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Filocalia
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Hesiquio
de
Batos
La
sobriedad es un método espiritual que nos libera
enteramente, con la ayuda de Dios y mediante una
práctica sostenida y decidida, de los pensamientos y
palabras apasionadas así como de las malas acciones.
Ella procura un conocimiento seguro del Dios incomprensible
y resuelve de manera secreta los divinos y ocultos
misterios. Cumple todos los mandamientos del antiguo y del
nuevo testamento y procura todos los bienes de la vida
futura. Ella es, ante todo, esa pureza de corazón que
por su excelencia y su belleza, o más exactamente,
por nuestra negligencia y desatención, se ha hecho
tan rara entre los monjes de este tiempo y que Cristo ha
bendecido: «Bienaventurados los limpios de
corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt
5, 8). A este respecto, ella posee un gran valor. La
sobriedad guía al hombre que la practica con
perseverancia en una vida justa y agradable a Dios. Ella es,
además, una escala que conduce a la
contemplación, nos enseña a dirigir
convenientemente los movimientos de tres partes del alma
(razón, irascible y concupiscible), a guardar con
seguridad nuestros sentidos, aumentando, día a
día, las cuatro grandes virtudes.
*
* *
Ten
cuidado de que no se eleve en tu corazón un
pensamiento secreto» (cf. Dt 1, 9). Moisés (o
mejor dicho el Espíritu santo), entiende por ello la
simple aparición de un objeto malo por odio a Dios,
lo que los Padres llaman la sugestión. Ofrecida al
corazón por el diablo, ella es seguida, tan pronto
como se presenta a la inteligencia, por nuestros
pensamientos que entablan con ella una conversación
apasionada.
*
* *
La
sobriedad es el camino de todas las virtudes y de todos los
mandos de Dios. Consiste en la tranquilidad del
corazón y en un espíritu perfectamente
preservado de toda imaginación.
*
* *
La
atención es un corazón en reposo (hesychia)
permanente de todo pensamiento, que sólo respira e
invoca sin interrupción a Cristo Jesús Hijo de
Dios, que combate valientemente a sus flancos y se confiesa
a aquel que tiene el poder de perdonar los pecados. Que el
alma, por una invocación sostenida, abrace a Cristo
que escruta secretamente los corazones.., entonces el
Maligno no encontrará resquicio por dónde
introducir su malicia en el corazón y destruir, entre
todas las obras, la perfecta.
*
* *
La
sobriedad es un centinela del espíritu,
inmóvil y perseverante ante el portal del
corazón, distinguiendo sutilmente los que se
presentan, descubriendo sus propósitos, vigilando las
maniobras de esos enemigos mortales, reconociendo la
intención demoníaca que intenta, mediante la
imaginación, confundir a nuestro espíritu.
Esta obra, valientemente conducida, nos dará, silo
queremos, una experiencia muy lúcida del combate
interior.
*
* *
El
doble temor, los abandonos y las pruebas pedagógicas
que Dios utiliza con nosotros, tienen por efecto natural
crear una continuidad de atención en el
espíritu de quien se esfuerza por cegar la fuente de
los malos pensamientos y acciones. Esa es la razón de
los abandonos y de las tentaciones enviadas por Dios para
enderezar nuestra conducta, sobre todo si, después de
haber gustado la dulce paz de la atención, hemos
caído en la negligencia. El esfuerzo sostenido
engendra el hábito; éste, a su vez, genera una
cierta continuidad de la sobriedad, la cual nos proporciona,
poco a poco, una visión directa del combate;
seguidamente, la perseverante oración de
Jesús, nos trae el suave reposo del espíritu,
libre de imaginaciones y en el estado establecido por
Jesús.
*
* *
«No
todo el que me dice: '¡ Señor! ¡
Señor!' entrará en el reino de los cielos,
sino el que hace la voluntad de mi Padre» (Mt 7, 21).
Ahora bien, la voluntad de Dios es «detestar el
mal» (Sal 97, 10). ¡Detestemos, pues, los malos
pensamientos por la oración de Jesús y
habremos cumplido la voluntad de Dios!
*
* *
De
cuántas maneras, en mi opinión, la sobriedad
purifica al espíritu de los pensamientos apasionados,
os lo voy a indicar inmediatamente...
