|
Inicio
La
Filocalia
(�ndice)
Nicéforo
el Solitario
Tratado
de la sobriedad y del cuidado del
corazón
Vosotros
deseáis ardientemente obtener la grandiosa y divina
«fotofanía» de nuestro Salvador Jesucristo;
vosotros que queréis aprehender sensiblemente en
vuestro corazón el fuego más que celestial;
vosotros que os esforzáis por obtener la experiencia
sentida del perdón de Dios; vosotros que
habéis abandonado todos los bienes de este mundo para
descubrir y poseer el tesoro oculto en el terreno de vuestro
corazón; vosotros que queréis desde esta
tierra abrazaros alegremente a las antorchas del alma y,
para ello, habéis renunciado a todas las cosas
presentes; vosotros que queréis conocer y tomar con
un conocimiento experimental el reino de Dios presente ante
vosotros, venid para que yo os exponga la ciencia, el
método de la vida eterna, o mejor, celestial, que
introduce sin fatiga ni sudor a aquel que la practica en el
puerto de la apatheia. El no debe temer la seducción
ni el terror que proceden de los demonios. Esa caída
no amenaza más que a aquel cuya desobediencia
entraña permanecer lejos de la vida que os expongo,
tal como le sucedió a Adán quien, despreciando
el precepto divino, se relacionó con la serpiente,
confió en ella, se dejó embriagar con el fruto
engañoso y se precipitó lastimosamente, y su
posteridad con él, en el abismo de la muerte, de las
tinieblas y de la corrupción.
Volved,
pues, volvamos, -para hablar más exactamente- pues, a
nosotros mismos, mis hermanos, rechazando con el mayor
desprecio el consejo de la serpiente y toda intimidad con
aquel que repta. Pues sólo hay un medio de acceder al
perdón y a la familiaridad con Dios: volver, en lo
posible, a nosotros mismos, o mejor -por una paradoja-
reentrar en nosotros mismos, alejándonos del comercio
con el mundo y de las preocupaciones vanas, para ligarnos
indefectiblemente al «reino de los cielos que
está dentro de nosotros». Si la vida
monástica ha recibido el nombre de «ciencia de
la ciencia y arte de las artes», es porque sus efectos
no tienen nada en común con las ventajas corruptibles
de aquí abajo, que desvían a nuestro
espíritu de lo que es mejor, para enterramos bajo sus
aluviones. Ella nos promete bienes maravillosos e inefables
«que el ojo no vio, ni el oído oyó, ni se
le antojó al corazón del hombre» (1 Cor
2, 9). También «porque nuestra lucha no es
contra la carne y la sangre, sino contra los principados y
potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso,
contra los espíritus malos que andan por los
aires» (Ef 6, 12). Puesto que el siglo presente
sólo es de tinieblas, huyámosle,
huyámosle incluso en pensamiento. Que no haya nada en
común entre nosotros y el enemigo de Dios, pues
«aquel que quiere hacer amistad con él se
sitúa como enemigo de Dios». Y,
¿quién podrá acudir en ayuda de aquel que
se hace enemigo de Dios?
Imitemos
entonces a los Padres y, según su ejemplo, busquemos
el tesoro oculto en nuestros corazones, y, habiéndolo
descubierto, retengámosle con todas nuestras fuerzas
para, a la vez, guardarlo y hacerlo valer. A ello fuimos
destinados desde nuestro origen. Si algún nuevo
Nicodemo intenta perturbamos preguntando:
«¿Cómo es posible volver a entrar en el
corazón para vivir y trabajar allí?»
tendremos derecho a dar la misma respuesta que dio el
Salvador a la objeción del primer Nicodemo
(«¿cómo se puede entrar por segunda vez en
el vientre de su madre y renacer cuando se es viejo?»):
«El Espíritu sopla por donde quiere», con
una imagen tomada del viento material. Si compartimos una
duda semejante en relación a las obras de la vida
activa, ¿cómo llegaremos a aquellas de la
contemplación siendo que «la vida activa es el
camino de acceso a la contemplación»?. Puesto
que es imposible convencer a un espíritu tan
incrédulo sin pruebas escritas, presentaré
sucesivamente en este tratado, para provecho de todos, las
vidas de los santos y sus escritos. Una vez convencidos
será necesario arrojar toda duda. Comenzaremos por
nuestro padre san Antonio el Grande, para continuar con su
posteridad eligiendo, en las palabras y la conducta de esos
santos, nuestras piezas de convicción.
