ellos luchan tanto por nosotros y nosotros
no queremos ni siquiera implorar a Dios por nosotros mismos,
sino que despreciarnos su servicio y, abandonando a su
Soberano y Dios, nos entretenemos con los demonios
impuros.
Ora
convenientemente y sin turbación, salmodiando con
inteligencia y con ritmo y serás como un nacido de
águila y llevado hacia lo alto.
La
salmodia calma las pasiones y aplaca la intemperancia del
cuerpo; la oración ejercita el intelecto en la
operación que le es propia.
La
oración es una operación conveniente a la
dignidad del intelecto, es en otras palabras el uso mejor y
más auténtico del mismo.
La
salmodia pertenece a la sabiduría múltiple; la
plegaria es el preludio del conocimiento inmaterial y
simple.
El
conocimiento espiritual es excelente. Es cooperador de la
plegaria que despierta la potencia espiritual del intelecto,
y que lo lleva a la contemplación del conocimiento
divino.
Si
aún no has recibido el don de la oración o de
la salmodia, persiste en tal espera y lo
recibirás.
Y
les contaba también la parábola que dice que
es necesario orar siempre y no cansarse nunca. Por tanto, no
te canses ni pierdas el ánimo -si no lo has recibido
- porque lo recibirás luego. Y concluía la
parábola diciendo: Aunque no temo a Dios ni tengo
miramientos por el hombre, puesto que esta viuda persiste en
fastidiarme, le haré justicia. De este modo
también Dios vengará a aquellos que le
imploran noche y día (Lc 18:1-8). Ten un buen
ánimo pues, y persevera en la fatiga de la santa
oración.
No
quieras que tus cosas vayan como te parece bien a ti, sino
como gustan a Dios. En tu oración te
encontrarás sin turbación y lleno de
gratitud.
Aunque
te parezca que estás unido a Dios, cuídate del
demonio de la fornicación, pues es sumamente
engañador y muy envidioso, y pretende estar
más presto en el movimiento y en la vigilancia que tu
intelecto, de modo de arrancar a Dios aquel que se encuentre
ante él con piedad y temor.
Si
cultivas la oración, prepárate para los
asaltos de los demonios y soporta con fortaleza sus golpes.
Ellos se echarán sobre ti como fieras salvajes y
maltratarán todo tu cuerpo.
Prepárate
como un luchador experto, y si ves de repente una imagen no
vaciles: aunque fuera una espada desenvainada contra ti, o
una lámpara que golpea tu cara, no te turbes. Y si
fuera una cosa repugnante y sangrante, no pierdas tu coraje
de ninguna manera. Permanece de pie y haz tu
confesión de fe como corresponde, así
soportarás más fácilmente a tus
enemigos.
Aquel
que soporta las aflicciones, obtendrá también
consolación. Y el que persevera en las cosas
desagradables, no será excluido de las
agradables.
Cuida
que los demonios salvajes no te engañen mediante una
visión cualquiera; permanece atento y recurre a la
oración. Invoca a Dios: si tu pensamiento está
con Él, Él mismo te iluminará. Y si no,
rápidamente aleja de ti al seductor. Y anímate
porque los perros no permanecerán de pie si has hecho
con ardor tu súplica a Dios. Ya que, de inmediato,
vencidos invisiblemente y a escondidas por la potencia de
Dios, serán echados muy lejos.
Es
justo que no ignores ni siquiera este engaño, esto
es, en determinado momento, los demonios se dividen. Si
pareciera que estás buscando ayuda contra una parte
de ellos, los otros tornan aspectos angélicos,
rechazando a los primeros para que tu conocimiento sea
engañado por ellos, pensando que verdaderamente son
ángeles.
Cultiva
gran humildad y coraje y la ofensa de los demonios no
atacará tu alma y el flagelo no se acercará a
tu tienda, porque por ti ordenará a sus
ángeles que te custodien (Sal 90:10). Y éstos
invisiblemente alejarán de ti toda la
operación del Adversario.
