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La
Filocalia
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El
pseudo Simeón el Nuevo
Teólogo
Método
para la santa oración y
atención
Existen
tres formas de oración y de atención; ellas
elevan el alma o la hacen descender según el uso que
de ellas se haga: en el tiempo requerido, a destiempo y a
contrasentido.
La
sobriedad y la oración están unidas como el
alma y el cuerpo: uno no subsiste sin el otro. Ellas se
combinan de una doble manera. En primer lugar la sobriedad
resiste al pecado a la manera de un explorador o una
vanguardia: luego viene la oración, que extermina y
destruye implacablemente los malos pensamientos atrapados
por la vigilancia, pues la atención no sería
capaz de todo por sí sola. Ellas son la puerta de la
vida y de la muerte: purifiquemos, pues, la oración
y, por la sobriedad, nos mejoraremos; disminuyéndonos
y manchándonos con nuestra negligencia no valdremos
nada.
La
atención y la oración, lo hemos dicho, son de
tres clases. Es necesario, entonces, exponer las propiedades
de cada una. Así, aquel que quiere obtener la vida y
se lanza a la acción podrá elegir con toda
seguridad el mejor entre esos tres estados bien definidos
sin riesgo de ser privado de la mejor parte, por haber
elegido la menos buena.
He
aquí las características de la primera
oración. Es la de aquel que se entrega a la
oración y eleva al cielo sus manos y sus ojos, al
mismo tiempo que su espíritu se forma conceptos
acerca de lo divino imaginando las bellezas celestiales, la
jerarquía de los ángeles y la morada de los
justos. Es la de aquel que, en el momento de la
oración, acumula en su espíritu todo lo que ha
aprendido de las sagradas Escrituras, excitando su alma en
el amor de Dios, deteniendo su mirada en el cielo y
derramando lágrimas. Es la de aquel que, mientras su
corazón se inflama y se eleva, toma este
fenómeno como un consuelo divino no deseando otra
ocupación. Tales son los signos de su ilusión,
pues el bien que no está bien hecho no es un
bien.
Si
además este hombre lleva una vida solitaria y
enteramente cerrada necesariamente perderá la cabeza.
Suponiendo que evite esa suerte, sin embargo le será
imposible llegar a la posesión de las virtudes y a la
apatheia. Es esta clase de atención la que ha
desviado a aquellos que, sensiblemente, perciben luces,
aspiran perfumes, escuchan voces y captan otros tantos
fenómenos del mismo orden. Algunos se han convertido
en verdaderos posesos del demonio y vagabundean de lugar en
lugar, de condado en condado; otros, por no haber reconocido
a «aquel que se disfraza de ángel de luz»,
se han dejado sorprender, se han extraviado y han llegado a
ser incorregibles, cerrados a toda reconvención.
Algunos otros se han dado muerte, impulsados hasta ese
extremo por el seductor: algunos arrojándose desde
las alturas, otros recurriendo a la cuerda.
¿Quién podría agotar todos los recursos
de la imaginación diabólica?
De
lo que acabo de decir, el hombre lúcido
advertirá el beneficio de la primera atención.
Considero que algunos han escapado a tales accidentes
gracias a la vida en comunidad &emdash;pues es a los
anacoretas a quienes sucede lo antedicho&emdash;; lo que es
seguro es que no harán el más mínimo
progreso en toda su vida.
He
aquí, ahora, la segunda oración. El
espíritu se retira de los objetos sensibles; se cuida
de las sensaciones exteriores; impide a sus pensamientos
caminar vanamente entre las cosas de este mundo a medida que
escruta sus pensamientos y aplica su atención a las
ocasiones que su boca dirige a Dios. Cuanto más tiran
de él los pensamientos prisioneros, cuanto más
es sometido por la pasión, tanta mayor violencia se
hace para retornar a si mismo. Aquel que combate de este
modo no conocerá jamás la paz ni
ceñirá la corona de los vencedores. Se
diría que es un hombre que combate durante la noche,
que distingue las voces de sus enemigos y recibe sus golpes,
pero al que le es imposible distinguir la identidad de esos
enemigos, de dónde salen, y la naturaleza y los
motivos del combate, pues toda su desdicha proviene de las
tinieblas de su espíritu. El que se bate de tal modo
será, poco a poco, aplastado por los invasores
espirituales; habrá soportado la pena y no
tendrá la ventaja de la recompensa. Se dejará
atrapar en los pliegues de la vanagloria; al amparo de una
pretendida atención se convertirá en esclavo y
en juguete, y acaso suceda que se ponga a reprochar a los
demás, con superioridad, no parecerse a él,
instaurándose como pastor de rebaño tal como
un ciego que pretende guiar a otros ciegos.