*
* *
Una
primera forma de sobriedad consiste en vigilar estrechamente
la imaginación y la sugestión ya que
Satanás es incapaz, sin la imaginación, de
formar los pensamientos para presentarlos al espíritu
y abusar de él a través del
engaño...
*
* *
Una
segunda forma consiste en orar, conservando siempre el
corazón en un silencio profundo, en una carencia
total de objetivos.
*
* *
Una
tercera consiste en llamar sin cesar y con humildad a
Jesús en nuestra ayuda.
*
* *
Otro
medio es conservar sin interrupción en el alma el
recuerdo de la muerte.
*
* *
Todas
estas prácticas detienen los malos pensamientos a la
manera de jenízaros. Sobre el importante
método que consiste en mirar sólo al cielo
considerando a la tierra como nada, me extenderé en
otro lugar, si ello place a Dios.
*
* *
El
combatiente espiritual debe, a cada instante, poseer cuatro
cosas: humildad, una atención extrema, la
contradicción y la oración. La humildad nos
opone a los demonios, enemigos de la humildad; de esa manera
tendremos en el corazón, como aliado, al
Señor, que odia a los orgullosos. La atención
impide al corazón encerrar cualquier pensamiento,
independientemente de su buena apariencia. La
contradicción hace que, viendo perfectamente al
recién llegado, le podamos responder con
cólera. La oración, muy cerca de la
contradicción, es un grito que se eleva desde el
fondo del corazón hacia Cristo, con un inexpresable
gemido. Entonces el combatiente verá dispersarse al
enemigo ante el nombre santo y adorable de Jesús,
como polvo al viento, y desaparecer como el humo sus
imágenes.
*
* *
Aquel
que no alcanzó la oración pura, libre de
pensamientos, está desarmado para el combate; me
refiero a la oración ejercitada incansablemente en el
santuario profundo del alma, para castigar al enemigo
invisible con el látigo y consumirlo por la
invocación de Jesucristo.
*
* *
Tened
siempre el ojo del espíritu vivo y atento para
reconocer a los recién llegados. Cuando los
hayáis reconocido, aplastad la cabeza de la serpiente
con la contradicción al tiempo que llamáis a
Cristo gimiendo. Así tomaréis conciencia de la
ayuda invisible y percibiréis claramente la rectitud
de vuestro corazón.
*
* *
Aquel
que tiene un espejo en las manos, si se encuentra entre
otras personas mientras mira en el espejo, ve su propio
rostro y el de los que allí se reflejan. Igualmente,
aquel que mira a su corazón con gran atención,
ve allí su propio estado y también los rostros
negros de los etíopes invisibles.
*
* *
El
espíritu es incapaz, librado a sus medios, de vencer
la imaginación demoníaca. ¡Que no se
arriesgue! Tenemos enemigos tan astutos que aprovechan la
derrota para hacernos tropezar en la vanidad, pero, ante la
invocación de Jesús, no se sostendrán
ni podrán utilizar ardides un minuto
más.
*
* *
He
aquí un modelo y una regla para el silencio
(hesychia) del corazón. Si queréis luchar,
tomad ejemplo de la bestiecilla, la araña. Si no os
conducís como ella no poseéis todavía
el silencio de espíritu necesario. Este insecto
atrapa a las pequeñas moscas. Si no imitáis su
quietud (hesychia) recogiéndose en vuestra alma, no
terminaréis de exterminar a los hijos de
Babilonia...
*
* *
Si
pasáis todo vuestro tiempo en vuestro corazón
en humildad de pensamiento, en el recuerdo de la muerte, en
la contradicción, en la invocación de
Jesucristo; si cada día perseveráis en la
sobriedad, esta ruta interior, estrecha pero generadora de
alegría, os conducirá a las santas
contemplaciones de las santas realidades y «el Cristo,
en el que se encuentran ocultos todos los tesoros de la
sabiduría y de la ciencia» (Col 2, 3)
aclarará para vosotros los misterios profundos...
