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La
Filocalia
(�ndice)
Isaac
de
Nínive
Las fases
de la purificación
La
disciplina del cuerpo unida a la quietud purifica al cuerpo
de los elementos materiales que encierra. La disciplina del
alma la hace humilde y la purifica de los movimientos
materiales que la llevan hacia las cosas perecederas,
cambiando su naturaleza apasionada en movimientos de
contemplación. Esta contemplación lleva al
alma a la desnudez del intelecto, llamada
contemplación inmaterial: se trata de la disciplina
espiritual. Ella eleva al intelecto por encima de las cosas
terrestres y lo acerca a la contemplación espiritual
primordial; lo inclina hacia Dios por la visión de su
gloria inefable haciéndole disfrutar espiritualmente
de la esperanza de las cosas futuras con el pensamiento
detallado de lo que ellas serán.
Los
trabajos físicos llevan el nombre de «disciplina
corporal en Dios», pues sirven para purificar el alma
para un servicio perfecto, que se expresa en obras
personales destinadas a purificar al hombre de la sanies de
la carne.
La
disciplina del alma es el trabajo (o el esfuerzo) del
corazón. Es el pensamiento incesante acerca del
juicio, acompañado de una constante oración
del corazón, acerca de la providencia de Dios y del
cuidado que él toma por este mundo, en detalle y en
conjunto. Se trata de una atención sobre las pasiones
del alma para impedirles introducirse en el lugar secreto y
espiritual. Tal es el trabajo del corazón o
disciplina del alma...
La
pureza del corazón consiste en estar limpio de toda
mancha; la pureza del alma, en estar libre de toda
pasión escondida en el espíritu; la pureza del
intelecto en ser purificado por la liberación de toda
emoción frente a los objetos que caen bajo el dominio
de los sentidos.
Entre
la pureza del intelecto y la pureza del corazón
existe la misma diferencia que entre un miembro particular
del cuerpo y el cuerpo en su conjunto. El corazón es
el órgano central de los sentidos interiores, el
sentido de los sentidos, porque él constituye la
raíz. «Si la raíz es santa,
también las ramas» (Rom 11, 16). Pero la
raíz no será santa si sólo es una rama
del ser.
Ahora
bien, con un uso modesto de la Escritura unido a una cierta
práctica del ayuno y de la soledad (hesychia), el
intelecto olvida su antigua ocupación y resulta
purificado resistiendo a sus costumbres extrañas.
Pero también se necesita poco para mancharlo. El
corazón se purifica gracias a grandes esfuerzos,
mediante la privación de todo contacto con el mundo y
por una mortificación universal. Pero, una vez puro,
su pureza no es ya manchada por el contacto de las cosas
insignificantes; entended que tampoco teme los compromisos
severos.
Recuerdo de
Dios
Recordad
a Dios para que, sin cesar, él os recuerde, pues
recordándoos os salvará y recibiréis
todos sus bienes. No lo olvidéis en vanas
distracciones si no queréis que él os olvide
en el momento de vuestras tentaciones.
En
la prosperidad, permaneced cerca de él en obediencia;
tendréis así seguridad de palabra ante
él cuando os encontréis apenados, por el hecho
de que vuestra oración os impulsa sin cesar hacia
él en vuestro corazón. Manteneos sin cesar
ante su faz, pensando en él, conservando su recuerdo
en vuestro corazón; de lo contrario os
arriesgáis, viéndolo sólo de tanto en
tanto, a carecer de seguridad con él, por culpa de
vuestra timidez. La frecuentación continua, entre los
hombres, se ejerce por la presencia corporal; la
frecuentación continua de Dios es una
meditación del alma y una ofrenda en la
oración.
Cuando
la virtud del vino penetra en las venas, el intelecto olvida
el detalle y la diferenciación de las cosas; cuando
el recuerdo de Dios se apodera del alma, el recuerdo de las
cosas visibles se desvanece del corazón.
Cuando
alguien inspecciona su alma a cada instante, su
corazón disfruta revelaciones. Aquel que conduce su
contemplación hacia su interior contempla el
resplandor del Espíritu; aquel que despreció
la disipación contempla a su Señor en el
interior de su corazón. Aquel que quiere ver al
Señor se aplica a purificar su corazón por un
recuerdo ininterrumpido de Dios, de ese modo verá al
Señor en todo momento en el resplandor de su
intelecto. Como el pez fuera del agua, él se aparta
del intelecto que abandona el recuerdo de Dios
dejándose dominar por el recuerdo del
mundo.
La mejor
parte
Felices
los que comprenden esto y perseveran en la paz sin imponerse
toda clase de trabajos, cambiando su servicio corporal por
la obra de la oración cuando son capaces de ello.
Aquel que es incapaz de soportar la soledad sin recurrir al
servicio, deberá, con justicia, recurrir a él.
Pero que ese servicio lo realice como si fuera una ayuda,
como si no se tratara de un mandato esencial, sin excesiva
preocupación. Esto para los débiles. Evagrio
ha dicho que el trabajo manual es un obstáculo para
el recuerdo de Dios...