Esos
son los caracteres de la segunda oración. Dan al
espíritu celoso una idea de sus inconvenientes. Esto
no impide que la segunda oración sea mejor que la
primera, de la misma forma que una noche de luna llena es
mejor que una oscura y sin estrellas.
Abordaremos
la tercera oración, extraña,
dificultosa de ser explicada y más que difícil
de aprehender por aquellos que la ignoran; son muy raros los
que la hallaron. En mi opinión, ese gran bien se ha
ubicado detrás de la obediencia ya que la obediencia,
arrancando a su amante de este siglo perverso,
desprendiéndolo de las preocupaciones y las ataduras
sensibles, lo dispone y decide para alcanzar su fin, a
condición de que encuentre un guía seguro
pues, ¿qué objeto efímero podría
arrastrar el espíritu al que la obediencia hace morir
a toda complacencia mundana y corporal? ¿qué
tipo de preocupación podría arrebatar a aquel
que ha entregado a su padre espiritual todo el cuidado de su
alma y de su cuerpo, que no vive ya para él y
sólo desea el «día (juicio) del
hombre»? Gracias a ello se quiebran los lazos
invisibles de los poderes de revuelta que arrastran al
espíritu en mil círculos de pensamientos. El
espíritu liberado puede guerrear con eficacia,
dispersar los pensamientos del enemigo y expulsarlos
hábilmente mientras hace subir la oración
desde su corazón purificado. Aquelíos que no
comienzan de este modo se hacen aplastar sin
beneficio.
El
principio de la tercera oración no es mirar hacia lo
alto, extendiendo las manos, reuniendo los pensamientos y
demandando la ayuda del cielo. Estos son, lo he dicho, los
caracteres de la primera ilusión. La tercera
oración no comienza, como la segunda, fijando la
atención del espíritu sobre los sentidos
exteriores, sin distinguir a los enemigos del interior, ya
que ésta es, lo hemos visto, la mejor manera de
recibir los golpes sin poder devolverlos, de estar herido
sin darse cuenta, de ser llevado en cautiverio sin
resistencia...
En
cuanto a ti, si quieres emprender esta obra generadora de
luz y delicias, coloca sus bases con resolución.
Después de la rigurosa obediencia descrita más
arriba, te será necesario, además, hacerlo
todo con conciencia, pues, fuera de la obediencia, no existe
conciencia pura. Tú conservarás tu conciencia,
en primer lugar, en relación a Dios, luego en
relación a tu padre (espiritual) y, por
último, en relación a los hombres y las cosas.
En relación a Dios, no haciendo nada que sea
contrario a su servicio; hacia tu padre, haciendo todo lo
que te dice según su misma intención, sin
quitar ni agregar nada; hacia los hombres, no haciendo a
otro lo que no quieres para ti mismo. En las cosas
materiales te cuidarás del abuso en todo, alimento,
bebida, vestido, y lo harás todo bajo la mirada de
Dios, al abrigo de todo reproche de tu
conciencia.
Ahora
hemos delimitado y franqueado el camino de la verdadera
atención, digamos algunas palabras, claras y breves,
sobre sus propiedades. La atención y la
oración infalibles consisten en esto: el
espíritu, durante la oración, cuida el
corazón permanentemente y, desde el fondo de ese
abismo, lanza sus demandas al Señor. Entonces el
espíritu, habiendo «gustado que el Señor
es bueno», no es expulsado ya de la morada del
corazón y repite las palabras del apóstol:
«Bueno es estamos aquí» (Mt 17, 4).
Inspeccionando siempre esos lugares, persigue con grandes
golpes los conceptos que allí siembra el enemigo. Sin
duda los ignorantes encuentran esta conducta austera y
árida; en verdad, el ejercicio es trabajoso y
sofocante, no sólo para los no iniciados, sino
también para aquellos que, teniendo ya una
experiencia seria, no han sentido aún el placer desde
lo profundo de su corazón. Pero aquellos que han
saboreado ese placer y han hecho descender su dulzura por la
garganta del corazón pueden exclamar con san Pablo:
«¿Quién nos separará del amor de
Cristo?» (Rom 8, 35).