Entonces percibiréis en Jesús que el
Espíritu santo se ha fundido sobre vuestro
corazón, pues aquel que ilumina el espíritu
del hombre le hace ver, «con la cara descubierta,
reflejada como en un espejo, la gloria del
Señor» (2 Cor 3, 18).
*
* *
Aquellos
que desean instruirse deben saber que a menudo los demonios
nos acosan por envidia disminuyendo el ardor de nuestro
combate interior, porque ven con despecho la preciosa ayuda
que se otorga a nuestro ascenso hacia Dios y el conocimiento
que ella nos procura. De tal modo, al amparo de nuestra
negligencia, se apoderan de nuestro espíritu de
manera imprevista y hacen que algunos permanezcan desatentos
respecto a su corazón. Toda su ambición y
todos sus esfuerzos conducen a impedir que nuestro
corazón esté atento: ellos conocen el
enriquecimiento que trae a nuestra alma la práctica
cotidiana de la atención. Apliquémonos, pues,
a las contemplaciones espirituales con el recuerdo de
nuestro Señor Jesucristo y el ardor del combate se
encenderá nuevamente en nuestro
espíritu...
*
* *
«Vuestro
enemigo, el diablo, como león rugiente, da vueltas y
busca a quién devorar» (1 Pe 5, 8). Que
jamás suspendáis la atención del
corazón, la sobriedad, la contradicción y la
oración a Jesús, nuestro Dios. En toda nuestra
vida no podríamos encontrar ayuda más
excelente que Jesús.
*
* *
Cuanto
más abundante cae la lluvia, más ablanda la
tierra. Cuanto más asiduamente invocamos el nombre de
Cristo fuera de todo pensamiento, en mayor medida
enternecerá la tierra de nuestro corazón y la
penetrará de gozo y alegría.
*
* *
Es
útil, además, que los poco experimentados
sepan que cuando estamos agobiados, empujados hacia la
tierra por nuestro cuerpo y nuestra razón, es porque
tenemos enemigos invisibles e inmateriales, astutos y
hábiles para arruinarnos. Sólo tenemos un
medio para vencerlos: la constante sobriedad del
espíritu y la invocación de Cristo, nuestro
Dios y Creador. Que los inexperimentados encuentren en la
oración de Jesús un excitante para probar y
conocer el bien. En cuanto a aquellos que han adquirido la
experiencia, la mejor enseñanza y la mejor
práctica del bien consiste en ejercitarlo y descansar
en él.
*
* *
El
niño sin malicia se deja seducir por el
charlatán y, en su simplicidad, le sigue. Así
nuestra alma, simple y buena -como la creó su buen
Maestro - encuentra placer en las sugestiones del demonio,
se deja seducir y corre hacia el malvado como si fuera
bueno, igual que la paloma que corre hacia el cazador de
pájaros que pone trampas a sus pequeños. El
alma confunde así sus propios pensamientos con la
imaginación propuesta por el demonio, y si se trata
del rostro de una hermosa mujer o alguna otra cosa
absolutamente prohibida por los mandamientos de Cristo, ella
busca el medio de traducir en acto el objeto que ha visto...
Se identifica entonces con su pensamiento y ejecuta en su
cuerpo, para su condenación, lo prohibido que ha
visto mentalmente.
*
* *
Así
procede el maligno, con sus flechas que envenenan todas sus
víctimas. Por ello es más prudente, en tanto
el espíritu no sea poseedor de una vasta experiencia
en la guerra, no dejar entrar los pensamientos en el
corazón, en particular en los comienzos, cuando
nuestra alma aún tiene inclinación hacia las
sugestiones de los demonios y encuentra placer en seguirlas
ávidamente. Es indispensable, tan pronto como uno
toma conciencia de los pensamientos, expulsarlos del campo
en el mismo instante en que ellos nos alcanzan o nosotros
los identificamos. Cuando el espíritu haya adquirido
una gran experiencia en ese ejercicio admirable y sepa todo
lo que es necesario saber, se hará tan diestro en
esta guerra como para discernir exactamente entre los
pensamientos hasta el punto de ser capaz, según las
palabras del profeta, de «apoderarse de los
pequeños zorros»; entonces él
tendrá la astucia de dejarlos avanzar, emprendiendo
inmediatamente el combate para, con el auxilio de Cristo,
desenmascararlos y arrojarlos fuera.
