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La
Filocalia
(�ndice)
Pseudo
Macario el
Grande
Homilías
espirituales
- El
alma se desprende de las divagaciones malvadas guardando
el corazón y evitando que sus miembros, los
pensamientos, vaguen por el mundo.
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- La
verdadera base de la oración reside en controlar
los pensamientos en medio de una gran paz y tranquilidad
a fin de evitar los obstáculos exteriores. El
hombre deberá, entonces, combatir, talar en el
bosque los pensamientos malvados que lo rodean,
impulsarse hacia Dios sin ceder ante la voluntad de sus
pensamientos, sino, por el contrario, en medio de su
dispersión, reunir los pensamientos malvados con
los naturales. El alma, bajo el peso del pecado, avanza
como a través de un río invadido por
cañaverales, como a través de una espesura
de arbustos y de zarzas. Aquel que quiere atravesarlo
debe extender las manos y, penosamente, separar por la
fuerza el obstáculo que lo aprisiona. Así,
los pensamientos del poder enemigo envuelven al alma. Es
necesario, pues, un gran celo y una extensa
atención de espíritu para reconocer los
pensamientos intrusos del poder.
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- ¿El
espíritu es una cosa y el alma otra? El cuerpo
tiene diferentes miembros y sin embargo se dice: un
hombre. Igualmente, el alma tiene varios miembros: el
espíritu, la conciencia, la voluntad y los
pensamientos, que tanto acusan como.
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- Todo
esto está unido en un mismo pensamiento, y los
miembros del alma constituyen el hombre interior. Como
los ojos del cuerpo perciben desde lejos las espinas,
así el espíritu prevé las trampas
del poder enemigo y previene al alma, de la que es el
ojo.
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- Aquellos
que se acercan al Señor deben hacer su
oración en un estado de tranquilidad y de paz
extrema y aplicar su atención sobre el
Señor con pena en el corazón y sobriedad de
pensamientos, sin confusión ni palabras
inconvenientes.
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- El
fuego celeste de la deidad, que los cristianos reciben en
el interior de su corazón en esta vida -ese fuego
que cumple su oficio en su corazón-, sirve para la
disolución del cuerpo y reajustará los
miembros descompuestos en el día de la
resurrección... Los tres niños arrojados en
la hoguera a causa de su justicia llevaban el fuego
divino de Dios en el interior de sus pensamientos,
sirviendo y operando en medio de esos pensamientos. Y ese
fuego se manifestó por fuera de ellos y contuvo al
fuego sensible. Igualmente, las almas fieles reciben
secretamente, en esta vida, el fuego divino y celeste y
es ese fuego el que forma la imagen celestial en la
humanidad...
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- Cuando
el príncipe del mal y sus ángeles anidan en
él, vuestro corazón es un sepulcro. Cuando
los poderes de Satanás se enseñorean de
vuestro espíritu y vuestros pensamientos, ¿no
estáis muertos por Dios? El Señor libera al
espíritu para que pueda avanzar sin penas, con
alegría, en el aire divino.
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- El
pecado y la impudicia tienen el poder de penetrar en el
corazón, pero los pensamientos no vienen de
afuera, sino del interior del corazón. El
apóstol dijo: «Quiero que los hombres oren en
todas partes elevando sus manos puras, ajenos a la ira y
a los pensamientos malvados» (1 Tim 2, 8) y,
también: «Del corazón, provienen los
malos pensamientos» (Mt 15, 19). Acércate a
la oración, inspecciona tu corazón y tu
espíritu y toma la resolución de hacer
llegar a Dios una oración pura. Vela, sobre todo,
para que no haya obstáculos a la pureza de tu
oración. Que tu espíritu se ocupe del
Señor del mismo modo que el trabajador de sus
tareas y el esposo de su mujer... si doblas las rodillas
para orar que otros no vengan a robar tus
pensamientos.
