|
Inicio
La
Filocalia
(�ndice)
Filoteo
el
Sinaíta
Se
desarrolla en nosotros un combate más arduo que la
guerra visible. El obrero de la santidad debe, animosamente,
correr en espíritu hacia la meta (cf. Flp 3, 14) para
conservar perfectamente en su corazón el recuerdo de
Dios, tal como se hace con una perla fina o una piedra
preciosa. Debemos abandonarlo todo; despreciar nuestro
cuerpo y la vida presente para tener en nuestro
corazón solamente a Dios...
*
* *
Aquellos
que entablan el combate interior del espíritu deben
elegir en las santas Escrituras las ocupaciones espirituales
que aplicarán con todo celo a su espíritu,
como compresas de santidad. Desde muy temprano se ha dicho
que es necesario mantenerse como centinela, con una
inflexible resolución ante la puerta del
corazón, con el recuerdo atento de Dios y la
oración constante a Jesucristo en el alma; por la
vigilancia del espíritu perseguir a muerte a todos
los pecados de la tierra; por la intensidad del recuerdo de
Dios decapitar para el Señor los poderes, es decir,
cortar las primeras manifestaciones de los pensamientos
enemigos tan pronto como aparezcan...
*
* *
Muy
pocos hombres conocen el reposo del espíritu. Es el
privilegio de aquellos que ponen todo su esfuerzo en atraer
hacia ellos la gracia divina y su consuelo espiritual. Si
queremos ejercitar la obra del espíritu -la
filosofía en Cristo- por la vigilancia del
espíritu y la sobriedad, comencemos por privarnos del
exceso en los alimentos, disminuyendo tanto como sea posible
la bebida y la comida. La sobriedad merece su nombre de
«camino», pues conduce al reino, al reino interno,
al mundo por venir; merece también el nombre de
oficio del espíritu, pues ella trabaja y pule los
rasgos de nuestro espíritu y lo hace pasar de la
condición apasionada a la impasibilidad (apatheia).
La sobriedad es la pequeña ventana por la cual Dios
penetra para mostrarse al espíritu.
*
* *
Allí
donde están reunidos la humildad, el recuerdo de Dios
hecho de sobriedad y de atención, la oración
inflexible contra los enemigos, allí está el
«lugar de Dios», el cielo del corazón, el
sitio al que las tropas del demonio temen acercarse, pues es
la morada de Dios.
*
* *
La
primera puerta que se abre sobre la Jerusalén
interior -la atención del espíritu- es el
silencio cuidadoso de los labios hasta tanto el
espíritu no haya alcanzado su silencio. La segunda es
una abstinencia, exactamente calculada, de comida y bebida.
La tercera, un recuerdo y una meditación incesante
acerca de la muerte, que purifican a la vez el alma y el
cuerpo... El recuerdo de la muerte, esta hija de
Adán: ¡cuánto he deseado conservarla
siempre como compañera, descansar cerca de ella,
conversar con ella, interrogarla acerca de la suerte que me
espera cuando haya abandonado este cuerpo! Pero el olvido
maldito, ese vástago tenebroso del demonio, a menudo
me ha impedido hacerlo.
*
* *
Se
trata de una guerra secreta en la cual los espíritus
malos combaten contra el alma a golpes de pensamiento. Como
el alma es incorporal, las potencias del mal la atacan
inmaterialmente conforme a su naturaleza. Se preparan armas
y frentes de batalla, se desarrollan emboscadas y conflictos
terribles, existen combates cuerpo a cuerpo... victorias y
derrotas se comparten. Un solo punto de semejanza falta en
la guerra espiritual, es la declaración de
hostilidades... Ella estalla repentinamente y sin previo
aviso con una incursión en las profundidades del
corazón sorprendiendo al alma en una emboscada
mortal. ¿Por qué tales asaltos? Para impedirnos
cumplir la voluntad de Dios conforme a la oración:
«¡Hágase tu voluntad!» (Mt 6, 10), es
decir, los mandamientos. Aquel que atentamente cuida su
espíritu del error por la sobriedad y observa con
perspicacia los asaltos y las refriegas en torno a las
imaginaciones ha recogido el fruto de una larga
experiencia.
*
* *
Cuando
hayamos adquirido un cierto hábito de temperancia y
de renunciamiento a los pecados visibles producidos por los
cinco sentidos, estaremos en condiciones de cuidar nuestro
corazón en Jesús, de recibir su
iluminación, de saborear en nuestro espíritu
con ferviente ternura las delicias de su bondad. La ley que
nos prescribe purificar nuestro corazón no tiene
más razón de ser que arrojar las
imágenes de los malos pensamientos de la
atmósfera de nuestro corazón; disiparlos por
una atención constante para que podamos ver
claramente, como en un día sereno, a Jesús, el
sol de verdad, iluminando en nuestro espíritu los
aspectos (las razones) de su majestad.