*
* *
Esto
comienza con la sugestión, luego viene la
ligazón, donde nuestros pensamientos se mezclan con
los del espíritu malvado; después la
unión; seguidamente, los dos tipos de pensamientos
mantienen un consejo y ponen a punto el plan del pecado a
cometer; finalmente llega el acto visible, el pecado. Si el
espíritu se encuentra en un estado de atención
y de sobriedad y, mediante la contradicción y la
invocación de Jesucristo impide que se desarrolle la
sugestión imaginativa, ella no tendrá
consecuencias. Pues el maligno, siendo un espíritu
puro, sólo puede perder a las almas mediante la
imaginación y los pensamientos...
*
* *
Velad
sin cesar para que no haya en vuestro corazón
ningún pensamiento irrazonable (prohibido) ni
razonable (permitido); pronto podréis reconocer a los
extraños, es decir, los primogénitos de los
egipcios.
*
* *
La
sobriedad recuerda a la escala de Jacob sobre la cual se
sostiene Dios y por la cual trepan los ángeles. Ella
destruye todo el mal en nosotros, suprime la
charlatanería, las injurias, las distracciones y toda
su secuela de pasiones sensibles. Pues ella no soporta
privarse en beneficio de ellas, ni siquiera un instante, de
su propia suavidad.
*
* *
Además
de los otros bienes que encontrará en el ejercicio
asiduo de la vigilancia del corazón, el
espíritu que no desdeñe su ejercitación
secreta, vaciará a los cinco sentidos del cuerpo de
los pecados exteriores. Enteramente aplicado a la propia
virtud, deseoso de reunirse sin cesar con los buenos
pensamientos, no se dejará conmover por sus sentidos,
que son el camino de acceso de los pensamientos vanos y
materiales, y los dominará desde el interior por
medio de un vigoroso esfuerzo de voluntad.
*
* *
Permaneced
en vuestra inteligencia y no deberéis temer a las
tentaciones. Mas, si os alejáis, soportad las
consecuencias.
*
* *
Aquel
que quiere purificar su corazón encontrará un
beneficio excelente en invocar constantemente el santo
nombre de Jesús contra los enemigos invisibles.
Nosotros hemos hecho la experiencia y las lecciones de la
experiencia están de acuerdo con el testimonio de la
Escritura: «Disponte a comparecer ante tu Dios, oh
Israel» (Am 4, 12); y del apóstol: «Orad
sin cesar» (1 Tes 5, 17). La oración es un bien
excelente que contiene a todos los demás: ella
purifica el corazón, que es donde Dios se manifiesta
al creyente.
*
* *
Aquel
que consagra toda su ocupación a su interior es
casto. Pero, además, contempla, ve a Dios, anuncia a
Dios, ora...
*
* *
Aquel
que renuncia a las cosas del mundo, tal como mujeres y
riquezas, convierte en monje al hombre exterior, pero no al
hombre interior. En cambio, aquel que renuncia al
pensamiento apasionado de esas cosas, hace también
monje al hombre interior, es decir, al espíritu. Este
es un verdadero monje. Es fácil hacer monje al hombre
exterior: sólo hay que desearlo. Pero hacer monje al
hombre interior, esto demanda un arduo combate.
*
* *
No
sé si existe un solo hombre en toda nuestra
generación que esté totalmente liberado de los
pensamientos apasionados, que haya sido gratificado con la
oración inmaterial y pura, índice y
señal del monje interior.
*
* *
No
reservéis toda vuestra atención a vuestro
cuerpo, fijadle un trabajo proporcionado a sus fuerzas y
dirigid vuestro espíritu enteramente hacia el mundo
interior, pues está dicho: «La gimnasia corporal
es de poca utilidad, pero la piedad es útil para
todo» (1 Tim 4, 8).
*
* *
Las
sugestiones producen toda clase de pensamientos, el acto
sensible malo en sí mismo. Aquel que con Jesús
sofoca a las primeras escapa al mismo tiempo de su secuela.