Extracto de
la vida de nuestro padre san Antonio
Cierto
día, dos hermanos se pusieron en camino para ir a
buscar al santo padre Antonio. Haciendo camino, el agua
llegó a faltarles; uno murió y el otro no
tenía vida para mucho tiempo; no teniendo fuerzas
para caminar yacía sobre el suelo, esperando la
muerte. Antonio, que estaba sentado sobre la montaña,
llamó a dos monjes que se encontraban por allí
y les apremió: «Tomad un cántaro y agua y
corred por la ruta que lleva a Egipto: dos hermanos
venían hacia aquí, uno acaba de morir y el
otro no tardará en hacerlo si vosotros no os
apuráis. Esto me ha sido manifestado mientras estaba
en oración».
Los
monjes, habiéndose puesto en camino, encontraron al
muerto y lo enterraron, reanimaron al otro con el agua y lo
condujeron ante el anciano. Alguien podría
preguntarse por qué Antonio no había dicho
nada antes de la muerte del primero, pero seria una pregunta
inútil. No correspondía a Antonio decidir la
muerte, sino que fue más bien Dios quien
decidió dejar morir al pnmero y revelar el caso del
segundo. Lo que hay de maravilloso por parte de Antonio es
que, sentado sobre la montaña, tenía el
corazón sobrio y el Señor le reveló
acontecimientos alejados. Veréis por esto que
Antonio, gracias a la sobriedad de su corazón, fue
gratificado con la visión divina y la visión a
distancia. Pues «Dios -nos dice Juan de la Escala- se
manifiesta al espíritu en el corazón, primero
para purificar a quien lo ama, luego como una luz que hace
resplandecer el espíritu y lo vuelve
deiforme».
Sobre la
vida de san Teodosio (siglos V-VI)
San
Teodosio fue alcanzado por la flecha suave de la caridad y
aprisionado en sus lazos hasta el punto de consumar en sus
obras el sublime y divino mandato: «Amarás al
Señor tu Dios con todo tu corazón» (Mt
22, 37). Esto sólo le fue posible porque todos los
poderes naturales de su alma estaban únicamente
tendidos hacia el amor de su Creador, con exclusión
de todos los objetos de aquí abajo; hablo de las
actividades intelectuales del alma. Inspiraba reverencia
cuando consolaba y era la dulzura y la afabilidad mismas
cuando reprimía. ¿Quién otro fue alguna
vez de relación más útil para todos y,
al mismo tiempo, capaz de recoger sus sentidos y dirigirlos
al interior de sí mismo al punto de hacer frente con
mayor tranquilidad a las preocupaciones del mundo que a las
del desierto? ¿quién fue más capaz de
permanecer en si mismo, tanto en medio de la multitud como
en la soledad? Es así que, recogiendo sus sentidos
para introducirlos en sí mismo, nuestro gran Teodosio
fue herido por el amor del Creador.
Sobre la
vida de san Arsenio (padre del desierto)
El
admirable Arsenio se había propuesto como regla no
tratar jamás nada por escrito, y no escribir,
además, una sola letra. No es que fuera incapaz de
hacerlo. Por el contrario, le resultaba tan fácil ser
elocuente como a otros simplemente hablar.
No,
se trata únicamente del hábito del silencio y
la repugnancia por la ostentación. Por la misma
razón tenía gran cuidado de no mirar a nadie
ni ser visto él mismo: se mantenía
detrás de un pilar o algún obstáculo
semejante para ocultarse de los otros asistentes.
Quería de ese modo velar sobre sí mismo,
recoger su espíritu en sí mismo y elevarse
hacia Dios. Nuevo ejemplo de un santo hombre, verdadero
ángel sobre la tierra...
