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La
Filocalia
(�ndice)
Barsanufio
y Juan de
Gaza
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Pregunta:
Padre mío, ¿querrías decirme
cómo se adquiere la humildad para la
oración perfecta, cómo efectuaría
sin distracciones y si es útil la
lectura?
Respuesta:
La oración perfecta consiste en hablar a Dios sin
distracción, recogiendo a la vez todos los
pensamientos y todos los sentidos. Se llega a ello
muriendo para todos los hombres, para el mundo y lo que
él encierra. En la oración sólo has
de decir a Dios: «¡Sálvame del malvado!
¡que tu voluntad se cumpla en mí!», y
mantener tu espíritu en la presencia de Dios,
hablándole. La oración se reconoce porque
el hombre está libre de toda distracción
con su espíritu colmado de alegría bajo la
iluminación del Señor. La señal de
que el espíritu ha llegado a ese estado es la
imperturbabilidad, incluso si el mundo entero viniera a
atacarnos. Ora perfectamente aquel que está muerto
para el mundo y sus placeres. Hacer cuidadosamente su
obra para Dios, no constituye una distracción,
sino celo según Dios. Es ventajoso leer las Vidas
de los Padres, pues ello es un medio de iluminar el
espíritu en el Señor.
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- Pregunta:
¿Es necesario emplear contra los pensamientos la
contradicción, las palabras imprecatorias, la
cólera?
- Respuesta:
Las pasiones son sufrimientos. Dios no ha querido
alejarlas, pero ha dicho «invócame en el
día de la tribulación». No hay otro
medio de vencer toda pasión más que invocar
el nombre de Dios. La contradicción sólo es
buena para los perfectos, los poderosos según
Dios; nosotros, los imperfectos, tenemos sólo un
recurso, refugiamos en la oración en el nombre de
Jesús. Pues las pasiones son demonios que huyen
ante su nombre.
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- Pregunta:
¿Es mejor dedicarme al «Señor
Jesucristo, tened piedad de mí» o recitar
pasajes de las santas Escrituras y salmodiar?
- Respuesta:
Ambas cosas son necesarias, un poco de una, un poco de
otra, pues está escrito: «Es necesario hacer
una cosa, sin descuidar la otra» (Mt 23,
24).
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Pregunta:
Cuando entorpecido por los pensamientos, tanto en la
salmodia como fuera de ella, pido ayuda al nombre de
Dios, el adversario me sugiere que existe orgullo en
pensar que se hace bien mencionando a Dios sin
interrupción. ¿Qué debo pensar
yo?
Respuesta:
Es un hecho conocido que los enfermos necesitan
absolutamente al médico... Aprendamos que es
necesario, en la prueba, invocar sin interrupción
al Dios de misericordia. Pero, invocando el nombre de
Dios, no nos dejemos llevar por los pensamientos
orgullosos. De no tenerlo en su cabeza, el culpable no
concebirá el orgullo. Tenemos necesidad de Dios:
invocamos su nombre en nuestra ayuda contra nuestros
enemigos. Estamos en necesidad: pedimos ayuda; estamos en
una prueba: corremos a ponernos al abrigo. Aprendamos
entonces que nombrar a Dios sin interrupción es un
remedio que no solamente destruye toda pasión sino
incluso el acto en si mismo. Mirad al médico:
él coloca su remedio o su cataplasma sobre la
herida del paciente y esto produce su efecto sin que el
enfermo tenga conciencia de cómo sucedió:
del mismo modo el nombre de Dios, cuando es pronunciado,
destruye todas nuestras pasiones sin que nos demos cuenta
por el momento.
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Pregunta:
Cuando mi razón parece estar en reposo y libre de
toda inquietud, ¿es bueno, incluso en ese momento,
dedicarme a la invocación del nombre de Cristo,
nuestro Señor? Mi razón me sugiere que,
desde el momento en que estoy en paz, eso no es
necesario.
Respuesta:
No podemos conocer una paz semejante, pues nos
reconocemos pecadores. El Señor dijo: «No hay
paz para los pecadores». Si no hay paz para los
pecadores, ¿qué es, entonces, esa paz que
creemos experimentar? Temamos, porque está
escrito: «Andarán diciendo: 'Paz y
seguridad', y entonces, de improviso, les
sorprenderá la perdición, como los dolores
del parto a la mujer encinta, y no podrán
escapar» (1 Tes 5, 3). Sucede que nuestros enemigos,
mediante engaños, aportan a nuestro corazón
una efímera tranquilidad para impedirle invocar el
nombre de Dios. Saben bien que esta invocación los
paraliza. Estamos advertidos: llamemos sin tregua al
nombre de Dios en nuestra ayuda. He aquí la
oración. Está escrito: «Orad sin
cesar» (1 Tes 5, 17).
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