Cuando
Dios abra tu intelecto desde adentro y tú te dediques
a genuflexiones repetidas, no dejes que ningún
pensamiento se apodere de ti, por temor a que los demonios
te convenzan secretamente de ponerlo en práctica;
luego considera y admira lo que nace de ti de tales
cosas.
Guárdate
de hacer comparaciones entre las prácticas morales de
la vida activa y tus postraciones de día y de noche
con la cara contra la tierra delante de la cruz y las manos
en la espalda. Si deseas que tu fervor no se debilite
jamás, que tus lágrimas no se agoten, practica
esto... y serás semejante a un paraíso
florecido y a una fuente inagotable.
Considera
ahora las numerosas pruebas de la gracia que la Providencia
nos otorga. A veces un hombre está arrodillado en
oración, las manos extendidas, alzadas hacia el
cielo, el rostro vuelto hacia la cruz, el sentimiento y el
intelecto enteramente volcados hacia Dios y la
súplica. Mientras está absorto en esas
súplicas y esos esfuerzos, bruscamente, una fuente de
delicias se abre en su corazón, sus miembros se
relajan, sus ojos se enturbian, su rostro se inclina hacia
la tierra, sus mismas rodillas no son capaces de asentarse
sobre el suelo a causa de la alegría y la
exaltación que la gracia extiende en su
cuerpo.
La
oración
¿Qué
es la oración? Un intelecto libre de todo lo que es
terrestre y un corazón cuya mirada está
totalmente volcada sobre el objeto de su esperanza.
Apartarse de esto es imitar al hombre que reparte en el
surco semillas mezcladas o que trabaja con un tiro formado
por un buey y un asno.
La
oración sin distracción es aquella que produce
en el alma el pensamiento constante de Dios; su nueva
encarnación: Dios habita en nosotros por nuestro
recogimiento constante en él, acompañado por
una aplicación laboriosa del corazón a la
búsqueda de su voluntad. Los malos pensamientos
involuntarios tienen su origen en un relajamiento
previo.
¿En
qué consiste la oración espiritual? Existe
oración espiritual cuando los movimientos del alma
sufren la acción del Espíritu santo a
continuación de su verdadera purificación.
Sólo uno entre diez mil puede ser favorecido de ese
modo. Ella constituye el símbolo de nuestra futura
condición, pues la naturaleza es llevada más
allá de todos los movimientos impuros inspirados por
el recuerdo de las cosas de este mundo... Es la
visión interior que tiene su punto de partida en la
oración.
¿En
qué consiste el apogeo de los trabajos del asceta?
¿cómo reconocer que se alcanzó el
término de la carrera? Se ha alcanzado cuando ha sido
considerado digno de la oración constante. Aquel que
ha llegado a eso ha alcanzado el fin de todas las virtudes
y, al mismo tiempo, ha logrado una morada espiritual. Aquel
que no recibió en verdad el don del Paráclito
es incapaz de cumplir la oración ininterrumpida en el
reposo. Cuando el Espíritu establece su morada en un
hombre, éste no puede ya dejar de orar, pues el
Espíritu no cesa de orar en él. Ya sea que
duerma o que vele, la oración no se separa de su
alma. Mientras come, bebe, está acostado, se dedica
al trabajo, se sumerge en el sueño, el perfume del la
oración es exhalado espontáneamente desde su
alma. En adelante, no predominará la oración
durante períodos de tiempo de! terminados, sino en
todo momento. Aunque tome su descanso visible, la
oración está asegurada secretamente en
él, pues silencio del impasible es una
oración», ha dicho un hombre revestido de
Cristo. Los pensamientos son mociones divinas, los
movimientos del intelecto purificado son voces mudas que
cantan en secreto esta salmodia al Invisible.
Si
llegáis a unir la meditación de vuestras
noches con el servicio de vuestros días, sin
desdoblar el fervor de las operaciones de vuestro
corazón, no tardaréis en estrechar el pecho de
Jesús... He aquí mi consejo, si podéis,
manteneos en paz y despiertos, sin recitar salmos ni hacer
postraciones y, si sois capaces, orad únicamente en
vuestro corazón. ¡ Pero no
durmáis!
Grados de
la oración
La
gracia actúa de diferentes formas con los hombres
según su medida. Uno multiplica el número de
sus oraciones bajo el efecto de un ardiente fervor; aquel
otro obtiene tal reposo de su alma que reduce a la unidad la
multiplicidad de sus oraciones anteriores.
Es
necesario no confundir satisfacción en la
oración y visión en la oración. La
segunda es superior a la primera tanto como un hombre lo es
en relación a un muchachito. Sucede que las palabras
toman una suavidad singular en la boca y que se repite
interminablemente la misma palabra de la oración sin
que un sentimiento de saciedad os haga ir más lejos y
pasar a la siguiente.