Se enriquece con el divino conocimiento por el cual
verá a Dios presente en todas partes. Habiendo
orientado hacia Dios el espejo de su alma, éste
será iluminado por él como un cristal puro que
refleja la luz del sol cuando haya alcanzado el más
alto deseo y la liberación de toda otra
contemplación.
*
* *
Todos
los pensamientos penetran en el corazón por la
imaginación de objetos sensibles. La bendita luz de
la deidad ilumina el espíritu cuanto éste se
ha despojado totalmente de todas las cosas y de sus formas.
Este esplendor se manifiesta al espíritu purificado
por la privación de todo pensamiento.
*
* *
Cuanto
más profundicéis la atención sobre
vuestro pensamiento, más fervientemente
rogaréis a Jesús. Cuanto más
negligentes seáis en examinar vuestro pensamiento,
tanto mas os alejaréis de Jesús. En tanto que
la primera conducta ilumina la atmósfera del
pensamiento, la renuncia a la sobriedad y a la suave
invocación de Jesús tiene por efecto
entenebrecer el espíritu. Este es el orden de la
naturaleza. Os daréis cuenta por la experiencia y lo
comprobaréis en la acción. Pues la virtud -la
deliciosa actividad generadora de luz- sólo se
aprende por la experiencia.
*
* *
La
invocación constante de Jesús,
acompañada por un ardiente deseo pleno de suave
alegría, tiene por efecto inundar de paz y dulzura la
atmósfera del corazón al amparo de la rigurosa
atención. Pero la purificación del
corazón no tiene otro autor que Jesucristo, Hijo de
Dios y Dios, él mismo...
*
* *
El
alma colmada y dulcemente consolada por Jesús
reconoce a su benefactor con alegría y amor; agradece
e invoca gozosamente a aquel que la purifica, y lo ve en el
interior de sí misma cuando disipa las
imágenes de los espíritus del mal.
*
* *
Cuando
no queda ninguna imaginación en el corazón, el
espíritu se encuentra en un estado natural, todo
dispuesto a la contemplación espiritual agradable a
Dios.
*
* *
De
este modo, sobriedad y oración de Jesús se
complementan y se sostienen la una a la otra. La
atención perfecta refuerza la oración
continua, y a su vez la oración refuerza la sobriedad
y la atención perfectas.
*
* *
El
recuerdo y la invocación ininterrumpidos de nuestro
Señor producen en nuestro espíritu un estado
divino, a condición de no desdeñar la
invocación interior a Cristo, la sobriedad
perseverante y la obra de vigilancia. En todo tiempo
dediquémonos inseparablemente a ejercitar la
invocación del Señor Jesús,
llamándolo con un corazón ardiente para entrar
en comunión con su santo nombre. Pues, en materia de
virtud como de vicio, la continuidad engendra el
hábito, y el hábito constituye una segunda
naturaleza.
*
* *
Cada
vez que los malos pensamientos comiencen a bullir en
nosotros, arrojemos en medio de ellos la invocación
de nuestro Señor Jesucristo y los veremos disiparse
como humo en el aire. El espíritu ha de permanecer
solo, retomemos pues la atención y la
invocación constantes, y siempre que nos suceda lo
mismo actuemos de igual forma.
*
* *
Es
imposible vivir sin respirar... es igualmente imposible, sin
humildad y una incesante súplica a Jesús,
aprender la ciencia del combate espiritual secreto por el
cual expulsaremos, metódicamente, a nuestros
enemigos.
*
* *
El
olvido extingue la vigilancia del espíritu como el
agua extingue el fuego. La oración continua de
Jesús, unida a una activa sobriedad, aleja al olvido
del corazón. Pues la oración necesita de la
sobriedad del mismo modo que la lámpara de una
mecha.
Cada
persona pone toda su atención en preservar lo que
posee de precioso. Ahora bien, nosotros tenemos un bien
verdaderamente precioso y es aquel que nos guarda, en la
medida de lo posible, de todo mal espiritual. Se trata de la
obra de la vigilancia del espíritu, unida a la
invocación de Jesús; dicho de otro modo, de
una mirada fija siempre en las profundidades del
corazón y de una paz (hesychia) perpetua del
espíritu. Debemos esforzarnos, entonces, por vaciamos
de los pensamientos, incluso de los que parecen venir de la
derecha y, de una manera general, de todos los pensamientos,
pues los ladrones podrían ocultarse en ellos. El
ejercicio que consiste en no abandonar al corazón es
sin duda arduo, pero el descanso está
cercano.