Sobre la
vida de san Pablo de Latros (+ en 955)
San
Pablo prácticamente no abandonaba las montañas
y los lugares desiertos. Los animales salvajes eran sus
compañeros y sus comensales. En ocasiones deseaba
descender para visitar a los hermanos. Los exhortaba
entonces y les enseñaba a mostrarse animosos, a no
descuidar perezosamente los trabajos penosos de la virtud
sino a dedicarse, con extrema atención y
discreción, a la vida evangélica y a combatir
valientemente a los espíritus del mal. Les
exponía, además, un método para
reconocer las sugestiones de la pasión y desviar las
semillas clandestinas de las pasiones. ¿Veis a nuestro
santo padre enseñar a sus discípulos
ignorantes un método para alejar las sugestiones de
las pasiones? Sólo puede tratarse del cuidado del
espíritu, pues esa es su obra y la de ningún
otro.
Sobre la
vida de san Sabas (siglo VI)
Cuando
san Sabas advertía que un neófito había
aprendido bien la regla monástica y que ya era capaz
de cuidar de su espíritu, de combatir contra los
pensamientos del enemigo - un sujeto que había
desterrado enteramente de su corazón el recuerdo del
mundo-, entonces le adjudicaba una celda en el seno de la
laura, en caso de tener salud delicada. Si, en cambio, era
sano y fuerte, le permitía construirse una celda.
¿Veis que san Sabas exigía a sus
discípulos el cuidado del espíritu como
condición para la vida en celda? ¿qué
haremos nosotros que vivimos ociosamente en la celda, sin ni
siquiera saber que existe un cuidado del
espíritu?
Sobre la
vida de san Agathón (Padre del
desierto)
Un
hermano preguntó al Abad Agathón: «Padre,
decidme cuál de los dos es mejor: ¿el trabajo
corporal o el cuidado de lo interior?» Agathón
respondió: «El hombre es semejante a un
árbol: la labor corporal son sus hojas, el cuidado de
su interior es su fruto. Está escrito: Todo
árbol que no produce buen fruto deberá ser
cortado y arrojado al fuego. De esto se deduce claramente
que todo nuestro esfuerzo debe dedicarse a los frutos, es
decir, al cuidado del espíritu. Pero es necesario
también la sombra y el atractivo de las hojas, es
decir, el trabajo corporal». Admirad el modo en que
nuestro santo se expresa acerca de aquellos que no tienen
cuidado del espíritu. En cuanto a los que sólo
pueden invocar la vida activa les dice: «Todo
árbol que no lleve fruto -es decir, el cuidado del
intelecto- sino solamente hojas -o sea vida activa-
será cortado y arrojado al fuego».
¡Terrible sentencia, padre mío!
De Marco a
Nicolás
«¿Quieres,
hijo mío, poseer en tu interior una antorcha de
ciencia espiritual, para marchar sin tropiezos en la noche
profunda del siglo y que el Señor dirija tus pasos'
con una fe ardiente por el camino del evangelio, para
comulgar, por el rezo y la oración, con los preceptos
evangélicos de perfección? Te mostraré
un maravilloso método e invención espiritual.
Este método, que no reclama fatiga ni combates
corporales sino una fatiga y una atención del
espíritu sostenidos por el temor y el amor de Dios,
te permitirá derrotar sin esfuerzo, a la falange de
los enemigos... Si quieres alcanzar la victoria contra las
pasiones, con la oración y el auxilio de Dios, entra
en ti mismo, húndete en las profundidades de tu
corazón, persigue a esos tres gigantes poderosos: el
olvido, la pereza y la ignorancia, que son el punto de apoyo
de los invasores espirituales. Por ellos las otras pasiones
malvadas se insinúan en el alma, trabajan, viven y
prevalecen en un alma ligada a los placeres... Una gran
atención y vigilancia del espíritu, unida a la
ayuda de lo alto, te hará descubrir lo que permanece
desconocido para la gran mayoría. Podrás
así, por esa oración y esa atención,
liberarte de los gigantes del mal. Con la
colaboración poderosa de la gracia, esfuérzate
por establecer en tu corazón, y guardarlo con
cuidado, el equilibrio entre la verdadera ciencia, el
recuerdo de la palabra de Dios y una buena
resolución; de este modo todo rastro de olvido, de
ignorancia y de pereza desaparecerá de tu
corazón».
¿Habéis
oído la unanimidad de las palabras espirituales que
nos expone claramente la ciencia de la atención?
Escuchemos las siguientes.