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- La
gracia graba en el corazón de los hijos de la luz
las leyes del Espíritu. Ellos no deben poner su
seguridad solamente en las Escrituras de tinta, pues la
gracia de Dios inscribe las leyes del Espíritu y
los misterios celestes también sobre las tablas
del corazón, y el corazón es quien manda y
rige todo el cuerpo. La gracia, una vez que se ha
apoderado de los prados del corazón, reina sobre
todos los miembros y todos los pensamientos, pues
allí residen todos los pensamientos del alma, su
espíritu y su esperanza y, a través de
él, la gracia pasa a todos los miembros del
cuerpo. Paralelamente, para los que son hijos de las
tinieblas: el pecado reina en su corazón y pasa a
todos sus miembros... Como el agua a través de un
canal, así pasa el pecado a través del
corazón y sus pensamientos. Aquellos que lo niegan
sufrirán en el futuro el juicio y la burla del
triunfo de su pecado, pues el mal se oculta en el
espíritu del hombre para
escapársele.
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- Todo
el tiro está en poder de aquel que sostiene las
riendas. El corazón tiene numerosos pensamientos
naturales unidos a él, pero el espíritu y
la conciencia son quienes corrigen y dirigen al
corazón despertando los pensamientos naturales que
bullen dentro de él. El alma tiene, pues,
numerosos miembros aunque sea una sola.
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- El
mal realiza su obra en el corazón
sugiriéndole pensamientos malvados e impidiendo al
espíritu orar puramente y encadenándolo al
siglo. El reviste a las almas y las penetra hasta el
meollo de los huesos. Como Satanás está en
el aire sin que Dios deba sufrir por ello en forma
alguna, así el pecado está en el alma y,
sin embargo, la gracia de Dios está allí al
mismo tiempo sin sufrir daño por ese
hecho.
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- La
perfección no reside en abstenerse del mal sino en
alcanzar un espíritu humillado, en dominar a la
serpiente que anida detrás del espíritu,
más en o profundo que el pensamiento, que los
tesoros y los depósitos del alma. Pues el
corazón es un abismo...
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- Tal
como los mercaderes recogen sus ganancias materiales en
todas las fuentes de la tierra, así los
cristianos, por el conjunto de las virtudes y el poder
del Espíritu santo, reúnen los pensamientos
de su corazón dispersos por toda la tierra. Este
es el más bello y verdadero de los negocios..,
pues la potencia del Espíritu divino tiene el
poder de concentrar el corazón, disperso por toda
la tierra, en el amor del Señor y así
transportar el pensamiento al mundo de la
eternidad.
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- Nuestra
oración no puede limitarse a un hábito o a
una convención: actitudes corporales, silencio,
genuflexión... Debemos velar con sobria
atención en nuestro espíritu, aguardando el
momento en que Dios se hará presente en nuestra
alma, visitando todos sus senderos, todas sus puertas,
todos sus sentidos. Cuando el espíritu está
firmemente unido a Dios no es necesario callar, ni
gritar, ni clamar.
- El
alma debe despojarse enteramente para la súplica y
para el amor de Cristo, evitando distracciones y
divagaciones en sus pensamientos.
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- El
mejor de nuestros actos, la más alta de nuestras
obras, es la perseverancia en la oración. Por ella
podemos adquirir cada día todas las virtudes
pidiéndolas a Dios. Ella proporciona a aquellos
que son considerados dignos la comunión con la
bondad divina, con la operación del
Espíritu, la amorosa e inexpresable unión
espiritual con el Señor. Aquel que cada día
se esfuerza perseverando en la oración, es
consumido por el deseo divino del amor espiritual:
inflamado de la ardiente languidez por Dios, recibe la
gracia espiritual de la perfección
santificante.
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- Cada
uno de nosotros debe examinar su vaso de arcilla para ver
si ha encontrado el tesoro, si se ha revestido de la
púrpura del espíritu, si ha contemplado al
rey, si reposa cerca de él, o si está en
las estancias exteriores.