*
* *
Un
corazón constantemente vigilado, al que no pueden
acceder las formas, imágenes y representaciones de
los espíritus tenebrosos y malvados, produce
naturalmente pensamientos luminosos. El carbón nos da
la llama; con mayor razón, Dios -que habita en
nuestro corazón desde el santo bautismo- cuando
encuentra el aire de nuestro pensamiento purificado de los
soplos del mal y guardado por el espíritu, alumbra
nuestro poder de intelección para la
contemplación, como la llama que enciende el
cirio.
*
* *
No
cesemos de hacer que el nombre de nuestro Señor
Jesucristo recorra los espacios de nuestro corazón,
como el relámpago que transita el firmamento cuando
anuncia la lluvia. Esto lo saben quienes tienen la
experiencia del intelecto y de su combate interior. Llevemos
el combate con orden, como se organiza una batalla: en
primer lugar la atención, luego, cuando el enemigo
proyecte contra nosotros un mal pensamiento,
expulsémoslo con cólera por las palabras de
maldición de nuestro corazón; en tercer lugar,
maldigámoslo recogiendo nuestro corazón en la
invocación de Jesucristo para que la mentira del
demonio se desvanezca y el espíritu no corra tras la
imaginación como el niño enganchado por el
charlatán.
*
* *
Empeñémonos
en clamar: «Señor Jesucristo», y que
nuestros ojos no cesen de dirigirse hacia el cielo en la
espera de nuestro Señor (cf. Sal 69, 4)...
*
* *
Aquel
que mira fijamente el sol, tendrá necesariamente los
ojos encandilados; del mismo modo, aquel que no cese de
hundir la mirada en la atmósfera del corazón,
no dejará de ser iluminado.
*
* *
Practicada,
como conviene, la pureza del corazón -entended por
esto la vigilancia y la guardia del espíritu de la
que el nuevo testamento es el símbolo- arroja de
allí toda pasión y todo mal. Extirpa el mal
para reemplazarlo por la alegría, la buena esperanza,
la contradicción, la compunción, las
lágrimas, el conocimiento de nosotros mismos y de
nuestras faltas, el recuerdo de la muerte, la verdadera
humildad, el amor sin medida hacia Dios y los hombres, y la
ternura divina del corazón.
*
* *
La
práctica eficaz de la tranquilidad del corazón
descubrirá la visión de un abismo vertiginoso;
el corazón en reposo (hesychia) escuchará de
Dios cosas extraordinarias.
*
* *
La
oración de Jesús, unida a la sobriedad de los
pensamientos profundos del corazón, borra aquellos
pensamientos que han sido fijados en el corazón
contra nuestra voluntad.
*
* *
Suspender
todo pensamiento parece rudo y penoso, en realidad es un
efecto laborioso. Cerrar y circunscribir lo incorporal en lo
corporal no es penoso para aquellos que han adquirido la
experiencia de la lucha íntima e inmaterial. Aquel
que está penetrado de Cristo Jesús por la
oración constante no penará por seguirlo... A
causa de la bondad y la dulzura de Jesús, él
confundirá a sus enemigos, los demonios impíos
que rondan a su alrededor, y cuando les hable a las puertas
del corazón, por Jesús les hará
abandonar el campo (cf. Sal 127, 5).
*
* *
Comencemos
por la atención del espíritu, unamos a ella
humildad y sobriedad, oración y contradicción,
y nos encaminaremos felizmente en la senda del
espíritu; iluminados por la lámpara del nombre
adorado de Jesucristo nos purificaremos y adornaremos la
casa de nuestro corazón. Si contamos exclusivamente
con la sobriedad y la atención, no seremos
trastornados ni perderemos la confianza a causa de nuestros
enemigos. Si esos pérfidos nos dominaran y nos
atraparan en la red de los malos pensamientos, muy pronto
nos colocarán ante la muerte. Esto, porque nos
habrá faltado el arma poderosa, el nombre de
Jesús. Solamente esta santa arma, blandida sin cesar
en un corazón simplificado, puede
derrotarlos.
