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Filocalia
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Juan
Clímaco
La
oración de Jesús y el pensamiento de la
muerte
Al
tendemos en nuestro lecho es cuando ha llegado el momento de
velar, de estar sobrios, porque el espíritu,
entonces, combate a solas y sin el cuerpo contra los
demonios, ya que el cuerpo se encuentra en una
disposición propicia a la sensualidad y estará
propenso a traicionar. Que siempre se acueste con vosotros
el pensamiento de la muerte y que con vosotros se despierte
junto a la oración monológica de Jesús.
No podríais encontrar en vuestro sueño
auxiliares comparables a éstos.
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Orad
a menudo en las tumbas y registrad su imagen, indeleble, en
vuestro corazón.
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Si
bien todo temeroso es un vanidoso, esto no significa que
todos los intrépidos sean humildes, pues los
bandoleros, los destructores de sepulturas no son, por lo
general, temerosos. Ciertos lugares os inspiran temor: no
dudéis en acudir a ellos en plena noche. Si
transigís, aunque sea un poco, con ese sentimiento
él envejecerá con vosotros. Mientras
avanzáis, armaos con la oración; al entrar en
ellos, extended los brazos y flagelad a los enemigos con el
nombre de Jesús pues no existe en el cielo ni en la
tierra un arma más eficaz.
La
oración del hesicasta
El
verdadero monje es una mirada inmóvil del alma y un
sentido corporal inquebrantable... El monje es una luz que
no se extingue a los ojos del corazón.
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La
soledad del cuerpo es la ciencia y la paz, de la conducta y
de los sentidos; la soledad del alma, la ciencia de los
pensamientos y un espíritu inviolable. El amigo de la
soledad es un espíritu animoso e inflexible,
centinela sin sueño ante la puerta del corazón
para derribar y matar a los que se aproximan. Aquel que
practica esta soledad en lo profundo de su corazón
comprende lo que yo digo: aquel que está
todavía en la primera infancia no la ha gustado y no
la comprende. El que sabe no tiene necesidad de palabras;
está iluminado por la ciencia de las
obras.
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El
hesicasta es aquel que aspira a circunscribir lo incorporal
en una morada de carne. Como el gato espía al
ratón así el espíritu del hesicasta
acecha al ratón invisible. No desdeñéis
mi comparación pues así mostraréis que
no conocéis todavía la soledad. El caso del
cenobita no es el del monje solitario. El monje necesita una
gran vigilancia y un espíritu libre de
agitación. El cenobita tiene a menudo el apoyo de un
hermano, el monje el de un ángel. Las potencias
espirituales permanecen con los verdaderos solitarios y se
asocian al culto que ellos rinden a Dios...
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El
hesicasta es aquel que dice: «A punto está mi
corazón» (Sal 57, 8). El hesicasta es aquel que
dice: «Yo duermo pero mi corazón vela»
(Cant 5, 2). Cerrad la puerta de vuestra celda a vuestro
cuerpo, la puerta de vuestros labios a vuestras palabras,
vuestra puerta interior a los espíritus.
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Aquellos
en quienes el espíritu aprendió a orar en
verdad, hablan al Señor frente a frente, son como los
que hablan al oído del emperador. Aquellos que oran
con su boca nos recuerdan a los que se prosternan ante el
emperador en presencia de toda la corte. Aquellos que viven
en el mundo son como los que dirigen su súplica al
emperador desde la confusión de la multitud. Si
habéis aprendido debidamente el arte de la
oración, no habrá en esto nada de nuevo para
vosotros.
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Sentados
en una altura, observad, y veréis entonces a los
merodeadores que se adelantan para robar vuestros racimos;
sus tácticas, su hora, su origen, su nombre y su
naturaleza. El centinela, al sentirse fatigado, se
levantará para orar, luego se sentará para
retomar animosamente a su anterior
ocupación.
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La
obra de la soledad (hesychia) es un desapego total de todas
las cosas razonables o no. Pues aquel que se abre a las
primeras encontrará seguramente las siguientes. Su
segunda obra es la oración asidua; la tercera, la
actividad inviolable del corazón. Es imposible, sin
conocer las letras, leer los libros: imposible es,
también, sin haber antes adquirido las dos primeras
obras, abordar la tercera como es debido...