- Pues
el alma tiene multitud de miembros y gran profundidad. El
pecado penetrando en ella, se apodera de todos sus
miembros y de las praderas de su corazón. Cuando
el hombre se pone a la búsqueda de la gracia,
ésta llega hasta él y se adueña tal
vez de dos miembros del alma. El sujeto poco
experimentado, obtiene ese consuelo de la gracia; piensa
que ella se ha apoderado de todos los miembros del alma y
que el pecado ha sido extirpado. Sin embargo, la mayor
parte permanece bajo el imperio del pecado y sólo
una parte pequeña bajo el de la gracia; pero, en
su ignorancia, el hombre se deja sorprender.
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- El
se expresaba así: «Cuando el espíritu
se aparta del recuerdo de Dios, caen o bien en la
cólera o bien en la ambición». El
llamaba, a la una, bestial, y a la otra,
diabólica. Como yo le expresara mi asombro ante el
hecho de que el espíritu del hombre pudiera estar
permanente con Dios, me dijo: «El alma está
con Dios en todo pensamiento, en toda acción con
la cual le rinde culto».
- El
monje debe su nombre, en primer lugar, al hecho de estar
solo (monos) puesto que se abstiene de mujer y se aparta,
interior y exteriormente, del mundo. Exteriormente,
renunciando a la materia y a las cosas del mundo.
Interiormente, renunciando incluso a sus
representaciones, sin admitir los pensamientos ni las
preocupaciones mundanas. En segundo lugar, es llamado
monje porque ora a Dios con una oración
ininterrumpida para purificar su espíritu de los
pensamientos numerosos y opuestos y para que su
espíritu se haga en sí mismo, sólo
monje ante el verdadero Dios, sin admitir los
pensamientos del mal, permaneciendo puro e
íntegro.
- Es
necesario librar al espíritu de toda
divagación para impedir' que éste sea
perturbado por los pensamientos. Si falta esta libertad,
será en vano la oración, y el
espíritu divagará alrededor de los objetos;
aparentará orar, mas su oración no se
elevará hasta Dios. Si la oración no fuera
pura y acompañada de la plena certidumbre de la
fe, Dios no la recibirá.
- La
ley escrita relata muchos misterios de una manera oculta.
El monje que se dedica a la oración y a una
conversación ininterrumpida con Dios, los
encuentra; entonces la gracia le revela aquellos
misterios más terribles que los de la Escritura.
No se puede lograr, por la lectura de la ley escrita,
nada comparable a lo que permite alcanzar el culto de
Dios, pues allí todo está cumplido. Aquel
que lo ha elegido no tiene necesidad de leer las
Escrituras, sabe que todo se consuma en la
oración.
El ciclo
copto de Macario el Grande
El
Abad Macario dijo: «No dejemos que la fuente derrame
bullendo lo que brota de esta mezcla única, es decir,
del receptáculo del corazón; hagamos, en
cambio, que ella lance hacia lo alto sin cesar lo que es
dulce en todo tiempo, es decir, nuestro Señor
Jesucristo».
El
hermano preguntó: «¿Cuál es la obra
más agradable a Dios en el asceta y en el
abstinente?». El respondió diciendo:
«Bienaventurado aquel que persevera, sin cesar y con
contrición del corazón, en el nombre de
nuestro Señor Jesucristo. Pues, ciertamente, no
existe en la vida práctica nada más agradable
que este alimento bendito. Tu debes rumiarlo todo el tiempo,
como la ternera que gusta la dulzura de rumiar hasta que la
cosa rumiada penetra en el interior de su corazón y
derrama allí una dulzura y una grasa (unción)
buenas para su estómago y para todo su interior;
¿no ves acaso, la belleza de sus mejillas inflamadas
por el dulzor que ella ha rumiado con su
boca?».
Pidamos
que nuestro Señor Jesucristo nos conceda la gracia a
través de su dulce y graso (untoso)
nombre.