A
veces la oración engendra una cierta
contemplación que hace desvanecer la oración
sobre los labios. El que es favorecido con tal
contemplación entra en éxtasis y se hace
semejante a un cuerpo cuya alma le ha sido quitada. Lo que
llamamos visión en la oración no es ni una
imagen ni una forma fabricada por la imaginación,
como afirman los tontos.
Esta
contemplación en la oración tiene en sí
misma grados y dones diferentes. Pero, hasta ese punto,
sigue siendo una oración, pues el pensamiento no ha
pasado todavía al estado en que ya no existe la
oración, sino a un estado superior de la
oración. Los movimientos de la lengua y del
corazón en el curso de la oración son las
llaves. Luego se penetra en la cámara. Allí,
la boca, los labios, se callan; el corazón, el
chambelán de los pensamientos, la razón que
reina sobre los sentidos, el espíritu, ese
pájaro rápido, con todos sus medios y
facultades y sus súplicas, sólo pueden
mantenerse mudos, pues el Amo de la casa ha
entrado.
La
autoridad de las leyes y los mandamientos dictados por Dios
a la humanidad tienen como fin la pureza del corazón,
según la palabra de los santos Padres. Igualmente,
todas las formas y actitudes de oración con las
cuales el hombre se dirige a Dios tienen su término
en la oración pura. Desde que el espíritu ha
franqueado la frontera de la oración pura y se ha
comprometido más allá, no existen ya
oración, ni emociones, ni lágrimas, ni
autoridad, ni libertad, ni súplicas, ni deseo, ni
impaciente esperanza por este mundo o por el otro. No hay
entonces oración más allá de la
oración pura... Franqueando este límite se
entra en el éxtasis; no se está ya en las
oraciones. Esta es la visión; el espíritu no
ora más...
Sobre
diez mil hombres se encontrará difícilmente
uno que haya cumplido los mandamientos y las leyes en una
medida apreciable y que haya sido juzgado digno de la
tranquilidad del alma. No menos raro es encontrar en una
multitud a un hombre al que su vigilancia perseverante le
haya hecho merecedor de la oración pura... Pero, en
cuanto al misterio que está más allá,
difícilmente se hallará en toda una
generación a un hombre que se haya acercado a ese
conocimiento de la gloria de Dios... Allí el objeto
de la oración es olvidado, los movimientos son
sumergidos en una profunda embriaguez que no pertenece a
este mundo. Se trata de la bien conocida ignorancia, de la
que Evagrio ha dicho: «Bienaventurado aquel que
llegó, en la oración, al desconocimiento que
es imposible de sobrepasar».
Ha
llegado el momento de explicar lo que hemos dicho más
arriba refiriéndonos al gozo espiritual. Al comienzo,
se trata de una energía vaga que el amor despierta en
el corazón sin causas aparentes, pues pone en
movimiento el temperamento sin visión personal, sin
pensamiento práctico, se lo encuentra desprovisto de
causa, el intelecto aún es vago.
Esta
es la impresión que se produce en el sujeto poco
ejercitado. Cuando sea perfecto, la causa se revelará
al examen. Entonces la impresión será
más poderosa, pues el gozo se producirá en el
corazón. El sujeto guardará una parte en su
cuerpo y enviará otra hacia las facultades del alma.
Pues el corazón ocupa el centro entre los sentidos
del alma y los del cuerpo. Está en una
relación de órgano con el alma, en una
relación de naturaleza con el cuerpo. El sujeto
dirige su acción desde dos lados. El mundo
está obligado a separarse de él al mismo
tiempo que él se separa de las cosas de este mundo.
Debemos necesariamente examinar la causa de este
fenómeno. El amor es algo naturalmente cálido.
Cuando se abate violentamente sobre alguien parece
enloquecer al alma. El corazón que lo siente, no
puede contenerlo ni soportarlo sin que alteraciones
insólitas y excesivas aparezcan en él. Estos
son los signos que lo anuncian sensiblemente: repentinamente
el rostro se empurpura e irradia, el cuerpo se calienta, el
temor y la timidez son rechazados, el poder de
concentración huye, es el reinado del entusiasmo y de
la conmoción.
El periplo
de la oración
El
navegante, en tanto que navega con los ojos en las
estrellas, regula por ellas la marcha de su barco y espera
que ellas le muestren el camino hacia el puerto. El monje
tiene los ojos en la oración, ella dirige su marcha
hacia el puerto impuesto a su carrera. El monje no cesa de
dirigir sus miradas sobre la oración para que ella le
muestre la isla donde podrá arrojar el anda sin
riesgos, para cargar provisiones, antes de poner la proa
hacia otra isla. Así es la carrera en tanto
está en este mundo. Abandona una isla por otra, y los
diversos conocimientos que encuentra son tantos como islas,
hasta que finalmente dirige sus pasos hacia la Ciudad de la
verdad, donde sus habitantes no trafican, donde cada uno se
encuentra colmado con lo que tiene. Bienaventurados aquellos
cuyo viaje se desarrolla sin turbación a
través del vasto océano.
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