El
que cultiva una oración pura, oirá
estrépito, ruidos, voces e insultos de los demonios.
Pero no caerá ni entregará su razonamiento,
diciendo a Dios: No temeré ningún mal porque
tu estás conmigo (Sal 22:4). Y cosas
similares.
En
el tiempo de estas tentaciones, usa una oración breve
e intensa.
Si
los demonios amenazan aparecer de improviso desde el aire, y
abatir y depredar tu mente, no te dejes aterrorizar por
ellos ni te preocupes por sus amenazas, ya que te asustan
para ver si les prestas atención o los has
despreciado del todo.
Si
en la oración estas delante de Dios omnipotente que
todo lo ha creado y todo provee, ¿por qué
permaneces en actitud tan irracional, descuidando el temor
hacia Él, que no debería ser nunca suprimido,
asustándote de mosquitos y cucarachas? ¿o no has
oído a Aquel que dice: ¿Temerás al
Señor tu Dios? (Dt 6:13) ¿Y también:
Aquel ante cuya potencia se aterrorizan y tiemblan las
cosas?
Así
como el pan es la nutrición para el cuerpo y la
virtud para el alma, así la oración espiritual
es la nutrición para el intelecto.
En
el lugar sagrado de la oración, ora no como lo
haría el fariseo, sino como lo hizo el publicano,
para que tú también puedas ser justificado por
el Señor.
Lucha
por no rezar en contra de alguien, de modo que tú no
destruyas lo que construyes, tornando tu oración
abominable.
Que
el deudor de diez mil talentos te sirva de lección,
porque si no perdonas a tu deudor, tampoco tú
obtendrás el perdón. En efecto, nos dice que
lo entregó a los torturadores.
No
tengas en cuenta las exigencias del cuerpo en el momento de
la oración, de tal modo que la mordedura de una pulga
o de un piojo, la picadura de un mosquito o de una mosca, no
te hagan perder la más grande ganancia de tu
oración.
Hemos
oído decir que el Maligno combatió tanto a un
santo que se encontraba en oración que, mientras
éste tendía sus brazos, aquel adoptó la
forma de un león y, levantando sus patas anteriores
para mantenerse erecto, simulaba clavar sus garras en ambos
lados del luchador, no alejándose mientras
éste no bajara sus brazos. Pero el santo no los
bajó hasta que no hubo terminado con sus oraciones de
costumbre.
Otro
santo fue, como sabemos Juan el Pequeño - o para
decirlo mejor, un grandísimo cristiano - que
llevó una vida solitaria en un foso. Debido a su gran
unión con Dios, permanecería inmóvil,
mientras el Demonio, bajo la forma de una serpiente, lo
enroscaba, comiéndole las carnes, vomitándole
en la cara.
Ciertamente
has leído también a propósito de la
vida de los monjes de Tabenisis, donde se narra que,
mientras el abad Teodoro decía unas palabras a los
hermanos, se acercaron dos víboras a sus pies y
él sin turbarse, habiendo hecho con los pies una
especie de hueco, allí las mantuvo hasta que no
cesó de hablar; luego las mostró a los
hermanos, y contó el hecho.
De
otro hermano espiritual hemos leído que, mientras
oraba, una víbora entró y lo atacó en
un pie. Pero él no bajó las manos hasta que no
hubo terminado su oración habitual, no recibiendo
ningún daño, ya que él amaba a Dios
más que a sí mismo.
No
tengas tu mirada distraída durante la oración
y, renegando de tu carne y de tu alma vive según tu
intelecto.
Otro
santo que oraba intensamente y llevaba una vida solitaria en
el desierto fue asaltado por los demonios, quienes por dos
semanas se lo tiraban, uno a otro, como si fuera una pelota,
lanzándola al aire y dejándolo caer sobre una
estera. Sin embargo, no lograron que el intelecto del santo
abandonara su ardiente oración.