*
* *
La
obra incesante de la sobriedad, y a la vez el gran beneficio
del alma, es ver las imaginaciones de los pensamientos en el
momento mismo en que se forman en el espíritu. La de
la contradicción, es desvelar y refutar el
pensamiento que quiere introducirse en la atmósfera
de nuestro espíritu por la imaginación de un
objeto sensible. Pero lo que extingue y disipa sobre el
campo todo pensamiento del adversario, todo razonamiento,
toda imaginación, apariencia o imagen... es la
invocación del Señor.
*
* *
Si
es posible, recordemos sin cesar la muerte. Ese recuerdo
determina la exclusión de toda preocupación
yana, la vigilancia del espíritu y la oración
constante, el desprendimiento del cuerpo, el odio al pecado;
a decir verdad, toda virtud activa nace de él.
Practiquémoslo, si es posible, del mismo modo que
respiramos.
*
* *
El
corazón desprendido de las imaginaciones termina por
producir en sí mismo pensamientos santos y
misteriosos, como sobre un mar tranquilo se ve bullir los
peces y saltar los delfines.
*
* *
Una
larga experiencia y observación nos ha
enseñado que los pensamientos simples y exentos de
pasión son seguidos por pensamientos apasionados. Los
primeros abren la puerta a los segundos.
*
* *
Cuando
fortificados en Cristo Jesús comenzamos a marchar con
seguridad en la sobriedad, una luz se muestra ante nosotros.
En primer lugar es como una lámpara que tenemos en
nuestro espíritu y que nos guía en los
senderos del alma; luego, es como una luna resplandeciente
que desarrolla su revolución en el firmamento del
corazón; finalmente, Jesús se nos aparece como
un sol que irradia justicia, es decir, que se revela como
otro sol a la luz enteramente pura de su
contemplación.
*
* *
No
es menos imposible para el sol brillar sin luz que para el
corazón purificarse de la mancha de los pensamientos
de perdición sin la oración del nombre de
Jesús. Si es así, como mi experiencia lo
garantiza, pronunciemos ese nombre tan a menudo como
respiramos. Pues él es la luz y ellos son las
tinieblas.
*
* *
La
vigilancia del espíritu sobrepasa las virtudes
corporales más elevadas, por más magnificas...
El poder de Cristo transforma a sus amantes, de pecadores,
de hombres malos, ignorantes, impuros, injustos, en hombres
justos y buenos, santos y sabios. Más aún,
ellos son admitidos a contemplar los misterios, se sumergen
en la luz totalmente pura e infinita experimentando su
indecible caricia y habitan y viven en ella...
*
* *
La
oración monológica mata y pulveriza las
tentaciones. Jesús, Dios e Hijo de Dios, invocado por
nosotros con asiduidad ininterrumpida, no tolera siquiera
que el esbozo de una sugestión se muestre al
espíritu en el espejo interior y dirija la palabra al
corazón.
*
* *
La
oración continua purifica la atmósfera del
alma de las nubes sombrías. A la atmósfera del
corazón, una vez purificada de los soplos de los
espíritus malvados, le es imposible no brillar con la
divina luz de Jesús, siempre que no se infle con el
orgullo, la vanidad y la presunción.
*
* *
¿Queréis
sinceramente cubrir de vergüenza vuestros pensamientos,
vivir en una quietud sin esfuerzo, ejercitar
fácilmente la sobriedad del corazón? Que la
oración de Jesús se adhiera a vuestra
respiración y lograréis lo que deseáis
antes de que pase mucho tiempo.
*
* *
Unid
al soplo de vuestras narices la sobriedad, el nombre de
Jesús, la meditación sobre la muerte y la
humildad; una y otra son de gran utilidad.
*
* *
Será
seguramente bienaventurada la inteligencia a la que la
oración de Jesús se adhiera de tal forma que
el corazón no cese de repetir el nombre de
Jesús del mismo modo que el aire se adhiere al cuerpo
y la llama al cirio. El sol recorre la tierra y hace el
día; el santo nombre de Jesús, brillando
permanentemente en la inteligencia, produce innumerables y
resplandecientes pensamientos.
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