*
* *
El
alma es asediada, sitiada por los malos espíritus y
encadenada a las tinieblas. Ese círculo de tinieblas
le impide orar como ella querría; está
invisiblemente encadenada y sus ojos interiores ya no ven.
Pero cuando ella se dedica a la oración y orando se
esfuerza en la sobriedad, entonces comenzará, gracias
a esta oración, a desprenderse poco a poco de esas
tinieblas. Aprenderá que existe en el corazón
otra guerra invisible, un combate de pensamientos impuros
inspirados por los espíritus de malicia. Las
Escrituras nos dan el testimonio: «Si la ira del rey se
levanta contra ti, no dejes tu puesto» (Ecl 10, 4). El
espíritu ocupa su lugar manteniéndose firme en
la virtud y la sobriedad.
*
* *
Retengamos
con todas nuestras fuerzas a Cristo - a quien el enemigo se
esfuerza sin cesar por arrojar de nuestra alma- por temor a
que Jesús, ante la multitud de pensamientos que
llenan ese lugar, se retire de ella. No se obtiene esto sin
un gran trabajo... El hombre que durante todo el día
repasa el recuerdo de la muerte tiene más agudeza
para descubrir el descenso de los demonios y puede
expulsarlos inmediatamente.
*
* *
El
recuerdo suave de Dios, es decir, de Jesús,
acompañado por una cólera sentida y una
benéfica amargura, puede en todo momento llegar a
destruir la fascinación de los pensamientos, la
diversidad de las sugestiones, palabras, sueños e
imaginaciones tenebrosas, en suma, todas las armas y todas
las tácticas que el artesano de muerte pone en
práctica impunemente para devorar nuestra alma. La
invocación de Jesús consuma todo esto
cómodamente, pues sólo hay salvación en
Jesús...
*
* *
A
toda hora y a cada instante guardemos celosamente nuestro
corazón de los pensamientos que oscurecen el espejo
del alma, que por su naturaleza está destinado a
recibir los rasgos y la impresión luminosa de
Jesucristo... Busquemos el reino de los cielos en el
interior del corazón y encontraremos seguramente la
perla... puesto que hemos purificado el ojo de nuestro
espíritu.
*
* *
La
sobriedad purifica la conciencia y la hace brillar.
Así purificada, la conciencia expulsa todas las
tinieblas de su seno; la luz resplandece repentinamente
cuando se retira el velo opaco que la ocultaba. Cuando se
persevera en esta sobriedad atenta y constante, la
conciencia muestra nuevamente lo que había olvidado,
lo que se le escapaba, y al mismo tiempo, al amparo de la
sobriedad, enseña el arte de la guerra del
espíritu contra el enemigo y los combates de
pensamientos. Nos revela cómo arrojar los venablos en
ese combate singular, cómo atajar de pleno a los
pensamientos con certera mirada, cómo hurtar el
espíritu a los atentados refugiándose de las
tinieblas funestas en la luz deseada de Cristo. Aquel que ha
gustado esta luz me entiende. Esta luz, una vez saboreada,
tortura en adelante cada vez más al alma con una
verdadera hambre, pues el alma come sin jamás
saciarse; cuanto más come, más hambre tiene.
Esta luz atrae al espíritu como el sol atrae al ojo,
esta luz, inexplicable en sí misma y que, sin
embargo, se hace explicable: no en palabras sino en la
experiencia de aquel que la goza, o más exactamente,
de aquel que es herido por ella; esta luz me impone el
silencio, aunque mi espíritu hallaría placer
en extenderse mucho mas...
*
* *
Escucha
cómo debe combatirse en esta guerra que se desarrolla
en nosotros día tras día y sigue mi consejo: a
la sobriedad une la oración, y la sobriedad
purificará la oración y la oración a la
sobriedad. Pues la sobriedad es un ojo perpetuamente abierto
que reconoce a los intrusos, les intercepta la entrada y se
apresura a llamar en su ayuda a nuestro Señor
Jesucristo para arrojar a esos adversarios peligrosos. La
atención intercepta la ruta con su resistencia, y
Jesús, prontamente invocado, expulsa a los demonios y
a su cortejo de imaginaciones.
*
* *
Cuidad
vuestro espíritu con la atención más
intensa. Desde que percibáis un pensamiento
resistidle sin demora y, al mismo tiempo, apresuraos a
invocar a Cristo nuestro Señor para que ejercite su
venganza. No habréis terminado de invocarlo y ya el
dulce Jesús os dirá: «Heme aquí,
cerca de ti para socorrerte». Cuando vuestra
oración haya subyugado a vuestros enemigos, prestad
atención nuevamente a vuestro espíritu. Las
olas llegarán entonces y se cernirán sobre
vosotros, unas más poderosas que las otras y vuestra
alma, vacilante, estará amenazada por el naufragio.