Y
también, otro amigo de Dios, mientras se encontraba
sumergido con su pensamiento en la oración, caminaba
en el desierto, se acercaron dos ángeles quienes lo
acompañaron en su caminar, dejándolo en el
medio. Pero él no les prestó atención,
a fin de no perderse lo mejor. Ya que recordó la
palabra del Apóstol que dice: "Ni los ángeles
ni los principados ni las potestades podrán
separarnos del amor de Cristo."
El
cristiano, mediante la oración, es igual a los
ángeles al desear ver el rostro del Padre que
está en los Cielos.
No
trates de recibir en absoluto una forma o una figura en
tiempo de oración.
No
desees ver ni los ángeles, ni las potencias, ni a
Cristo en forma sensible, para no perder completamente tu
juicio, recibiendo al lobo en lugar del pastor o
postrándote ante los demonios enemigos.
La
vanagloria es el principio de la ilusión del
intelecto, porque es ella la que empuja al intelecto a
tratar de circunscribir a la divinidad en formas o
figuras.
Te
diré lo que pienso, cosa que ya he transmitido a los
más jóvenes: bendito el intelecto que en el
tiempo de oración ha adquirido una perfecta ausencia
de formas.
Bendito
sea el intelecto que, orando sin distracciones, adquiere un
creciente deseo de Dios.
Bendito
sea el intelecto que, en tiempo de oración, se torna
inmaterial y se desnuda de todo.
Bendito
sea el intelecto que, estando en tiempo de oración,
ha adquirido una perfecta insensibilidad.
Bendito
el cristiano que, después de Dios, considera a todos
los hombres como a Dios.
Bendito
el cristiano que considera como cosa propia y con
alegría plena, la salvación y el progreso de
todos.
Cumple
perfectamente con la oración aquel que convierte en
fruto para Dios, siempre, todas las primicias de su
pensamiento.
Evita
toda mentira y todo juramento si deseas orar como un
cristiano. De otro modo finges en vano lo que te es
extraño.
Si
deseas orar en espíritu, no busques nada en la carne,
así no tendrás nubes que te nublen en tiempo
de oración.
Confía
a Dios las necesidades de tu cuerpo y será claro que
a Él también confiarás las de tu
espíritu.
Si
obtienes las promesas, reinarás. Por lo tanto,
teniéndolas como objetivo, podrás sobrellevar
fácilmente la presente pobreza.
No
rechaces la pobreza ni las tribulaciones, la materia de la
oración es liviana.
Que
las virtudes del cuerpo te sirvan de base para las del alma,
y las virtudes del alma para aquellas que son espirituales,
y éstas para el inmaterial y esencial
conocimiento.
Cuando
oras luchando contra el pensamiento, si éste
desistiera fácilmente, examina de dónde surge
esto, ya que puede que seas acechado y, al ser
engañado, te entregues a ti mismo.
A
veces, sucede que los demonios te sugieren pensamientos y te
inducen a que reces, como es natural, en contra de ellos, o
para que los contradigas, y espontáneamente se
retiran a fin de que tú te engañes, creyendo
que has empezado a vencer a tus pensamientos y a causarles
miedo.
Si
oras en contra de la pasión o contra el demonio
inoportuno, recuerda a Aquel que dice: Perseguiré a
mis enemigos y los agarraré, y no retornaré
hasta que se dobleguen; los aplastaré y no
podrán permanecer derechos, cayendo bajo mis pies,
etc (Sal 17:38-39).
Oportunamente
dirás estas cosas, armándote en contra de los
adversarios.
No
pienses que tienes la virtud si antes no has combatido por
ella hasta llegar a la sangre. Deberemos resistir hasta la
muerte en contra del pecado, ardorosa e irreprensiblemente,
según el divino Apóstol.