Nuestros
santos Padres, habiendo escuchado la palabra del
Señor, diciendo que «del corazón
provienen los malos pensamientos, homicidios, adulterios,
fornicaciones, robos, falsos testimonios, blasfemias» y
que «esto es lo que mancha al hombre» (Mt 15,
19-20), así como su exhortación a limpiar el
interior de la copa a fin de que el exterior también
quede limpio (cf. Mt 23, 26), dejaron de lado cualquier otra
forma de práctica de las virtudes para librar el
combate, únicamente, en relación a este
cuidado del corazón, absolutamente convencidos de que
así dominarían sin esfuerzo cualquier otro
ejercicio. Algunos Padres le han dado el nombre de
«reposo del corazón»; otros, el de
«sobriedad y contradicción»; otros lo han
llamado «examen de los pensamientos» y
«cuidado del espíritu», pero todos han
estado acordes en trabajar el campo de su corazón y
así consiguieron comer el maná de Dios. A este
respecto dice el Eclesiástico: «Joven hombre,
alégrate durante tu juventud.., marcha en el camino
de tu corazón... sin reproche, y arroja la
irritación de tu corazón» (Eclo 11, 9).
«Si el espíritu del que manda se levanta contra
ti, no abandones tu lugar» (Eclo 10, 4). Por lugar, se
refiere al corazón, según las palabras del
Señor: «Del corazón provienen los malos
pensamientos» (Mt 15, 19); y aún: «No os
elevéis demasiado» (cf. Lc 12, 19); y en otro
lugar: «Es estrecha la puerta y angosto el camino que
lleva a la vida» (Mt 7, 14); y «bienaventurados
los pobres de espíritu» (Mt 5, 3), o sea
aquellos que no tienen ninguna preocupación por el
presente siglo. El apóstol Pedro dijo, por su parte:
«¡Sed sobrios y estad en guardia! Vuestro enemigo,
el diablo, como un león rugiente, da vueltas y busca
a quién devorar» (1 Pe 5, 3). Pablo considera
expresamente nuestro cuidado del corazón cuando
escribe a los Efesios: «Nuestra lucha no es contra la
carne y la sangre...» (Ef 6, 12).
Lo
que dijeron los santos Padres en sus escritos sobre el
cuidado del corazón, lo conocen aquellos que se toman
el trabajo de leerlo. Aquel que no tiene el deseo de
inclinarse sobre sus escritos encontrará en mis
palabras lo que han desarrollado Marco el Ermitaño,
Juan de la Escala, Hesiquio y Filoteo el Sinaita,
Isaías, Barsanufio y toda la patrística o
paraíso, etc. En resumen, nadie puede, sin cuidar su
espíritu, llegar a la pureza del corazón y
merecer de ese modo ver a Dios. Sin ella no habrá
pobres de espíritu ni quienes lloren de hambre y sed
de justicia; nadie sin sobriedad será verdaderamente
misericordioso, puro de corazón, pacifico, perseguido
por la justicia; en una palabra, es imposible, sin la
sobriedad, adquirir las virtudes inspiradas por Dios.
Abrázala sobre todas las cosas y harás la
experiencia de que te hablo.
Si,
además, deseas aprender la manera de orar, te lo
diré, lo mejor que sepa, con la ayuda de Dios. Ante
todo, es necesario adquirir tres cosas -luego te
dedicarás a tu objeto-: indiferencia respecto a las
cosas razonables (permitidas) e irracionales (prohibidas),
es decir, estar muerto a todas las cosas; una conciencia
pura, cuidándote en tus actos de toda condena de tu
propia conciencia; finalmente, desprendimiento, inmovilidad
ante toda pasión que te haga inclinar hacia el siglo
presente o hacia tu propio cuerpo.
Siéntate
luego en una celda tranquila, en un rincón apartado,
y dedícate a lo siguiente: cierra la puerta y eleva
tu espíritu, sobre el centro de tu vientre, es decir,
sobre tu ombligo; comprime la aspiración del aire que
pasa por la nariz, de modo que puedes no respirar
fácilmente, y escruta mentalmente el interior de tus
entrañas buscando el lugar del corazón, el
sitio que todas las potencias del alma gustan frecuentar. Al
principio sólo encontrarás tinieblas y una
opacidad pertinaz, pero si perseveras, si noche y día
practicas (sin cesar) este ejercicio, encontrarás,
¡oh maravilla!, una felicidad sin limites. Pues tan
pronto como tu espíritu haya encontrado el lugar del
corazón, verá de un solo golpe todo lo que
jamás había visto. Verá el aire que se
encuentra en el interior del corazón y se verá
a si mismo, enteramente luminoso y colmado de
discernimiento. Además, si algún pensamiento
apunta, no tendrá tiempo para formarse ni para
convertirse en imagen, pues él la perseguirá y
la reducirá a la nada mediante la invocación
de Jesús. El espíritu, en su resentimiento
contra el demonio, excitará la cólera que la
naturaleza le ha dado contra los enemigos espirituales y los
expulsará a grandes golpes. El resto lo
aprenderás, con la ayuda de Dios, practicando el
cuidado del espíritu y reteniendo a Jesús en
tu corazón. «Siéntate, se te ha dicho, en
tu celda y ella te enseñará todas las
cosas».
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