Un
hermano interrogó a El Abad Macario, diciendo:
«Enséñame el significado de estas
palabras: La meditación de mi corazón es estar
en tu presencia». El anciano le dijo: «No existe
otra meditación, a no ser el nombre saludable y
bendito de nuestro Señor Jesucristo habitando sin
cesar en ti, tal como está escrito: Como golondrina
clamaré y como tórtola meditaré. Eso es
lo que hace el hombre piadoso que permanece constantemente
en el nombre de nuestro Señor
Jesucristo».
Macario
el Grande dijo: «Debes poner atención en el
nombre de nuestro Señor Jesucristo cuando tus labios
estén en ebullición para atraerlo, y no trates
de conducirlo en tu espíritu buscando parecidos.
Piensa tan sólo en tu invocación: Señor
Jesucristo ten piedad de mí y, en el descanso,
verás su divinidad reposar en ti, apartar las
tinieblas de las pasiones y purificar al hombre interior
retomándolo a la pureza de Adán cuando estaba
en el paraíso. Este es el nombre bendito que
invocó Juan el Evangelista llamándolo 'luz del
mundo', 'dulzura que no empalaga' y 'verdadero pan de
vida'».
El
Abad Evagrio fue a buscar al El Abad Macario atormentado por
los pensamientos y las pasiones del cuerpo y le dijo:
«Padre mío, dime una palabra y
viviré». Macario respondió: «Amarra
la cuerda del anda a la piedra y, por la gracia de Dios, la
barca atravesará las olas diabólicas de este
mar de decepciones y el torbellino de tinieblas de este
mundo vano». Evagrio pregunto: «¿Cuál
es la barca, cuál es la cuerda, cuál es la
piedra?». El Abad Macario dijo entonces: «La barca
es tu corazón, guárdale. La cuerda es tu
espíritu, átalo a nuestro Señor
Jesucristo que es la piedra que tiene poder sobre todas las
olas diabólicas que combaten los santos ya que no es
fácil decir a cada respiración: 'Señor
Jesucristo ten piedad de mí; yo te bendigo mi
Señor Jesús, socórreme'. El pez que
lucha contra las olas será apresado sin saberlo,
mientras que, permaneciendo firmes en el nombre salvador de
nuestro Señor Jesucristo, él tomará al
diablo por la nariz a causa de lo que nos ha hecho. Mas
nosotros, los débiles, sabremos que el auxilio
provino de nuestro Señor».
El
Abad Macario dijo: «Visité a un enfermo, en cama
durante su enfermedad. Se trataba de un anciano que recitaba
el nombre saludable y bendito de nuestro Señor
Jesucristo. Como lo interrogara sobre su salud, me dijo con
alegría: Como soy constante en (tomar) este dulce
alimento de vida, el nombre de nuestro Señor
Jesucristo, he sido colmado en la dulzura del sueño
por una visión del Rey, el Cristo con la forma de un
Nazareno, quien me ha dicho tres veces: 'Tú,
tú estás en mi, y no en otro más que en
mi'. Y enseguida me desperté experimentando una gran
alegría, tan grande que olvidé el
dolor».
Macario
el Grande dijo: «El monje que permanece sentado en su
celda necesita recoger su inteligencia en sí, lejos
de toda preocupación mundana, sin permitir que ella
vacile ante la vanidad del siglo, haciendo que se mantenga
firme en su fin único. O sea que debe poner su
pensamiento sólo en Dios en cada instante,
constantemente en él a toda hora, sin otra solicitud,
sin dejar penetrar en su corazón el tumulto de
ninguna cosa terrestre, con su espíritu y todos sus
sentidos como en presencia de Dios.., y permanecer
así.. .».
El
Abad Macario el Grande dijo: «Si te acercas a la
oración, debes fijar tu atención en ti, con
firmeza, para no abandonar tus vasos en manos de los
enemigos, pues ellos desean quitarte esos vasos que son los
pensamientos del alma. Son esos vasos gloriosos con los
cuales servirás a Dios; pues lo que Dios busca no es
que le rindas homenaje con tus labios mientras tus
pensamientos vacilantes están diseminados por el
mundo, sino que tu alma y todos sus pensamientos se
mantengan en la contemplación del Señor sin
otra solicitud».
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