|
Inicio
La
Filocalia
(�ndice)
Nicetas
Stethatos
La
continencia, el ayuno y los combates espirituales detienen
las solicitaciones y los impulsos de la carne; la lectura de
las santas Escrituras refresca el enardecimiento del alma y
los tumores del corazón; la oración
inextinguible los humilla, y la compunción, como un
aceite, los alegra.
*
* *
Nada
vuelve al hombre tan familiar a Dios como la plegaria pura e
inmaterial que une con él al que ora sin
distracción en el Espíritu y cuya alma ha sido
lavada por las lágrimas, endulzada por la
alegría de la compunción e iluminada por la
luz del Espíritu.
*
* *
La
cantidad es excelente en la salmodia, cuando es
acompañada por la perseverancia y la atención.
Pero es la calidad la que vivifica el alma y conduce al
fruto. La calidad de la salmodia y de la oración
consisten en orar con el Espíritu en el intelecto.
Ora en su intelecto aquel que, orando y salmodiando,
considera el sentido encerrado en la santa Escritura. Tales
pensamientos divinos constituyen en su corazón otros
tantos escalones espirituales: el alma es transportada en el
aire luminoso, totalmente iluminada, purificada incluso, y
se eleva hasta el cielo y ve la belleza de los bienes
preparados a los santos. Consumida por el deseo, derrama por
los ojos el fruto de la luz, desparramando un raudal de
lágrimas bajo la moción (energía)
iluminadora del Espíritu. La gustación de esos
bienes es tan dulce que se llega, en esos momentos, a
olvidar el alimento del cuerpo. Tal es el fruto de la
oración, aquel que procede de la calidad de la
salmodia en el alma que ora.
*
* *
Allí
donde vosotros veis el fruto del Espíritu se
encuentra también la calidad de la oración. Y
allí donde hay calidad, la cantidad de la salmodia
también es excelente. Si no veis el fruto, es porque
la calidad es árida y, si es ánda, la cantidad
no sirve para nada. Resulta absolutamente sin provecho para
la gran mayoría.
*
* *
Tened
cuidado del engaño cuando oráis o
cantáis salmos al Señor. Los demonios
sorprenden los sentidos del alma y nos hacen,
traicioneramente, decir una cosa por otra, cambiando por
blasfemias los versículos de los salmos y
haciéndonos proferir impiedades. O bien, cuando
entonamos el salmo, nos hacen llegar rápidamente al
final, borrando de nuestro espíritu la parte del
medio, o nos hacen dar vueltas en redondo sobre el mismo
versículo, sin dejamos encontrar la
continuación del salmo. O, cuando hemos llegado al
justo medio, bruscamente nos retiran el recuerdo de todos
los versículos que siguen, de modo que olvidamos el
versículo que teníamos sobre los labios y no
podemos reencontrarlo ni volverlo a atrapar. Actúan
de ese modo para debilitamos y disgustamos y también
para arruinar los frutos de la oración,
volviéndonos sensibles a su extensión. Pero
resistid valientemente y ligaos cada vez más a
vuestro salmo para, en la contemplación, recoger en
los versículos los frutos de la oración y
enriqueceros con la iluminación del Espíritu
santo, reservada a las almas que oran.
*
* *
¿Os
sucede alguna cosa semejante mientras salmodiáis con
inteligencia? No permitáis que la negligencia os
debilite. No prefiráis la comida del cuerpo a los
esfuerzos del alma, dejándoos pensar en la longitud
de la hora (canónica). Pero deteneos en el lugar
mismo en que vuestro espíritu se ha dejado cautivar
y, si estáis al final del salmo, retomad
valientemente el comienzo. Retomad la ruta del salmo a
partir del comienzo, vuestro espíritu deberá
apoyarse en la distracción muchas veces en el curso
de la misma hora. Si os comportáis así, los
demonios no soportarán la paciencia de vuestra
perseverancia, ni el vigor de vuestra resolución; y
se retirarán cubiertos de vergüenza.
*
* *
La
oración inextinguible es -tenedlo seguro- aquella que
no cesa en el alma, ni de noche ni de día. Ni los
brazos extendidos, ni la actitud del cuerpo, ni los sonidos
de la lengua, la muestran a las miradas. Sin embargo,
aquellos que comprenden saben que la obra del intelecto
reside en el ejercicio mental del «recuerdo de
Dios» en una disposición de perseverante
compunción.
*
* *
Debemos
dedicamos sin cesar a la oración, manteniendo
nuestros pensamientos reunidos bajo la conducción del
intelecto, en una gran paz y modestia, ocupados en
investigar las profundidades de Dios y en buscar la
gustación de la onda, suave entre todas, de la
contemplación. Aquel en el que todas las facultades
del alma están consagradas por la ciencia, ése
ha realizado la oración constante.
*
* *
No
hay lugar ni tiempo determinado para celebrar el misterio de
la oración. Si fijáis horas, momentos, lugares
para la oración, el tiempo que reste estará
perdido en las ocupaciones de la vanidad. La verdadera
oración es la inquebrantable fijación del
espíritu en Dios. Su obra es volcar el alma (la
inteligencia discursiva) hacia las cosas divinas; su fin es
hacer que la inteligencia se adhiera a Dios y no haga con
él más que un solo espíritu,
según la definición del
apóstol.
Anterior
�ndice
Siguiente
|