San Juan
Clímado (o de la Escala)
«El
hesicasta es aquel que - paradójicamente - se
esfuerza para circunscribir lo incorporal en una morada
camal». «El hesicasta es aquel que dice: duermo,
pero mi corazón vela. Cierra la puerta de tu celda a
tu cuerpo; la puerta de tu boca a la palabra; tu puerta
interior a los espíritus». «Sentado sobre
una altura observa, si lo sabes, y verás el modo, el
momento, el origen, el nombre y la naturaleza de los
ladrones que quieren introducirse en tu viña para
robar las uvas. El centinela, cuando está fatigado,
se levanta para orar, luego vuelve a sentarse y retoma
animosamente su ocupación». «Una cosa es el
cuidado de los pensamientos, otra diferente el cuidado del
espíritu; entre ellas existe toda la distancia del
oriente al occidente. Y la segunda es mucho más
difícil». «Los ladrones que perciben en
algún sitio las armas del rey no se aventuran; del
mismo modo, aquel que ha clavado la oración en su
corazón no corre el riesgo de ser despojado por los
ladrones espirituales».
Puedes
ver la ocupación admirable de nuestro santo padre...
Y sin embargo marchamos en las tinieblas, como en un combate
nocturno; no tomamos en consideración las preciosas
palabras del Espíritu y, como sordos voluntarios,
pasamos de lado. A continuación veremos lo que los
Padres escriben para invitamos a la sobriedad.
Del Abad
Isaías
«Aquel
que se separa de lo que está a la izquierda (el alma)
conoce entonces exactamente todos los pecados que ha
cometido contra Dios, pues los pecados no se ven hasta que
no nos hemos separado de ellos dolorosamente. Aquel que
llega hasta ese grado encuentra el gemido, la oración
y la vergüenza ante Dios, al recordar su malvada
ligazón con las pasiones. Esforcémonos,
hermanos, en la medida de lo posible, y Dios
trabajará con nosotros conforme a la abundancia de su
misericordia como la tuvo con sus santos».
Macario el
Grande
«La
obra maestra del atleta es entrar en su corazón,
despreciar a Satanás, entablar combate con él
y luchar atacando sus pensamientos. Aquel que cuida su
cuerpo visible de la corrupción y del adulterio, pero
comete interiormente el adulterio respecto a Dios,
prostituyéndose tras sus pensamientos, no recibe
ningún beneficio por conservar su cuerpo virginal.
Pues está escrito: 'Todo el que mira a una mujer con
mal deseo ya ha cometido con ella adulterio en su
corazón' (Mt 5, 28). Existe un adulterio que se
consuma en el cuerpo y existe un adulterio del alma que se
entrega a Satanás».
Nuestro
padre parecería contradecir las palabras de
Isaías, sin embargo no es así, pues
Isaías nos prescribe «cuidar nuestro cuerpo como
Dios ordena»; ahora bien, Dios no ordena solamente la
pureza del cuerpo, sino también la del
espíritu...
Diadoco de
Fótice
«Aquel
que habita sin cesar en su corazón emigra
definitivamente de los encantos de la vida. Marchando
según el espíritu no puede conocer las
apetencias de la carne. Como va y viene en el castillo de
las virtudes que son, por así decir, los guardianes
de las puertas, los planes de los demonios no pueden tener
efecto sobre él».
El
santo dice bien que los planes de los demonios carecen de
efecto sobre nosotros cuando vivimos en las profundidades de
nuestro corazón y, tanto más, cuanto
más permanecemos allí...
Isaac el
Sirio o de Nínive
«Aplícate
a entrar en tu cámara interior y verás la
cámara celestial. Pues sólo una y la misma
puerta se abre sobre la contemplación de ambas. La
escala de ese reino está escondida dentro de ti, en
tu alma. Lávate del pecado y descubrirás los
escalones para subir».
Juan de
Cárpatos
«Nuestras
oraciones reclaman muchas luchas penosas antes de
descubrirnos el estado impasible del espíritu, ese
segundo cielo del corazón en el cual habita Cristo.
Escuchad al apóstol: '¿No reconocéis que
Jesucristo está en vosotros? A menos que
estéis reprobados' (2 Cor 13, 5)».