Pero Jesús es Dios, y ante la llamada de sus
discípulos dominará a los vientos del mal. En
cuanto a vosotros, cuando los toques del enemigo os dejen un
momento en reposo, glorificad a aquel que os ha salvado y
vivid con el pensamiento de la muerte.
*
* *
Caminemos
con una completa atención del corazón ejercida
desde el fondo del alma. La atención, cotidianamente
aliada a la oración, produce un nuevo carro de fuego
que conduce al hombre hacia el cielo. ¿Qué digo?
El corazón bendito del hombre, sólidamente
fijado en la sobriedad, se convierte en un cielo interior,
con su sol, su luna, sus astros, y aborda al Dios
inaccesible por una ascensión y una visión
misteriosas. Que aquel que ama la divina virtud se esfuerce
a cada instante por pronunciar el nombre del Señor y
convertir en acción sus palabras con todo el impulso
de que sea capaz. El hombre que utiliza una cierta violencia
contra sus cinco sentidos para anularlos e impedirles
arruinar su alma, hace mucho más fácil para el
espíritu el combate interior del corazón;
rechaza el mundo exterior mediante ciertos recursos; lucha
contra los pensamientos por medio de astucias espirituales;
abruma a los placeres carnales por la fatiga de las
vigilias; se priva de comer y de beber y reduce el cuerpo lo
suficiente para facilitar de antemano la guerra del
corazón. Todo el beneficio será para vosotros.
Torturad vuestra alma por el pensamiento de la muerte,
reunid vuestro espíritu disperso por medio del
recuerdo de Jesucristo, fundamentalmente por la noche, pues
el espíritu es por lo general más puro en ese
momento, más lleno de luz, más dispuesto a
contemplar a Dios y las cosas divinas con
lucidez.
*
* *
No
eludamos con malas razones las sugestiones incesantes y
salvadoras de la conciencia en lo que se relaciona a nuestra
conducta y a nuestros deberes, pues si una sobriedad eficaz,
ejercitada en la acción minuciosa del
espíritu, la ha purificado, esta pureza tiene como
efecto natural producir juicios objetivos y exentos de
duda...
*
* *
El
fuego de la madera desprende un humo que irrita los ojos,
pero, desde que aparece la luz, el placer toma el lugar de
la irritación. Igualmente, la atención, por la
compulsión que impone, produce agotamiento. Pero
Jesús, invocado, llega y trae la luz al
corazón. El recuerdo de Jesús unido a la
iluminación nos conduce al bien supremo.
*
* *
El
hombre que se abandona a los malos pensamientos no
podrá purificar de pecado al hombre exterior.
Aquellos que no arrancan de su corazón los malos
pensamientos, no dejarán de traducirlos en sus
correspondientes malas acciones...
*
* *
Esto
comienza por la sugestión y continúa por la
relación, luego por el asentimiento, después
la cautividad y, finalmente, la pasión, caracterizada
por la continuidad del hábito. He aquí como es
lograda la victoria del mentiroso. Este es el modo como
definen los Padres a esa sucesión.
*
* *
La
sugestión, nos dicen, es el pensamiento puro o imagen
de un objeto nacido en el corazón y presente al
espíritu. La relación consiste en conversar
apasionadamente con el objeto manifestado. El asentimiento
es la tendencia de un alma complaciente hacia el objeto
visto. La cautividad es la abducción involuntaria del
corazón, el comercio durable - funesto para nuestro
estado excelente -con el objeto en cuestión. Los
Padres nos dicen que la pasión es una
disposición inveterada en el alma.
*
* *
Aquel
que desde un principio resiste a la sugestión, o
contiene todo movimiento apasionado a su respecto, arroja
del cuerpo el mal...
*
* *
La
mayoría de los monjes no miden el daño que
sufre el espíritu a causa de los demonios. Luchan por
la rectitud de sus acciones, no se preocupan por cuidar su
espíritu y pasan su vida en una simplicidad sin
desconfianza. En mi opinión, son totalmente
inconscientes de las tinieblas de las pasiones interiores
porque no tienen la «pureza del corazón».
Roguemos por los hermanos a quienes su simplicidad coloca en
tal estado y enseñémosles, en la medida de lo
posible, a abstenerse, no sólo de las acciones malas
que pueden verse, sino también de aquellas que el
diablo opera en el corazón. A los que están
colmados del divino deseo de purificar el ojo de su alma los
espera otra operación en Cristo, otro
misterio.
Anterior
�ndice
Siguiente
|