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Un
cabello basta para empañar la mirada; una simple
preocupación es suficiente para destruir la soledad
(hesychia), pues la soledad es despojamiento de todos los
pensamientos y renuncia a todas las preocupaciones sean o no
razonables. Aquel que posee verdaderamente la paz no se
preocupa ya de su propio cuerpo... Aquel que quiere ofrendar
a Dios un espíritu purificado y se deja turbar por
las preocupaciones se parece al que, teniendo las piernas
estrechamente ligadas, pretende correr...
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Más
vale un pobre obediente que un hesicasta distraído.
Aquel que cree dedicarse a la soledad sin considerar sus
ventajas a todas horas, o no es un verdadero hesicasta o se
dejará sorprender por la presunción. La
soledad es un culto y un servicio inintermmpido de Dios.
Cuando el recuerdo de Jesús sea uno solo con vuestra
respiración entonces comprenderéis la utilidad
de la soledad.
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La
obediencia se pierde por propia voluntad; la soledad por el
espaciamiento de la oración... Por la noche, dedicad
la mejor parte de vuestro tiempo a la oración y la
más corta a la salmodia. Cuando llegue el día
preparaos para volver valientemente a vuestro
oficio...
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La
lectura es poco útil para iluminar y recoger el
espíritu... Sois un obrero, tened, pues, lecturas
activas. Vuestra ocupación vuelve inútil
cualquier otra lectura. Hallaréis vuestras luces
sobre la ciencia de la santidad en los trabajos antes que en
los libros.
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Aquel
que se sienta ante Dios en lo profundo de su corazón
durante la oración, es como una columna
inconmovible... El que es en verdad obediente, a menudo,
durante la oración, se vuelve repentinamente luminoso
y es transportado de alegría. El combatiente
está, de ahora en adelante, preparado e inflamado
para un servicio irreprochable, pero, aun cuando pueda orar
con la multitud, para la mayoría es mejor hacerlo con
un compañero del mismo espíritu, pues la
oración perfectamente solitaria es un rarísimo
privilegio. Es imposible además, cuando se salmodia
con la multitud, orar inmaterialmente...
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El
monje que vela en su vigilia nocturna, es un pescador de
pensamientos que sabe distinguir sin esfuerzo los
pensamientos en la quietud de la noche, y atraparlos...
Demasiado sueño conduce al olvido pero la vigilia
purifica la memoria. La riqueza de los agricultores se
recoge en la era y el lagar; la riqueza y la ciencia
(gnosis) de los monjes se reúne en los estados y
ocupaciones vespertinas y nocturnas del
espíritu...
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En
la vigilia de la tarde algunos extienden sus manos para la
oración, inmateriales y despojados de toda
preocupación; otros se entregan a la salmodia; otros
se aplican a la lectura; algunos otros, en su debilidad,
luchan bravamente contra el sueño trabajando con las
manos; otros más se dedican al pensamiento de la
muerte con el designio de obtener la compunción.
Entre ese número, los primeros y los últimos
perseveran en una vigilia agradable a Dios; los segundos, en
una vigilia monástica; los terceros siguen el camino
inferior. Pero Dios agradece y juzga la ofrenda según
la intención y los medios.
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* *
Que
vuestra oración ignore toda multiplicidad: una sola
palabra bastó, tanto al publicano como al hijo
pródigo, para obtener el perdón de
Dios...
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* *
No
busquéis las palabras de vuestra oración:
¡cuántas veces los balbuceos simples y
monótonos de los niños conmueven a su padre!
No os lancéis a largos discursos para no disipar
vuestro espíritu en la búsqueda de palabras.
Una sola palabra del publicano conmovió la
misericordia de Dios; una sola palabra llena de fe
salvó al ladrón. La prolijidad en la
oración a menudo llena el espíritu de
imágenes y lo disipa, mientras que una sola palabra
(monología) tiene por efecto su recogimiento.
Sentíos consolados y enternecidos por una palabra de
la oración y allí deteneos, pues vuestro
ángel guardián ora entonces con
vosotros.