Simeón
el Nuevo Teólogo
«El
diablo y sus demonios, desde el día en que la
desobediencia arrojó al hombre del paraíso y
de la relación con Dios, tiene la posibilidad de
agitar espiritualmente al alma del hombre, de día y
de noche, a veces un poco, a veces mucho, a veces
extremadamente. El único medio de protegerse es el
recuerdo constante de Dios: el recuerdo de Dios grabado en
el corazón por la virtud de la cruz afirmada
inquebrantablemente en el espíritu. Tal es el objeto
del combate espiritual que el cristiano debe librar en el
estadio de la fe cristiana y para el cual ha revestido la
armadura. De otro modo, él combate en vano. Ese
combate es la única razón de la ascesis por la
cual se maltrata el cuerpo a causa de Dios. Se trata de
conmover las entrañas del Dios de bondad, de
recuperar la dignidad primera y de imprimir a Cristo, como
un sello, en la razón, según las palabras del
apóstol: 'Hijitos míos, por los cuales de
nuevo sufro dolores de parto hasta que se forme Cristo en
vosotros' (Gál 5, 19)».
¿Comprendéis
ahora, hermanos míos, que existe un arte, o mejor
dicho, un método espiritual para conducir
rápidamente, a aquel que lo emplea, a la apatheia y a
la teología? Debéis convenceros de que toda la
vida cuenta ante Dios como las hojas del árbol y que
a toda alma que no posea el cuidado del espíritu, el
fruto, de nada le servirá lo primero. Hagamos todo
para no morir estériles y no conocer lamentaciones
inútiles.
Sobre
el método respiratorio
Pregunta:
Vuestro tratado nos enseñó la conducta de
aquellos que agradaban al Señor; nos demostró
que existe una ocupación que libera
rápidamente al alma de sus pasiones, la cual es
necesaria a todo cristiano que se enrola en el
ejército de Cristo: no dudamos, estamos convencidos.
Pero, ¿qué es la atención, y cómo
obtenerla? Esto es lo que deseamos saber, pues no poseemos
la mínima luz.
Respuesta:
En el nombre de nuestro Señor Jesucristo que ha
dicho: «Sin mi nada podéis hacer» (Jn 15,
5), y después de haber invocado su apoyo y su
concurso, intentaré mostraros lo mejor que pueda
qué es la atención y cómo, con la
gracia de Dios, es posible alcanzarla.
Algunos
santos han llamado a la atención «cuidado del
espíritu»; otros, «cuidado del
corazón»; otros, «sobriedad»; otros,
«descanso del espíritu», o incluso de otro
modo. Muchas expresiones se refieren a lo mismo, como cuando
decimos pan, hogaza o rebanada.
¿Qué
es la atención, cuáles son sus propiedades?
Escuchadme bien. La atención es la señal de la
penitencia cumplida; la atención es la llamada del
alma, el odio hacia el mundo y el retorno a Dios. La
atención es el despojamiento de las pasiones para
revestir la virtud. La atención es la certidumbre
indudable del perdón de los pecados. La
atención es el principio de la contemplación,
su base permanente. Gracias a ella, Dios se inclina sobre el
espíritu para manifestarse a él. La
atención es la ataraxia del espíritu, su
fijación mediante la misericordia que Dios otorga al
alma. La atención es la purificación de los
pensamientos, el templo del recuerdo de Dios, el tesoro que
permite soportar las pruebas. La atención es la
auxiliar de la fe, la esperanza y la caridad. Sin la fe, no
se soportarán las pruebas que vienen de afuera; aquel
que no acepta las pruebas con alegría no puede decir
al Señor: «Tú eres mi refugio y mi
asilo» (Sal 3, 4). Y si no coloca su refugio en el muy
Alto, no poseerá el amor en el fondo de su
corazón".
Ese
efecto sublime llega a la mayoría, para no decir a
todos, mediante el canal de la enseñanza. Es muy raro
que se lo reciba directamente de Dios y sin contar con un
maestro, por el solo vigor de la acción y el fervor
de la fe; la excepción no constituye ley. Es
necesario, entonces, buscar un maestro infalible. Sus
lecciones nos mostrarán nuestros desvíos,
tanto hacia la derecha como hacia la izquierda, y
también nuestros excesos en materia de
atención; su experiencia personal acerca de tales
pruebas nos iluminará sobre ellas y nos
mostrará, con exclusión de toda duda, el
camino espiritual que podremos recorrer sin dificultad. Si
no tienes maestro, busca uno a toda costa. Si no lo
encuentras, invoca a Dios con contrición de
espíritu y con lágrimas y suplícale en
la renunciación; haz lo que te digo.