Si
has sido de utilidad para alguno, recibirás
daño de otro, para que, sintiéndote ofendido,
digas o hagas algo malo y se pierda malamente lo que
habías bien recogido. Éste es de hecho, el
objetivo de los demonios malignos. Por tanto, deberemos
cuidarnos con buen criterio.
Presta
atención a los ímpetus embravecidos de los
demonios, preocupándote de cómo huir a su
esclavitud.
De
noche los demonios malignos se presentan ante el maestro
espiritual para turbarlo personalmente; de día se
sirven de los hombres para rodearlo de dificultades, de
calumnias de peligros.
No
evites a las lavanderas. Si al batir y tironear, golpean y
friegan, tus vestiduras se tornarán
resplandecientes.
Mientras
no hayas renunciado a las pasiones y tu intelecto resista a
las virtudes y a la verdad, no encontrarás perfume de
incienso en tu seno.
¿Deseas
rezar? Transfiérete de las cosas que están
aquí y conserva continuamente la ciudadanía de
los Cielos. Haz esto no solamente con la palabra, sino
también con la práctica angélica y con
la ciencia divina.
Si
recuerdas cuán terrible e imparcial es el juez
solamente en tus aflicciones, no has todavía
aprendido a servir al Señor en el temor y a exultar
delante de Él en el temblor. Debes saber que aun en
los alivios y en el relajamiento espiritual debemos servirle
aún con más respeto.
Es
un hombre criterioso aquel que antes de una perfecta
conversión no cesa de recordar con tristeza sus
pecados y la justa pena que ellos le depararán en el
fuego eterno.
Que
aquel que se detiene en los pecados y en los accesos de
cólera, y osa imprudentemente acercarse a la ciencia
de las cosas divinas o hasta entrar en la oración
inmaterial, reciba el reproche del Apóstol,
según el cual no está excepto de peligro el
orar con la cabeza descubierta. En efecto, nos dice: Un alma
tal debe tener la señal de un poder sobre su cabeza a
causa de los ángeles (1 Co 11:10) presente,
rodeándose de pudor y de humildad
convenientes.
Así
como no es bueno para uno que está enfermo de los
ojos mirar el sol en pleno mediodía, pues
tendrá una imagen fortísima y abrasante,
develada e intensa, así ni siquiera al intelecto
pasional e impuro y arrebatado por la pasión, le
beneficiará la imitación de la oración
plena en espíritu y verdad, terrible y maravillosa;
por el contrario, suscitará el desdén de la
divinidad en contra de ella.
Si
el que es perfecto e incorruptible no recibió al que
se acercó al altar con su ofrenda, hasta tanto no se
hubo reconciliado con el prójimo entristecido con
él, considera cuánta custodia y
discreción se necesita para ofrecer a Dios, sobre el
altar espiritual, incienso que le sea grato.
No
seas uno que goza del hablar y de su gloria, pues no sobre
tus espaldas sino sobre tu cara, fabricarán los
pecadores, y serás para ellos objeto de
alegría maligna en tiempo de oración,
arrastrado y adulado por ellos con pensamientos
extraños.
La
atención que busca la oración,
encontrará la oración. En efecto, ninguna otra
cosa sigue a la oración más que la
atención, por lo que deberemos estar siempre
celantes.
Así
como la vista es el mejor de todos los sentidos, así
la oración es la más divina de todas las
virtudes.
La
excelencia de la oración no consiste en la simple
cantidad, sino en su calidad. Lo demuestran aquellos que
suban al templo, y además: Vosotros que rezando no
desperdiciáis palabras (Mt 6:7).
Mientras
tú atiendas a la conveniencia de tu cuerpo, y tu
inteligencia se interese en las cosas agradables de tu
tienda, no habrás ubicado aún el lugar para la
plegaria, y la vía bendita de ésta se
encontrará aún lejana de ti.
Cuando,
mientras oras, te hallas más arriba de toda otra
alegría, entonces has encontrado verdaderamente la
oración.
Anterior
�ndice
Siguiente
|