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* *
No
os consideréis demasiado seguros, incluso si
habéis obtenido la pureza, sino más bien
sentid una gran humildad; entonces alcanzaréis una
confianza más grande. Habiendo ascendido la es
caía de las virtudes, orad para pedir el
perdón de vuestros pecados, dóciles al grito
de san Pablo: «El primero de los pecadores soy yo»
(1 Tim 1, 15). El aceite y la sal proporcionan sabor a los
alimentos; la castidad y las lágrimas dan alas a la
oración. Cuando hayáis revestido la dulzura y
la ausencia de cólera, no os costará mucho
más liberar vuestro espíritu de su
cautiverio.
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* *
En
tanto no hayamos obtenido la verdadera oración, nos
pareceremos a los niños que dan sus primeros pasos.
Trabajad, pues, para elevar vuestro pensamiento, o mejor,
para recluirlo en las palabras de vuestra oración; si
la debilidad de la infancia la hace caer, levantadía
nuevamente. Pues el espíritu es inestable por
naturaleza, pero aquel que puede sostenerlo todo, puede,
también, fijar el espíritu. Si no
cesáis de combatir, aquel que fija los límites
a la mar del espíritu vendrá a vosotros y
dirá: «No pasarás de aquí»
(Job 38, 11). Es imposible encadenar al espíritu,
pero allí donde se encuentra el Creador del
espíritu, todo le está sometido. Quien
algún día ha visto el sol podrá hablar
de él, mientras que aquel que no lo ha visto,
¿cómo podría hacerlo sin
mentir?
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* *
El
primer grado de la oración consiste en arrojar,
mediante un pensamiento o una palabra, simple y fija
(monológicamente), las sugestiones en el momento
mismo en que aparecen. El segundo, es vigilar nuestro
pensamiento únicamente en aquello que decimos y
pensamos. El tercero, el rapto del alma en el Señor.
Una es la exultación que encuentran en la
oración aquellos que viven en comunidad; otra,
diferente, la que experimentan los solitarios: la primera
puede estar todavía ligeramente manchada de
imaginación, la segunda está totalmente
colmada de humildad...
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* *
El
gran héroe de la sublime y perfecta oración
dijo: «Prefiero decir... cinco palabras con
sentido» (1 Cor 14, 19). Los niños
pequeños no tienen idea de esto: imperfectos como
somos, necesitamos unir a la calidad la cantidad. La segunda
nos procura la primera.
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* *
Si
no estamos solos a la hora de la oración,
impongámonos interiormente la actitud de la
súplica; no habiendo testigos susceptibles de
alabarnos, impongámonos, además, la actitud
exterior de la reverencia, pues, en los imperfectos, a
menudo el espíritu se conforma según el
cuerpo.
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* *
Resucitados
del amor del mundo y de los placeres, rechazad las
preocupaciones, despojaos de vuestros pensamientos, renegad
de vuestro cuerpo, ya que la oración no es otra cosa
que un exilio del mundo visible e invisible.
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* *
Existe
una diferencia entre examinar asiduamente el corazón
y visitarlo mediante el espíritu, rey y
pontífice que ofrece a Cristo víctimas
razonables. Sobre los unos -nos dice un autor que
mereció el título de teólogo - el fuego
santo y supraceleste desciende para consumir aquello que
resta todavía para su purificación; él
ilumina a los segundos en la medida de su perfección.
Pues el mismo fuego que consume es también la luz que
ilumina. Por eso ocurre que algunos salen de la
oración como de una hoguera, experimentando una
especie de disminución de manchas y materia, mientras
que otros salen iluminados y revestidos del doble manto de
la humildad y la exultación. Aquellos que salen de la
oración sin uno de estos dos efectos, han hecho una
oración corporal, por no decir judía, y no una
oración espiritual. Si el cuerpo que toca a otro
sufre un efecto de alteración, ¿cómo no
sufrirá también una alteración aquel
que toca el cuerpo del Señor con manos
inocentes?
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* *
No
se aprende a ver, es un efecto de la naturaleza. La belleza
de la oración no se aprende por la enseñanza
de otro. Ella tiene su maestro en sí misma, Dios,
«el que el saber al hombre enseña» (Sal 94,
10) da la oración a aquel que ora y bendice los
años de los justos.
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