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Filocalia
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Máximo
el
Confesor
Acerca de
la oración ininterrumpida
El
hermano dijo: Padre mío, enséñame, os
lo ruego, de qué manera la oración extirpa los
conceptos en el espíritu.
El
anciano respondió: Los conceptos son conceptos de
objetos. Entre tales objetos algunos se dirigen a los
sentidos, otros al espíritu. El espíritu que
se demora entre ellos queda enredado en esos conceptos, pero
la gracia de la oración une al espíritu a Dios
y, mediante esa unión, lo separa de todos los
conceptos. El espíritu, así desnudo, se hace
familiar y semejante a Dios. Como tal, le pide lo que
necesita y tal demanda jamás es frustrada. Por ello
el apóstol prescribe «orar sin
interrupción» para que uniendo asiduamente
nuestro espíritu a Dios, lo liberemos poco a poco de
las ataduras con los objetos materiales.
El
hermano le dijo: ¿Cómo puede el espíritu
«orar sin interrupción» puesto que,
salmodiando, leyendo, conversando, consagrándonos a
nuestros oficios, lo desviamos hacia numerosos pensamientos
y consideraciones?
El
anciano respondió: La divina Escritura no ordena nada
imposible. El apóstol también salmodiaba,
leía, servía y, sin embargo, oraba sin
interrupción. La oración ininterrumpida
consiste en mantener el espíritu sometido a Dios con
una gran reverencia y un gran amor, sostenerlo en la
esperanza de Dios; realizar en Dios todas nuestras acciones
y vivir en él todo lo que nos sucede. El
apóstol, puesto que se encontraba en tal
disposición, oraba sin tregua.
Acerca de
la purificación del corazón
Cuando
hayáis triunfado animosamente sobre las pasiones del
cuerpo, cuando hayáis guerreado lo suficiente contra
los espíritus impuros y arrojado sus pensamientos
fuera del dominio del alma, rogad entonces para que os sea
dado un corazón puro y para que el espíritu de
rectitud sea restaurado en vuestras entrañas (cf. Sal
51, 12), es decir, que, vaciados de los pensamientos
corruptos, la gracia os llene de pensamientos divinos. Y que
sea el mundo espiritual de Dios, inmenso y resplandeciente,
compuesto de contemplaciones morales (vida activa),
naturales (primeras contemplaciones) y teológicas
(contemplación de Dios).
Aquel
que haya vuelto puro su corazón conocerá no
solamente las razones de los seres inferiores a Dios, sino
que atraerá también, en una cierta medida, al
mismo Dios y, cuando haya franqueado la sucesión de
todos los seres, alcanzará la cumbre suprema de la
felicidad. Dios, manifestándose en ese corazón
se dignará grabar allí sus propias leyes por
medio del Espíritu, como sobre nuevas tablas
mosaicas. Esto en la medida en que el corazón haya
progresado en la acción y la contemplación,
según la intención mística del
precepto: «Creced» (Gén 35, 11).
Se
puede llamar corazón puro a aquel que no tiene
ningún movimiento natural hacia ninguna cosa, de
cualquier tipo que sea. Sobre esta tabla perfectamente
alisada por una absoluta simplicidad, Dios se manifiesta e
inscribe sus propias leyes.
Es
un corazón puro el que presenta a Dios una memoria
sin especies ni formas, dispuesta únicamente a
recibir los caracteres por los que Dios acostumbra a
manifestarse.
El
espíritu de Cristo que reciben los santos
según las palabras: «nosotros poseemos el
pensamiento de Cristo» (1 Cor 2, 16), no viene a
nosotros mediante la privación de nuestro poder
intelectual, ni como un complemento de nuestro intelecto, ni
bajo la forma de un agregado sustancial a nuestro intelecto.
No. El hace brillar el poder de nuestro intelecto en su
propia cualidad y lo conduce a su propio acto. Yo llamo
«tener el espíritu de Cristo» a pensar
según Cristo y pensar a Cristo en todas las
cosas.
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