Pero,
en primer lugar, que tu vida sea apacible, limpia de toda
preocupación y en paz con todos. Entonces entra en tu
cámara, enciérrate y, estando sentado en un
rincón, haz lo siguiente.
Tú
sabes que nuestro soplo, el aire de nuestra
inspiración, nosotros no lo espiramos a causa de
nuestro corazón. Pues el corazón es el
principio de la vida y del calor del cuerpo. El
corazón atrae el soplo para rechazar su propio calor
hacia afuera mediante la espiración y asegurarse
así una temperatura ideal. El principio de esta
organización, o mejor su instrumento, es el
pulmón. Fabricado por el Creador de un tejido tenue,
introduce y expulsa el aire sin detenerse, a la manera de un
fuelle. De ese modo el corazón, atrayendo por una
parte el frío mediante el soplo y rechazando el
calor, conserva inalterablemente la función que le ha
sido asignada en el equilibrio del ser vivo.
Por
tu parte, como te digo, siéntate, recoge tu
espíritu e introdúcele -me refiero a tu
espíritu- en tus narices; es el camino que toma el
soplo para ir al corazón. Empújalo,
fuérzalo a descender en tu corazón al mismo
tiempo que el aire inspirado. Cuando esté
allí, verás la alegría que
seguirá: no tendrás que lamentar nada. Del
mismo modo que el hombre que vuelve a su casa después
de una ausencia no puede contener la alegría de
reencontrar a su mujer y sus hijos, así el
espíritu, cuando se ha unido al alma, desborda con
una alegría y una delicia inefables.
Hermano
mío, acostumbra entonces a tu espíritu a no
apresurarse a salir. En los comienzos le faltará
celo, es lo menos que se puede decir, para esta
reclusión y este encierro interiores. Pero, una vez
que haya contraído el hábito, no
experimentará ya ningún placer en los
circuitos exteriores. Pues «el reino de Dios
está en el interior de nosotros», y para aquel
que vuelve hacia él su mirada y lo busca con la
oración pura, todo el mundo exterior se convierte en
despreciable. Agradece a Dios si desde el principio puedes
penetrar con el espíritu en el lugar del
corazón que te he mostrado. Glorifícale,
exúltale y lígate únicamente a este
ejercicio. Te enseñará lo que ignoras.
Comprende que, mientras tu espíritu se encuentre
allí no debes callarte ni permanecer ocioso. Pero, no
debes tener otra ocupación ni meditación que
el grito de: «¡Señor Jesucristo, Hijo de
Dios, tened piedad de mí!». Ninguna tregua, a
ningún precio. Esta práctica, manteniendo tu
espíritu al abrigo de las divagaciones, lo vuelve
inexpugnable e inaccesible a las sugestiones del enemigo y
cada día lo eleva más en el amor y el deseo de
Dios.
Pero
si, hermano mío, a pesar de todos tus esfuerzos, no
llegas a penetrar en las partes del corazón conforme
a mis indicaciones, haz como te digo y, con la ayuda de
Dios, alcanzarás tu objetivo. Sabes que la
razón del hombre tiene su asiento en el pecho. En
efecto, es en nuestro pecho donde hablamos, decidimos,
componemos nuestros salmos y nuestras oraciones mientras
nuestros labios permanecen mudos. Después de haber
arrojado de esta razón todo pensamiento (tú
puedes hacerlo, sólo necesitas desearlo),
entrégale el «Señor Jesucristo, tened
piedad de mi» y dedícate a gritar interiormente,
con exclusión de cualquier otro pensamiento, esas
palabras. Cuando con el tiempo hayas dominado esa
práctica, ella te abrirá la entrada del
corazón tal como te lo ha dicho y sin ninguna duda.
Yo lo he experimentado en mi mismo. Con la alegría y
toda la deseable atención tu verás venir a ti
todo el coro de las virtudes, el amor, la alegría, la
paz y todo lo demás. Gracias a ellas, todas tus
demandas serán acogidas en nuestro Señor
Jesucristo...
Anterior
�ndice
Siguiente
|